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SESENTA Y CUATRO CABALLOS, Antonio Pereira

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ANTONIO PEREIRA, Sesenta y cuatro caballos, Calambur, Madrid, 2011, 144 páginas.

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Antología que muestra cómo la obra de Pereira está bañada por una deliciosa poción que, sin fisuras al tacto, disuelve tanto ingredientes poéticos como narrativos. El exquisito prólogo de Juan Carlos Mestre, El hilo de la cometa (pp. 7-19), resulta un inmejorable aperitivo que invita a degustar los sabores más sobresalientes del autor: "Antonio Pereira supo lo que debiera saber desde Cervantes todo aquel que pretenda dedicarse a la literatura, que fracasar no es perder, sino la generosa certidumbre de que la huella de la esperanza y el desafío de los sueños pendientes de ser soñados lleva siempre mucho más lejos que el abandono de la utopía [...].

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LA VIOLINISTA

   Esa chica del violín que en la orquesta está lánguida de melena y a lo mejor se llama María o Claudia, educada para la vibración casi celeste, trémolos, pizzicatos, a esa mujer vestida de raso ni se le ocurre que en la sala hay ojos codiciosos de hombres que la apartan a ella del conjunto e imaginan juegos de amor para sus manos, dedos.

LA PALABRA DESTINO, Rafael Pérez Estrada

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RAFAEL PÉREZ ESTRADA, La palabra destino, Hiperión, Madrid, 2001, 256 páginas. Edición de Juan Carlos Mestre y Miguel Ángel Muñoz Sanjuán.

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Antología de la amplia producción literaria del autor, en la que no resulta sencillo establecer los límites entre géneros como la poesía, el aforismo y el microrrelato. El Prólogo (pp. 7-17) ya permite un primer acercamiento a su obra: "Escribía Wallace Stevens que con nada congenia tanto la imaginación como con la retórica, y la retórica imaginativa de Rafael es propicia a su propósito: inaugurar cada mañana el mundo; ennoblecer hasta lo adorable la dignidad humana" (p. 11).

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CONFIDENCIAS Y MELANCOLÍA

Una tarde de densa melancolía, tomándome del brazo dijo confidente: Sólo tengo un deseo, levitar; si lo consigo, lo demás se me dará por añadidura. Y, aprovechando la ocasión que me brindaban sus confidencias, me atreví a estrecharla a preguntas: ¿Y para qué levitar? -le grité varias veces. Y ella, con lágrimas en los ojos y un denso olor a jacinto en el cuerpo, me contestó asustada: Para llover luego. Entonces supe que nuestro amor sería imposible, pues su ilusión verdadera era ser nube.

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Cree el ángel en su inocencia que hay hombres de la guarda.
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La muerte de un hombre es también el fracaso de un ángel.
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La sombra de la palabra es el eco.
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Toda muerte es violenta, incluso la «natural».
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Los muertos pobres mendigan tumbas.
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¿Qué hacen los espejos cuando nadie los mira?