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MANUAL DE ZOOLOGÍA FANTÁSTICA, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, Manual de Zoología fantástica, FCE, México, 1984, 166 páginas.

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 Reedita Fondo de Cultura Económica la edición de 1957 embellecida con las ilustraciones de Francisco Toledo.
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EL DEVORADOR DE SOMBRAS

   Hay un curioso género literario que independientemente se ha dado en diversas épocas y naciones: la guía del muerto en las regiones ultraterrenas. El cielo y el infierno de Swedenborg, las escrituras gnósticas, el Bardo Thödol de los tibetanos (titulo que, según Evans-Wentz, debe traducirse Liberación por audición en el plano de la posmuerte) y el Libro egipcio de los muertos no agotan los ejemplos posibles. Las «simpatías y diferencias» de los dos últimos han merecido la atención de los eruditos; bástenos aquí repetir que para el manual tibetano el otro mundo es tan ilusorio como éste y para el egipcio es real y objetivo.
   En los dos textos hay un tribunal de divinidades, algunas con cabeza de mono; en los dos, una ponderación de las virtudes y de las culpas. En el Libro de los muertos, una pluma y un corazón ocupan los platillos de la balanza; en el Bardo Thödol, piedritas de color blanco y de color negro. Los tibetanos tienen demonios que ofician de furiosos verdugos; los egipcios, el Devorador de las sombras.
El muerto jura no haber sido causa de hambre o causa de llanto, no haber matado y no haber hecho matar, no haber robado los alimentos funerarios, no haber falseado las medidas, no haber apartado la leche de la boca del niño, no haber alejado del pasto a los animales, no haber apresado los pájaros de los dioses.
Si miente, los cuarenta y dos jueces lo entregan al Devorador «que por delante es cocodrilo, por el medio, león y, por detrás, hipopótamo». Lo ayuda otro animal, Babaí, del que sólo sabemos que es espantoso y que Plutarco identifica con un titán, padre de la Quimera.



MANUAL DE ZOOLOGÍA FANTÁSTICA, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, Manual de Zoología fantástica, FCE, México, 2010, 159 páginas.

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Publicado originalmente en 1957 en colaboración con Margarita Guerrero, en el Prólogo ambos anuncian: "pasamos del jardín zoológico de la realidad al jardín zoológico de las mitologías, al jardín cuya fauna no es de leones sino de esfinges y de grifos y de centauros". 
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EL FÉNIX CHINO

   Los libros canónicos de los chinos suelen defraudar, porque les falta lo patético a que nos tiene acostumbrados la Biblia. De pronto, en su razonable decurso, una intimidad nos conmueve. Ésta, por ejemplo, que registra el séptimo libro de las Analectas de Confucio:
   Dijo el Maestro a sus discípulos:
   —¡Qué bajo he caído! Hace ya tiempo que no veo en mis sueños al príncipe de Chu.
   O ésta, del noveno:
   El Maestro dijo:
   —No viene el fénix, ningún signo sale del río. Estoy acabado.
   El «signo» (explican los comentadores) se refiere a una inscripción en el lomo de una tortuga mágica. En cuanto al fénix (Feng), es un pájaro de colores resplandecientes, parecido al faisán y al pavo real. En épocas prehistóricas, visitaba los jardines y los palacios de los emperadores virtuosos, como un visible testimonio del favor celestial. El macho, que tenía tres patas, habitaba en el sol.
   En el primer siglo de nuestra era, el arriesgado ateo Wang Ch’ung negó que el fénix constituyera una especie fija. Declaró que así como la serpiente se transforma en un pez y la rata en una tortuga, el ciervo, en épocas de prosperidad general, suele asumir la forma del unicornio, y el ganso, la del fénix.
   Atribuyó esta mutación al «líquido propicio» que, dos mil trescientos cincuenta y seis años antes de la era cristiana, hizo que en el patio de Yao, que fue uno de los emperadores modelo, creciera pasto de color escarlata. Como se ve, su información era deficiente o más bien excesiva.
   En las regiones infernales hay un edificio imaginario que se llama Torre del Fénix.



EL ALEPH, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, El Aleph, DeBolsillo, Barcelona, 2012 (2011), 216 páginas.

