ISLA SOMBRERO, Juan Carlos de Sancho

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JUAN CARLOS DE SANCHO, Isla sombrero. Cuentos y descuentos, Mercurio, Las Palmas de Gran Canaria, 2016, 146 páginas.
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TOMOKO

   Tomoko es una niña japonesa de Kioto que solo come rollitos de primavera. Disfruta tanto con sus rollitos que no necesita otro alimento.
   Aunque es japonesa le encanta la comida china. En primavera le brotan flores de cerezo por las orejas y la nariz. Entonces Tomoko se va al jardín de la casa, cava un agujero en la tierra y se transforma en una planta. Durante ese tiempo apenas come nada y deja que crezcan los cerezos.

LAS CONSECUENCIAS DE NO TENER NADA MEJOR PARA PERDER EL TIEMPO, Carlos Marzal

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CARLOS MARZAL, Las consecuencias de no tener nada mejor para perder el tiempo, Frida, Madrid, 2017, 52 páginas.
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Cuando se viaja, las ideas sobre el viaje pesan más que la maleta.
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Siempre acaba por llegar un cursi y ponerle un lazo rojo a la carne desnuda.
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La erudición también es una ignorancia parcial, pero con conocimiento de causa.
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Entre las ventajas de la edad se cuenta esta: hacernos creer que nuestras resignaciones son una conquista de la sabiduría.
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Hay pocos placeres comparables al de creerse que los demás envejecen peor.
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La esperanza es la mitad de la aspirina.
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El deseo también incluye una cartografía: nos inclina a ciertos barrios, a ciertas calles, a ciertas casas.
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Hay amores de paso que constituyen un hogar mientras vamos de paso hacia el amor.
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Se nos pasa el arroz incluso para las perversiones propias.

SEXOADICTAS O AMANTES, Paula Izquierdo

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PAULA IZQUIERDO, Sexoadictas o amantes, Belacqua, Barcelona, 2007, 202 páginas.

