GNÓMICA, Eugenio d'Ors

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EUGENIO D'ORS, Gnómica. Aforismos ilustrados, Renacimiento, Sevilla, 2019, 144 páginas.
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Los aforismos son las golondrinas de la Dialéctica.
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El estilo, como las uñas, es más fácil tenerlo brillante que limpio.
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Haz por llegar a viejo, candidato a la Sencillez. La sencillez acabada exige tiempo para estar de vuelta de muchas complicaciones.
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El primer deber del paisajista es no formar parte del paisaje.
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Hay que irse acostumbrando a la Vejez para bien llevarla. Como un traje nuevo.
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La razón fisga siempre entre rendijas.
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Es peligroso tener el corazón alado. Vale más tener la vista alada.
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Nada hay tan moderno como lo que no debe cambiarse. 
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La inteligencia aleja la muerte.

MI CUADERNO DE HAIKUS, María José Ferrada

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MARÍA JOSÉ FERRADA, Mi cuaderno de haikus, Amanauta, Santiago de Chile, 2017, 78 páginas.

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Ferrada escribe este relato con el que iniciar a los niños en el conocimiento y la escritura del haiku. Ilustra Leonor Pérez.
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Agachada
mira las nubes
una rana.

Chiyo

ICEBERGS, Benito Pascual

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BENITO PASCUAL, Icebergs, Leibros, Madrid, 2019.
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MUJERES ICEBERG

   Todo el mundo sabe que lo que sobresale del agua apenas representa una parte minúscula de un iceberg. Es la parte no visible, la subacuática, la que esconde la mayoría de su todo. 
   Transatlánticos famosos como el Titanic naufragaron al estrellarse contra una de esas montañas de hielo. 
   Al contemplar un iceberg no puedo dejar de pensar en ello, cuando pienso en una mujer bella no dejo de imaginar que su parte más recóndita oculta también un naufragio seguro. 

A PUNTO DE VER, José Luis Morante

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JOSÉ LUIS MORANTE, A punto de ver, Polibea, Madrid, 2019.

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TIERRA HÚMEDA
Yo sigo escribiendo sobre lo ordinario
porque para mí es la casa de lo extraordinario,
la única casa.

Philip Levine
Húmedo brilla
el surco removido.
Una lombriz.

HOMENAJE A BASHO, José Luis Giménez Lago

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JOSÉ LUIS GIMÉNEZ LAGO, Homenaje a Basho, Anthema, Salamanca, 1999, 286 páginas.

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Junto a su lado
una bella manzana.
¡Murió de hambre!

ESTADOS DE EXCEPCIÓN, Gabriel Insausti

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GABRIEL INSAUSTI, Estados de excepción, Libros al Albur, Sevilla, 2019, 52 páginas.
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La extraña intimidad de compartir paraguas.
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Esos que piensan en la vida más allá de la muerte como en un plan de pensiones.
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El tedio de quedarse, la aventura de volver.
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En un sótano siempre nos sentimos un poco asesino en serie.
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La sed de muchedumbre es religiosa.
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La soledad consiste en no tener quien susurre tus defectos bajo las sábanas.
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Cuesta más distinguir la verdad que su ausencia.
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Otra vez abril: solo falta tu fe para el milagro.
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Querían serlo todo. Intentaron ser cualquier cosa. Lograron no ser nada.
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Nunca nieva como en la infancia de cada cual.

CORTOS AMERICANOS, Peter Redwhite

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PETER REDWHITE, Cortos americanos, Izana, Madrid, 2013, 68 páginas.

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LA MUJER DEL VENDEDOR

   Qué nos ha pasado, Al. Tú siempre dijiste que iba a ser alguien. Yo no te creí. Todos los días pienso en el viaje que hicimos de costa a costa poco después de conocernos. Sabes que no soy ninguna ingenua. Siempre fui consciente de que iba a ser nuestro viaje. Presentí que a menudo nos tendríamos que aferrar a esos recuerdos. Tampoco pensé nunca que mis sueños se cumpliesen. Ni tan siquiera cuando hacíamos tantos y tantos planes. Dirás que aún somos jóvenes, que no está todo perdido. Oportunidades no me han faltado, Al. Me podría haber ido con Joey, con Evans, incluso con el señor Johnson. Estoy segura de que con ninguno me habría ido mejor que contigo. Nos quisimos tanto. Creo que es cosa mía. O de la vida. No me riñas por seguir dándole vueltas a lo de nuestro pequeño. Ahora tengo que cargar con un saco de piedras. A todas partes. A todas horas. Tú pareces feliz, Alfred. Eres buen vendedor, los Dodgers van bien este año y me dices a diario lo afortunado que te sientes por estar con una mujer como yo. Quizá quieras hacerme creer que no necesitas más.

HAIKU DE LAS CUATRO ESTACIONES, Matsuo Basho

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MATSUO BASHO, Haiku de las cuatro estaciones, Miraguano, Madrid, 1983 112 páginas.

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Anota en el prólogo Francisco F. Villalba: «La poesía de Basho surge de su amor del contacto con la naturaleza. Él mismo decía que sin experimentar el frío y el hambre la verdadera poesía era imposible».
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Silencio
la voz de la cigarra
penetra las rocas.

LISTOS PARA LEER, Enric Satúe

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ENRIC SATÚE, Listos para leer, Sociedad Estatal D.DI, Madrid, 2005, 266 páginas.