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LOS DOS REYES Y LOS DOS LABERINTOS

   Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: "Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso".
   Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

FÁBULAS, Robert Louis Stevenson

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ROBERT LOUIS STEVENSON, Fábulas, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 2004, 90 páginas.
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En el Prólogo (pp, 9-11) de esta edición traducida y prologada por Jorge Luis Borges y Roberto Alifano leemos:  "...Stevenson heredó la moral rigurosa del calvinismo, aunque no los dogmas. Descreyó de un Dios personal y de la inmortalidad personal". 
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EL ENFERMO Y EL BOMBERO

   Había una vez un enfermo en una casa incendiada, a donde llegó un bombero.
   —No me salve —dijo el enfermo—. Salve a los que están sanos.
   —Tendría usted la bondad de explicarme por qué? —preguntó el bombero, que era un hombre bien educado.
   —Nada más fácil —dijo el enfermo—. Los sanos deben ser preferidos porque son más útiles para el mundo.
   El bombero quedó meditando, ya que era un hombre de cierta filosofía.
   —De acuerdo —dijo al fin, mientras se hundía parte del techo—. Pero puesto que estamos conversando, ¿cómo definiría usted el deber de los sanos?
   —Nada más fácil —replicó el enfermo—. El deber de los sanos es ayudar a los enfermos.
   Como antes, el bombero se quedó meditando, ya que no había ninguna prisa en ese hombre ejemplar.
   —Yo podría perdonarle estar enfermo —dijo por fin, mientras se caía parte de la pared—. Pero no ser tan necio.

LOS CONJURADOS, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, Los conjurados, Alianza, Madrid, 1985, 104 páginas.

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El volumen, que constituye el último libro de poemas del escritor argentino, incluye además algunos textos breves en prosa con cierto carácter narrativo.


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EL HILO DE LA FÁBULA


   El hilo que la mano de Ariadna dejó en la mano de Teseo (en la otra estaba la espada) para que éste se ahondara en el laberinto y descubriera el centro, el hombre con cabeza de toro o, como quiere Dante, el toro con cabeza de hombre, y le diera muerte y pudiera, ya ejecutada la proeza, destejer las redes de piedra y volver a ella, a su amor.
   Las cosas ocurrieron así. Teseo no podía saber que del otro lado del laberinto estab el otro laberinto, el del tiempo, y que en algún lugar prefijado estaba Medea.
   El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad. 

EL LIBRO DE LOS SERES IMAGINARIOS, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, El libro de los seres imaginarios, Kier, Buenos Aires, 1967, 160 páginas.

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En el Prólogo, Borges y Margarita Guerrero, quien también colabora en el volumen, explican cómo conciben su lectura, más próxima a la de un artefacto lúdico que a la de un libro tradicional: "Querríamos que los curiosos lo frecuentaran, como quien juega con las formas cambiantes que revela un calidoscopio". Las ilustraciones que adornan estas páginas son obra de Silvio Baldessari.
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EL ZORRO CHINO

   Para la zoología común, el zorro chino no difiere muchísimo de los otros; no así para la zoología fantástica. Las estadísticas le dan un promedio de vida que oscila entre ochocientos y mil años. Se lo considera de mal agüero y cada parte de su cuerpo goza de una virtud especial. Le basta golpear la tierra con la cola para causar incendios, puede prever el futuro y asumir muchas formas, preferentemente de ancianos, de jóvenes doncellas y de eruditos. Es astuto, cauto y escéptico; su placer está en las travesuras y en las tormentas. Los hombres, cuando mueren suelen trasmigrar con cuerpo de zorros. Su morada está cerca de los sepulcros. Existen miles de leyendas sobre él; transcribimos una, que no carece de humorismo: Wang vio dos zorros parados en las patas traseras y apoyados contra un árbol. Uno de ellos tenía una hoja de papel en la mano y se reían como compartiendo una broma. Trató de espantarlos, pero se mantuvieron firmes y él disparó contra el del papel; lo hirió en el ojo y se llevó el papel. En la posada refirió su aventura a los otros huéspedes. Mientras estaba hablando entró un señor, que tenía un ojo lastimado. Escuchó con interés el cuento de Wang y pidió que le mostraran el papel. Wang ya iba a mostrárselo, cuando el posadero notó que el recién venido tenía cola. ¡Es un zorro!, exclamó y en el acto el señor se convirtió en un zorro y huyó. Los zorros intentaron repetidas veces recuperar el papel, que estaba cubierto de caracteres indescifrables, pero fracasaron. Wang resolvió volver a su casa. En el camino se encontró con toda su familia, que se dirigía a la capital. Declararon que él les había ordenado ese viaje, y su madre le mostró la carta en que le pedía que vendiera todas las propiedades y se reuniera con él en la capital. Wang examinó la carta y vio que era una hoja en blanco. Aunque ya no tenían techo que los cobijara, Wang ordenó: Regresemos.
   Un día apareció un hermano menor que todos habían dado por muerto. Preguntó por las desgracias de la familia y Wang le refirió toda la historia. Ah, dijo el hermano, cuando Wang llegó a su aventura con los zorros, ahí está la raíz de todo el mal. Wang mostró el documento. Arrancándoselo, su hermano lo guardó con apuro. Al fin he recobrado lo que buscaba, exclamó y, convirtiéndose en un zorro, se fue.