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Catalina la Grande, George Sand, Sarah Bermhardt o Isadora Duncan «fueron tajantes en sus posturas y no se dejaron amilana, independientemente de las épocas y las costumbres al uso que les tocó vivir». Paula Izquierdo indaga en las distintas formas de procurar el placer y consolidar el yo.
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   Anaïs Nin nació en Neuilly, cerca de París, el 21 de febrero de 1903. Su padre era el famoso compositor y pianista cubano-español Joaquín Nin y su madre, Rosa Culmell, era hija de un diplomático danés establecido en La Habana. Cuando Anaïs contaba sólo once años, sufrió el mayor y más determinante desconsuelo que marcaría el resto de sus días: su padre se enamoró de una joven heredera y abandonó a su mujer y a los tres hijos habidos de ese matrimonio. Rosa Culmell decidió entonces poner mar de por medio, y embarcó junto con sus hijos rumbo a Nueva York. A partir de esa fisura sentimental, Anaïs comenzó a escribir, costumbre que no abandonaría jamás. Su objetivo, mientras navegaban por el Atlántico, consistió en escribir una carta a su padre dándole los más minuciosos detalles de su travesía. Corría el año 1914, Anaïs no volvió a encontrase con su progenitor hasta la primavera de 1933. La carta que comenzó entonces, es decir, la necesidad de expresarse por escrito, sería una forma de estar en el mundo. El resultado, además de una serie de novelas y relatos cortos, fue que Anaïs llegó a escribir un diario del que se conservaron quince mil páginas, repletas de erotismo y sinceridad, en el que describe sin ningún tipo de censura sus variadas y múltiples relaciones sexuales, sus sentimientos más íntimos en una búsqueda permanente de conocerse a sí misma a través de su voz interior; una vez más, una mujer retaba a su tiempo sobreviviendo a los prejuicios que imperaban en los primeros años del siglo pasado. 
   En Nueva York, después de estudiar hasta los dieciséis años, ya adolescente, se hizo bailarina de flamenco y modelo. En esa ciudad fue donde conoció al que sería su marido, Hugh Guiler, un banquero norteamericano con el que se casó con sólo veinte años. Parece ser que el matrimonio no se consumó hasta dos años después, ya que Anaïs sentía verdadero temor ante la posibilidad de mantener relaciones sexuales. Ella se había casado sin estar enamorada y él esperó pacientemente a que la joven madurara y pudiera dar rienda suelta a sus sentimientos.
   En 1931, el matrimonio se instaló en Francia, en un pueblecito llamado Louveciennes, cerca de París. Es entonces cuando escribe: «La vida ordinaria no me interesa. Sólo busco momentos altos. Estoy de acuerdo con los surrealistas, en la búsqueda de lo maravilloso». Un año más tarde, conoció al escritor Henry Miller y a su mujer June. Entre los tres se creó una relación apasionada y absolutamente insólita. Se querían los tres, se tenían celos y admiración, a veces se odiaban pero la mayor parte del tiempo fue una relación fructífera y productiva. Este triángulo amoroso se mantuvo durante un año; aunque Anaïs intentaba engañar a su marido, él constituía en cierta medida la cuarta pata de la mesa. Hugh sabía que la única forma de retener a Anaïs para que permaneciera a su lado era dándole la libertad que necesitaba y no preguntar, sólo amarla.
   En 1932, Anaïs conoció al psicoanalista francés Allendy, quien fue el cofundador, junto con Sigmund Freud, de la Sociedad Psicoanalítica de París. Pronto se estableció una relación íntima entre ambos. Ella buscaba conciliar con el psicoanálisis los diferentes matices de su personalidad: lo real y lo simbólico, la pasión y la razón, los acontecimientos y los deseos. Sin embargo, René Allendy, en su intento de curarla, trató de castrar su personalidad, su desenfreno, intentando eliminar todo aquello que definía su ser, por lo que Anaïs después de un periodo de tratamiento y sexo, terminó por evitar a aquel hombre que pretendía que ella fuera una mujer «normal».
   En 1933 se convirtió en amante de su padre. Anaïs escribió en su diario, que tiempo después se publicaría bajo el título de Incesto: «5 de mayo de 1933: Por la noche soñé con que mi padre me acariciaba como un amante, y experimenté un placer inmenso». Tal como ella expresa en estas líneas, siente por sus deseos un gran horror y una gran atracción. Al principio de su relación incestuosa se impide a sí misma llegar al orgasmo. Esta forma de automutilación o de autocastigo la ayudaba a sobrellevar el gran deseo que sentía hacia su progenitor. Privándose del máximo placer cree no ser tan indeseable. Escribe en su diario: «El esperma es un veneno». Su padre le dijo que quería reemplazar a sus otros amantes, y que, en realidad, su único y verdadero rival era el diario que ella escribía de forma incansable.
   Seis meses más tarde de su primer encuentro, padre e hija vuelven a citarse en la casa de Anaïs, en Louveciennes, y de nuevo se acuestan. Poco después, conocerá al psicoanalista Otto Rank, un hombre del que se enamoró y que la ayudó a superar y desechar la relación incestuosa que mantenía con el padre.
   Si algo la obsesionó a lo largo de su existencia fue su sentimiento de desarraigo que, en gran medida, se convirtió en el motor de vivir la vida hasta sus últimas consecuencias. Era una mujer que necesitaba llevar hasta el límite cualquier relación que establecía. Así, a través de su médico y amante fue cómo se hizo una verdadera devota del psicoanálisis, llegando a ejercer como psicóloga durante un periodo breve de su existencia. Rank, al contrario que Allendy, no intentó cambiar su personalidad, sino que la ayudó a asumir sus sentimientos, entendió sus contradicciones y le hizo ver que éstas eran legítimas. Fue Rank quien le propuso que se desplazara a Nueva York para que ejerciera como ayudante. Poco después, Anaïs volvió a Francia, pero tanto la relación con Rank como el estudio y conocimiento del psicoanálisis fueron muy satisfactorios para ella; aprendió sobre todo a aceptarse a sí misma y a entender las fluctuaciones de su estado de ánimo.
   Meses después de regresar a París, en mayo de 1934, se quedó embarazada de Henry Miller (según sus cálculos). A pesar de la insistencia de su marido, Anaïs decide abortar. Este aborto supone un antes y un después en su vida, una forma de exorcizar todos sus fantasmas. Pierde a la niña, pero ella revive.
   Es cierto que Anaïs se convirtió en un icono de la autenticidad en una época saturada de hipocresía. Según Erica Jong, Anaïs es una representante de la libertad sexual y psicológica de la mujer y por eso sus diarios íntimos y sus relatos eróticos no dejaron a nadie indiferente; unos la odiaron y otros la llevaron al altar de la liberación sexual. También obtuvo, merecidamente, el título de mecenas de los artistas. Anaïs era capaz de reconocer el talento de todos aquellos que la rodeaban. De hecho, desde el principio de su relación con Miller hasta que éste despuntó como escritor, ayudó económicamente a su amante y colega. Durante los primeros años de relación llegaron a colaborar. Ambos se ayudaban, se apoyaban y se admiraban como escritores. Cuando económicamente vinieron mal dadas estuvieron dispuestos a escribir bajo pedido relatos eróticos o pornográficos para un coleccionista. Sin embargo, esta fuente de ingresos pronto llegó a su fin. Ninguno de los dos se sentía a gusto en ese papel de «fingidor» sexual. El sexo para ellos tenía un valor inmenso y prodigioso que, indefectiblemente, se desvirtuaba al escribir sobre él de una forma más o menos mecánica. Cuando decidieron poner fin al acuerdo, escribieron una carta al coleccionista: «(...) Le odiamos. La sexualidad pierde su fuerza cuando se hace explícita, automática, exagerada. Cuando se convierte en una obsesión mecánica, llega a ser aburrida. (...) No sabe usted lo que se pierde con su análisis microscópico de la actividad sexual y la exclusión de todo lo demás, sin el combustible que la enciende: lo intelectual, lo imaginativo, lo romántico, lo emotivo (...)».
   Esta carta, fechada en diciembre de 1941, puso punto final a la colaboración de Miller y Nin con su excéntrico lector.
  Hemos hablado de la fijación que Anaïs tenía hacia su padre, un don Juan quisquilloso y manipulador. Su otra obsesión fue la desatención que sufrió como escritora. Anaïs tuvo siempre la sensación de no ser apreciada como la escritora que era. En Norteamérica se la consideraba una extranjera y, cuando por fin se publicaron sus obras en Francia, aparecieron como «Romans américains». En Nueva York, ante la negativa de los editores, decidió publicar sus textos y los de sus amigos ella misma. Sin embargo, cuando en 1944 vio la luz su libro de relatos Bajo la campana de cristal, el crítico literario de mayor prestigio del momento hizo una reseña muy elogiosa, comparándola con Virginia Woolf. En aquella época escribió: «A mí me pueden encontrar en una fiesta y se me puede ver bailar y reír, pero lo que escribo es muy serio. Sólo cuando muera llegaré a ser visible, y entonces algún editor se interesará por mis libros y pujará por ellos. Pero durante mi vida no ha habido ningún escritor ni editor que diera un solo paso para prolongar mi obra». Estas notas son en alguna medida proféticas. Aunque antes de su muerte conoció el éxito, ya que en 1966 se publicó el primer volumen de sus diarios íntimos, no fue hasta después de su fallecimiento cuando la gente se pegaba por leer sus diarios y Anaïs se convirtió en una escritora de culto. Tampoco es del todo cierto que otros escritores no la reconocieran, el mismo Miller, ya en 1941, le escribió a propósito de los norteamericanos: «Serás aceptada bien, magníficamente, cuando aparezca tu obra maestra. Es decir, el diario. Tienes que creer en tu obra, en su valor conjunto. Quiero ayudarte. Creo que tu diario es más importante que toda mi obra completa».
  Anaïs hizo lo que ninguna mujer se había atrevido a hacer, y es escribir tal como ocurrían las cosas, tal como pensaba, sin saltarse un sentimiento, relatando la pasión y la mentira sin ningún pudor. De ella es la frase: «Soy quien soy». El sexo con hombres, con mujeres, con varios, en el mismo día, mintiendo a unos para ver a otros, la enloquecida vida de la sexualidad de esta mujer, todo ello se describe sin recato en sus diarios.
  Cuando se publicó el primer volumen de los siete famosos tomos, Shapiro escribió en la revista Book Week: «Desde hace una generación, en el mundo literario de ambos lados del Atlántico, ha habido rumores sobre un diario extraordinario, Durante mucho tiempo se ha esperado su publicación. Miss Nin vivió durante aquellos años que produjeron un gran espasmo de creación artística. En su cosmopolita vida conoció a escritores, pintores, músicos, bailarines y actores. Ella misma era uno de los talentos centrales de esa época. Los primeros lectores del manuscrito hablaban de él en términos hiperbólicos, como obra que iba a ocupar un lugar entre las grandes revelaciones literarias. Por fin aparece un fragmento importante de este diario y parece que las esperanzas estaban fundadas».
  A partir de este momento, como se dice más arriba, Anaïs se convierte en el centro de atención de la vida cultural, y sus admiradores se multiplican. En 1973 recibió el doctorado Honoris Causa del Philadelphia College of Art y fue elegida para el Instituto Nacional de las Artes y las Letras un año más tarde. Los últimos años de su existencia los dedicó a dar conferencias, a asistir a cenas y a dejarse querer por sus lectores, Murió en Los Ángeles el 21 de febrero de 1977. Su cuerpo fue incinerado y las cenizas esparcidas en la bahía de Santa Mónica. Su lema sigue vibrando en los tímpanos de muchas mujeres: «Cualquier forma de amor que encuentres, vívela».

LA VIDA TE CAMBIA LOS PLANES, Orlando van Bredam

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ORLANDO VAN BREDAM, La vida te cambia los planes, APEF, Formosa, 1994, 68 páginas.
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BAILE

   El odio, a diferencia del amor, siempre es recíproco. El bailarín de tango y la bailarina se despreciaban con la misma tenacidad con que alguna vez se quisieron. Sólo los unía la fama y contratos envidiables. Cada baile era un desafío a los mecanismos más profundos del rencor. Se deleitaban en esa humillación mutua más cercana a la perversidad que al oficio. Cuanto más se odiaban, más los aplaudían. Ella incorporó al vestuario inconsulto, dos largas trenzas criollas, vivaces y relampagueantes bajo la luz de los reflectores. Las agitaba como cadenas, como látigos, como sables. Él soñaba con quebrarla sobre sus rodillas como una caña hueca. Se miraban siempre a los ojos, no dejaban de mirarse nunca en esa guerra bailada, en ese combate florido. La noche que más los aplaudieron fue la última, cuando ella, después de tantos ensayos, logró enredar sus trenzas en el cuello del bailarín y siguió girando y girando hasta el último compás. 

ÉRASE UNA VEZ UN ALFABETO, Olivers Jeffers

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OLIVER JEFFERS, Érase una vez una alfabeto, Andana,Valencia, 2015, 110 páginas.