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«Listos para leer nos ofrece una visión transversal, plural y absolutamente actual sobre el diseño de los libros en España», señala Miguel Ángel Moratinos sobre este catálogo de la exposición comisariada por Enric Satúe.
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   Más allá de unos pocos con unas connotaciones sentimentales o afectivas, ningún objeto, ya sea un electrodoméstico, una prenda de vestir, un coche o cualquier otra posesión, y más allá de unos pocos con unas connotaciones sentimentales o afectivas, nos acompaña más de diez o a lo sumo quince años. Sin embargo, los libros que acumulamos en nuestra vida difícilmente son «reemplazados», y sólo necesidades de fuerza mayor como mudanzas o traslados nos obligan a regalar nuestros libros, casi nunca a tirarlos.
   El libro, en la mayoría de las personas o de los hogares, ocupa en número el primer puesto en la relación de objetos poseídos: normalmente uno o a lo sumo dos frigoríficos, un máximo de tres televisores, uno o dos coches, no suelen llegar a la decena ni las sillas, ni las camas ni las lámparas. En el apartado de los objetos ornamentales (figuritas, floreros y jarrones, cuadros...) puede alcanzarse la veintena. En un esfuerzo artificial por ampliar la muestra podríamos extenderla hasta las piezas de la cubertería, que rondarán, supongo, el centenar. Y sin embargo, cuando llegamos a los libros, en la mayoría de los hogares, quiero pensar, hay más libros que tenedores y cucharas, no nos será difícil encontrar algunos donde los libros se cuentan por cientos, e incluso en un buen número de ellos, esta cifra superará el millar.
   A diferencia de los tenedores y las cucharas, los libros no permanecen ocultos en un cajón, sino que son expuestos y forman parte del paisaje doméstico, conformando un mosaico aleatorio donde las estridencias son especialmente molestas, visualmente hablando (no es lo normal ordenarlos por colores, aunque conozco a uno que así lo hace, siendo su biblioteca un sorprendente elemento cromático-decorativo, aunque de funcionalidad comprometida).
   Además, el aspecto estrictamente funcional del libro, que no es otro que ser leído, ocupa una nimiedad en el tiempo, acaso unos días, un par de semanas o tres a lo más; el resto del tiempo, esto es, toda una vida, el libro será sólo y sobretodo parte del entorno visual inmediato del individuo.
   Todos estos argumentos no son sino para reivindicar la importancia del diseño y la calidad de edición en el libro. Por descontado, el contenido del libro es lo esencial, pero en cada caso es el que es, a partir de la decisión de editar un texto determinado las opciones correctas en diagramación, criterios tipográficos, ilustración, cubiertas, elección del papel, encuadernación, etc. harán que esa edición sea memorable y perdure en el tiempo, o como sucede tantas veces, envejezca mal.
   Con todo esto sobre la mesa, a quienquiera que se le cuente, cómo son las pautas que en los últimos años rigen el mercado, quiénes toman las decisiones en las estructuras editoriales, cuáles son los criterios a la hora de definir los aspectos formales, pensará que algo no está funcionando correctamente. Los antaño «responsables de edición» han sido sustituidos por «product managers» para quienes los resultados inmediatos, esto es, el máximo de ventas en el menor tiempo posible, están llenando las estanterías de los hogares de productos anodinos, perecederos, caducos, que sólo unos años después (en cuanto cambien las modas y las tendencias) reclamarán a gritos ser eliminados del paisaje visual doméstico que afean con su estridencia coyuntural. A la escasa atención que se le da hoy a las «tripas», en una especie de todo vale que afecta a la disposición de elementos, a la composición tipográfica por no hablar de la ausencia de corrección de estilo y la descuidada corrección ortotipográfica o la pobre calidad de las traducciones, parece unirse un culto al despropósito en lo referente al aspecto exterior: hoy se diseñan cubiertas y colecciones que siguen estrictos criterios de packaging y reclamo, y la atemporalidad ha dejado de ser la auténtica obsesión y reto para el diseñador que fuera antaño. Salvo meritorias excepciones el resultado no puede ser más desolador.
   El libro, más allá de las superadas discusiones de sobremesa acerca de su futuro frente a la alternativa de los bytes, está pasando a ocupar el triste puesto de los objetos de consumo, libros de usar y tirar, elementos prescindibles en los que la relación persona-objeto no va más allá de la meramente funcional, y ni siquiera ésta vive sus mejores momentos. Los valores de percepción, posesión, plasticidad y proyección individual carecen de sentido. A quienes creen que el PDF es la amenaza, habría que preguntarles si no será que hacemos libros que parecen cada día más eso: PDF’s encuadernados.
   Espero que no se interprete como un arrebato de nostalgia, pero no estaría de más que revisáramos las ediciones de la segunda mitad del siglo pasado, donde encontramos en ediciones modestas realizadas durante unos años que no fueron peores que estos para el mercado del libro, valores y audacias que hoy son excepción y que han quedado reservadas a unas pocas ediciones de lujo y lo que se ha dado en llamar «libro objeto».
   En contraposición a todo lo expuesto, afortunadamente vemos cómo se mantienen y surgen nuevas iniciativas editoriales de momento escasas, casi testimoniales, que parecen dispuestas a no conformarse con el tedio general y luchan por mantener y reivindicar esa «cultura del libro» que pasa por horas bajas. Y de la mano de éstas, un puñado de diseñadores está bregando en esa misma línea. Sería deseable que, a unos y otros, les prestáramos algo más de atención. Los libros son más que palabras, y los lectores un patrimonio irrenunciable que se merece el esfuerzo. Somos lo que leemos. Pocas cosas influyen en nuestro ánimo y en nuestro modo de percibir cualquier asunto como lo que estamos leyendo. Este mismo texto, posiblemente sería completamente distinto si no fuera porque la semana pasada estuve leyendo, diría que devorando porque es uno de esos libros que atrapan, las Confesiones de una editora poco mentirosa de Esther Tusquets, a quien sin conocerla ahora admiro aún más. Y en estos días, mientras escribo esto, ando con los primeros capítulos de El diseño emocional. Por qué nos gustan (o no) los objetos cotidianos de Donald Norman, otro ejemplar capaz de darle la vuelta como un calcetín a la percepción que tenemos de los objetos. 

Álvaro Sobrino 


INCIDENTES, Ary Malaver

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ARY MALAVER, Incidentes, Valparaíso, Granada, 2019, 102 páginas.

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buscar, hallar

   Otro de los relatos en el cuaderno boliviano que incluye una ilustración es el siguiente:

   Tras décadas de consumirte en conflictos y privaciones de todo tipo, lo hallaste. Así, sin más, tu más cara obsesión: pálido, salido de espuma del mar, el unicornio.
   Superada la sorpresa inicial, alcanzaste a hacerle una pregunta. Tras observarte por algunos instantes la criatura vio lo que todos y sentenció: "Hombre roto por dentro y por fuera, que tu búsqueda no te aleje más del momento presente". Y luego, tras declinar tu oferta, se fue.

TODOS LOS UNIVERSOS POSIBLES, Ana María Shua

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ANA MARÍA SHUA, Todos los universos posibles: microrrelatos reunidos, Emecé, Buenos Aires, 2017, 1000 páginas.

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   Mi papá no está contento conmigo. Me mira más triste que enojado porque sabe que le oculto un secreto. Estás muerto, quisiera decirle. Pero tengo miedo de que no venga más.

¿POR QUÉ LA ARAÑA NO SE QUEDA PEGADA A LA TELA?, Robert Matthews

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ROBERT MATTHEWS, ¿Por qué la araña no se queda pegada a la tela?, Ariel, Barcelona, 2010, 272 páginas.
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En el Prefacio (pp. 9-10) Mattews recuerda que «los grandes descubrimientos científicos han empezado con una pregunta».
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¿DAÑA LA VISTA LEER CON POCA LUZ?

   Mi primera reacción fue considerar la idea como una de esas chorradas que se transmiten de padres a hijos a lo largo de generaciones. Sin embargo, como ello dice más de mis problemas con la autoridad que con los hechos reales, consulté a Larry Benjamin, secretario honorífico del Real Colegio de Oftalmólogos británico. Por lo visto existen experimentos animales (no pregunten cuáles) que prueban que si se priva a los ojos de luz durante los primeros estadios de vida, éstos son más propensos a la miopía; nadie sabe por qué. Dado que los ojos de un niño están en desarrollo hasta los tres años, podría ser que la escasez de luz provocara defectos de visión en la vida adulta; sin embargo, considerando que pocos niños se pasan horas leyendo a la luz de las velas, esto resulta poco convincente. Según el señor Benjamín, aunque esta práctica probablemente no sea perjudicial para la vista, carecemos de pruebas que nos lo confirmen, y, dado los problemas que suponen la realización de este tipo de estudios, seguiremos a oscuras en relación a este asunto.

CUADERNO AMARILLO, Salvador Pániker

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SALVADOR PÁNIKER, Cuaderno amarillo (Diarios de Pániker 1), Literatura Random House, Barcelona, 2014, 448 páginas.
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21 de abril

   Día de angst. El angst es, ante todo, una cosa neuroquímica. Cada mañana, al levantarme, soy como un bicho malherido. Desde el Incidente, suelo despertarme con la ansiedad subida; luego, con el té y los fármacos consigo salir a flote, aunque nunca del todo a flote. Difícil equilibrio.
   Contra el angst, salirse fuera, y, desde fuera, contemplar el angst. Posición de Testigo. Respirar tranquilamente y ocuparse en lo que a uno le concierne. Mozart ya enfermo: «continúo componiendo porque me cansa menos que descansar». Yo: continúo emborronando este diario porque así me asomo al exterior.
   Contra el angst, descentramiento. Asomarse al aire libre donde todo es acto.

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11 de mayo

   Adenda a lo apuntado ayer. Si la finitud es, paradójicamente, una infinita apertura, la actitud de base ha de ser el abandono creativo. El que absolutiza algo nunca se abandona: siempre está rígido. El que no absolutiza nada, vive en el tao. Flota, fluye.

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24 de junio

   Viene BK a comer a casa, y al final plantea lo inevitable: que si yo lo deseo, podemos separarnos para siempre. ¿Para siempre? Ésas son palabras ampulosas, BK. Ella ríe, luego llora, más tarde vuelve a reír, todo sin estridencias, sin mengua de su carnalidad aristocrática. Yo, en un momento inesperado, abrazo a BK. Los años discurridos, el ginseng, qué sé yo. Una mezcla equilibrada de sentimientos, incluso la curiosidad por calibrar mis propias reacciones sexuales, todo me ha empujado a ir con BK a la cama, y ha resultado muy fácil, más fácil que con JX: era como volver al hogar, aunque sin perder la distancia. Nada de lo cual me escandaliza. Está uno muy de vuelta de sus propias contradicciones, que tampoco son contradicciones, sino signos, síntomas. Síntomas del nihilismo ontológico. El yo se construye, a cada instante, de manera nueva. Lo que a veces más presiona es la necesidad de comunicación. El deseo permanente de comunicación precede al sexo.
   El sexo es lenguaje.

