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La métrica, sastrería de sonidos, requiere cortar las telas con gusto y coserlas como continuidad, sin que las costuras resulten visibles.
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El autobús arranca y, detrás de su miscelánea de estrépitos, no deja a nadie en la parada donde estoy aún esperándolo.
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Aficiónate al frontón. Ninguna pared te dejará para irse a jugar con otro.
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Solo en lo que se contempla cada día es posible descubrir algo insólito, original, sorprendente. La novedad es, per se, repetición.
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Con aire de pintor de nubes observo el cielo. Cambia tantas veces al día que parece un desperdicio de la imaginación que no conserve copias.
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El poeta es el que mira hacia otra parte. Es una frase peyorativa, sí, pero también simbólica con solo añadir un artículo: hacia la otra parte.
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La ventana se ve guapa con el vestido de lunares que le ha puesto la lluvia.
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Aprender el oficio de alfarero: moldear con las manos la arcilla del tiempo para construir días que conserven dentro el frescor del agua.
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A partir de la evocación contenida —y encontrada— en una vieja edición de las Rimas de Bécquer, José Ángel Cilleruelo crea este conjunto de prosas breves: cien anotaciones poéticas en las que se va tejiendo una epifanía del detalle, de todo aquello que se ignora incluso antes de perderse.
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10
Una mariposa aparece en el poema. Su vuelo se rige por el tiempo de otro siglo. También su geometría, que desconoce la línea recta. Asciende y luego baja para acercarse a un verso. Da vueltas en el aire, va a la estrofa del costado. No se traslada, disfruta. Uno comprende muy pronto que una civilización de mariposas jamás hubiera inventado el avión. Ni siquiera el tren. Pero sí la poesía. Y el arte. Y la filosofía. Agita los colores de sus alas consciente de la combinación cromática que provoca. Bebe de las palabras más bellas su hermosura. La leemos, leyéndonos.
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En el Prólogo el autor confiesa que "al descongelarse las 154 sílabas de un soneto, como el líquido ocupa más espacio que el sólido, comprobé que el charco que quedaba tenía exactamente cien palabras". Los poemas en prosa que el autor ofrece se atienen a esa extensión, pudiendo advertirse en ellos elementos narrativos.
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VICOLO D’ORFEO
Cuando llegó al piso, la señora le advirtió que no entrara nunca en aquella habitación del fondo, donde descansaba su marido, muy enfermo. La puerta siempre cerrada y el silencio que se cernía sobre el cuarto prohibido fueron echando leña al fuego recién encendido de la curiosidad. Un domingo, después de que la señora hubiera salido a misa y no quedaran otros inquilinos en sus aposentos, empujó la puerta. Una cama vacía y un gran armario. Llegó a abrirlo por ver si estaba encerrado allí el moribundo. Nada, como en los signos. El misterio de aquel misterio acababa de empezar.
JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO,
Galería de charcos,
Polibea, Madrid, 2009, 64 páginas.
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Escribe Jesús Aguado en José Ángel Cilleruelo o para una poética de la lluvia (pp. 7-8): "Los mejores charcos son los que tienen cien gotas: una de las poéticas de José Ángel Cilleruelo, que llueve con regularidad textos de esas dimensiones, cien palabras cayendo sobre las plantas, los coches aparcados, los ojos que leen libros, los países del mundo, los tranvías, los sábados".
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DESTINO
Al fracaso la gente se prepara a conciencia. Conozco el caso de Ezequiel Egea Erena que nació en enero, en Estépar, y siempre creyó que aquello era un signo del cielo. Cuando visitó Estremera decidió quedarse. Compró un piso en la calle del Eruelo trece, tercero tercera. En la calle de Enmedio salió otro más holgado por idéntico precio, pero al ser en el número ocho y cuarto, no lo quiso. Todo cuadró hasta el día de su boda; al ir a firmar los papeles descubrió su desgracia: el nombre de la novia elegida especialmente no era E... sino Helena.