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CUANDO EL MUNDO ERA JOVEN TODAVÍA, Jürg Schubiger

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JÜRG SCHUBIGER, Cuando el mundo era joven todavía, Anaya, Madrid, 2001, 192 páginas. Ilustraciones de Routraut Susanne Berner.

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PIITA        

   Un director de circo tenía un perro que se llamaba Pedro. El perro era casi como los demás, pero no del todo. Sabía pronunciar su nombre; es más, lo hacía sólo en inglés, decía: «Piita».
   Pedro era el único perro parlante del mundo. Pero con una sola palabra, por más que sea en inglés, no se puede hacer un número de circo. Imagínense: llega un perro a la pista de circo, dice «Piita», nada más, y se va.
   Durante varios años, el director del circo había intentado enseñarle palabras en inglés todos los días, repitiéndoselas muy despacito. Pero fue una pérdida de tiempo. Después trató de enseñarle al menos un par de números perrunos. Aquello también fue inútil. Una lástima. Sólo le faltaba un poquito. Hubiera sido suficiente con que el perro subiera por una escalera balanceando una pelota con la nariz, y en el escalón más alto, después de un acorde de la orquesta, hubiera dicho «Piita». Eso hubiera sido todo. Pero el perro no hacía más que menear la cola, olfatear, mear, ladrar y decir «Piita».
   Es posible que alguna vez, cuando el perro estaba solo en el coche, por casualidad o por capricho dijera «gras», que es hierba en inglés. Puede que dijera «gras» una vez al día o cada hora; puede que supiera otras palabras en inglés; puede que hablara muchas lenguas extranjeras con fluidez; tal vez incluso supiera escribir en esas lenguas, a mano o a máquina; pero sólo lo hacía cuando estaba solo. Delante de la gente, decía «Piita», meneaba la cola, olfateaba, meaba y ladraba.
   Pedro era el único perro parlante que había. Parece mucho, un perro parlante, y sin embargo es demasiado poco.

ASÍ EMPEZÓ TODO, Jürg Schubiger & Franz Hohler

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JÜRG SHCUBIGER & FRANZ HOHLER, Así empezó todo, Anaya, Madrid, 2007, 128 páginas.

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Subtitulado 34 historias sobre el origen del mundo, cuenta con las ilustraciones de Jutta Bauer.
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LA CREACIÓN
  
   Al principio, solo existía Dios. Un día recibió una caja de madera llena de guisantes. ¿Quién se la podría haber mandado? Desde luego, él no conocía a nadie más. Aquel asunto le daba mala espina, así que dejó la caja —es decir, la dejó flotando— en el lugar donde la había encontrado.
   Siete días después, las vainas de los guisantes reventaron. La explosión fue tan violenta que los guisantes salieron disparados hacia la Nada. Los guisantes que habían estado en la misma vaina casi siempre permanecían juntos y giraban alrededor de sus otros compañeros. Empezaron a crecer y a brillar, y así, de la Nada, surgió el universo.
   Dios estaba perplejo. Más tarde, en uno de esos guisantes, se desarrollaron todas las formas imaginables de vida, incluida la de los seres humanos. Como aquellos hombres sabían quién era Dios, le atribuyeron la creación del universo y le adoraron como a su creador.
   Aunque Dios nunca intentó convencerles de su error, todavía hoy se pregunta quién demonios pudo enviarle una caja con guisantes.