JORDI DOCE,
Perros en la playa,
La Oficina, Madrid, 2011, 222 páginas.
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Las tintas de Javier Pagola embellecen las paredes del hogar de Jordi Doce. Hay libros en los que uno se quedaría a vivir.
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La tierra apelmazada de la página. Esperas, para tu suerte, que haya hormigueros.
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El regreso es siempre a otro lugar.
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Hay alguien en mí que no conozco: habla conmigo para saber quién soy.
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Existes siempre en el hueco que dejan los demás.
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Escarbar en los estratos de uno mismo como un arqueólogo. Pero primero hay que dejarse arruinar.
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Días que pasan a la carrera, para no vernos.
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Robó el hilo con que zurcieron nuestros cuerpos y lo cortó en pequeños fragmentos: eran palabras.
JORDI DOCE,
Lección de permanencia,
Pre-Textos, Valencia, 2000, 100 páginas.
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Está dividido este libro en dos secciones: El viento en los andenes (pp. 11-47) y Lección de permanencia (pp. 51-87). En esta segunda parte hallará el lector los poemas breves que componen «Marina», en los que Doce exhibe, con contención, su maestría en el arte de la sugerencia.
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¿Quién toca a muerto
en las campanas
sumergidas del agua?
JORDI DOCE,
Bestiario del nómada, Eneida, Madrid, 2001, 96 páginas.
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En la Nota previa (pp. 9-10) se felicita el autor por haber heredado este manuscrito que da cuenta de los viajes de su abuelo a la remota región de Anad. Ilustra Rafael Gómez.
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HORMIGA ALFABÉTICA
Siente este diminuto insecto una predilección casi obsesiva por las letras del alfabeto, que han acabado por constituir la base de su dieta. Tiene por costumbre infiltrarse en las palabras de los hombres con la consiguiente aparición de huecos y agujeros, que a la larga dificultan enormemente la comprensión. Aunque son perseguidas con saña, se multiplican con inusitada facilidad y rapidez. Algunas han logrado incluso metabolizar el veneno con que algunos hombres, a modo de trampa, rociaban muchas de sus palabras, veneno que por cierto tiene efectos perniciosos para el ser humano. Están obsesionadas por el orden: de modo aparentemente casual, dedican la mayor parte del tiempo a ordenar alfabéticamente las letras que componen el habla de los hombres, disposición que según parece les resulta muy grata, pues la celebran acelerando progresivamente su tarea. De este modo, se crea la paradoja de que cuando más ordenado se halla el discurso mayor desorden se introduce en los diálogos con que los hombres se engañan mutuamente, desmintiéndose la muy extendida y desde luego injustificada idea de que el ser humano es el único que sabe comunicarse con propiedad.

JORDI DOCE,
Nada se pierde,
Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2015, 178 páginas.
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En estos Poemas escogidos que recogen una selección de los libros publicados entre 1999 y 2015 hay cabida para un ramillete de hermosísimos poemas breves.
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Alguien izó
las velas donde el viento
tartamudea.
JORDI DOCE,
La puerta del año, Publicaciones de la Antigua Imprenta del Sur, Málaga, 2007, 36 páginas.
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En la Nota aclaratoria (p. 31) de este libro subtitulado Diario (Enero-febrero 2004) el autor señala que "estas notas [...] tienen cierta autonomía y pueden leerse por sí solas".
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Esta mañana, al fondo de la calle, el parque se me aparecía como un umbral fantasmagórico de ramas enflaquecidas y troncos anudados como viejas escobas. Bajo la luz turbia y agrisada del amanecer, ostentaba un aura irreal, dislocada de la modesta rutina de las tiendas y las camionetas de reparto. Tenía algo de decorado teatral o de fondo de dibujos animados, con la levedad casi doméstica del cartón piedra. Lo vi, de pronto, como una metáfora del otro mundo, un plano superior cuya belleza violenta hacía más intensa la realidad inmediata. Me parecieron más encantadoramente groseros, entonces, los coches, la calle, los escaparates, los tenderos, la difícil armonía de un rincón de la ciudad a las once de la mañana.
JORDI DOCE,
Hormigas blancas,
Bartleby, Madrid, 2005, 84 páginas.
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En un poema todo sucede por primera vez.
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El azar, la forma en que tiene el mundo de disimular, de salirse con la suya tomando la tangente.
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Recordar, olvidarse del desorden de la memoria.
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La página es lo contrario de una ventana: hay que cubrirla para ver.
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Sólo el laberinto te asegura una salida.
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Hay quien calla pues sabe que en el instante en que diga una palabra, las demás caerán sobre él como un alud.
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Cruzar el puente de palabras de uno mismo.
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Intuiciones, sueños extraviados de Dios.
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La noche no basta para limpiarnos.