ATLAS, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, Atlas, Lumen, Barcelona, 1999, 103 páginas.

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En el Prólogo (p. 5) escribe Borges: "María Kodama y yo hemos compartido con alegría y con asombro el hallazgo de sonidos, de idiomas, de crepúsculos, de ciudades, de jardines y de personas, siempre distintas y únicas. Estas páginas querrían ser monumentos de esa larga aventura que prosigue".
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UNA PESADILLA
  
   Cerré la puerta de mi departamento y me dirigí al ascensor. Iba a llamarlo cuando un personaje rarísimo ocupó toda mi atención. Era tan alto que yo debí haber comprendido que lo soñaba. Aumentaba su estatura un bonete cónico. Su rostro (que nunca vi de perfil) tenía algo de tártaro o de lo que yo imagino que es tártaro y terminaba en una barba negra, que también era cónica. Los ojos me miraban burlonamente. Usaba un largo sobretodo negro y lustroso, lleno de grandes discos blancos. Casi tocaba el suelo. Acaso sospechando que soñaba, me atreví a preguntarle no sé en que idioma por qué vestía de esa manera. Me sonrió con sorna y se desabrochó el sobretodo. Vi que debajo había un largo traje enterizo del mismo material y con los mismos discos blancos, y supe (como se saben las cosas en los sueños) que debajo había otro.
   En aquel preciso momento sentí el inconfundible sabor de la pesadilla y me desperté.

CUENTOS BREVES Y EXTRAORDINARIOS, Jorge Luis Borges & Adolfo Bioy Casares

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JORGE LUIS BORGES & ADOLFO BIOY CASARES (editores), Cuentos breves y extraordinarios, Losada, Buenos Aires,  1989 (1957), 155 páginas.

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Borges y Bioy Casares compilan, para esta antología pionera, "textos de diversas naciones y de diversas épocas, sin omitir antiguas y generosas fuentes orientales". Valga extraer de las catorce líneas de la Nota preliminar esta sentencia: "Lo esencial de lo narrativo está, nos atrevemos a pensar, en estas piezas; lo demás es episodio ilustrativo, análisis psicológico, feliz o inoportuno adorno verbal".
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EL SUEÑO

