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TODO LO QUE SE PRODIGA CANSA, José Luis García Martín

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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍNTodo lo que se prodiga cansa, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017, 162 páginas.
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Sin literatura el mundo sería ilegible.
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Se vive después de haber vivido.
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A veces una reseña resiste mejor al paso del tiempo que el libro reseñado.
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Hay libros que solo se dejan leer cuando ellos quieren.
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Lo que no se tiene también puede perderse.
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Para el que sabe mirar, una vuelta por su jardín vale lo mismo que tres vueltas al mundo.
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Dios no existe, pero a veces me sonríe.
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Aprender a escribir es casi tan difícil como aprender a leer.
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La poesía ilumina, pero quemando.
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No me gustan las historias que acaban bien porque acaban. 

CÓMO TRATAR Y MALTRATAR A LOS POETAS, José Luis García Martín

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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN, Cómo tratar y maltratar a los poetas, Llibros del Pexe, Gijón, 1996, 260 páginas.

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En La crítica indicativa (pp. 7-11) José Luis García Martín diferencia entre la crítica militante, la crítica de urgencia y la que ciertos críticos como él ejercen: «La crítica indicativa a veces da razones y ofrece unas primeras vías de análisis de las nuevas obras literarias; otras veces se limita a recomendar, a subrayar. También a denigrar títulos muy publicitados y de escaso interés.»
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LA BIBLIA DEL HAIKU

   ¿Cómo puede definirse el haiku? André Bellesort lo ha hecho de manera más sugestiva que precisa: “Exactitud disfrazada de ensueño; poesía de res­plandores y de escalofríos; pequeñas chispas que comunican a los sueños vi­braciones infinitas; preciosos abanicos que, en el mismo instante en que se los despliega y se los cierra, hacen pasar ante nuestros ojos el milagro de un gran paisaje”.
   Para R. H. Blyth es una especie de iluminación por la que penetramos en la vida de las cosas; mediante el haiku “captamos el significado inexpresable de objetos o acontecimientos cotidianos que hasta entonces nos habían pa­sado por completo desapercibidos”.
   El haiku, que para los japoneses tiene un sentido místico y es algo más que un mínimo poema de diecisiete sílabas, se ha convertido entre los poetas occidentales en el soneto de los haraganes: no hay poeta actual que, engaña­do por su facilidad aparente, no haya perpetrado alguno.
   Fernando Rodríguez-Izquierdo, en un libro que es varios libros a la vez, ha querido aproximar al lector español, con rigor erudito, a una de las más se­ductoras y engañosas formas de la poesía universal. El haiku Japonés se editó inicialmente en 1972; inencontrable desde hace bastantes años, se reedita ahora sin otros retoques que la actualización de la bibliografía.
   Rodríguez-Izquierdo analiza el haiku desde las más diversas perspecti­vas; se detiene a contarnos la vida y la obra de sus más destacados cultiva­dores; se ocupa ampliamente de los problemas teóricos de la traducción; resume la fortuna del haiku en las literaturas francesa, inglesa y española; antologa —con especial hincapié en Bashoo— los mejores haikus, o los más característicos, de la ingente producción japonesa.
   El haiku cuenta con muchos devotos, pero también con algún escéptico. En diecisiete sílabas poca poesía cabe, nos dicen; el mínimo texto es sólo un pretexto para la imaginación del lector. La mayoría de los entendidos —y el profesor Takeo Kuwabara lo confirmó experimentalmente— no sabrían dis­tinguir un haiku de un gran maestro de otro compuesto por un aficionado, si se los presenta sin firma. Es posible. Pero si son verdaderamente expertos, sin duda sabrán distinguir un verdadero haiku de una trivialidad o de una inge­niosa ocurrencia, no importa quién sea su autor.
   La mitificación del haiku puede llevar a más de un estudioso a comulgar con ruedas de molino. Para Rodríguez-Izquierdo, “el haiku más crucial e im­portante que se haya escrito jamás” dice así: “Un viejo estanque; ) al zambu­llirse una rana, ¡ruido de agua”. Es posible que algún lector, tras conocer esta presunta obra maestra, no se sienta demasiado tentado a seguir perdiendo el tiempo con japonerías. Pero los mejores haikus tienen esa misma sencillez de trazo, sin alardes de ingenio ni rebuscadas metáforas: “Sobre la rama seca / un cuervo se ha posado; /tarde de otoño”.
   Ante un haiku sólo son posibles dos actitudes: el desdén o el deslumbra­miento; no hay término medio. Tampoco para el autor caben aproximacio­nes, medias tintas: se acierta o no se acierta; la habilidad retórica, el dominio del lenguaje, que en otros géneros evita el estrepitoso fracaso, aquí no sirve de nada.
   Los poetas de lengua española han rondado el haiku, con desigual fortu­na, desde el modernismo. Bien conocidos son los coloristas intentos de Juan José Tablada: “Tierno saúz, / casi oro, casi ámbar, / casi luz . No menos fa­mosas resultan las tentativas de Octavio Paz (por otra parte, sin saber japo­nés, el mejor traductor de poesía japonesa al castellano): “La hora es transparente: / vemos, si es invisible el pájaro, / el color de su canto”. Pero el haiku en español que yo prefiero es de un poeta desconocido, Rafael Lozano, quien lo publicó, a sus veintidós años, en un olvidado volumen de 1921: “El barco / deja sólo una estela. / Nosotros, ¿qué dejamos?’

ENIGMAS CON JARDÍN, José Luis García Martín

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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN, Enigmas con jardín, Impronta, Gijón, 2012, 180 páginas.

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CASAS CON JARDÍN

   Añado a mi colección una casa entrevista en Puebla de Sanabria desde los adarves del castillo. Está abandonada, casi en ruinas. En el jardín o huerto trasero, separado de la calle por un alto muro de piedra, crecen tres o cuartos árboles entre los hierbajos y arbustos. Parece que hace siglos que nadie ha entrado allí. ¿Nadie? A la galería de madera, por el hueco de un cristal roto, se asoma un gato. Es blanco, luminoso, lleva un collar al cuello, no es, sin duda alguna, un gato callejero. Me mira largamente, o eso creo yo, y luego desaparece en el interior.
   La casa está en venta. En la cercana Posada de las Misas pregunto si saben algo de ella. No, no saben nada. Pero de pronto, uno de los clientes de la cafetería, se ofrece a enseñármela, si me interesa. Conoce a quien guarda la llave. Y yo me entero del precio, astronómico, o ese me parece, y recorro con precaución aquella ruina, salgo al jardín, o lo intento, resulta difícil adentrarse en semejante jungla. Busco al gato blanco que me miraba desde la galería, pero no lo encuentro. Ignora quien me la enseña que me llevo esta casa conmigo, que la recorreré muchas veces, en sueños y despierto, que volveré a encontrar a ese gato blanco con una cinta azul al cuello. Una cinta azul como la que recojo del suelo al salir de la casa, digna de ceñir el delicado cuello de una de esas hermosas damas que entretienen su melancolía en los jardines del romancero antiguo.