LA EXPULSIÓN DEL PARAÍSO, Marco Aurelio Chavezmaya

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MARCO AURELIO CHAVEZMAYA, La expulsión del paraíso, Ficticia, México D.F., 2011, 120 páginas.

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AGOSTO

   En febrero las polvaredas nos obligaban a jugar dentro de la casa y en el tapanco. En los aguaceros de mayo la abuela nos obligaba a los nietos a caer de hinojos en la sala, frente a la Virgen de Guadalupe, y nos ponía a rezar para que no cayera la “cola”, que era un cielo negro, cargado de granizo y de truenos y de miedo. Eso sí, terminada la tormenta, corríamos a una barranca cercana a lanzar barquitos de papel.
   De manera que, comparado con los anteriores, agosto era sin duda el mejor periodo del año, no sólo porque eran las vacaciones de la escuela, sino porque la verde y luminosa milpa de la abuela, detrás de la casa, se convertía en la tierra del nunca jamás, la tierra prometida, el país de las maravillas, el mejor escondite para perderse de los padres, el sagrado suelo de los deseos y la ansiedad. 
    Y lo más bello de agosto y de las vacaciones era mi prima Verónica, un caramelo terso y jugoso, de trenzas limpias y unos vestidos ampones y almidonados. Tenía un año menos que yo, y lo más importante de esta circunstancia era que Verónica me obedecía cuando la jalaba de la mano rumbo a la milpa de la abuela. El maíz no había alcanzado su verde madurez, pero su altura era suficiente para ocultarnos tan pronto cruzábamos el umbral del primer surco.
   En la milpa siempre era domingo. Y los rayos del sol no alcanzaban a penetrar nuestro refugio, formado por plantas de maíz y guías de calabaza. En el centro del escondite yo había desyerbado y formado un redondel de tierra fresca y lisa donde Verónica se tendía con las piernas apretadas y las manos cubriéndole el frente del vestido. Mi prima jugaba a negarse y no quería enseñarme la panochita, y yo jugaba a reclamarle y le decía: “Ándale cómo eres, entonces para qué viniste”, pero ella, retozona, decía: “no y no hasta que atrapes un camaleón”, lo que a fin de cuentas me parecía un sacrificio razonable, pues a cambio de arriesgar la palma de la mano sobre las jurásicas espinas del pavoroso animal, recibía de ella la recompensa de subirle el vestidito ampón y luego bajarle sus calzones satinados y repletos de los consabidos olanes para descubrir allí, quieta e inocente, su rajita sonrosada y húmeda que casi me decía: “Ven y bésame los pétalos en flor”.
   Y yo, enternecido, febril, bajaba y la besaba. Un rato más tarde le pedía a Verónica que me tocara el miembro y lo besara. Ella se negaba al principio, jugaba a negarse, pero yo entonces jugaba a obligarla. Verónica simulaba bajar la cabeza a la fuerza. sus mejillas ardían al rozar mis muslos. La quemadura era mutua, correspondida. El camaleón, absorto, no atinaba a correr, y se quedaba quieto, con los ojillos cerrados, en el lindero del surco, bajo la penumbra de agosto.

MIS MOMENTOS, Andrea Camilleri

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ANDREA CAMILLERI, Mis momentos, Duomo, Barcelona, 2016, 224 páginas.

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Relata en este ejercicio de gratitud Camilleri esos «destellos, relámpagos, momentos de mayor nitidez» que la vida le ha ofrecido en su encuentro con Tabucchi, Croce o Primo Levi. 
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PIER PAOLO PASOLINI


   A Pasolini lo conocí por mediación de Laura Betti, quien organizó para tal propósito una cena para los tres en su casa. Pero lo cierto es que aquello resultó un desastre porque desde el primer momento, casi instintivamente, no nos caímos simpáticos.
   Por aquel entonces yo militaba en el Partido Comunista, y él, tras preguntarme por mis tendencias políticas, empezó a atacar la política del Partido. Yo me vi en una situación muy particular. Compartía muchas de las críticas que iba desgranando Pasolini, pero el tono y la forma de sus palabras me impulsaron, quién sabe por qué, a enrocarme en una posición de defensa numantina, a pesar de que Laura se desviviera por reconducir la situación por cauces menos conflictivos.
   Otro día fui a casa de Laura, con quien estaba haciendo un programa de radio sobre las mujeres de Cocteau. Eran la dos de la tarde y me encontré a Laura y a Pier Paolo tumbados, completamente vestidos, sobre la cama matrimonial. Acerqué una silla y me senté al lado de la cama. Pasolini se desinteresó de nuestra conversación y permaneció todo el rato con los ojos medio cerrados y las manos entrelazadas detrás de la nuca. Por encima de la cama, en el lado de la cabecera, había un largo tablón de madera que sostenía una enorme cantidad de libros. Mientras hablábamos, se oyó un tremendo chasquido y un segundo después el tablón cayó con todos los libros justo sobre las cabezas de los dos que estaban tumbados en la cama. Sin embargo, en una fracción de segundo, Pasolini logró ponerse de pie aunque, para hacerlo, tuviera que apoyarse con el brazo derecho sobre Laura, quien de esta forma no pudo levantarse, y se le vino encima no sólo el tablón, sino también todos los libros que en éste se apoyaban. Laura, sangrando, se levantó hecha una furia y empezó a despotricas contra Pier Paolo, acusándolo de haberle impedido moverse de la cama. En lugar de justificarse, Pier Paolo empezó a partirse de risa y Laura decidió pasar a las manos. Tuve que intervenir para separarlos. Pero también Pier Paolo se había enfadado por la agresión de Laura y yo consideré que lo más oportuno era marcharme, dejándolos a ambos para que prosiguieran con su disputa a solas. Estos dos primeros encuentros, por lo tanto, no fueron precisamente afortunados.
   Aún más desafortunado fue nuestro tercer y último encuentro.
   Yo había recibido la propuesta de dirigir una obra teatral de Pasolini titulada Pilade. Leí el texto, me gustó muchísimo y empecé a estudiarlo. Al cabo de diez días, ya me había hecho una idea de su posible puesta en escena. Fue entonces cuando le pedí a Laura Betti que me organizara un encuentro con Pier Paolo. Laura, como tenía por costumbre, nos invitó a cenar. Le expuse a Pasolini mis ideas sobre el montaje y él pareció sinceramente convencido. Hizo algunas observaciones marginales, pero básicamente aprobó por entero mis claves interpretativas. Llegados a ese punto me hizo una pregunta muy concreta:
   —¿Qué actores estás pensando contratar?
   Propuse el nombre de un actor de teatro de gran talento y fama, y añadí que para los demás papeles me pondría en contacto con algunos exalumnos de la Academia Nacional de Arte Dramático con quienes había trabajado ya muy a gusto. Su respuesta fue una especie de prolongada carcajada.
   —¿Qué es lo que te hace tanta gracia? —le pregunté.
   Él contestó indirectamente a mi pregunta:
 —¿De modo que quieres actores que pronuncien bien el italiano, seriecitos, formalitos, elegantotes…?
   —No —le dije—. Quiero actores que sean actores.
   —Con una buena voz impostada... —continuó.
   —¿Por qué, es que te molestan los actores con la voz impostada? —le repliqué.
   Y él me soltó:
   —Sí, yo no los cogería nunca para el cine, ni siquiera si…
  —Pier Paolo, el cine es una cosa muy distinta, en el teatro es absolutamente indispensable, especialmente en un teatro griego al aire libre, que la voz del actor llegue hasta las últimas filas, de lo contrario no se entiende nada.
  —¡Qué va! ¡ Si coges a gente de la calle capaz de hacerse oír, obtendrás un resultado mucho mejor! —replicó.
  Iba a decirle lo que opinaba cuando añadió:
  —Como aún nos queda un mes antes de comenzar con los ensayos, discutámoslo de nuevo a mi regreso. Tengo que marcharme a un breve viaje, nos veremos a mi regreso a Roma, dentro de unos diez días.
  —Mira, si quieres que trabaje con actores sacados de la calle para montar tu Pilade, renuncio a ser el director—dije.
  —¿Te importa que lo discutamos dentro de diez días?—contestó él, bastante irritado—. Ya daré señales de vida.
  —Y se despidió.
  Nos separamos con una cierta frialdad. Pasaron diez días y él no dio señales de vida. Decidí esperar unos días más antes de llamarlo.
  Pero una noche, en el telediario, me enteré de su terrible muerte.
  Entonces tomé una decisión en la que me mantuve firme. Al día siguiente llamé por teléfono a los organizadores y, sin explicarles las razones, les dije que no me sentía capaz de poner en escena el Pilade de Pier Paolo.

