Mostrando entradas con la etiqueta JOSÉ MANUEL ORTIZ SOTO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta JOSÉ MANUEL ORTIZ SOTO. Mostrar todas las entradas

DOBLE CAMARA FALSA DE GESELL, José Manuel Ortiz Soto

0


JOSÉ MANUEL ORTIZ SOTO, Doble camara falsa de Gesell, Edición de autor, 2013, 76 páginas.

**********
MIMETISMO

   Un estremecimiento le recorre el cuerpo, y él se va haciendo chiquito hasta ser menos que un grano de arena en la inmensidad de aquel desierto. Corta de vista, la araña gigante pasa de largo. 

LA CORTE DE LOS ILUSOS, José Manuel Ortiz Soto

0


JOSÉ MANUEL ORTIZ SOTO, La corte de los ilusos, Lagarta Azul, Ciudad de México, 2018, 58 páginas.

**********
Las ilustraciones de Minerva Cervantes Ponce acompañan a algunos de los textos que conforman esta nueva entrega de microficción de Ortiz Soto.
**********
ONIRONAUTA

   Cada noche elije qué soñar: Rojo. Sol. Mar. Dragón..., repite hasta quedarse dormido. Al rato es un marinero holandés que naufraga en las costas del Japón. Por su destreza en el arte de la guerra, el señor feudal lo nombra samurái. Pero pronto se descubre el fraude: robó su identidad de un best seller, y el Shogun le ordena practicar seppuku. Y ahí está el marinero occidental de rodillas, la punta de la daga contra el abdomen desnudo, implorando el sonido del maldito despertador que, como sospecha, olvidó programar anoche.

LAS METAMORFOSIS DE DIANA, José Manuel Ortiz Soto

0


JOSÉ MANUEL ORTIZ SOTO, Las metamorfosis de Diana. Fábulas para leer en el naufragio, LagartAzul, México D.F., 2015.

**********
ACECHO

   Diana es una planta sexual que inunda con su aroma la atmósfera oscura del jardín. Hurto una de sus flores, pero el gruñido de la pantera que acecha entre la espesura me obliga retroceder. Con el corazón en un hilo, me agazapo a la espera del zarpazo definitivo, de la dolorosa y fatal dentellada. Un viento azul de muerte estremece mi carne. “Tómame”, susurra una voz vidriosa sobre la cama. Lleno con su imagen mi cabeza y caigo en el abismo de su cuerpo abierto.

LAS CINCUENTA CABEZAS DE LA HIEDRA, José Manuel Ortiz Soto

0


JOSÉ MANUEL ORTIZ SOTO, Las cincuenta cabezas de la hiedra, 2015, 58 páginas.

**********
REGALO DE CUMPLEAÑOS

   Rasgué la envoltura del regalo y saqué una caja más grande. No dudé en abrirla y salió otra caja todavía más grande que las antenores. "No tengo la intención de jugar a una historia absurda de matrioskas, mejor dame un billete de quinientos pesos y estamos a mano". El rostro de papá se contrajo, como si le retorcieran las tripas. "El amor que yo te tengo no habría cabido en la más grande en esas cajas", me dijo mientras sacaba de su chistera unas monedas.

CUATRO CAMINOS, José Manuel Ortiz Soto

0


JOSÉ MANUEL ORTIZ SOTO, Cuatro caminos, Universidad Autónoma de Puebla, Puebla, 2014.

**********
PARA MORIR IGUALES

   Por generaciones, crecimos fantaseando con la casa abandonada. En nuestra mente infantil a veces era un castillo cuidado por dragones; otras, la choza de una bruja come-niños. Por eso, cuando un temblor la derrumbó, todos los habitantes del pueblo corrimos a rescatar de entre sus escombros un pedazo de nuestra imaginación.

ALEBRIJE DE PALABRAS, José Manuel Ortiz Soto & Fernando Sánchez Clelo

0


JOSÉ MANUEL ORTIZ SOTO & FERNANDO SÁNCHEZ CLELO, Alebrije de palabras. Escritores mexicanos en breve, Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2013, 202 páginas.

**********
Recoge esta antología un muestrario de microrrelatos de la fecunda comunidad literaria mexicana. Junto a los de Agustín  Monsreal, Alberto Chimal, Guillermo Samperio, José de la Colina o Javier Perucho, aparecen textos de una cincuentena de autores que merecen ser reconocidos en España. En la portada, un alebrije: ese animal imaginario que es feliz compendio de lo diverso.

**********
CRISTINA POR LA MAÑANA

   Llegamos  a  la  carrera  y  nos  aventamos  y  nos  acomodamos para  espiar  a  Cristina  mientras  se  bañaba.  No  la  fisgoneábamos por la grieta de la puerta del baño como lo hace el abuelo de la vecindad. Subíamos a la azotea para verla desde ahí, ya que la ventana era larga y ancha y ella no la cerraba. A veces yo suponía que ella nos veía de reojo, como para enterarse de quién subía, quién miraba y quién estaba. Seguramente se  divertía  mirándonos  cómo  se  nos  caía  la  baba  cuando  se enjabonaba los senos, para mí unos perales, jugosos y azucarados —así me supieron la única vez que me dejó embrocarme con la boca a ellos, pero entonces desconocía que había que succionar, lamber, barrerlos con los labios y hablarles en susurros—. Aquella tarde me enseñó. Con nadie más se dejó tocar. Sí nos permitió que la contempláramos durante su baño matutino.
   Todos tumbados sobre el piso, la mano en la barbilla, en silencio, arrobados por su cuerpo húmedo, en cuyas cordilleras  soñábamos  cada  noche.  Nada  me  perturbaba  más  que verla  enjuagar  su  cabello,  que  se  entallaba  a  la  silueta  de  su cuerpo de tan largo, negro y liso. Como serpiente se le enrollaba desde la nuca, los senos y hasta el vientre y ahí se fundía en la abertura de sus piernas, donde resplandecía de tan negro.
   Al terminar de bañarse, se barría el agua de su cuerpo con las palmas de las manos, luego se secaba con una toalla, que enredaba  a  su  cabellera,  con  cuyo  extremo  después  se  limpiaba la cara. A punto de vestirse, se dirigía a la ventana para cerrarla,  desde  ahí  miraba  hacia  nosotros  por  un  segundo. Más tarde salía en bata, con sus útiles de baño en una cubetita.  Y  en  lo  que  trazaba  el  siguiente  paso  —sus  sandalias  repetían plas, plas a cada paso— miraba de nuevo a la azotea, hacia esos niños que le mendigaban una sonrisa. Ahí nos dejaba  pellizcándonos  entre  nosotros,  respirando  agitadamente, la cara al sol y la mano en la bragueta.