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Jeffers ilustra con fino humor los microrrelatos que organiza alfabéticamente.
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JUEGOS CON GELATINA

   A Jimena le gustaba jugar con gelatina. De vez en cuando preparaba jugosos manjares. A veces creaba cosas ingeniosas como un jarrón irrompible. Un día se hizo la puerta de casa con gelatina. Así, si se dejaba las llaves, sólo tenía que estirar el brazo y cogerlas. Pero, claro, cualquiera podía hacer lo mismo. Por eso este tipo de puerta jamás se puso de moda. Además, ¿quién puede ser tan despistado como para olvidarse de las llaves? 


LOS ESPEJOS ASESINOS Y OTRAS MINIFICCIONES, Fari Rosario

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FARI ROSARIO, Los espejos asesinos y otras minificciones, Banco Central de la República Dominicana, Santo Domingo, 2017, 164 páginas.

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TARZÁN Y SU MONA

   Regresaron a la jungla y creo que, a juzgar por los aullidos, fueron felices.

BESTIARIO DE AMOR, Richard de Fournival

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RICHARD DE FOURNIVAL, Bestiario de amor, Miraguano, Madrid, 1990, 112 páginas.

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Traducido por Ramón Alba, toma como referencia la edición de 1860 de C. Hippeau. Los dibujos de José Luis Fernández Rodríguez reproducen los del manuscrito conservado en la Biblioteca Imperial.
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EL GALLO

   Porque cuanto más cerca de la mañana más a menudo canta; y cuando lo hace a medianoche más fuerza da a su grito y mayor potencia a su voz.
    El crepúsculo y el alba, que participan a la vez de la naturaleza del día y de la noche, significan un amor que no está del todo desesperado, pero no guarda intacta su esperanza. La medianoche simboliza el amor desesperado.
    Y ahora, que ya no tengo la menor esperanza de alcanzar vuestra gracia, es medianoche. Cuando tenía alguna esperanza me encontraba en el anochecer. Entonces cantaba más menudo, ahora es preciso que cante con más fuerza.
    Que los desesperados tengan una voz más fuerte, se justifica en la naturaleza del animal que más se esfuerza al rebuznar y tiene la voz más fea y pavorosa del mundo, el Asno Salvaje.

LIBRO DE HUELLAS, Ángel Guinda

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ÁNGEL GUINDA, Libro de huellas, Tigres de Papel, Madrid, 2014, 90 páginas.
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No me preocupa demasiado no saber cuánto durará nuestro amor. Tampoco sé cuánto durará mi vida, y sin embargo vivo.
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Cada día nos deja algo, aunque sólo sea su noche.
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Uno se mata de querer vivir, de neutralizar todo lo que le va muriendo contra su deseo.
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Mi corazón es ya una taberna cerrada.
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No mires lo que ves sino lo que te ciega.
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Ser ángel para un vuelo subterráneo.
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No hay tantos poetas en el mundo, pero cuántos mundos hay en un poeta.
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Quien no persigue alguna quimera no alcanza ninguna realidad.
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Inventamos el amor para inventarnos.

JAIKU COMPOSTELANO, Joy Landeira

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JOY LANDEIRA, Jaiku compostelano, Follas Novas, Santiago de Compostela, 2012, 134 páginas.

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Joy Landeira, profesora de la University of Nothern Colorado, no sólo firma los poemas de este volumen sino también un estudio introductorio alrededor de la forma del haiku y su difusión y consolidación en el ámbito hispánico. Las ilustraciones son obra de Gloria Lorenzo.

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tocar el santo
reluciente de oro
la frialdad quema

VOCES DE MADRUGADA, Jone Miren Asteinza

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JONE MIREN ASTEINZA, Voces de madrugada, Nazarí, Granada, 2016, 154 páginas.

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LA BÚSQUEDA

   Todo era mentira. Cruzó el mar a nado. Sin embargo, cuando llegó a su destino el infinito había desaparecido. Furioso, hizo el camino de vuelta y al llegar a la orilla una ola borró sus huellas.

AFORISMOS, Manuel Arce

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MANUEL ARCE, Aforismos, Carena, Barcelona, 2012, 90 páginas.
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En la vida se puede triunfar sin talento. En el arte, no.
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¡Cuidado!: Todo éxito rebosa siempre de vacíos alarmantes.
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La adición a escribir no la mata ni el mayor fracaso literario.
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Lo malo del futuro es que ya nunca será lo que fue.
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El pensamiento jamás es un fortuito hallazgo de la palabra.
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Los políticos han hablado. Ya solo queda saber qué piensan.
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Uno se hace mayor cuando se ha vivido lo necesario.
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Mucho me temo que solo la eternidad tiene futuro.
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No dejes para mañana la felicidad que hoy mereces.
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El tiempo no se inmuta, aunque sepa que lo estás matando.

LA RUTA NATURAL, Ernesto Hernández Busto

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ERNESTO HERNÁNDEZ BUSTO, La ruta natural, Vaso Roto, Madrid, 2015, 180 páginas.

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En la nota previa (p. 11), escribe Ernesto Hernández Busto: «Como un palíndromo: no tiene partes, léase como se lea, siempre dice lo mismo. Así circula la energía que pide la escritura.» En este volumen no sólo repara el autor en los orígenes de la escritura fragmentaria, sino también postula su práctica como restitución: la escritura como apología del kintsugi.
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   Cuando tiene que definir la tarea del traductor, Walter Benjamin recurre a la antigua metáfora de la vasija rota, cuyos fragmentos, para volver a juntarse, han de encajar a la perfección, aunque no sean idénticos entre ellos. «Así también es preferible que la traducción, en vez de identificarse con el sentido del original, reconstituya hasta en los menores detalles el pensamiento de aquel en su propio idioma, para que ambos, del mismo modo que los trozos de la vasija, puedan reconocerse como fragmentos de un lenguaje superior». El significado de una traducción, parece decirnos, no tiene que ser idéntico al original; es cierto efecto de totalidad (fragmentada) lo que debe buscarse. 
   En ese ensayo comentadísimo, interpretado, malinterpretado, sobreinterpretado, sigue brillando esa «metáfora de la metáfora»; toda traducción es, por supuesto, ruptura y fragmento, pero también el arte de componer los fragmentos, de reunificarlos. Para algunos intérpretes, Benjamín enfatiza el fragmento, la diferencia que no puede ser subsumida en una nueva totalidad. Para otros, se trata de una nueva armonía, de una reconstitución que apunta a la idea de un Lenguaje universal. Pero más que regreso a esa Lengua pre-existente, lo que hace el traductor es reinventar siempre una lengua: propone un nuevo hallazgo, no un regreso a la utopía. De nuevo: en el kintsugi, arte japonés de la cerámica rota y enmendada, podría estar la manera de trascender esta dialéctica. Porque ahí siempre están presente las dos condiciones. La taza reconstruida según esta técnica es la memoria simultánea de ambos estadios: fragmento, vasija. Y de la misma manera que los Victorianos procuraban una restauración perfecta en la que desaparecieran las fisuras, y los modernists aseguraban que «el fragmentó es bello», la tercera vía del kintsukuroi encuentra la belleza absoluta en el «poner-juntos-los-fragmentos».

MONTUNO, Hernán Vargascarreño

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HERNÁN VARGASCARREÑO, Montuno, Ediciones Exilio, Bogotá, 2016, 74 páginas.

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HOMBRES DE SOMBRA

   Es la hora en que por estos montes de dios van sus hombres de sombra vadeando al oscuro a iniciar su jornada. En los abajos de nadie a la luz se la traga el cañón rocoso esculpido por la quebrada silenciosa, esa que causa tanto temor. 
   Siempre sombras para estas montañas. Su única luz, la sonrisa de las muchachas mientras ordeñan las vacas o despulpan el café. El niño que las observa para aprender esos oficios, hace tiempo también es sombra.

EL TIEMPO TODO LOCURA, Rafael Gonzalo Verdugo

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RAFAEL GONZALO VERDUGOEl tiempo todo locura, Gonzaver, Madrid, 2007, 128 páginas.
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En las dictaduras lo que funciona es la censura; en las democracias resulta mucho más efectiva la manipulación.
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Sólo la tradición española del humor negro explica la existencia de un Ministerio de Fomento.
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No se puede vivir sin amor, sólo se puede sobrevivir.
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Si el talento pudiera enseñarse no lo sería.
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El sentimiento une, la razón separa.
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Me gustaría morir creyendo que quizá la muerte no es un precio tan alto a cambio de la felicidad de haber vivido.
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El subjetivismo nos permite comprobar que la verdad de cada uno es la mentira de todos.
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Alguien que sólo sirva para una cosa, probablemente tampoco sirva para eso.

AFORISMOS Y CHARLAS DE CAFÉ, Santiago Ramón y Cajal

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SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL, Aforismos y Charlas de café, Renacimiento, Sevilla, 2016, 176 páginas.
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Manuel Neila, responsable de esta edición, afirma en las páginas preliminares: "Con su inclusión en la colección «A la mínima», pretendemos acercar los aforismos de Ramón y Cajal, precisos, diáfanos y conmovedores, al lector contemporáneo, y hacer patente la vigencia literaria del autor, como uno de los principales aforistas españoles del siglo pasado."
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Apártate progresivamente -sin rupturas violentas- del amigo para quien representas un medio en vez de ser un fin.
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Nos quejamos de los amigos, porque exigimos de ellos más de lo que pueden dar.
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¿Analizas el amor? Luego ya no lo sientes. Como el anatómico, los grandes definidores de esta pasión sólo disecan cadáveres.
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Loor a los nuestros que, como el admirable Sócrates, han hecho de su muerte la más elocuente lección.
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Al modo de las cordilleras, que en días grises parecen más alejadas que en días claros, ciertos talentos se envuelven en nubes para semejar profundos.
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Propio de los grandes genios, como de los habitantes de los abismos del mar, es marchar iluminados con su propia luz.
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La verdad es un ácido corrosivo que salpica casi siempre al que lo maneja.
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Todo retrato es una confidencia íntima; nos cuenta, no lo que es el retratado, sino lo que desea ser.
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Preferible será siempre ser personal en las ideas a serlo exclusivamente en el estilo. Porque las ideas quedan y el estilo envejece. Como la moda.

VERDAD Y MEDIA. ANTOLOGÍA DE AFORISMOS ESPAÑOLES DEL SIGLO XXI (2001-2016)

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LEÓN MOLINA (selección), Verdad y media. Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2001-2016), La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017, 440 páginas.
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Más de 2500 aforismos publicados en España desde 2001: la selección que León Molina ha realizado para una antología que aspira a presentar "una aventura literaria del pensamiento propuesta por un amplio grupo de aforistas de este comienzo del siglo XXI". Tras 25 bloques de 101 aforismos que entremezclan autores y cronologías, el volumen incluye otro sector mucho más breve pero que, sin duda, resulta igualmente valioso: una amplia bibliografía que ayudará a saciar la curiosidad y el interés aforísticos del ya complacido lector.
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Solo vale la pena aquello que nos amenaza un poco.
Sergio García Clemente
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Acariciar purifica las manos.
Ramón Eder
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La mayoría de las veces nadie oye cuando has dicho que te rindes.
Victoria León
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¡Afortunado aquel que puede llamar maestro a alguien!
Elías Moro
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La extraña metamorfosis que convierte el camino de cabras de la escritura en una autopista para  la lectura.
Jordi Doce
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Todo el mundo cae. Sólo en algunos permanece la altura.
Erika Martínez
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Ya no tengo fuerzas ni para darles vueltas a mis problemas, pero da igual; siguen girando solos.
Roger Wolfe
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El barco de la vida no se hunde. Solo se van muriendo los marineros.
Emilio López Medina
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El hombre es siempre un fruto tardío.
Gemma Pellicer
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El paseo amansa el paisaje.
José Ángel Cilleruelo

EL VALIENTE Y LA BELLA, Ana María Shua

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ANA MARÍA SHUA, El valiente y la bella, Planeta, Buenos Aires, 2012, 152 páginas.
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SOBRE EL PRÍNCIPE FIRÚS Y LA PRINCESA DE BENGALA

   Este es un antiguo cuento persa, de la época en que volar sólo era posible por arte de magia. Y sin embargo, en el cuento aparece un caballo volador que no tiene nada de mágico, es una invención humana, un aparato comparable a un avión. Los viajeros, los mercaderes y los soldados, llevaban y traían cuentos por el mundo conocido. En todos los países de Europa, en la China, en la India, en Arabia se contaba de distintas maneras el cuento del caballo volador. En todas las versiones que yo leí, el caballo es de madera o de metal. La princesa es siempre bellísima y está encerrada. Su lujosa prisión suele ser un aposento que flota en aire por arte de magia y otras veces una torre muy alta o un palacio más lejano de lo que es posible imaginar. Un príncipe es el Héroe: monta en el caballo volador y se gana el amor de la princesa. En algunas versiones el caballo despliega sus alas. En otras, vuela llenando la tripa de aire. O como en este caso, simplemente vuela, sin que se explique cómo lo hace. Curiosamente, el inventor de semejante prodigio es un sabio feo, insignificante, en ocasiones malvado, que entregaría con gusto la facultad de inventar caballos voladores a cambio de ser hermoso y valiente, a cambio de ser el príncipe, a cambio de lograr el imposible amor de la princesa.
   Siempre pensé que eso mismo debía pasarle al autor del cuento.

FRAGMENTOS TIBIOS, Pablo Miravet

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PABLO MIRAVET, Fragmentos tibios, La Bolsa de Pipas, Palma de Mallorca, 2002, 140 páginas.

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Incluso si no hacemos nada, debemos hacer las cosas con dignidad.
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Quienes mandan son despreciables básicamente porque no se toman un instante para respirar, porque no descansan nunca.
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Por una utopía de seres dubitativos. Por una revolución del quizás.
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Imposible cuantificar la perversidad contenida en un murmullo de aprobación.
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Es un alivio -o, por mejor decir, un consuelo- pensar que uno no conocerá jamás a cientos, a miles, a millones de personas.
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¿Podríamos soportar ser aceptados en todas partes?
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Uno, claro, escribe lo que ha leído, pero de otra manera.
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Todos, aunque sólo haya sido un instante, nos hemos sentido coronados.
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En cuanto se baja la guardia, el mundo parece menos malo.

AL PIE DE LA LETRA, Atilano Sevillano

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ATILANO SEVILLANO, Al pie de la letra: microrrelatos de la A a la Z, Piediciones, Zamora, 2017, 152 páginas.

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PARTE MÉDICO

   La paciente presenta secuelas de haber sido atropellada por un unicornio. Tiene las pupilas dilatadas de color azul intenso y el corazón puro. Se aprecian claras señales de amor a la belleza y ganas de soñar.

BABEL DE UN HOMBRE Y OTROS RELATOS, Javier Montiel

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JAVIER MONTIEL, Babel de un hombre y otros relatos, Maclein y Parker, Sevilla, 2017, 110 páginas.

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EL REPOSO DE LAS HOJAS

   Debemos ser al menos cien, quizás más. Esperamos para entrar en un sitio donde he escuchado que pasan buena música, donde conviven seres de todas las especies, de todas las edades. En la calle, junto a las paredes de las casas vecinas, todos juntos formamos una cadena humana ridícula, de eslabones desprendidos y brazos que elevan relojes o celulares y se dejan acompañar por gestos de hastío y comentarios de cómo administrar mejor estos establecimientos.
    Estamos todos muy pegados, tratando de ser solidarios con los que están más al fondo para que no deban doblar la esquina y puedan así perderse de ver el momento tan esperado en que aquellos dos rinocerontes de trajes hechos a medida –a medida de alguien más chico- abran por fin el cordón y podamos entrar.
   Los perros callejeros nos son completamente indiferentes. Cada tanto veo una hoja seca desprenderse de la rama de la que se sostenía tan precaria y austera. La veo navegar por el aire unos instantes hasta tocar por primera vez en toda su existencia, un piso que no es ni de tierra, ni con pastos que le acaricie al rozarlo, no es una superficie húmeda y serena que albergue insectos atraídos por ella. Lo que le espera es el frío negro del asfalto, la carcomida acera del desaliento, los ríos oscuros que rodean nuestras cajas. Y pienso: más le hubiese valido el suicidio que un desprendimiento natural, al menos esta mierda de perro sobre la que reposa ahora tendría más sentido.
   Me acerco al final de ese pensamiento -sintiendo con congoja que aquella hoja merecía ese minuto de silencio, ese pensar lacónico- cuando el tipo que tengo delante hace el amague de dar un paso hacia atrás, para evitar ser golpeado por una chica, y roza la punta de mi zapato que corro inmediatamente para que no lo pise y pueda perder el equilibrio. Sería lamentable que cayera sobre aquella hoja.
   Al mover mi pie, no pude evitar golpear la punta del pie de la chica que está detrás de mí. Pegó un gritito -exagerado si me preguntan- y movió también su extremidad. Golpeó sin querer el tobillo de una anciana que se encontraba agachada detrás de ella hurgando en una bolsa de supermercado, seguramente buscando un tentempié que engañara la madeja de entrañas que escondía bajo la piel de su barriga. Con el golpe se irguió de pronto, pegándole en el mentón al chico de detrás, que sintió inmediatamente como se aflojaba uno de sus incisivos inferiores. Quiso tomarlo antes de que se desprendiera y al levantar la mano, le enterró el codo en el ojo a una niña que acompañaba al borracho de su padre en la fila. El grito de la niña fue muy superior al de la chica que esta inmediatamente detrás de mí. Tal fue la agudeza e intensidad del aire pasando por su garganta que su padre fue arrancado del estado de letargo alcohólico en el que se encontraba, se dio media vuelta, y bajó de una piña a un muchacho todo vestido de negro, con el pelo llovido sobre los ojos y el celular en la mano. Con la vista clavada en la pantalla, no fue capaz de ver que aquel puño traía consigo toda la carga de una paternidad fracasada que intentaba redimirse en aquel heroico acto donde su niña fuese vengada. Sus pelos quedaron unos instantes apuntando hacia el mismo lado que el puño bañado en saliva. Cayó finalmente al piso y el celular voló hacia los pies de una señora ciega, que comenzó a zapatear, histérica, pensando que una rata quería subirse por la red de sus medias. El zapateo cesó cuando uno de los tacones quedó enganchado entre una baldosa floja y otra más tozuda, cayendo de lleno en un grupo de jóvenes asiáticas que tenía detrás y que como efecto dominó, acabó derribando la fila entera, incluso allá, dando vuelta la esquina y tres cuadras más allá.
   Los rinocerontes finalmente abrieron el cordón –y mientras lo hacían las mangas del traje llegaban a sus codos-. Conseguimos entrar cinco personas, pero una voz en off nos indicaba que el espectáculo se cancelaría por falta de concurrencia y que a ninguno de nosotros se nos devolvería el dinero. 

EL ARTE DE EMOCIONARTE, Cristina Núñez Pereira & Rafael R. Valcárcel

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CRISTINA NÚÑEZ PEREIRA & RAFAEL R. VALCÁRCEL, El arte de emocionarte, Nube de tinta, Barcelona, 2016, 144 páginas.

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Ilustrado por Luciano Lozano y Albert Arrayás, este libro de Cristina Núñez Pedreira y Rafael R. Valcárcel subtitulado Explora tus emociones acerca a un público mediante aforismos, sopas de letras, anécdotas y recomendaciones cinematográficas, el estudio de las emociones desde la A de aburrimiento, amor o asco, a la V de vergüenza.
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Las palabras simpatía y EMPATÍA son sospechosamente parecidas. Pero no conviene confundirlas. La primera designa una inclinación afectuosa hacia alguien, y suele ser recíproca. Alguien nos resulta simpático quizá porque sentimos lo mismo ante los mismos estímulos (compartimos gustos o inquietudes, puede que miedos...). La segunda señala la capacidad de identificarnos con la otra persona e intuir lo que siente, aunque nosotros en esa misma situación reaccionemos de manera distinta. Así, probablemente a un piloto de aeronaves le resultarán simpáticos otros pilotos o paracaidistas. Pero será la empatía la que lo conecte con alguien que tiene miedo a volar.