SÉ QUIÉN ERES POR LAS LÁGRIMAS EN MIS OJOS, Luis Héctor Gerbaldo

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LUIS HÉCTOR GERBALDO, Sé quién eres por las lágrimas en mis ojosTinta Libre, Córdoba, 2018, 96 páginas.

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ABANDÓNICO

   Por favor te lo pido, si vas estar en mis sueños, quédate hasta que despierte. 

POSTALES DE NEW YORK, Isabel Parreño Pena

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ISABEL PARREÑO PENA, Postales de New York, Ediciones del Viento, A Coruña, 2019, 128 páginas.

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Eduardo Baamonde acompaña con sus imágenes el paseo de Dorothy Parker, E.E. Cummings, Allan Poe, Dylan Thomas, Louis Armstrong, Marjorie Eliot García Lorca, Pardo Bazán o Woody Allen por los rincones de Nueva York.
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Sunnyside, Queens Dylan: 

   He llegado hasta Chelsea a través de un sendero de flores flotando entre los pisos altos de los edificios. No, no he descubierto un nuevo cóctel ni me han vendido esa condenada hierba mexicana. Ni siquiera es una metáfora de esas que tanto abominas. El mundo sigue siendo en muchas cosas un lugar inexplicable. High Une era una estructura de hierro construida a principios del siglo pasado para transportar ganado y mercancías al distrito de Meatpacking. Es posible que tú la recuerdes así, como una vía de tren elevándose en medio de los almacenes, sobrevolando el tráfico diabólico de camiones y carros, rodeada del olor a muerte y a sangre de los mataderos vecinos. Pero el tiempo pasa también sobre las ciudades que se arrugan o se sobreponen a las cicatrices del pasado. La vieja vía cayó en desuso en los años sesenta y, a punto de ser demolida, se reconvirtió gracias a la presión de los vecinos. Lo que antes eran hierros oxidados y zarzas se ha transformado en un parque aéreo, frondoso. Meatpacking es ahora un barrio de moda. En los antiguos almacenes prosperan restaurantes vanduardistas y en las calles donde se acumulaban las vísceras de las reses sacrificadas, florecen los parterres y los árboles junto a tiendas exclusivas y galerías de arte. El edificio del nuevo Whitney Museum termina este paseo volátil en un cubo acristalado abriéndose sobre el río. Desde los ventanales que sustituyen a las paredes en la zona oeste del museo, se domina el vasto territorio de New Jersey, el caudal poderoso, casi oceánico, del Hudson y los muelles de descarga con su perfil de grúas como pajarracos gigantes al borde del agua. Es agradable sentirse a salvo dentro del museo, rodeada de pintura norteamericana, como en un refugio. Camino de una sala a otra como si estuviera en medio de una calle transitada; me detengo frente algunos cuadros, intento retener sensaciones, colores, formas...pistas que no deberé olvidar y que tal vez algún día me lleven a un conocimiento más sosegado de esas obras y autores. ¿Viviré tanto tiempo?
   Desde aquí puedo llegar paseando sin prisas hasta el Chelsea Hotel. En realidad, eso es lo que estoy buscando todo el día, no puedo engañarte. Una neblina ligera difumina la luz y la distancia creando la ilusión de invierno a pesar de que es un día bochornoso de julio. Esta parte del barrio tiene avenidas amplias, ruidosas, con una actividad frenética y un ir y venir impersonal. El hotel está cubierto por andamios y una tela de obra de color negro. Es casi imposible distinguir el cartel vertical que cuelga en la fachada. Después de todos los rumores sobre su cierre o demolición, parece que finalmente van a rehabilitarlo. Siempre me ha parecido un sitio muy siniestro, con un aspecto demasiado lúgubre como para resultar atractivo y, sin embargo, es incalculable el número de artistas que han pasado por sus habitaciones: Burroughs, Arthur Miller, Gore Vidal, Tennessee Williams, Allen Ginsberg, Simone de Beauvoir, Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Bob Dylan... pintores, diseñadores, actores... en torno a la puerta se acumulan las placas de bronce recordando a unos y otros. Como una gran necrópolis urbana, un monumento funerario que honra a sus muertos. Tú también tienes tu placa, Dylan, aunque a diferencia de muchos otros que pasaron por aquí, tú te quedaste para siempre un 9 de noviembre de 1953.
   Los andamios de la obra han dejado despejada la entrada y puedo leer un cartel que prohíbe el paso y prohíbe las fotografías. Veo un pequeño trozo del vestíbulo, con sillones de cuero polvorientos y mesas bajas de estilo indefinido. En el techo, un ventilador dorado gira con lentitud. Puedo distinguir al fondo la cabeza de un hombre rubio detrás de un mostrador de madera. Toda la habitación es de una desnudez sórdida, ajada, como el paisaje de una pesadilla o una película de Linch.
   Hace unos días, estuve en la White Horse Tavern: allí también se acordaban de ti. Sigue manteniendo ese aire de pub irlandés del que me hablabas: las paredes oscurecidas por el humo y el tiempo, la madera desgastada y la barra coronada de jarras de cerveza. En una de las salas interiores cuelga un retrato tuyo. Seguramente te alegrará saber que eres el pequeño dios de este templo de alcohol. El record, según dicen los libros, dieciocho whiskies seguidos, demasiados whiskies incluso para ti. Me estremece ese retrato. Estás sentado en la barra de ese mismo lugar, rodeado de gente y mirando fijamente al objetivo, como si alguien te hubiera sorprendido en ese instante. Tus mofletes de niño grande, el pelo revuelto y ese desaliño tan encantadoramente tuyo. Pero tus ojos grandes y tristes parecen haber enloquecido. ¿Qué estabas viendo, Dylan? No querías morir de convención ni de mentira, como dijiste en tus versos, aunque en esa mirada sólo se intuye el vacío, la certeza del fin, acaso el pánico, un grito silencioso. Qué abismo de soledad entre esa mirada tuya y la alegre indiferencia de este bar, la música, las voces, las risas, las rubias melenas de jóvenes esplendorosas: 
   Sí eso bastase, bastaría para calmar el sufrimiento. 
Qué feliz fui mientras duró el gozar. 
   No sé cómo pudiste llegar desde el White Horse hasta el Chelsea Hotel, si te trajo alguien, si estuviste tirado en la acera, si volviste a despertar, si lo último que viste fue este ventilador renqueante en el techo de tu habitación. El hombre del fondo levanta la cabeza al notar mi presencia, su mirada me taladra cuando saco el móvil para hacer una fotografía. No entres dócilmente en la noche. Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz. Suenan las sirenas de una ambulancia, tal vez la policía, no distingo bien los sonidos. Pasa un vehículo blanco a toda velocidad dejando una estela de luces intermitentes que se pierde en el tráfico de la calle 23.
   Recibe un eterno abrazo, mi querido Dylan.

HIERBA VELOZ Y PÚRPURA, Asier Susaeta Díez de Baldeón

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ASIER SUSAETA DIEZ DE BALDEÓN, Hierba veloz y púrpura, Zaera Silvar, A Coruña, 2019, 160 páginas. 

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Dictinio de Castillo-Elejabeytia Gómez ilustra este tercer volumen de una colección que, de la mano de Zaera Silvar, camina lentamente, pero con pasos bien firmes.
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JUEGOS DE MANOS

   Marta podía conducir siempre que su padre estuviese en el asiento del copiloto, el coche aparcado en el garaje de casa y la colocase sus manos sobre el volante, a las diez y diez, como él le había enseñado. Durante esas clases, ella pensaba que, moviéndolas un poco, el tiempo pasaría más rápido y deslizaba la derecha por la goma cuarteada, minuto a minuto, sin que su padre se diese cuenta. Y así llegaban las diez y media, las once menos cuarto, las manecillas se retorcían, pero el tictac solo se reiniciaba cuando él quitaba el seguro y le susurraba «buena chica».

LIBRO DE LAS MÁSCARAS, Javier Vela

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JAVIER VELA, Libro de las máscaras, Pre-Textos, Valencia, 2019, 84 páginas.
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La rebelión empieza en una biblioteca.
Eichstädt, Anales de la Sociedad Filológica de Jena, VI, 1813
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Enseña a los peces el lenguaje de los anzuelos. 
Celan, Aforismos y textos en prosa
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Cada vez que alguien muere, un libro muere con él. 
Webster Spargo, Libros y bibliotecas imaginarias
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A veces escribimos a la luz de una lámpara lo que otros ya escribieron a la luz de una vela. 
Krueger-Bosch, Los últimos rebeldes
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Tu rostro es anterior a los espejos.
Freehand, El tren y otros poemas
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En el futuro me acordaré de olvidar.
Keppler, Viaje al fin del mundo
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Qué aventura inmóvil, la lectura.
Girault, Las semejanzas
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La literatura es el fragmento de los fragmentos.
Goethe, Máximas
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La convicción es un lugar de paso. Sólo quien duda vuelve del exilio.

DILUVIO PERSONAL, Miguel A. Molina

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MIGUEL A. MOLINA, Diluvio personal, Legados Ediciones, Madrid, 2019, 174 páginas.

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EN EL ACTO

   Temblamos al unísono cuando descorrieron el cerrojo, y caminamos aterrorizados hacia nuestro destino. Él se sentó en la silla que tenían preparada para la ocasión, yo permanecí de pie expectante. Nuestros cuerpos comenzaron a tiritar de miedo a la espera de la orden definitiva y ni tan siquiera hicimos intento de mirarnos durante aquellos últimos segundos. Él, entre sollozos, comenzó a rezar suplicando ayuda y yo, intentando disimular, pedí que me mandara valor. Ambos lo hicimos al mismo Dios, pero solo uno fue correspondido. Para mí aquella fue la primera vez de muchas, para él la primera y última.

RETAZOS, Antonio Duque Amusco

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ANTONIO DUQUE AMUSCO, Retazos, Renacimiento, Sevilla, 76 páginas.

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Duele la ausencia.
Son las lamentaciones
de un hombre solo.

LOS TRES PIES DEL GATO, Miguel Ángel Arcas

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MIGUEL ÁNGEL ARCAS, Los tres pies del gato, Trea, Gijón, 2019, 80 páginas.
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La duda: una forma de equilibrio. La más antigua de las oraciones.
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La realidad es la ficción aún no contada.
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Las verdades son siempre penúltimas.
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El olvido es una geografía de la que no existen mapas.
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La apariencia es un descuido del ojo.
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Dios no existe, pero persiste.
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Sospechar de las certezas. Morder la mano que te da tranquilidad.
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De la inocencia se parte. A la ignorancia se llega.
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La boca del silencio no siempre está cerrada.
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Las cosas siempre se terminan de hacer en el pasado.

COMIMOS Y BEBIMOS, Ignacio Peyró

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IGNACIO PEYRÓ, Comimos y bebimos, Libros del Asteroide, Barcelona, 2018, 264 páginas.


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En El manejo del fuego (pp. 13-21), el autor confiesa: «Consciente del pie de página que ha representado la literatura gastronómica, como escritor, la cocina me interesa para hablar de la vida y de los afectos».
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MÁS AMARGOS 

   Josep Pla dejó dicho que el brandy español había causado más bajas que la guerra civil y todavía está por ver el número de vidas arruinadas por un chupito de más de Jägermeister. Sus estragos sobre la afectividad humana llegan a un potencial de devastación ni siquiera al alcance de esas caipiroskas que empapan a las Erasmus en la zona de Huertas. Ahí se han visto dramas. De pronto, sin embargo, lo criminoso son los amargos, esos amari que desde Italia supieron cifrar una noción de la vida elegante. La Universidad de Innsbruck ha facilitado «las primeras pruebas empíricas» de que este sabor «está relacionado con rasgos malévolos de la personalidad». Es como un adiós a la pandilla Martini y su suave nonchalancia en los puertos más prestigiosos del verano. O como un corte de mangas al sabio Ceronetti, que veía en el amargor el primus inter pares de los sabores.
   Algunos seguiremos aun así bebiendo amargo, atentos a ese último coletazo del blanco en la garganta, amigos de todos los santos barmans de este mundo, sin que se nos caiga de los labios la expresión «on the rocks». Cynar, Fernet, Montenegro, Averna: vale casi todo, pero lo suyo es reivindicar el júbilo sin fin de un campari al caer la tarde. Mejor si es con un latigazo de ginebra. Eso le da mordiente, le da empaque. El campari es el amargo de los amargos, y su color es el color del sol que se pone: la vida pasa y ya vemos cómo estaba llena de aperitivos resueltos en el paso de brisa de un campari como quien dice sí a todo. Es una magnífica imprudencia antes de ponerse a cenar. Luego está el americano, que —como se sabe— es más bien parisino: lleva campari, vermú rojo y soda y no lleva ginebra para que el asunto permanezca pusilánime. Así no hay quien caiga en redondo. Por suerte, cierto conde italiano maniobró para que un barman le adicionara un tercio de ginebra en la mezcla. Ahí se abrieron los cielos y quedó hecho el negroni, como el primer día que amaneció maná. Con su cuerpo de golondrina, Audrey Hepburn solía tomarse dos negronis antes de cenar. Es la dosis que, para detonar la alegría, debería recomendar la OMS. Seamos, amigas y amigos más imprudentes, más amargos, que nunca será un hombre serio quien nunca ha perdido los papeles.

QUIÉN, QUÉ, CUÁNDO, Julia Rothman, Jenny Volvoski & Matt Lamothe

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JULIA ROTHMAN, JENNY VOLVOSKI & MATT LAMOTHE, Quién, qué, cuándo, Nórdica Libros, Madrid, 2018, 144 páginas.


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65 semblanzas de entrenadores, dentistas, colegas, esposas, madres, padres, secretarios, mentores, editores de. «Detras de cada gran persona hay alguien que posibilita su ascensión» escriben en la introducción Rothman, Volvoski y Lamothe. Cada una de estas semblanzas está escrita e ilustrada por distintos autores.
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CARLO [1849-1866]: EL PERRO DE EMILY DICKINSON 

   Cuando tenía diecinueve años, a Emily Dickinson le regalaron un cachorro de terranova. Le llamó Carlo por el perro que aparece en Jane Eyre. «Me pregunta por mis compañeros —escribió Dickinson años después a un amigo—. Las colinas —señor— y el atardecer — y un perro tan grande como yo que me regaló mi padre — son mejores que los seres humanos — porque saben — pero no dicen». Carlo era sigiloso, como todos los perros, pero, probablemente, de mayor tamaño que Dickinson. Los terranova macho pesan unos setenta kilos; Dickinson medía un metro sesenta y dos centímetros y era «pequeña, como un reyezuelo».
   La leyenda de Dickinson recluida en su hogar es difícil de mantener sabiendo el tiempo que pasó con este animado animal. (Un poema empieza: «Empecé muy temprano — cogí a mi perro —». Tal como recordaba un amigo en otro texto «Emily iba con su perro y una linterna», lo que sugiere que Dickinson caminaba con Carlo de noche). Cuando Dickinson exploraba el bosque de Pelham en las praderas circundantes, Carlo la acompañaba, aportándole confianza física y libertad mental. Ella le elogiaba por ser «valiente y mudo».
   Carlo era negro o marrón y, al igual que todos los terranova. mudaba mucho el pelo. Aunque corre una leyenda según la cual Dickinson se vestía «completamente de blanco», ella reconocía ser aficionada al «calicó», y que le gustaba llevar «un vestido marrón con una capa, si es posible, de color más marrón» —un color más práctico para una mujer cubierta de pelo de perro—. Nunca se quejó por tener un perro tan grande —en un poema le canta a las patas embarradas de los perros—, pero sabemos que odiaba las tareas domésticas. «Hoy están limpiando la casa, Susie, y me he retirado rápidamente a mi pequeño cuarto». Puede que la criatura a la que llama «aliado peludo» estuviera durmiendo a sus pies cuando escribía; puede que le babeara en el vestido y en el papel de escribir.
   La palabra «puede» tiene una importancia fundamental en todas las biografías de Dickinson, dado el celo con el que guardaba sus secretos. Uno de esos misterios perdurables tiene que ver con tres cartas de amor que Dickinson escribió, pero que nunca envió. No sabemos si el hombre al que iban dirigidas esas cartas era real o imaginario, pero, cuando Dickinson le pregunta: «Carlo, tú y yo podríamos / pasear durante una hora por las praderas», no queda duda de a quién se imaginaba acompañándoles en su cita. Carlo vivió más de dieciséis años y Dickinson escribió algunos de sus poemas más importantes durante ese tiempo. Cuando el terranova falleció, esta forjadora de un nuevo lenguaje poético habló muy poco sobre el suceso. Escribió a su amigo Thomas Higginson: «Carlo ha muerto. ¿Me dices qué debo hacer?». Más tarde anotó:«Exploro muy poco desde que mi callado confederado» falleció. Nunca tuvo otro perro.
Sara Levine
 Sarah Jacoby

LAS CHICAS VAN DONDE QUIEREN, Irene Cívico & Sergio Parra

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IRENE CÍVICO & SERGIO PARRA, Las chicas van donde quieren, Montena, Barcelona, 2019, 118 páginas.

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Estas 25 aventureras que cambiaron el mundo «creyeron en sí mismas, fueron extravalientes y abrieron el camino a todas las demás».
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KATIA KRAFFT: LA CHICA QUE NOS DESCUBRIÓ LOS SECRETOS DE LOS VOLCANES

   Los volcanes son uno de los fenómenos más increíbles. Pero un volcán en erupción es una de las cosas que más miedo te da en el mundo, estaremos de acuerdo. Pues no, para Katia, no. Cuando veía un volcán en erupción, se iba de cabeza hacia él.
   Con 14 años, Katia se fue con sus padres de vacaciones a Sicilia. Allí descubrió volcanes tan chulos como el Etna, ¡un volcán que sigue todavía en activo a día de hoy! Ese viaje le cambio la vida, porque en ese momento decidió que, de mayor, iba a ser vulcanóloga. Sin dudarlo. Katia se matriculó en la Universidad de Estrasburgo, estudió geología y se especializó en volcanes, claro. Allí conoció a Maurice, el amor de su vida y su compañero inseparable de aventuras.
   Al acabar la carrera, ahorraron para poder visitar el volcán Estrómboli, situado en una pequeñísima isla de Italia y que está en constante erupción (0_0). Eso quiere decir que, cada 20 minutos aproximadamente, se escucha un rugido, tiembla todo el suelo y el volcán escupe fuego y lava. Supertranquilo. Una fiesta para Katia y Maurice, que hicieron millones de fotos documentando cómo era exactamente el proceso. Cuando las mostraron al mundo, crearon fascinación por todas partes y se dieron cuenta de que tenían futuro haciendo lo que más les gustaba.
   Katia y Maurice no eran simples vulcanólogos (si ser eso es simple, vaya), Formaban parte de un grupo de élite que se hacía llamar el Grupo de Trabajo de los Volcanes Activos. O sea, que no se conformaban con estudiar los volcanes extinguidos o «dormidos». Este grupo de valientes estaba obsesionado con observar la actividad volcánica mientras sucedía. Y, cuando se enteraban de que había una erupción en algún rincón del planeta, eran los primeros en llegar y acercarse al cráter más que nadie. Katia hacia fotos, Maurice lo capturaba todo en vídeo. Durante los 23 años que estuvieron persiguiendo volcanes, documentaron más de 150 erupciones por todos los continentes, publicaron 20 libros, e hicieron 6 documentales y un buen puñado de programas de tele y miles de charlas alrededor del planeta. En el mundillo vulcanólogo eran conocidos como los Volcano Devils «los diablos de los volcanes», que se traduciría como las superestrellas del rock'n'roll de los volcanes. Básicamente.
   Sus descubrimientos han ayudado a que ahora tengamos un mejor conocimiento de las erupciones volcánicas. Katia y su marido recolectaban minerales de todos los cráteres, así como muestras de viscosidad de la lava y del gas que desprendía el volcán. Gracias a ellos, sabemos que cuando un volcán erupciona, afecta al ecosistema de la zona y libera ingredientes básicos para la vida. Documentaron cómo nace un volcán y cómo se apaga, así como lo peligrosas que pueden llegar a ser las nubes de ceniza. Y lo hicieron en modo difícil: subiendo a los cráteres directamente y metiéndose en un lago de lava ácida para coger muestras..., al fin y al cabo ¡la lava solo está a 1.000 grados!
   Sus estudios les permitían trabajar con los gobiernos. Pensad que muchas veces, la gente no era consciente de todo lo que podía pasar, así que Katia y Maurice les enseñaban sus fotos y vídeos a las autoridades locales para convencerles de la necesidad de tener protocolos de seguridad y de evacuación. Por ejemplo, cuando el volcán Pinalubo entró en erupción en Filipinas, los Krafft hicieron mediciones y tras ver que, encima, se acercaba un tifón convencieron a la presidenta del país, Corazón Aquino, de evacuar la zona y salvar así la vida a miles de personas.
   Desde Filipinas se fueron volando a Japón, ya que les avisaron de que el volcán Unzen estaba entrando en erupción. El 3 de junio de 1991, cuando subían por el Unzen para observar la erupción, el flujo piroclástico (la nube de gas y materia volcánica que baja por la ladera de la montaña a más de 700 kilómetros por hora) cambió de dirección y arrasó todo lo que encontró a su paso. Más de 40 personas, incluidos Katia y Maurice, perdieron la vida en el volcán aquel día. El día anterior, Maurice le decía a las cámaras que les acompañaron a ver la erupción que no le importaba morir el día siguiente, porque él ya era más que feliz con todo lo que había visto en la vida. Increíble.
   Los Krafft son una leyenda en el mundo de los volcanes, pues nadie se atrevió a ir tan lejos como ellos, y por eso la medalla de distinción a los mejores vulcanólogos se llama la Medalla Krafft. Ah, y también hay un parque de atracciones en Francia que se llama Vulcania, donde además de divertiros, podéis ver gran parte de la colección de imágenes y muestras que recogieron Katia y Maurice. ¡Volcano Devils Forever!

HACERSE EL MUERTO, Andrés Neuman

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ANDRÉS NEUMAN, Hacerse el muerto, Páginas de Espuma, Madrid, 2018, 140 páginas.


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En cualquier nueva edición de los libros de Andrés Neuman, encontrará el lector variaciones que enmiendan, enriquecen o mejoran la versión anterior. Esta dialoga con la publicada también por Páginas de Espuma en 2011.

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SINOPSIS DEL HOGAR

Amo a mi hermana.
Mi hermana ama a mi padre.
Mi madre amó a mi padre.
Mi padre no ama a nadie.

EL FUTURO ES FEMENINO, Sara Cano

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SARA CANO, El futuro es femenino, Nube de tinta, Barcelona, 2018, 48 páginas.

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Agustina Guerrero, María Hesse, Ana Santos, Naranjalidad, Lady Desidia, Laura Agustí, Elena Pancorbo y Amaia Arrazola ilustran estos Cuentos para que juntas cambiemos el mundo.
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PENDIENTES

   No sé si voy a poder. Ana siempre me dice que soy una cobardica, pero no es por eso. Es que el imperdible está afiladísimo. Ni siquiera me atrevo a sujetarlo muy cerca de la punta, no sea que me pinche el dedo. Me dan muchísimo miedo las agujas. Las agujas duelen, y yo no quiero hacerme daño, pero...
   Pero me tengo que atrever.
   Me tengo que atrever porque se lo he prometido a Julia y a Ana. Una promesa de mejores amigas. Dicen que solo duele durante un momento, y luego...
   No puedo.
   Seguro que pincha tanto como el aguijón de la avispa que me picó en la piscina el verano pasado. Estaba jugando en el bordillo y apoyé la mano encima del bicho sin darme cuenta. Nunca antes me había picado una avispa y, más que un pinchazo, fue como si se me hubieran clavado un par de cuchillos diminutos. La palma empezó a escocerme muchísimo, y la picadura se me puso como una pelota, y se me empezó a hinchar el brazo, y me tuvieron que llevar al ambulatorio, y la doctora me puso una inyección enorme que acabó doliéndome más que la propia picadura. Al principio me la quería poner en el brazo pero, en cuanto la vi venir con la jeringuilla en la mano, me puse a llorar y a moverme sin parar porque no quería que me pinchara. Las agujas duelen. Al final, tuvo que pincharme en el cachete mientras papá me sujetaba y mamá me tranquilizaba.
   Ahora ni mamá ni papá están conmigo. Estoy yo sola, delante del espejo del baño, y no puedo llamarlos porque se van a enfadar muchísimo conmigo si se enteran de lo que estoy haciendo. Seguro que me castigan sin ir al cumpleaños esta tarde. Y yo tengo que ir al cumpleaños, se lo he prometido a Julia y a Ana. Una promesa de mejores amigas. Les he prometido que iré con pendientes, como ellas, porque así las tres estaremos muy guapas.
   Hoy Julia cumple diez años. Le han dado permiso para hacerse los agujeros en las orejas y va a ir con su hermano mayor a la farmacia para poder estrenar sus pendientes nuevos en la fiesta. A Ana le hicieron los agujeros en el hospital cuando nació, así que ella lleva pendientes desde que era un bebé. Pero yo no tengo. Mamá y papá dicen que les daba pena hacerme daño y que no querían decidir por mí, que a lo mejor cuando fuera mayor ni siquiera me gustaba tener las orejas agujereadas. Pero ahora ya soy mayor y he decidido que sí quiero agujeros en las orejas porque así también podré ponerme pendientes. Bueno, hasta hace unos días no quería, porque las agujas me dan muchísimo miedo. Las agujas duelen. Pero ahora sí quiero. Casi todas las chicas de clase los llevan, yo soy de las pocas que todavía no se han hecho los agujeros. Y esta tarde quiero estar igual de guapa que ellas. Además, se lo he prometido a Ana y a Julia. Una promesa de mejores amigas.
   Lo que pasa es que no se si me voy a atrever.
   Pero me tengo que atrever.
  Respiro hondo y me miro al espejo. Ensayo cómo voy a colocarme el pelo para que me tape las orejas, y que mamá y papá no se den cuenta de lo que he hecho ni me castiguen sin ir al cumpleaños. Después de un rato, me atrevo a tocar la punta del imperdible con la yema del dedo, y vuelvo a limpiarla con el alcohol que he cogido del botiquín. Ana me ha dicho lo que tengo que hacer para que no se me infecten las heridas y que me dolerá menos si me pongo un poco de hielo antes del pinchazo. También me ha explicado que es muy importante ponerse algo en el agujero justo después para que la herida no se me cierre. Miro los pendientes que me ha prestado Julia. Son muy bonitos, iguales que los que ella va a estrenar esta tarde, solo que plateados.
   Cuento hasta tres, contengo la respiración y cierro los ojos. Sé que no debería cerrarlos, que si no miro puedo pincharme en el moflete o en otro sitio, y que eso sería peor... No quiero n¡ pensarlo, pero es que si los abro sé que no voy a atreverme a hacerlo.
   Pero me tengo que atrever, porque se lo he prometido a Julia y a Ana. Una promesa de mejores amigas. No quiero que piensen que soy una cobarde ni que se rían de mí. Quiero ponerme pendientes, porque los pendientes son bonitos y te hacen estar guapa. Y yo también quiero estar guapa, como todas las demás niñas de mi clase.
   Tomo impulso con el brazo, me acerco la aguja. Noto que la punta se me clava y que algo caliente me resbala por la piel. Un escozor intenso y desagradable me palpita en el lóbulo de la oreja. Como el picotazo de la avispa, como el pinchazo de la aguja en el ambulatorio.
   Cuando abro los ojos y vuelvo a mirar, la niña que hay delante de mí no me parece guapa. Está pálida y asustada, tiene la oreja manchada de sangre reseca y las mejillas surcadas de lágrimas. Lágrimas que brotan de unos ojos rojos, hinchados y avergonzados.
   Las agujas duelen.
   No puedo. No me atrevo.
   Y la verdad es que no me quiero atrever.
   Y no me tengo que atrever, si no quiero.
 Ana Santos

69 / MODELO PARA AMAR, Julián López-Carrillo

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JULIÁN LÓPEZ-CARRILLO, 69 / Modelo para amar, DVD / Actual Eterno, Barcelona, 2001, 224 páginas.

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Eduardo Moga anota en el Prólogo (pp. 7-11): «La creación poética exige un uso cristalino del lenguaje, ya sea éste hermético o figurativo; es decir, un nombrar que purifique, que devuelva las cosas —sublimes o intestinales— a su centro y desollado ser. Los poemas de López-Carrillo logran este objetivo». López-Carrillo compone con estos poemas visuales un ejercicio de permutaciones.
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HEROÍNAS SECRETAS DE LA HISTORIA DE ESPAÑA, El Fisgón Histórico

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EL FISGÓN HISTÓRICO, Heroínas secretas de la historia de España, Plan B, Barcelona, 2018, 144 páginas.
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Juan de Aragón es El Fisgón Histórico. Dividido en cinco capítulos (Mujeres en la conquista de América, Mujeres guerreras y aventureras, Mujeres intelectuales e ilustradas, Mujeres artistas y Mujeres poderosas), ofrecen pequeñas semblanzas biográficas que despertarán la curioridad del lector.
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REMEDIOS VARO (1908-1963): LA ARTISTA DEL SURREALISMO

   María de los Remedios Alicia Rodriga Varo y Uranga fue una de las artistas más destacadas de su momento. Tras terminar los estudios en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, y vivir en París y Barcelona, comenzó a interesarse por ei movimiento surrealista. Pero debido a la Guerra Civil, se exilió a Paris, donde entabló amistad con los artistas de la vanguardia. A pesar de la situación bélica, para Remedios Varo esta fue una época de experimentación y creatividad.
   Por segunda vez, la artista tuvo que exiliarse cuando los nazis ocuparon París. En esta ocasión terminó en Ciudad de México, tras un duro viaje, aunque no se instaló de forma definitiva: durante aquellos anos no tuvo un lugar de residencia fijo, mientras se desempeñaba en distintos trabajos como decoradora y diseñadora.
   No fue hasta el año 1949 cuando se mudó de nuevo a la capital de México para vivir allí de forma permanente. Años después, en 1952, encontramos su mayor actividad artística. Participó en exposiciones de gran éxito y exploró distintos campos artísticos como la pintura, la fotografía, la escultura o la escritura, combinándolos en algunas ocasiones. 

ÉL MIDE LAS PALABRAS Y ME TIENDE LA MANO, Luis García Montero

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LUIS GARCÍA MONTERO, Él mide las palabras y me tiende la mano. Aforismos en la obra de Luis García Montero, Valparaíso, Granada, 2017, 118 páginas.
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Carmen Canet, responsable de la selección de estos aforismos encontrados, destaca el mecanismo certero por el cual García Montero da, a lo largo de su obra, en el blanco: "sus libros son un espacio de conocimiento, de búsqueda. En ellos se nos muestra como un escritor reflexivo de palabra contenida, intimista y comprometida, que con un lenguaje medido nos toca y da en la diana".
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Cada soledad depende de las condiciones de su mundo.
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Hay preguntas que se parecen a los desfiladeros.
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A veces hasta la felicidad resulta una amenaza.
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Cada palabra es una elección.
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La imaginación es una amiga insolente.
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Hasta la gente más neutra tiene retranca.
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Detrás de un cursi hay siempre un impostor.
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La memoria no es
un animal doméstico.
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Una bailarina se parece a una lágrima 
rodando en la mejilla de los sueños
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Del verano se sale igual que de un recuerdo.

COMO ONDAS EN EL AGUA, Julián Contreras

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JULIÁN CONTRERAS, Como ondas en el agua, Tahiel Ediciones, Buenos Aires, 2018, 192 páginas.

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BUENAS MIGAS

   El tipo me caía mal. Luego, lo metí al horno y le puse sal. Tenía buen gusto.

COSAS QUE ESCRIBÍ MIENTRAS SE ME ENFRIABA EL CAFÉ, Isaac Pachón

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ISAAC PACHÓN, Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café, 2015, 200 páginas.

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CRUDA IRREALIDAD

   Cuentan que en el cielo, las nubes se tumban bocabajo y observan ensimismadas las formas y movimientos de los hombres. También cuentan que en los bosques de personas, los árboles marcan, a cuchillo, espaldas y barrigas con algún que otro corazón de enamorado. O que desde el mar, los peces lanzan mensajes embotellados que naufragan en la desesperanza de la arena de las playas. Y aún a sabiendas de que todo es mentira, hundo mi mano en la orilla hasta notar con mis uñas la cruda irrealidad de la arena mojada.

LA PIEL INTRUSA, Yanina Rosenberg

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YANINA ROSENBERG, La piel intrusa, Páginas de Espuma, Madrid, 2019, 152 páginas.
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SEPTIEMBRE EN LA PIEL

   Un aire a pasto mojado inundaba la habitación. Me di vuelta, estiré las piernas en busca del calor de Guapi, su piel suave, sus tetas acampanadas y calientes, pero encontré la punta filosa ¿de una astilla? que se clavó en mi abdomen, cerca del calzoncillo. Corrí las sábanas para destaparme, extendí un brazo para encender el velador: una espina, del largo de una aguja hipodérmica, estaba dolorosamente incrustada en mí. La sostuve con la pinza del índice y el pulgar, y después, con cuidado, tiré hacia afuera. Un punto de sangre engordó hasta reventar y extenderse por mi piel. Me limpié con los dedos y por un momento mantuve la mano sobre la herida, apretando con fuerza. Guapi, mi amor, dije, y para destaparla sacudí las sábanas con las piernas. Me quedé con la vista fija en ella, los ojos achinados para ver mejor, las palabras estancadas en la garganta: por la cara, el cuello, los brazos, el pecho, a Guapi le bajaba una sombra verdosa que, en las piernas, tenía la consistencia de una alfombra de pelo recortado. Me incliné hacia ella y la toqué con un dedo: áspera, esponjosa, húmeda. La toqué con la mano entera. Guapi, dije, pero ella seguía sin despertar; los brotes ¿de pasto? se erguían en su pecho con cada respiración. Guapi, Guapi, la sacudí hasta que al fin entreabrió los ojos. ¿Estás bien? Ella, los párpados todavía tironeados por el sueño, no conseguía volver a la realidad. Mirate, mira cómo estás, le dije, pero ella me gruñó con cara de rottweiler y volvió a cerrar los ojos, las manos tanteando en busca de las sábanas. No, mirate, dije y le llevé un brazo a la altura de su cara; le palmeé una mejilla con su mano inerte, y recién entonces volvió a abrir los ojos, de malhumor pero ya despierta. Se miró. Se miraba y parpadeaba en un esfuerzo por hacer foco, por desempañar la vista, por sacarse de encima los restos de sueño. Giraba la mano con una fascinación algo infantil hasta que de un envión, esforzado pero ágil, se incorporó, como quien de pronto entiende algo. Sentada y con ojos de animé no dejaba de mirarse. Con la yema de los dedos se acariciaba, peinaba las hojitas en una y otra dirección. Mantenía los labios entreabiertos en una mueca ¿asombrada, divertida? que, de un momento a otro, al darse cuenta de mi desconcierto, empujó hacia la vergüenza. No, mi amor, si estás hermosa, le dije sin saber bien qué decir mientras ella se rascaba el pasto alrededor del ombligo. Por cómo se rascaba, estaba claro que no me creía una sola palabra. 
   La familia de Guapi, al enterarse, nos trajo toda clase de regalos: regaderas, aireadores, palas, tijeras suizas, rastrillos graduables y hasta dos pares de guantes de algodón y puntilla, uno con estampado de lirios celestes y el otro de rositas rococó. La madre parecía especialmente encantada con la noticia: una bendición del cielo, decía mientras apoyaba con cuidado sus pies descalzos en las piernas de su hija, una bendición que, sin duda, esperaba desde hacía tiempo. Y con la excusa de cuidarla, poco menos que se instaló en casa. La bañaba cuatro o cinco veces al día, una ducha tibia y suave, y no la dejaba hacer sus tareas de siempre, como baldear la cocina, colgar la ropa o levantar cosas pesadas. Además, pasaba horas emparejándole el pasto debajo de las axilas y alrededor de los pezones, y con paciencia infinita le sacaba una por una las malas hierbas que se le encarnaban en la ingle. 
   Mi mamá, en cambio… Desde un principio dejó en claro que no estaba contenta con lo de Guapi. Apenas venía a visitarnos, y cuando venía, porque yo la llamaba y le ponía alguna excusa como que tenía ganas de comer sus varenikes, apenas se dignaba a hablar. Sentada en el sillón, respondía a todo con monosílabos. ¿Hace frío afuera? Sí. ¿Papá se siente mejor? Sí. ¿Preferís café o cortado? Sí. Estaba clarísimo que Guapi nunca le había caído bien, un caramelo ácido de esos que no 
pueden chuparse sin cara de asco. 
   Todavía no puedo identificar el momento exacto en que empezamos a hacer las cosas mal, si es que hicimos, o hice, algo mal. Tampoco entiendo qué pudo haber pasado. Porque después del shock, de la sorpresa, todo había vuelto a la normalidad, y hasta parecía mejor que antes. Con Guapi habíamos empezado a buscar una casa más grande para mudarnos, con jardín o patio andaluz, y aunque ninguna de las que nos gustaban se acercaba a nuestro presupuesto, ella todavía se mostraba radiante, feliz, de buen humor las veinticuatro horas, orgullosa de su nueva condición, como si hubiera sido alguna clase de elegida, el punto de inflexión hacia el progreso de una nueva humanidad o algo así. Incluso le habían brotado en los hombros unas margaritas que tenían un brillo especial. 
   Lo cierto es que no sé cómo, de un día para el otro, Guapi empezó a pudrirse. Sus hojas se pusieron primero amarillas y después pasaron a un marrón irreversible. Empezó a llenarse de parásitos y a largar un olor insoportable, que nos hizo olvidar cómo era el olor a pasto húmedo de sus primeros brotes. Probamos regarla cada cinco minutos, y también no regarla durante semanas; probamos con urea y con distintas proporciones de fósforo, nitrógeno y potasio; probamos con fertilizantes líquidos y sólidos, de liberación controlada y con Weed and Feed; compramos mezclas orgánicas e inorgánicas traídas de Tánger y de Moscú, y también distintas marcas de anticonceptivos orales que ella se negaba a tomar, pero que su madre le disolvía en el agua o le aplastaba entre la resaca. También probamos con ácido acético y jugo de limón, pero nada. Guapi seguía empeorando, y ya no sabíamos qué más hacer. 
   Una tarde llegué a casa y la encontré sola, sentada en el balcón. Estaba cubierta por una pelusa blanca, ¿de hongos, de moho?, que parecía la tela de una araña gigante; mantenía la cabeza inclinada entre los barrotes de la reja, la vista perdida en alguna expectativa lejana. Mi amor, llegué, le dije, pero ella ni se levantó ni giró para saludarme. ¿Cómo habíamos llegado a eso? ¿Cómo fue que, de un día para el otro, Guapi y yo habíamos dejado hasta de saludarnos? Me acerqué y la besé en la frente. Estaba húmeda y pegajosa, pero rígida. Inclinó apenas la cabeza hacia atrás, y me pareció que pretendía esquivarme, que su boca se torcía en un gesto de reproche y desprecio a la vez. Las hojas resecas de sus margaritas se desprendieron cansadas, vencidas. 
   No fue fácil cargarla por la calle en medio de la noche, caminar en el frío las dos cuadras hacia la plaza, sentir sus ojos negros que brillaban en la oscuridad mientras veían cavar. Tampoco fue fácil hundir la pala en la tierra, remover las durezas, doblarle las piernas y juntarle los brazos para que no tuviera frío, para que estuviera cómoda, para que volviera a ser quien era, para que al fin pudiera ser feliz. No sé si lo habré hecho bien o mal. Quizás no la cubrí lo suficiente, o quizás la cubrí demasiado y ya nunca florezca. Quizás ya no quiera, o no esté destinada a florecer. Yo, que la sigo queriendo tanto, me siento a esperar en el banco de la plaza, frente a ella. Le tiro los pellets de fertilizante, camuflados en migas de pan que simulo arrojar a las palomas, y espero, tan solo espero. 

LA GAYA CIENCIA, Friedrich Nietzsche

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FRIEDRICH NIETZSCHE, La gaya ciencia, Edaf, Madrid, 2002, 260 páginas.
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Amor-. El amor perdona al amado incluso el deseo.
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Explicaciones místicas-. A las explicaciones místicas se las considera profundas; pero la verdad es que no son ni siquiera superficiales.
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Una decisión peligrosa-. La decisión cristiana de encontrar el mundo feo y malo ha hecho el mundo feo y malo.
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Característica incómoda-. Encontrar profundas todas las cosas; esta es una característica incómoda: hace que uno fuerce constantemente la vista y que al final encuentre siempre más de lo que deseaba.
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Elogio en la elección-. El artista selecciona sus asuntos: esa es su manera de elogiar.
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Tras una gran victoria-. Lo mejor de una gran victoria es que le quita al vencedor el miedo a una derrota. «¿Por qué no salir derrotado alguna vez?», se dice, «pues ahora soy lo bastante rico para ello».
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Siempre en compañía de nosotros mismos-. Cuanto es como yo, en la naturaleza y en la historia, me habla, me elogia, me impulsa hacia delante, me consuela: lo demás no lo oigo o lo olvido enseguida. Nunca estamos en otra compañía que la de nosotros mismos.
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Ideas-. Las ideas son las sombras de nuestras sensaciones, siempre más oscuras, vacías y sencillas que estas.
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Los negadores del azar-. Ningún vencedor cree en el azar.
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En el aplauso-. En el aplauso hay siempre una especie de ruido: incluso en el aplauso que nos tributamos a nosotros mismos.

LA LECCIÓN DE PULGARCITO, Felix Trull

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FELIX TRULL, La lección de Pulgarcito (Aforismos), Karima Editora, Puzol, 2019, 86 páginas.
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La felicidad es la forma más refinada de gratitud.
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La lectura genuina nos obliga a descender al pozo de nosotros mismos. El libro es la cuerda.
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Solo los valientes elogian por la espalda.
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No hay apariencias engañosas, sino intérpretes apresurados.
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Nuestros miedos lo saben todo de nosotros. Por eso nos asustan tanto.
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Dicen que, pronto, la muerte será opcional. Auguro una plaga de suicidios sin razón aparente.
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Prefiero condenarme como lobo solitario que salvarme formando parte de un rebaño.
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Desde que he renunciado a entender a las personas, me resulta mucho más fácil amarlas.
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No hay nada más duradero que un aforismo incomprendido.

SALVAJES Y SENTIMENTALES, Javier Marías

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JAVIER MARÍAS, Salvajes y sentimentales: Letras de fútbol, Alfaguara, Madrid, 2011, 320 páginas.

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LA RECUPERACIÓN SEMANAL DE LA INFANCIA

   El escritor Guillermo Cabrera Infante detesta el fútbol. La escasa tradición cubana en este deporte podría justificarlo, pero sus más de veinticinco años en Inglaterra anulan tal explicación. Recuerdo su cólera y sus denuestos cuando ocurrió la tragedia de Heysel. Apartándose por una vez de Nabokov, que fue guardameta en su exilio de Cambridge y hasta el final de su vida gustó de ver partidos por televisión, no culpaba a los hinchas del Liverpool, sino al propio deporte: “Ese juego nefasto”, decía, “incita a la violencia porque es violento en sí mismo: se juega con los pies, y pocos movimientos hay tan feroces como el que supone dar una patada”. Es curioso que, en cambio, en Estados Unidos el fútbol no haya prosperado porque allí se lo considera demasiado lento y blando, una práctica propia de señoritas. Y en efecto, cuando estuve unos meses en la Universidad exclusivamente femenina de Wellesley College, el deporte preferido de las alumnas no era otro que el arte de Di Stéfano, para mi gran sorpresa. Claro que allí podía deberse a la influencia del propio Nabokov, que pasó por el lugar en los años cincuenta y quizá instauró la tradición.
   Lo que sí sé es que no hay deporte que más angustie, cuando es angustioso. Es más, en mi caso particular confesaré que es de las pocas cosas que me hacen reaccionar hoy en día de la misma manera –exacta- en que reaccionaba cuando tenía diez años y era un salvaje, la verdadera recuperación semanal de la infancia. Hace un mes llegué a asustarme: al carecer de descodificador en mi televisión, hube de seguir la última jornada de la Liga española por radio, como en la postguerra y aun después. Tal vez fue eso lo que me retrotrajo con demasiada vehemencia a los años más indómitos de mi niñez, pero lo cierto es que cuando, acabados los partidos, mi editor culé me llamó con el himno del Barça como música de fondo y dispuesto a hacer bromas de las que –siempre entre risas y sin asomo de ceño- nos gastamos doscientas a lo largo del mes, le anuncié muy serio que ya no podría publicar nunca más con él; y no sólo eso, sino que dudaba que volviera a pisar Barcelona (ciudad que me encanta y en la que viví) y desde luego no pondría jamás pie en Tenerife. Me salió el hooligan que todos los aficionados llevamos dentro.
   Por suerte todo se me pasó al cabo de unas horas –pero no menos-, porque el fútbol soporta una maldición que a la vez es la salvación de jugadores, entrenadores y forofos compungidos por una derrota. Se trata de una actividad en la que no basta con ganar, sino que hay que ganar siempre, en cada temporada, en cada torneo, en cada partido. Un escritor, un arquitecto, un músico pueden sestear un poco tras haber hecho una gran novela, un maravilloso edificio, un disco inolvidable. Pueden no hacer nada durante un tiempo o hacer algo menor. Entre los primeros, que son los que más conozco, los hay que han pasado a ser buenos por decreto y hasta el fin de sus días gracias a una sola obra estimable escrita cincuenta años atrás. En el fútbol, por el contrario, no caben el descanso ni el divertimento, de poco sirve tener un extraordinario palmarés histórico o haber conquistado un título el año anterior. No se considera nunca que ya se ha cumplido, sino que se exige (y los propios jugadores se lo exigen a sí mismos) ganar el siguiente encuentro también, como si se empezara desde cero siempre, analogía del resultado inicial de todo partido. A diferencia de otras actividades de la vida, en el deporte (pero sobre todo en el fútbol) no se acumula ni atesora nada, pese a las salas de trofeos y a las estadísticas cada vez más apreciadas. Haber sido ayer el mejor no cuenta ya hoy, no digamos mañana. La alegría pasada no puede hacer nada contra la angustia presente, aquí no existe la compensación del recuerdo, ni la satisfacción por lo ya alcanzado, ni por supuesto el agradecimiento del público por el contento procurado hace dos semanas. Tampoco, por tanto, existen durante mucho tiempo la pena ni la indignación, que de un día para otro pueden verse sustituidas por la euforia y la santificación. Quizá por eso el fútbol sea un deporte que incita a la violencia, como decía Cabrera: pero no por las patadas, sino por la angustia. A cambio hay que reconocer que tiene algo inapreciable y que no suele darse en los demás órdenes de la vida: incita al olvido, lo que equivale a decir que a lo que no incita nunca es al rencor, algo que se aprende sólo en la edad adulta.