LIBRO DE LAS HORAS, Rafael Pérez Estrada

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RAFAEL PÉREZ HORAS, Libro de horas, Ángel Caffarena, Málaga, 1985, 68 páginas.

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Las cuatro secciones que componen este libro, Pájaros, De la naturaleza de los Ángeles, Ángeles de la Desesperación y el Abandono y Sombras, contienen esos destellos de belleza a los que acostumbrado al lector los libros de Pérez Estrada.  
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Nace el pájaro de la llama
y, encendido,
se evade en la pavesa.

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El ángel del trapecista padece vértigo.
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En el cielo un ángel pastorea nubes aborregadas.
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En el Japón del período Muromachi un joven samurai regaló sus sombra a su Señor, y como la sombra es el ancla del cuerpo, el guerrero, ya libre, voló al infinito dejando tan sólo la cadencia de un haikú amoroso.
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Cuenta Plinio, el Joven, de un país poblado por sombras sin hombres.
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Mis labios, volando en el deseo,
han caído en las redes de tus labios.

UN ABECEDARIO DE EL QUIJOTE, Cervantes

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MIGUEL DE CERVANTES, Un abecedario de El Quijote, Brosquil, Valencia, 2005, 60 páginas.


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Alejandro G. Schnetzer elige grabados de distintos artistas para acompañar pequeños textos tomados de El Quijote organizados alfabéticamente. 
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USANZA

Llegó la de la fuente, y con gentil donaire y desenvoltura encajó la fuente debajo de la barba de don Quijote; el cual, sin hablar palabra, admirado de semejante ceremonia, creyendo que debía ser usanza de aquella tierra en lugar de las manos lavar las barbas, tendió la suya todo cuanto pudo, y al mismo punto comenzó a llover el aguamanil, y la doncella del jabón le manoseó las barbas con mucha priesa, levantando copos de nieve, que no eran menos blancas las jabonaduras, no sólo por las barbas, mas por todo el rostro...

PARTE II

CAPÍTULO XXXII

T. Johannot [Imprenta de Antonio Bergnes, Barcelona, 1839]

ACUS, Geyser Costa

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GEYSER DACOSTA, Acus, Libros al Albur, Sevilla, 2017.

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No privilegies el resultado a su búsqueda; el camino es no encontrar las cosas.
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La amistad surge del buen tiempo, el amigo del problema en común.
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No desprecies al desconocido, podría ser el único en cerrarte los párpados.
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El pasado si duele no es pasado.
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La gente que uno ama solo envejece en las fotos.
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Eres, de alguna forma, los amigos que no tienes, las lecturas que te faltan, y el dios que te abandonó.
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La seducción también consiste en aparentar que quien te importa ya no te interesa.
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Curioso que la palabra ojo tenga también nariz.
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La ingratitud la inventaron los hijos.
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Un escritor no pertenece a un país, sino a un espacio. Y ese espacio lo conforma la letra, la palabra, es decir, el signo de su habla.
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Construirse una vida es cuestión de tropiezos.

LA SAL DE LOS DÍAS, Adriana Azucena Rodríguez

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ADRIANA AZUCENA RODRÍGUEZ, La sal de los días, BUAP, Puebla, 2017.

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ABRIL 5. TAL VEZ INICIO DEL HORARIO DE VERANO

   Me secuestraron una hora. De rescate, me exigen siete meses de insomnio.

LA SOCIEDAD DEL ESPECTÁCULO, Guy Debord

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GUY DEBORD, La sociedad del espectáculo, Pre-Textos, Valencia, 1999, 184 páginas.

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Las ideas pueden mejorarse. El sentido de las palabras participa de esa mejora. El plagio es necesario. Está implícito en el progreso. Se ciñe estrictamente a la frase de un autor, se sirve de sus expresiones, borra una idea falsa y la sustituye por otra adecuada.
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El espectáculo no es un conjunto de imágenes sino una relación social entre las personas mediatizada por las imágenes.
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El tiempo general del no-desarrollo humano existe también bajo el aspecto complementario de un tiempo consumible destinado a la vida cotidiana de la sociedad, a partir de esta producción determinada, como un tiempo seudocíclico.
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Cuando el arte independizado representa su mundo con brillantes colores, un momento de la vida ha envejecido, y no es posible rejuvenecerlo con esos colores. Solamente se deja evocar en el recuerdo. La grandeza del arte no se hace evidente más que en el ocaso de la vida.
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El espectáculo, como organización social establecida de la parálisis de la historia y de la memoria, del abandono de la historia erigido sobre la base del propio tiempo histórico, es la falsa conciencia del tiempo.

PRIVADO PARAÍSO, Adolfo García Ortega

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ADOLFO GARCÍA ORTEGA, Privado paraíso, Endymión, Madrid, 1988, 132 páginas.

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LOS SIGLOS DE LA INFANCIA
¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño? 
Luis Cernuda

   Como Leiris, tú también puedes hablar de una «metafísica de la infancia». No lo harás como él, en quien lo primero dibujado en su sensibilidad fue la muerte, por aquellas visitas con su madre al cementerio Pére-Lachaise o por los cromos ilustrados de un hechizo naturalista para describir la escena suicida de un rajá y sus muchas esposas. Tampoco tendrá, como en Leiris, tu infancia la presentida madurez que los colores ponen a las cosas, creando así una gama hacia lo decrépito y finito mediante la degradación de los más vivos a los más tenues, de los puros y nuevos a los mezclados e imprecisos. Tu infancia es para ti una metáfora de la quietud, y si regresas a ella con nostalgia, no es para añorar la traslación a sucesos ni a estados físicos (a veces solo queda en tu memoria extasiada un sabor de boca hecho de imágenes, de atisbos, de indicios, de oscuridades y sensaciones caóticas, desgranadas y opacas, inaprensibles y lejanas), sino para desoír la llamada hacia las postrimerías, detener el tiempo y anhelar aquella dilación de sus horas. «Ese caos que es la primera etapa de la vida, ese estado irreemplazable en el que, como en los tiempos míticos, todas las cosas están aún mal diferenciadas, en el que no habiéndose aún consumado la ruptura del micro y del macrocosmos, uno está sumergido en un universo fluido parecido al seno de lo absoluto», escribe Leiris y tú lo secundas fielmente, porque alguien —un camión de mudanzas, unos hombres que no conoces— te ha traído unos muebles —dos sillones, una radio vieja, una vitrina— que pertenecen al pasado, a tu pasado primero, y llegan de una casa deshecha, te corresponden proporcionalmente de un reparto, son ahora tuyos como antes solo eran de una bruma de mitos que habías podido asimilar a los sueños, son tu propiedad por si no te bastara creerlos seguros en el magma perdido que te construyó, cuando el horror de la vida y el éxtasis de la vida se unían, como dice Baudelaire, en un sentimiento contradictorio. 
   Los muebles están ahí y los contemplas. Como dicen los franceses, «tu les connais par coeur», te los sabes de memoria, y piensas que es muy afortunada y exacta esa fórmula. «Conoces por el corazón», «recuerdas», que recordar procede también de «corazón» y es hacer doblemente intensa su función anímica. Ante el decurso de tu experiencia, ante el abultado llenarse de los años, aparecen ahora estos rastros emotivos de cuando nada recubría el poso de las cosas ni era imaginable —¡qué gran estupidez cruel de la vida sería que pudiera imaginarse!— la pertinaz tristeza dueña del alma adulta. La infancia no es un paraíso. Esa cualidad puedes atribuírsela hoy, cuando meditas. En cambio, es para ti la patria de los mitos y de las sensaciones que te han acompañado por siempre. Todo estaba allí, solo que detenido. Metáfora —ahora que reflexionas— de lo inmóvil, de lo enorme paralizado, desde entonces no ha cabido más que veloz muda, metamorfosis de la luz en miedo y de la longitud en soledad. No, no añoras volver, pero persiste el deseo de reiniciarlo todo, de recurrir a lo previo, a lo posible, a lo inexperto. Porque así es. Las atmósferas que no te nombras, el desconocimiento que te hacía ingenuo, la ineptitud para medir el tiempo y la experiencia, su sombra, que te apartaba del «mal melancólico», fueron trozos que desde hoy explican hacia delante y hacia atrás tu vida, tal vez por no existir en ellos la muerte o verla como su huella, del lado de los vivos, igual que en ese cuento de Joyce que tanto te impresionó («Las hermanas», en Dublineses). También para ti, lo mismo que le sucedió a Leiris, el infinito fue una caja de cacao de Holanda, el alma un bizcocho atravesado por una aguja, y lo sobrenatural una chimenea. Miras los muebles, han regresado. Pero tú no, tú ya solo sabes de memoria otra cosa (en tu corazón igualmente, no lo olvides, porque te han salvado tantos versos...) que ha caído de tus labios al cerrar la puerta, tras el adiós a los desconocidos hombres del camión de mudanzas. Otra cosa que ya escribió Quevedo en su Salmo XIX: 

¡Cómo de entre mis manos te resbalas! 
¡Oh, cómo te deslizas, edad mía! 

SIN VUELTA ATRÁS, Kalton Harold Bruhl

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KALTON HAROLD BRUHL, Sin vuelta atrás, Perseo, Tegucigalpa, 2015, páginas.

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MEJORA

   Esta mañana me ha dado un beso. Algo simple para mi gusto, pero un beso al fin y al cabo. Quizás mañana si sigue mejorando, decida aflojarle un poco las ataduras. 

LOS MÁS BELLOS CUENTOS ZEN, Henri Brunel

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HENRI BRUNEL, Los más bellos cuentos zen, Olañeta, Palma de Mallorca, 2003, 120 páginas.

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Sucede a estos veintiún cuentos adaptados por Brunel El arte de los haikus (pp. 75-110), una perfecta guía para el neófito. 
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 SE VA EL AMOR 

   El capullo que se abre florece, se desarrolla, se marchita y se convierte en polvo. Toda forma que aparece desaparece. Todo lo que nace muere; todo lo que viene se va y manifiesta así el eso, el eterno Atma, que es lo único que permanece. 

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   Un hombre joven y pobre llamado Iruka amaba con toda la locura de su corazón a una muchacha rica y bella a más no poder. Puesto que era letrado, Iruka escribió a su amada una carta de amor cada día durante tres largos años sin fallar una sola vez. Al tercer año, se atrevió a sugerirle que le hiciera un signo durante la fiesta del bon. Pero la amada no respondió, ni siquiera lo miró, ni le mostró nunca el menor interés. Entonces el corazón de Iruka se cansó. Pensó hacerse monje, y lo hizo. Y pasó el tiempo… 
   Una mañana de primavera, iba a buscar el agua a un pozo situado cerca de su ermita, cuando Iruka se encontró a Chujo por primera y última vez en su vida. Ella se echó a sus pies: 
   —¡Iruka! —exclamó— ¡He caminado durante meses antes de encontrarte, y por fin te veo, admirable Iruka! Tu amor, del que dan testimonio mil cartas, ha terminado por tocarme el corazón. 
   Al decir aquellas palabras, descubrió su rostro, hasta momento cubierto por un velo de seda, y era tanta su belleza que hacía palidecer la luz del día. 
   —Soy tuya, Iruka, ahora te amo como me amabas tú entonces. 
   Iruka le respondió: 
   —Es demasiado tarde, Chujo, he cortado todos los lazos con esta clase de amor. Soy monje. 
   Y sin una mirada, la dejó. 
   Chujo, desesperada, se tiró al río y se ahogó. 
   Enterado de la noticia, Iruka compuso este poema: 

No queda en la rama, 
la flor de cerezo, 
antes del verano muere. 

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Esta historia pertenece ahora al pasado. Todo lo que nace muere. Todo lo que viene se va, y no permanece más que el eterno Atma.

INVENTARIO DE INVENTOS (INVENTADOS), Eduardo Berti & Monobloque

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EDUARDO BERTI & MONOBLOQUE, Inventario de inventos (inventados), Impedimenta, Madrid, 2017, 208 páginas.

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En Mil inventos y este intento (pp. 7-9) Berti & Monobloque confiesan desde Poldavia: «El presente libro (catálogo de inventos, cruce de ficción y antología) se ha gestado a la par que una exposición consagrada al mismo tema». Feliz atrevimiento el de Impedimenta con el que disfrutarán lectores e inventores.
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RECOBRA-INFANCIA

   En La infancia recobrada de Henry P., última novela (inconclusa) del canadiense Donald Becker, el personaje central, necesitado de dinero, lee un aviso en un periódico: «Se buscan voluntarios para experimento médico». El aviso hace alusión a unas cremas de belleza. Henry P. responde y acude a una cita en un laboratorio donde un médico con cara de pocos amigos le explica que ya hay suficientes voluntarios para las cremas (ellos prefieren para eso a las mujeres), pero le propone en cambio otra clase de experimento: una pastilla para «despertar» la memoria de los primeros dos o tres años de vida, esa etapa de la que nadie conserva ningún recuerdo. Ahogado en deudas (y picado por cierta curiosidad), Henry P. acepta, y en su cabeza se produce algo inaudito: poco a poco, su memoria se va ampliando, como si cayese un velo. A la postre, él es capaz de recordar la escena de su nacimiento y hasta los últimos días que pasó dentro del vientre de su madre. Pero también recuerda cosas que sus padres hicieron delante de él convencidos de que no podría recordadas jamás. Cosas que para él constituyen una especie de atrocidad. ¡Qué hacer con estas recuerdos que modifican, a la vez, la imagen de sus padres muertos? Henry P. toma la resolución de borrar de su cabeza esta «memoria despertada». De borrarla a fuerza de voluntad, porque no hay pastilla ni máquina capaz de hacerlo por él.

VOCES ABANDONADAS, Antonio Porchia

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ANTONIO PORCHIA, Voces abandonadas, Pre-Textos, Valencia, 2001 (1992), 106 páginas.

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Laura Cerrato, responsable de la edición y el Prefacio (pp. 9-16), señala que Porchia «restituye al aforismo su exacta dimensión de aforismo, su identidad que no consiste en una mera enunciación abreviada, sino que responde a leyes propias en esa necesidad de proveer a la lectura múltiple, que hace del aforismo un género poético irreductible a otras formad del discurso». 
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Si no existiese lo breve, no existirían las flores.
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El engaño me engaña cuando no sabe engañarme.
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Cuando algún dardo es lanzada para herirme, se encuentra con la herida hecha y... no puede herirme.
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Por salvar lo que hemos sido, nunca llegamos a ser lo que somos.
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Mis pasados hoy despiertan todavía, pero mis hoy, no despiertan más.
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Al río del llanto no lo ves, porque le falta una lágrim tuya.
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En el recuerdo de nuestras cosas, nuestras cosas son como una vaso de agua en un mar de agua.
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Cuando me parece que todo está sin mí, ¡qué extraordinario me parece todo!


LA COMETA INFINITA, Nana Rodríguez

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NANA RODRÍGUEZ ROMERO, La cometa infinita, Colibrí Ediciones, Bogotá, 2017.

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CONFABULACIÓN

   Hace unos meses rompió con el marido. No soportaba su mirada lujuriosa a través del ojo de la cerradura, ni sorprenderlo en plena observación de la mujer de al lado, cuando despertaba en las mañanas. El continuo acoso del jefe, los chismes y murmullos de los compañeros, la envidia de las mujeres por su elegancia, el café frío a propósito para fastidiarla, los llamados de atención del vigilante por dejar el auto mal parqueado, fueron los motivos para que renunciara a su trabajo. Como si fuera poco, los electrodomésticos se han confabulado. La aspiradora la persigue por toda la casa, ella dice que esa boca ruidosa, la quiere engullir por la costumbre cotidiana de empolvarse la nariz. El teléfono es un espía que no para de timbrar para enloquecerla, a ella tan serena. El horno microondas es uno de los peores enemigos, sube a temperaturas insoportables para ampollarle la piel, y a espaldas se burla en complicidad con el secador del pelo. Ya no sabe qué hacer para escapar de sus perseguidores, sobre todo, de esa mujer que la mira con horror desde el fondo del espejo.

JUEGOS PARA ARMAR, Abelardo Hernández Millán

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ABELARDO HERNÁNDEZ MILLÁN, Juegos para armar, Centro Toluqueño de Escritores, Toluca, 2008, 92 páginas.

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LA RANITA

   Un grupo de ranas viajaba por el bosque, cuando de repente dos de ellas cayeron en un pozo profundo. Las demás se reunieron alrededor del agujero y, cuando vieron lo hondo que era, le dijeron a las caídas que, para efectos prácticos, debían darse por muertas. Sin embargo, ellas seguían tratando de salir del hoyo con todas sus fuerzas. Las otras les decían que esos esfuerzos serían inútiles. Finalmente, una de las ranas atendió a lo que las demás decían, se dio por vencida y murió. La otra continuó saltando con tanto esfuerzo como le era posible. La multitud le gritaba que era inútil pero la rana seguía saltando, cada vez con más fuerza, hasta que finalmente salió del hoyo. Las otras le preguntaron: “¿No escuchabas lo que te decíamos?” La ranita les explicó que era sorda, y creía que las demás la estaban animando desde el borde a esforzarse más y más para salir del hueco.

LUGARES SECRETOS, Diego Muñoz Valenzuela

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DIEGO MUÑOZ VALENZUELALugares secretos, Mosquito, Santiago de Chile, 1993, 178 páginas.

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BAILARINA DE TOPLESS

   Te acercaste con ese mechón encima del ojo izquierdo, tan gracioso, con esos pantaloncitos que dejaban al descubierto tus muslos blancos y la blusa tras la cual se adivinaban los pechos; me dijiste qué quería; yo te dije ‑qué‑ en medio de una canción de Michael Jackson que bailaba apenas una gorda de ojos insinuantes y tal vez demasiado recargados de pintura, pero la verdad es que a pesar del ruido te había entendido perfectamente, lo que quería es que te acercaras a mi oído para preguntarme de nuevo ‑ qué es lo que vas a servirte‑ , ‑qué es lo que hay‑ pregunto yo ahora, respirando el perfume que sale de tu rostro o tu cuello tan cercanos; ‑café, bebidas‑ contestas, mientras la gorda muestra sus senos enormes de pezones rosados que va erectando con sus propias caricias y se acuesta en el piso abriendo las piernas, con la pelvis aún cubierta por unos cuadros negros brevísimos por donde asoman los vellos y, a veces, las contorsiones esquizofrénicas de la danza descubren parte de la vulva, yo te contesto ‑café‑ , y vas hacia el mesón para ordenarlo; veo muy mal entre las luces rojas, azules y las lámparas ultravioletas, estroboscópicas y las esferas poligonales que proyectan miles de agujeros luminosos que corren por los muros, me instalo junto a una estufa de gas, haya allí un sillón grande donde me siento y donde tú llegas y puedo ver mejor tus ojos negros, tus muslos suaves y tus pechos detrás de la polera roja con no sé qué frase en inglés que trato de adivinar en la penumbra ruidosa mientras me tomas la mano para descubrir que ‑ hace frío afuera, porque tu mano está helada‑ me dices y estornudas para que yo te diga si estás resfriada, te ofrezca un café en el momento en que el barman homosexual se aproxima solícito para invitarme a presenciar el espectáculo sentado en un banquillo alto al borde de la T donde se mueven las bailarinas; allí voy, tú detrás, reclamando que estoy dejándote sola; ‑venga corazón ‑ contesto; ‑me consigo una silla y vuelvo, espérame‑ respondes con una sonrisa; tardas mucho y me aburro con la gorda que se está bajando el calzón acostada de frente al público que somos cuatro o cinco ociosos, todos mayores que yo, escuchando a Jackson desnudar la gorda en una escena digna de Fellini, entonces se acerca una flaca espantosa de nariz ganchuda para pedirme un cafe con una expresión que quiere ser seductora, pero en verdad es horrorosa, patética, ‑ te insisto, flaca, que no tengo dinero, ‑qué‑ me gritas al unísono con el mestizo Jackson, ‑¡no tengo plata!‑ grito y entiendes porque te vas, flaca horripilante, y llegas tú al fin con una silla larga, poniéndola a mi costado, apegando tu cuerpo al mío, tomando mi mano, confesando tu frío tremendo, es verdad, tiritas, y te abrazo envolviéndote con mi abrigo nuevo, pones cara de agradecimiento y no sé si creerte pues me parece sincera tu expresión; ‑no te enojarás‑ dices tímidamente; ‑qué pasa, no tengo razones para enojarme‑ te contesto; ‑me puedes convidar un café, sólo si quieres‑, me estás mirando; ‑claro, corazón‑, chasqueas el dedo y viene el maricón solícito a recibir un cuchicheo tuyo para después volver con un café que bebes ahora con las dos manos mirándome de reojo, sonriendo mientras yo también bebo el mío y también te miro de reojo; la gorda está desnuda arrastrándose por el piso alfombrado, por fin desaparece entre las cortinas y las luces fantasmales; aparece una morena alta, deliciosa, con un sombrero tipo far‑west y una combinación azul, translúcida, que logra despertarnos a todos del sopor producido por la gordita, el cabello ensortijado alcanza justo el nacimiento de sus senos prodigiosos donde residen ahora nuestros ojos, ‑es linda, no es cierto‑ dices a mi oído; ‑tú me gustas más, tienes algo especial‑ tengo que repetirte todo, porque la música ensordece de nuevo la pieza en penumbras y entra en oleadas en los cuerpos de los que estamos allí, entra junto con los movimientos insinuantes de la morena que comienza a pasearse por el mesón, se encuclilla en frente de mí para que sienta el temblor de su piel cercana, la suavidad tan cerca; tú ríes y apegas la cara a mi hombro casi con ternura, me inclino hacia ti de modo que nuestros labios quedan a punto de unirse, me enredas el pelo, la morena se alejó desencantada mientras nos miramos; ‑tal vez debiera enojarme como las otras, cuando uno molesta al que está con ellas‑ ¡mueves la boca tan cerca de la mía! ‑no importa, ¿ a qué hora bailas?‑ te interrogo; ‑luego, luego, después de esta niña y la otra‑ respondes; ‑tienes algo especial, no sé ese pelo tuyo, peinado al lado, como la Emma Peel de "Los Vengadores", la viste alguna vez en la tele‑; ‑claro, ¿me lo dices en serio?‑; ‑eres bonita‑; gracias‑ ; ‑cierto, me gustas mucho‑; te ríes y tomas el último trago de café en el vaso desechable, me tomas la mano, yo te tomo la otra, te vas apegando más aún, me miras de pronto y haces unos mohines graciosos dirigidos como sobre mis ojos, como si te diera vergüenza o inquietud al menos, como si fuésemos pololos adolescentes y no un tipo solo arrancado de su mundo y una bailarina de top‑less que debe hacer consumir a los clientes para ganar un porcentaje, no me haces sentir la verdad, permites que yo olvide al amigo muerto que me trajo a este lugar en busca de algo de consuelo, horas antes caminaba sin saber por dónde hasta que encontré las fotos y pensé por qué no, no tengo donde más ir hasta la hora del cóctel, la fanfarria y los discursos propios del segundo libro de un poeta joven, si faltan dos horas aún, ¿por qué no? y me introduje en ese mundo de luces y sombras tan parecido a lo que llevamos dentro nosotros mismos, así va pasando el tiempo, mirándonos, riendo; la siguiente bailarina tiene una especie de traje de fantasía como de Can‑Can, recuerdo de alguna abuela artista, parece gallina ‑ te digo‑ tiene muchas plumas; estás llorando de risa hasta que el pajarraco sin plumas huye por las cortinas, y al incorporarte me lanzas un ‑ espérame‑ corres; yo me dedico a analizar el local, descubro la cabina desde donde un individuo de rostro borroso manipula los controles de las luces y de la música, más abajo el bar con el mariconcito atrás, varias mujeres solas y unas parejas más o menos atracadas según el carácter del cliente, se me aproxima la gorda a pedir un cafe, le digo que no tengo plata y se va con cierta prisa, seguramente advertida por la flaca horrible; entonces sales, sales con la música desde atrás de las cortinas, tu cuerpo es mejor de lo que esperaba, sonríes, juegan nuestros ojos, estás con un bikini muy poco revelador, observas raras veces al público, bailas frente al espejo, a veces me miras y yo te hago alguna seña graciosa que te hace reír y mirar hacia otra parte hasta que vuelves a mirarme, así con timidez notoria, con ese aire tuyo de pulcritud, ese rostro tuyo aún no contaminado por este ambiente, o quizás es ese tu juego, simular la gatita vergonzosa, regalona, de pronto estás desnuda y yo mirándote a ti y a tu reflejo, alternativa, rápidamente, lo que te hace reír tapándote la boca y salir medio asfixiada por la risa hacia el camarín allá atrás de las cortinas verdes y las luces que relumbran en tus caderas deliciosas, cimbreantes, tus muslos de reflejos rojos y violetas, tu pelo cayendo sobre la espalda suave, tu cabellera negra y dividida al lado. Cuando vuelves a mi lado tienes frío, llevas puesto un abrigo bajo el cual te estremeces, se me ocurre entonces preguntarte cuánto dinero ganas allí ‑trescientos, por trabajar desde las once de la mañana hasta las nueve y media, más un porcentaje por los consumos, unos cien pesos más‑ ; ‑tan poco‑ te replico; ‑bueno, en la municipalidad ganaba cuatro mil, ahora como ocho, claro que a nadie le gusta este trabajo, mira, estamos todas resfriadas‑; ‑es que usan muy poca ropa‑ te digo, nos largamos a reír, escondes la cabeza, alguien baila en el escenario y se acerca, nosotros ahogados de risa, de repente unas piernas sobre mí, unos muslos que bajan y se acercan, ‑mira para abajo‑ me dices; yo inclino la vista al suelo, la bailarina se va indignada seguramente, no me atrevo a levantar la cara, tú me abrazas riendo todavía, acaricio tu cabello suave, la sonrisa huye de tu rostro y te pones un poco seria, como si recordaras que eres bailarina de top‑less y que no estás haciendo lo que corresponde, yo te ofrezco un café o un trago y deslizo aún mis dedos por tu pelo con un cariño enorme que de pronto siento, ‑no quiero nada más‑ contestas tan bajo que no puedo haberte escuchado, sólo sé que me estás diciendo que no con tus ojos llenos de ternura, ‑vivo en un campamento donde hay que acarrear agua todas las mañanas y colgarse de la luz y todo eso‑; ahora esa misma agua sale de tus párpados y me abrazas fuerte, fuerte, los demás pensarán que lo estamos pasando bien y la mano que debiera estar en tus pechos te seca las lágrimas, y tu mano que debiera deslizarse en mis muslos me revuelve el cabello, y viene a mí el rostro del amigo muerto y un par de lágrimas que van no sé a dónde, nos quedamos así un tiempo que parece infinito, abrazados uno al otro, ahora te beso en la mejilla, te digo que se me ha hecho tarde, te acercas con ese mechón tan gracioso sobre tu ojo izquierdo y siento crecer tu aroma, más aún ahora que me estás besando, más aún ahora que nuestros labios se tactan y se muerden y me cuesta tanto tener que irme, dejarte sola, sin comprender nada de lo que ha ocurrido, huyendo de algo mío enorme que se queda allá adentro mientras yo vuelvo a la ciudad inmensa y hambrienta y corro oculto entre los miles de peatones para no llegar tarde a mi cita, al menos eso quiero creer cuando todavía parece sentir nuestras bocas que se juntan, bailarina de top‑less, cuando aún llevo una de tus lágrimas enredada en la mano izquierda, cuando comienzo a pensar que tal vez lo mejor era quedarse, quedarse, aunque ya sea demasiado tarde.

GLORIERÍAS (PARA QUE OS ENTERÉIS), Gloria Fuertes

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GLORIA FUERTES, Glorierías (para que os enteréis), Torremozas, Madrid, 2001, 160 páginas.

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Presumid de no presumir.
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Hay que humanizar a la humanidad.
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La patria no es una bandera
ni una pistola.
La patria es un niño que nos mira.
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La vejez es la niñez de la muerte.
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Escribir poesía 
es una manera de rezar.
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Los pulmones 
de los fumadores
llevan vida de perros
y ladran por las noches.
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Para saber de mí
tenéis que ir a mis raíces
y mis raíces están arriba.
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Nunca nos morimos la víspera.

EL LOCO DE LAS ROSAS, Mohamed Chukri

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MOHAMED CHUKRI, El loco de las rosas, Cabaret Voltaire, Barcelona, 2015, 192 páginas.

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LA RED                                                                                                                                 

Al niño Shakib Buzid


   Recorre la playa hasta llegar a las barcas de varadas en la orilla. Hace cuatro o cinco veces el mismo trayecto. Cada vez, alejándose un poco mas del agua. Rebusca en la arena, invadiendo la zona de los veraneantes.
   Encuentra un anillo de plástico, pero es demasiado grande para sus delgaduchos dedos. Lo guarda en el bolsillo con la esperanza de poder venderlo luego en la ciudad. No era la primera vez que encontraba cosas de plástico, a las que daba salida entre sus amigos del barrio pobre.
   Recoge ahora un chupete, lo lava en el mar y se lo mete en la boca. Le divertía chuparlo.
   Su madre va todos los días al Zoco Grande a buscar trabajo. Espera de pie junto a otras mujeres.
  Puede pasar allí horas enteras antes de que alguien aparezca y la elija para trabajar la jornada limpiando. Si su madre ha tenido suerte ese día, cuando él llegue a casa, le dará pan con aceite y azúcar.
   ¡Una chancla medio enterrada en la arena! De la sorpresa, su corazón se acelera y sus ojos se abren de par en par. Guarda el chupete en el bolsillo de su pantalón remendado. Desentierra la chancla y le sacude la arena. Es blanca. Esta como nueva. Se pone a excavar en el mismo sitio, alternando los pies descalzos con las manos, tratando de completar el par. Hace un agujero profundo. El sol empieza a aturdirlo. Su cara, demacrada y pálida, esta sudorosa. De tanto patear la arena, sus extremidades flaquean y los dedos de los pies le duelen.
   Camina hacia la orilla. Se lava la cara, las manos y los pies. Una botella de plástico flota en el agua, entregada a la voluntad de las olas. La coge. Esta vacía. La abre, mea dentro y la vuelve a cerrar. Retrocede unos pasos, respira profundamente y la lanza lejos con todas sus fuerzas. La botella se hunde. Flota. Él se aleja de la orilla, el mal humor y el cansancio parecen haberse mitigado.
   Recorre de nuevo la playa. A lo lejos, algunas personas se bañan, otras están tumbadas en la arena. Es el final del verano. Los últimos turistas son esos extranjeros enamorados del mar.
   Objetos rotos e insignificantes que no sirven para vender. Coge la pequeña chancla y la mete en un cubo de plástico rajado y sin asa. Ahora camina sin rumbo. Su empeño por encontrar la otra chancla ha agotado sus fuerzas. Está exhausto. No ha desayunado. Finalmente, renuncia a seguir buscando objetos. «Hoy en día, la gente no pierde nada. No olvida nada —le decía su madre—. Solo pierden lo que ya carece de valor. La realidad es que tan solo encuentras lo que los demás han tirado.»
   Basura que no se vende. Basura que no se come. Basura que no se guarda. Pero él no encontraba nada mejor que hacer en verano que ir por la mañana a la playa e incluso, a veces, también algunas tardes.
   Solía decir a su madre: «Cuando sea mayor, seré pescador como mi padre». Su padre murió joven. Se ahogó con otros dos pescadores cuando su barca naufragó.
   Un pequeño pez de plástico. Lo recoge, lo examina detenidamente y lo echa al cubo. Esta mañana, el hambre le hacía perder el interés que sentía par esas cosas insignificantes que tanto le entretenían.
   Unos pescadores sacan una red enorme del agua. Las cuerdas de las que tiran con firmeza se tensan. Los hombres inclinan su cuerpo hacia atrás para hacer de contrapeso. Están a punto de rozar el suelo. En su vaivén de tensar y tirar, parecían árboles sufriendo el azote de un poderoso viento. El los mira con admiración. Desea unirse a ellos y agarrar con fuerza una de esas cuerdas que salpican al tensarse sobre la superficie del agua. La escena le distrae de su búsqueda en la arena. Algunos peces saltan fuera de la red y reemprenden el camino hacia el mar.
   Rápidamente, tira el cubo y les echa una mano recogiendo los peces que se escapan de la red. Nadie le dice nada. Aquellos hombres hablan poco. Solo abren la boca para recriminarse entre ellos la forma de agarrar o tirar de la red.
   También los ayuda en la clasificación según los diferentes tipos de pescado. Se maneja con habilidad.
   El gran montón de peces va disgregándose a su alrededor en pequeños montoncitos. Los peces se agitan en sus manos. Luchan por liberarse. Este trabajo le entusiasma.
   El color de un pequeño salmonete capta su atención. Lo aparta. El pez brinca, recalcándose en la arena.
   Uno de los pescadores le regala un puñado de los peces más pequeños. Él recoge el salmonete que tanto le gusta y lo pone con los demás. Pero el pececillo esta agonizando. Lo lleva a la orilla y lo posa con delicadeza en el agua. El salmonete se hunde y flota como un tapón de corcho. Lo abandona ahí, zarandeado por las pequeñas olas, y regresa con sus peces.
   Esta triste por aquel pececillo. Cava un agujero y entierra la chancla. Mete los peces y el pez de plástico en el cubo, y se marcha de la playa.
   Ya no rebusca más en la arena que le quema los pies. Ya no le seducen todos esos objetos. Sólo observa los peces en el cubo, que estrecha contra su pecho. Algunos no se acaban de morir.
   Cerca de una piscina, ve a una gata dormitando. Le tira el pez de plástico. Unas descargas eléctricas recorren el cuerpo del animal que se abalanza sobre el pez-juguete. Lo olisquea. Lo lame. Le da vueltas con sus garras. Dirige una mirada de desconfianza al niño y otra de estupefacción al pez de plástico. Ahora, el le lanza otro pez, pero... esta vez, uno de verdad. La gata lo atrapa y huye corriendo a refugiarse a la sombra de la galería de la piscina. El niño abandona el pez de plástico y se marcha.
Tánger, 1977

EL MAGO NATURAL Y OTROS ABRACADABRAS, Rafael García Z.

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RAFAEL GARCÍA Z., El mago natural y otros abracadabras, Ficticia, México D.F., 2008, 96 páginas.

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EL SUEÑO DE UN ÁNGEL

   Miguel Ángel Buonarroti duerme plácidamente. No, no está descansando; está creando. Por eso, al despertar, toma sus herramientas, se para frente al bloque de mármol y comienza a eliminar los pedazos de realidad que le sobran a su sueño.

EL AMOR, ESE VIEJO NEÓN, Karmelo C. Iribarren

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KARMELO C. IRIBARREN, El amor, ese viejo neón, Aguilar, Barcelona, 2017, 136 páginas.

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Componen La poesía sin banda sonora (pp. 9-16) los textos de Irene G. Punto, Luis Ramiro, María Rozalén, Miguel Gane, Patricio Benito y Marwan. Este último señala que «el arte de quitar lo sobrante, de asestar el golpe de emoción sin apenas preparación previa» es lo que define la poesía de Karmelo C. Iribarren. Además de la antología poética, encontrará el lector una selección de aforismos.
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EL AMOR

El amor,
             ese viejo neón
al que aún
se le encienden
las letras.

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Vestida rozaba el uno sesenta y cinco.
Desnuda era infinita.
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Las ilusiones perddas siempre
se las encuentran otros.
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En cuanto el amor deja de dolernos salimos
a por más.

UN SUEÑO Y OTROS AFORISMOS, Georg Christoph Lichtenberg

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GEORG CHRISTOPH LICHTENBERG, Un sueño y otros aforismos, UNAM, México D.F., 2006, 40 páginas.
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Juan Villoro, con su traducción y unas palabras introductorias, es el responsable de esta cuidada edición.
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En un principio el imán sólo obedecía a los prestidigitadores.
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También los grandes hombres se equivocan, y algunos con tanta frecuencia que uno casi se siente tentado a considerarlos pequeños.
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Polillas en los engranes de un reloj de madera.
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Conocía todos los modismos de declinación e inclinación del sombrero.
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¿Acaso “convencerse” no es otra cosa que “estudiar”, e “inventar” otra cosa que “remodelar”?
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Encuentran la verdad en la naturaleza y luego la arrojan a un libro donde se observa aun en peor estado.
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Se trata de polvo de diamante: ya no tiene brillo propio pero ayuda a pulir a los demás.
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Se  hacen  muchas  burlas  sobre  los  moros  que  trafican con humanos, pero ¿qué es peor: venderlos o comprarlos?
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Estoy convencido de que uno no sólo se ama en los otros: también se odia en ellos.
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Eso fue antes de que el tiempo tuviera barba.

LUNÁTICOS, José Ángel Cilleruelo

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JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO, Lunáticos, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017, 82 páginas.

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La métrica, sastrería de sonidos, requiere cortar las telas con gusto y coserlas como continuidad, sin que las costuras resulten visibles.
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El autobús arranca y, detrás de su miscelánea de estrépitos, no deja a nadie en la parada donde estoy aún esperándolo.
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Aficiónate al frontón. Ninguna pared te dejará para irse a jugar con otro.
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Solo en lo que se contempla cada día es posible descubrir algo insólito, original, sorprendente. La novedad es, per se, repetición.
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Con aire de pintor de nubes observo el cielo. Cambia tantas veces al día que parece un desperdicio de la imaginación que no conserve copias.
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El poeta es el que mira hacia otra parte. Es una frase peyorativa, sí, pero también simbólica con solo añadir un artículo: hacia la otra parte.
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La ventana se ve guapa con el vestido de lunares que le ha puesto la lluvia.
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Aprender el oficio de alfarero: moldear con las manos la arcilla del tiempo para construir días que conserven dentro el frescor del agua.

ME ACUERDO, Georges Perec

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GEORGES PEREC, Me acuerdo, Impedimenta, Madrid, 2017, 176 páginas.

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Impedimenta edita este Me acuerdo que, además de un Índice alfabético (pp. 143-169) incluye unas Notas (pp. 133-142) que permiten al lector iniciar sus pesquisas. Firma la traducción Mercedes Cebrián.
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Me acuerdo de que Art Tatum llamó a uno de sus temas Sweet Lorraine porque había estado en Lorena durante la guerra del 14.
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Me acuerdo de los pañuelos de seda de paracaídas.
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Me acuerdo de la época en la que hacía falta varios meses y hasta más de un año de espera para tener coche nuevo.
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Me acuerdo de que Kruschev golpeó con el zapato la tribuna de la ONU.
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Me acuerdo de que el Dr. Spock fue candidato a la presidencia de los Estados Unidos.
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Me acuerdo de que Boris Vian murió a la salida de la proyección de la película basada en su libro Escupiré sobre vuestras tumbas.
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Me acuerdo de las «personas desplazadas».

CONTRA EL GUERNICA, Antonio Saura

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ANTONIO SAURA, Contra el Guernica, Turner, Madrid, 1982, 46 páginas.

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En el 80 aniversario del Guernica, el Museo Reina Sofía organiza la exposición Piedad y terror en Picasso: el camino a Guernica. El recuerdo de este Libelo firmado por Antonio Saura puede servir de estimable contrapunto.
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Odio al Guernica porque siendo dibujo coloreado más que pintura, es uno de los cuadros más famosos del siglo XX.
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Detesto al Guernica porque sin ser un cuadro de historia es tristemente una de las composiciones más extraordinarias de la historia del arte.
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Odio el recuerdo del recordado recordar del Guernica.
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Detesto los setenta y tres bocetos del Guernica realizados con posterioridad a su terminación.
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Desprecio a los dos Antonios del arte español, Tapies y Saura, tísicos de origen, compañeros de viaje, hijos bastardos de Picasso y pintamonas en ejercicio de fama. 
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Detesto al Guernica porque a pesar de haber sido pintado deprisa y corriendo y de ser concebido para un destino efímero, mantiene rozagante su ceremonia de la confusión.
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Me detesto a mí mismo porque al visitar el Guernica me quedé pasmado de mi odio al Guernica.

LECCIÓN DE PERMANENCIA, Jordi Doce

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JORDI DOCE, Lección de permanencia, Pre-Textos, Valencia, 2000, 100 páginas.

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Está dividido este libro en dos secciones: El viento en los andenes (pp. 11-47) y Lección de permanencia (pp. 51-87). En esta segunda parte hallará el lector los poemas breves que componen «Marina», en los que Doce exhibe, con contención, su maestría en el arte de la sugerencia.
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¿Quién toca a muerto
en las campanas
sumergidas del agua?

UN TIEMPO BREVE, Varios Autores

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VARIOS AUTORES, Un tiempo breve, Esta noche te cuento, A Coruña, 2016, 272 páginas.

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Este libro recoge cinco años de existencia del blog dedicado a los microrrelatos Este noche te cuento (2012-2017). Ciento treinta y cinco autores exhiben su talento.
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 EL POLACO Y LA FRUTERA
   Leo Brzeziñski está enamorado de Luisa, la frutera. Y ella de Leo, desde que el año pasado él la llevó a cenar a un italiano de Malasaña. Ella aceptó porque le hacía gracia ese polaco callado que siempre caminaba con la vista fija en el suelo, dando saltos ridículos. Y porque él le dijo un día que odiaba los guisantes y ella también los odiaba.
   En la cena, Leo le contó que sus abuelos habían muerto en un campo de concentración. Que sufría un trastorno compulsivo. Que estaba obsesionado con los números impares (esto se lo dijo tras besarla siete veces seguidas). Que no pisaba líneas continuas. Que nunca había tenido novia. Y que no conjugaba bien verbos irregulares. Pero esto era por lo de ser polaco, no por lo del TOC.
   Después del quinto de los siete besos que le dio, ella supo que lo amaría para siempre. Te amaré a mi manera, le prometió él. Pero no pudo. Ha dejado de llamarla. Dice que por su culpa, su corazón late de forma desordenada, con latidos pares que le provocan una ansiedad infinita.
   Lo que el muy idiota no sabe es que eso tampoco es por lo del TOC.
Arantxa Portabales

VILANOS POR EL AIRE, Antonio Rivero Taravillo

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ANTONIO RIVERO TARAVILLO, Vilanos por el aire, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017, 100 páginas.

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Cuando alguien está muy pagado de sí mismo, suele ser con un cheque sin fondos. 
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Una mala novela, no importa el número de sus páginas, es siempre más corta que un buen poema.
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Quien no se ríe de sí mismo con razón acabará riéndose sin motivo de los demás. 
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Cuando alguien te hace la pelota, una vez satisfecho, te dará la patada.
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Lo malo, si pretencioso, pésimo. 
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Las palabras se las lleva el miento. 
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Habrá un día en que el único lector que quede estará firmando libros a sus autores, puestos en larguísima cola.