Cambio de agonías como de vestidos.
No le pregunto al herido cómo se siente,
me convierto en el herido.
Sus llagas se hacen lívidas en mi carne,
mientras lo observo, apoyado en mi bastón.

WALT WHITMAN, Canto a mí mismo


VIVIR TAMBIÉN EN LA FICCIÓN

Al leer un cuento o una novela o al ver una película o una obra de teatro, ocurre un fenómeno mágico:
dejamos de existir. Sí; olvidamos nuestra identidad para vestirnos con los ropajes de la historia. Es decir, nos fundimos con lo que sucede en la ficción, experimentamos (sin darnos ya cuenta de si estamos tumbados o sentados, cómodos o incómodos) el denso abanico de emociones que se plasma en ella. La «vivimos». Es una suerte de empatía que nos permite conocer otras vidas y explorar sentimientos que, quizá, no forman parte de nuestro catálogo emocional cotidiano.



HISTORIAS INSPIRADORAS



En la película ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Abbas Kiarostami, 1987), Ahmed, movido por la empatía, hace un gran recorrido para devolverle a su amigo Mohamed un cuaderno de ejercicios.


LA ESCRITORA Y EL ENTERRADOR Y OTROS RELATOS, Jone Miren Asteinza

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JONE MIREN ASTEINZA, La escritora y el enterrador y otros relatos, Bubok, 2012, 92 páginas.
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LA ESCRITORA Y EL ENTERRADOR


   Era una mujer callada, de aspecto más bien triste. Casi nunca sonreía, no tenía amigas ni nadie con quien compartir sus sueños; sus alegrías habitando en el fondo de un pozo sin fondo, sus letras sobre el papel y solo durante el día. Escribía y escribía sin parar, casi sin levantar la cabeza del pliego de papel. De vez en cuando miraba sus manos y la escritura cesaba, y con aspecto resignado, cerraba los ojos y vagaba por esos mundos que solo existían en su imaginación, mundos perdidos repletos de letras gritando por salir a la luz, una duda en el aire buscando solución cada día, planes a dejando paso al plan b respectivo. Sueños y anhelos que se negaban a morir, ideas que golpeaban sin piedad para no caer en el olvido, palabras buscando un verbo, adjetivos buscando sujetos, angustias luchando por ganar terreno, ilusiones perdidas buscando una escribiente que les permitiera volver a vivir, volver a existir, volver a vibrar y volver a sentir. Casi a medianoche, el enterrador abre la puerta y entra en su casa. Ha sido un día agotador pero como todas las noches, va directamente al escritorio de su mujer, allí están los pliegos de papel repletos de letras, letras que han nacido del silencio, letras que no verán la luz, letras que mañana volverán a ser escritas tal vez con tinta roja o tal vez con tinta azul. Mira los pliegos con ternura, acaricia lo escrito con emoción, llora y se quita de un manotazo las lágrimas derramadas, abre el armario de la entrada, saca su pala y va al jardín, allí, como todas las noches, no sólo entierra sus letras, también entierra las emociones, las ilusiones, los sueños y el porvenir. Su mujer observa desde la ventana del dormitorio. Su rostro no está triste, ahora sonríe con dulzura, ahora comprende, ahora ve la luz, ahora sabe que mañana tiene que seguir escribiendo, tiene que seguir viviendo con sus letras el día a día, letras que de noche su marido entierra. 

CICATRICES, Esther Seligson

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ESTHER SELIGSON, Cicatrices, Páramo Ediciones, México D.F., 2009.

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Tiempos de incertidumbre y destrucción: pan nuestro de cada día por el que no es preciso rezar.
Tampoco por las cicatrices que omitimos maquillar.
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El amor no tiene sexo, no tiene edad, no tiene hora.
El amor no existe. Sin embargo, el Amor estaña todas las cicatrices.
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No espero el apoyo de un báculo dorado; mucho menos una primavera eterna.
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Soy irreverente, más por candor que por mala leche, pues cuando me da por la mala leche me vuelvo implacable iconoclasta.
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El melancólico repasa sus cicatrices como el piadoso las cuentas de su rosario.
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Tendemos a concluir demasiado naturalmente que la cicatriz es el resultado de una herida, que ésta ha de resolverse en aquella y sanseacabó.
Y no hay razón objetiva para que suceda de otra manera.
Para la memoria, sin embargo, la cicatriz es apenas la herida de la herida herida, una eterna fisura de la realidad absoluta de cada quien…
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En relación a los afectos en general, y al amor en particular, aún albergo una duda: ¿por qué si soy un ser de absolutos siempre termino por aceptar migajas?
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El suicida nos confronta con lo irreversible. La muerte, con lo irremediable. En el primer caso se puede argumentar y jugar con las "otras" posibilidades. En el segundo, no hay ajedrez que valga.