   Murray soñó un sueño.
   La psicología vacila cuando intenta explicar las aventuras de nuestro mayor inmaterial en sus andanzas por la región del sueño, "gemelo de la muerte". Este relato no quiere ser explicativo: se limitará a registrar el sueño de Murray.
   Una de las fases más enigmáticas de esa vigilia del sueño, es que acontecimientos que parecen abarcar meses o años, ocurren en minutos o instantes.
   Murray aguardaba en su celda de condenado a muerte. Un foco eléctrico en el cielo raso del comedor iluminaba su mesa. En una hoja de papel blanco una hormiga corría de un lado a otro y Murray le bloqueaba el camino con un sobre. La electrocutación tendría lugar a las nueve de la noche. Murray sonrió ante la agitación del más sabio de los insectos.
   En el pabellón había siete condenados a muerte. Desde que estaba ahí, tres habían sido conducidos: uno, enloquecido y peleando como un lobo en una trampa; otro, no menos loco, ofrendando al cielo una hipócrita devoción; el tercero, un cobarde, se desmayó y tuvieron que amarrarlo a una tabla. Se preguntó cómo responderían por él su corazón, sus piernas y su cara; porque ésta era su noche. Pensó que ya casi serían las nueve.
   Del otro lado del corredor, en la celda de enfrente, estaba encerrado Carpani, el siciliano que había matado a su novia y a los dos agentes que fueron a arrestarlo. Muchas veces, de celda a celda, habían jugado a las damas, gritando cada uno la jugada a su contrincante invisible.
   La gran voz retumbante, de indestructible calidad musical, llamó:
   —Y, señor Murray, ¿cómo se siente? ¿Bien?
   —Muy bien, Carpani —dijo Murray serenamente, dejando que la hormiga se posara en el sobre y depositándola con suavidad en el piso de piedra.
   —Así me gusta, señor Murray. Hombres como nosotros tenemos que saber morir como hombres. La semana que viene es mi turno. Así me gusta. Recuerde, señor Murray, yo gané el último partido de damas. Quizás volvamos a jugar otra vez.
   La estoica broma de Carpani, seguida por una carcajada ensordecedora, más bien alentó a Murray; es verdad que a Carpani le quedaba todavía una semana de vida.
   Los encarcelados oyeron el ruido seco de los cerrojos al abrirse la puerta en el extremo del corredor. Tres hombres avanzaron hasta la celda de Murray y la abrieron. Dos eran guardias; el otro era Frank -no, eso era antes- ahora se llamaba el reverendo Francisco Winston, amigo y vecino de sus años de miseria.
   —Logré que me dejaran reemplazar al capellán de la cárcel —dijo, al estrechar la mano de Murray. En la mano izquierda tenía una pequeña biblia entreabierta.
   Murray sonrió levemente y arregló unos libros y una lapicera en la mesa. Hubiera querido hablar, pero no sabía qué decir. Los presos llamaban la Calle del Limbo a este pabellón de veintitrés metros de longitud y nueve de ancho. El guardia habitual de la Calle del Limbo, un hombre inmenso, rudo y bondadoso, sacó del bolsillo un porrón de whisky, y se lo ofreció a Murray diciendo:
   —Es costumbre, usted sabe. Todos lo toman para darse ánimo. No hay peligro de que se envicien.
   Murray bebió profundamente.
   —Así me gusta —dijo el guardia—. Un buen calmante y todo saldrá bien.
   Salieron al corredor y los siete condenados lo supieron. La Calle del Limbo es un mundo fuera del mundo y si le falta alguno de los sentidos, lo reemplaza con otro. Todos los condenados sabían que eran casi las nueve, y que Murray iría a su silla a las nueve. Hay también, en las muchas calles del Limbo, una jerarquía del crimen. El hombre que mata abiertamente, en la pasión de la pelea, menosprecia a la rata humana, a la araña y a la serpiente. Por eso sólo tres saludaron abiertamente a Murray cuando se alejó por el corredor, entre los guardias: Carpani y Marvin, que al intentar una evasión habían matado a un guardia, y Bassett, el ladrón que tuvo que matar porque un inspector, en un tren, no quiso levantar las manos. Los otros cuatro guardaban humilde silencio.
   Murray se maravillaba de su propia serenidad y casi indiferencia. En el cuarto de las ejecuciones había unos veinte hombres, entre empleados de la cárcel, periodistas y curiosos que...

   Aquí, en medio de una frase, "El sueño" quedó interrumpido por la muerte del autor O. Henry. Se conoce, sin embargo, el final:
   Murray, acusado y convicto del asesinato de su esposa, enfrentaba su destino con inexplicable serenidad. Lo conducen a la silla eléctrica, lo atan. De pronto, la cámara, los espectadores, los preparativos de la ejecución, le parecen irreales. Piensa que es víctima de un error espantoso. ¿Por qué lo han sujetado a esa silla? ¿Qué ha hecho? ¿Qué crimen ha cometido? Se despierta: a su lado están su mujer y su hijo. Comprende que el asesinato, el proceso, la sentencia de muerte, la silla eléctrica, son parte de un sueño. Aún trémulo, besa en la frente a su mujer. En ese momento, lo electrocutan.

   La ejecución interrumpe el sueño de Murray.
O HENRY

EL HACEDOR, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, El hacedor, Alianza Editorial, Madrid, 1997 (1972), 134 páginas.

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El propio Borges en el epílogo (pp. 128-129) califica como la más personal de sus obras a esta "colecticia y desordenada silva de varia lección". Las referencias históricas, filosóficas, oníricas o literarias se entrecruzan en los diferentes relatos, ensayos y poemas, erigiendo así una miscelánea en forma de universo que el hacedor argentino dispone para disfrute del lector.

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DIÁLOGO SOBRE UN DIÁLOGO

A. —Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón). —Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística). —Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

LA CIFRA, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, La cifra, Alianza, Madrid, 1981, 112 páginas.

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Precedido por una "Inscripción" (p. 9) y un prólogo (pp. 11-12) del autor, el poemario incluye 17 haikus (pp. 99-101).

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La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido.