CUATRO MENDRUGOS DE PAN, Magda Hollander-Lafon

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MAGDA HOLLANDER-LAFON, Cuatro mendrugos de pan, Periférica, Cáceres, 2017, 116 páginas.

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Los profesores Nathalie Caillibot y Régis Cadiet en Nota histórica (pp. 135-151) relatan brevemente la terrible peripecia vital de Magda Hollander-Lafon de la que surgió el proyecto pedagógico que se concretó en la película L’humanité ou la mémoire d’Auschwitz. El lector recorrerá con la autora el camino que la llevó De las tinieblas a la alegría.
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LOS PIOJOS

   Recuerdo esos minúsculos bichos traicioneros y tenaces que me incordiaron, picaron y devoraron durante meses.
   Son de diferentes tamaños, colores y familias. Los hay negros, bien hermosos, de los que se desplazan con pereza pero que no se detienen si no es para clavar la trompa en el lugar elegido. Los blancos, transparentes y menudos, se apiñan en las costuras de la ropa. Los otros, de cabeza rubia y barriga negra, ágiles y voraces, se acomodan en nuestras heridas y se deleitan sin preocuparse de nosotros.
   Nunca me aburro en su compañía: si uno de los grupos se ha saciado, otro vuelve a tener hambre y toma el relevo. Los piojos están presentes día y noche. Con el tiempo y la costumbre se hacen indiscretos. Llevan su audacia al punto de pasearse por la nariz y la barba de los SS, que no pueden tolerar tal imagen, como almas de élite que son, limpias por excelencia. Se impone una buena sesión de desinfección.
   Desnudas y temblorosas, con los paquetes de efectos personales apretados contra el cuerpo, nos devora un inmenso vientre de cemento. Un tonel para la ropa, una ducha fría para nosotras y luego, a desfilar ante una bomba de bicicleta que escupe una niebla blanca. Un bombazo a la izquierda, otro a la derecha y salimos blancas, rapadas, frías y llorando de despecho ante los espectadores burlones. Cada sesión es, además, un momento de selección lleno de riesgos. Si por desgracia nos dejamos aturdir por el hambre o el olor, los perros están ahí para llamarnos al orden.
   Al final de la sesión nos tiran la ropa por encima de una pequeña barrera. Los trapos no son nunca de nuestra talla. Fuera, mientras esperamos a las demás, intentamos intercambiarlos entre nosotras. Es una operación que comporta riesgos, dadas las miradas de alambre de espino que nos rodean. En alguna ocasión salí victoriosa. Sin embargo, también alguna noche volví con vestido de cola y los pies enfundados en zapatos inmensos. Los organizadores de nuestra estancia se divertían viéndonos con esas pintas.
   En la paja de los barracones nos esperan nuestros pequeños huéspedes negros, blancos o bicolores. Nos guardan rencor por haberlos dejado solos tanto tiempo. Vuelven a nosotros con voluptuosidad.

LOS OJOS DE MEDUSA, Benjamín Barajas

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BENJAMÍN BARAJAS, Los ojos de Medusa, Renacimiento, Sevilla, 2017, 76 páginas.

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Hiram Barrios es el responsable de prologar a uno de los aforistas mexicanos más destacados del presente.
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Quizá Voltaire sea uno de los primeros beatos del ateísmo. Sus obras literarias y de pensamiento nos dejan un hálito de religiosidad pura.
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Bernardo de Balbuena inicia en México el estilo fastuoso, dramático y engolado, de gran prosapia hasta nuestros días.
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La fama de los escritores mexicanos es inversamente proporcional a sus fobias y chovinismos.
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Las obras de arte, grandes o pequeñas, son el vivo testimonio de los defectos de su creador.

GATO SIN DUEÑO, Tan Taigi

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TAN TAIGI, Gato sin dueño, Satori, Gijón, 2017, 160 páginas.

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Tan Taigi, uno de los haijin más destacados de la literatura japonesa, se incorpora con este volumen a la magnífica colección "Maestros del Haiku" de la editorial Satori y su cuidada edición bilingüe: 70 poemas en traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo.
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 太


hakikeru ga tsui ni wa hakazu ochiba kana


Iba a barrerlas
y acabé no barriéndolas:
las hojas secas.

DIECINUEVE O VEINTE LÍNEAS, Nieves Viesca

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NIEVES VIESCA, Diecinueve o veinte líneas, Septem Ediciones, Oviedo, 2009, 68 páginas.

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LA RED SIN PESCADOR

Mis hilos son la muestra del cansancio que destila la pesca del atún. Yo era una más, dentro del maremagno de redes empleadas en la almadraba. Al amanecer, si habían entrado los atunes, la flota se ponía en marcha desde el puerto. El capitán dirigía el laberinto de las faenas, destinadas a acumular a los comestibles peces en el copo. Tras esta ardua labor, todos los brazos eran requeridos para jalar las redes desde los barcos que cercaban a los copos. En cuestión de segundos, ochenta, cien, doscientos atunes, enloquecidos por la levantada, se revolvían sobre sí mismos. Dando aletazos, las víctimas hambrientas de vida luchaban creando un universo de espuma mezclado con el patetismo de un estruendo ensordecedor. Algunos marineros bajaban entonces de los barcos y caminando sobre tirantes redes, enganchaban los atunes con un bichero. Era el momento en que las hebras de mi malla y el agua se teñían de sangre. Atuneros como Boliche o Camarote permanecían pensativos. Semejando la conjunción del mar y las rocas, el horizonte de sus caras se tornaba en pendientes calles con pasadizos en zig-zag. Una quisiera, que las capturas y los pescadores relacionados con nuestros recuerdos fueran igual que yo; una trama hecha de anudados hilos formando un tejido fino y a la vez resistente. Pero desgarra el peso del vacío. Mi existencia, encallada en la arena de Candás, no representa nada sin el vendaje de unas manos como las de Boliche o Camarote. Sin el sustento de esta banda de gasa soy herida por cubrir, miembro, hueso roto. Tejido de sueltas filas transversales escurriéndose en un momento de desmayo.

DE LOS DERROTEROS DE LA PALABRA, Atiliano Sevillano

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ATILIANO SEVILLANO, De los derroteros de la palabra: microrrelatos, Celya, Salamanca, 2010, 124 páginas.

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SCHEREZADE

   Los cuentos tienen sus falsificaciones. De boca a boca nos ha llegado el rumor de que la joven, bella y astuta Scherezade no relató mil y un cuentos. Tras narrar doscientos ochenta, lamentó estar falta de inspiración, y sólo se le ocurrió un relato hiperbreve.

LEER, André Kertész

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ANDRÉ KERTÉSZ, Leer, Periférica & Errata naturae, Cáceres, 2016, 76 páginas.

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En Palabras preliminares (pp. 5-9) Alberto Manguel predispone sobre el trabajo de Kertész: «Bajo la doble influencia del dadaísmo temprano y del incipiente periodismo documental, la cámara de Kertész encuentra en la realidad objetiva sus límites absurdos». El lector como insolente mirón de la intimidad otros lectores.
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MUJERES DE CIENCIA, Rachel Ignotofsky

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RACHEL IGNOTOFSKY, Mujeres de ciencia, Nórdica / Capitán Swing, Madrid, 2017, 128 páginas.

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«Las mujeres que aparecen en este libro tuvieron que luchar contra los estereotipos para poder desarrollar las carreras que deseaban. Rompieron reglas, publicaron bajo seudónimos y trabajaron por el afán de aprender sin ninguna ayuda.» leemos en la Introducción (pp. 6-7) de este libro divulgativo que presenta semblanzas de estas 50 intrépidas pioneras que cambiaron el mundo: De Ada Lovelace a Wang Zhenyi, pasando por Hipatia, Elisabeth Blackwell, Hedy Lamarr o Marie Curie.

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GERTRUDE ELION [FARMACÓLOGA Y BIOQUÍMICA]

   Gertrude Elion nació en 1918 y creció en el Bronx, en Nueva York. Fue una gran estudiante que adoraba todas las asignaturas del instituto y se graduó pronto, a los quince años. No sabia cuál iba a ser su carrera hasta que su abuelo falleció a causa del cáncer. Decidió dedicar su vida a luchar contra la enfermedad.
   Durante la Gran Depresión, a la hora de contratar a alguien, las universidades dieron prioridad a los hombres. Gertrude se había licenciado con honores en el Hunter College, pero las escuelas superiores no ofrecían ninguna ayuda económica a las mujeres, y los trabajos de química eran escasos. Finalmente, después de muchos trabajos tediosos y de un año de escasez económica, formando parte del programa de posgrado de la Universidad de Nueva York, encontró un lugar en el que poder investigar sobre el cáncer en la compañía farmacéutica Burroughs Wellcome.
   El grupo dejó de utilizar el sistema habitual de ensayo y error para desarrollar fármacos. Junto a George Hitchings, estudió la diferencia existente entre células sanas y células anormales y cómo estas últimas se reproducen, para así poder crear fármacos que destruyan únicamente las células enfermas. Gertrude era la encargada de estudiar los ácidos nucleicos del ADN y de ver cómo podían utilizarse para impedir que los tumores se propagaran.
   Empezó a trabajar mientras estaba acabando su doctorado a tiempo parcial por la noche. Su facultad le pidió que dedicara al doctorado todo su tiempo y que dejara el trabajo, pero éste le gustaba tanto que, en lugar de hacerlo así, lo que abandonó fue el programa de doctorado. Fue la decisión correcta. Gertrude, continuó creando diferentes medicamentos que salvaron miles de vidas. En 1950, creó dos fármacos para tratar la leucemia, con lo que empezó una nueva era en la investigación del cáncer.
   Gertrude continuó trabajando con muchas otras enfermedades. En 1978 se produjo otro gran avance, cuando creó un método mediante el cual los antivirales podían dirigirse con precisión hasta los virus sin dañar células sanas. El fármaco resultante se usa para tratar el herpes y ha sido la base de muchos otros antivirales.
   La investigación farmacológica de Gertrude salvó miles de vidas y logró avances enormes en el tratamiento con fármacos. Cuando se te preguntaba por su éxito favorito, respondía: «No discrimino entre mis hijos».


CUENTOS, Emilia Pardo Bazán

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EMILIA PARDO BAZÁN, Cuentos, Lumen, Barcelona, 2011, 408 páginas.

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Eva Costa, responsable también de la selección, dice en el Prólogo (pp. 9-18) de los relatos de Pardo Bazán: «han resistido bien el paso del tiempo; mejor que algunas de sus novelas y tanto como sus críticas literarias o sus crónicas de opinión o de viajes».  
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MEMENTO

   El recuerdo más vivaz de mis tiempos estudiantiles —dijo el doctor sonriendo a la evocación— no es el de varios amorcillos y lances parecidos a los que puede contar todo el mundo, ni el de ciertas mejillas bonitas cuyas rosas embalsamaron mis sueños. Lo que no olvido, lo que a cada paso veo con mayor relieve, es..., la tertulia de mi tía Gabriela, doncella machucha, a quien acompañaban todas las tardes otras tres viejas apolilladas, igualmente aspirantes a la palma sobre el ataúd.
   Reuníanse las cuatro, según he dicho, por la tarde —pues de noche las cohibían miedos, achaques y devociones— en el gabinetito, desde cuyas ventanas se divisaban los ricos ajimeces góticos y los altos muros de la catedral; y yo solía abandonar el paseo —a tal hora lleno de muchachas deseosas de escuchar piropos— para encerrarme entre aquellas cuatro paredes vestidas de un papel rameado que fue verde y ya era blancuzco, sentarme en la butaca de fatigados muelles, anchota y blandufa, al cabo también anciana, y recibir de una mano diminuta, seca, cubierta por la rejilla de un mitón negro, palmadita suave en el hombro, mientras una cascada voz murmuraba: «Hola, ¿ya viniste, calamidad? Hoy se muere de gozo Candidita».
   De las solteronas, Candidita era la más joven, pues no había cumplido los sesenta y tres. Según las crónicas de los remotos días en que Candidita lozaneaba, jamás descolló por su belleza. Siempre tuvo el ojo izquierdo algo caído y las espaldas encorvadas en demasía. Lo que en ella pudo agradar fue su seráfica condición. Poseía Candidita, en relación con su nombre de pila, alta dosis de credulidad y buena fe. Cuanta paparrucha inverosímil se me antojase inventar, la tragaba Candidita sin esfuerzo; en cambio no había quien la convenciese de la realidad de picardía ninguna. Su alma rechazaba la maledicencia como se rechaza un elemento extraño, de imposible asimilación. Yo me divertía infinito disputando con Candidita cuando se negaba a dar crédito a maldades notorias...; y al hacerlo, sentía germinar en mi corazón una especie de ternura, un misterioso respeto por la inocente, que sin quitarse su traje de merino negro y sus zapatos de oreja, subiría al cielo al momento menos pensado.
   Mi tía Gabriela, en cambio, era sagaz, lista como una pimienta. Su vida retirada, en una soñolienta ciudad de provincia, le impedía conocer a fondo el mundo, y quizás exageraba las trastadas y gatuperios que en él se cometen, pero acercándose a la realidad y juzgando mil veces con maligno acierto. Preciada de su linaje, con pergaminos y sin talegas, la tía Gabriela era una señora a la vez modesta e imponente, chapada a la antigua, de alma más enhiesta que un lanzón; las otras tres solteronas parecían sus damas de honor, antes que sus amigas.
   Doña Aparición era la curiosidad de aquel museo arqueológico. Hermosa y mundana en sus verdores, conservaba, a los setenta y seis, golpes de coquetería y manías de adorno que hacían fruncir los labios a mí tía Gabriela, tan majestuosa con su liso hábito del Carmen. El peluquín de doña Aparición, con bucles y sortijillas de un rubio angelical; su calzado estrecho; sus guantes claros de ocho botones;, sus trajes de seda a rayas verde y rosa; sus abanicos de gasa azul, y el grupo de flores artificiales que prendía graciosamente su mantilla, nos daban harto que reír.
   Como estaba semiciega y casi sorda y la vestía su fámula, a lo mejor traía la peluca del revés, o en la nariz el toque de carmín de las mejillas, o los guantes uno lila y otro pajizo; y como padecía de gota, el cepo de las botitas prietas llegaba a mortificarla tanto que mi tía le prestaba unas holgadas pantuflas. En caso tal exclamaba infaliblemente doña Aparición: «Jesús! Nunca me pasó cosa igual. Un pliegue de la media me desolló el talón... Es un fastidio tener tan fino el cutis».
   No sería doña Peregrina, la cuarta solterona, la que se impusiese torturas para presumir de pie. Al contrario: se declaraba sans façon. Reducida a mezquina orfandad, compraba en los ropavejeros sus manteletas color de ala de mosca. Por lo demás, era mujer de empuje y brío, alta, gruesa, de una frescura rancia —si es licito expresarse así—, viva de ojos y arrebatada de color, amiga de la broma, pero gazmoña a ratos, siempre dentro de la nota del buen humor y la marcialidad.
   ¡Cómo me festejaban aquellas cuatro señoras! Hay sitios adonde vamos atraídos, no por nuestro gusto, sino por el que damos a los demás. Diez años haría tal vez que las solteronas no veían de cerca un semblante juvenil, Mi presencia y mi asiduidad eran un rasgo de galantería de incalculable precio, que halagaba la nunca extinguida vanidad sentimental de la mujer. El mozo que quiera ganar buen nombre, sea amable con las viejecitas, con las desechadas, con las retiradas del juego. Las muchachas nada agradecen. Aquellas cuatro inválidas, con su manso charloteo, me crearon una reputación fabulosa de discreto, de galán, de simpático, de estudioso. A su manera, me allanaban el camino de una lucida posición y de una boda brillante. En los exámenes yo podía contestar mal o bien, que segura tenía la nota: tal labor subterránea hacían mis solteronas con los catedráticos. En mi salud no cesaban de pensar. «Vienes descolorido, Gabriel... ¿Qué tienes? ¡Ojo con las bribonas!» Y me enviaban remedios caseros, y piperetes, y vinos cordiales, y reliquias milagrosas, y hasta sábanas, por si las de la posada no eran «de confianza».
   A fin de animar la tertulia, se me ocurrió leer en alto versos y novelas románticas. Auditorio semejante no lo ha soñado ningún lector. Diríase que, para escuchar, hasta la respiración suspendían. Según avanzaba la lectura, crecía el interés. Una indignación, cómica a fuerza de ser ingenua, contra los traidores; un terror vivísimo cuando los buenos iban a caer en las emboscadas de los malos; un gozo pueril cuando la virtud salía triunfante... Las exclamaciones me interrumpían. «¿Ese pifio se equivoca y toma el veneno? ¡Castigo de Dios!» «¡Ay, que si Gontrán entra en el bosque encuentra al otro con el puñal! Que no entre, que no entre!» «Jesús, al fin le da la puñalada!» «¡Infame!» «¿Ve usted como el niño que robó el titiritero era hijo de la princesa?», etcétera. En los episodios vehementes, cuando los amantes se dicen ternezas al claror de la luna, las solteronas se deshacían. Un leve sonrosado animaba las mejillas amarillentas; se humedecían los áridos ojos; los encogidos pechos anhelaban; aparecíase el bello fantasma de la lejana juventud, y un aura dulce y tibia agitaba un momento aquellos espíritus resignados, como el aire primaveral agita el polvo de una tierra seca y estéril.
   Llegó el plazo en que yo tenía que emprender mi viaje a la corte para cursar el doctorado. Di la noticia a mis solteronas, y aunque no podía sorprenderlas, no fue menor el efecto que produjo. Mi tía Gabriela, sin perder el compás de la dignidad, se puso temblona y me advirtió, en frases que revelaban ternura, que era preciso excusar a los viejos si se afectaban en las despedidas, porque no estaban seguros de volver a ver a los que partían. Doña Peregrina manoteó, protestó, bufó, me insultó, y al fin se echó a llorar como una fuente. Doña Aparición suspiró, alzó la vista al cielo y dijo haciendo monerías; «Un joven de estas prendas..., naturalmente, ¡va a lucir en la corte! Mañana recibirá usted un alfiler de esmeraldas..., que fue de mi papá». Por su parte, Candidita guardó silencio y a poco se levantó, asegurando que tenía que hacer una visita urgente. Aproveché el pretexto para abreviar la escena; salí con ella, la ayudé a ponerse el mantón y le ofrecí el brazo por la escalera de peldaños carcomidos.
   De repente, en el primer descanso, escuché un ahogado sollozo; unos brazos endebles me rodearon el cuello, y una cara fría como la nieve se pegó a mis barbas. Comprendí de súbito..., y, créanlo ustedes, me quedé más volado y más compadecido que si viese a mi propia madre de rodillas ante mí! Noté que Candidita pesaba como pesan los cuerpos inertes; la supuse desmayada y la arrimé al balaustre, tartamudeando lleno de piedad: «Adiós, adiós, ya sabe que se la quiere». Mas como no me soltaba, me encontré ridículo y la rechacé... Al hacerlo, me pareció que estaba degollando a una ovejuela enferma, y la lástima me obligó a volver atrás y corresponder al abrazo de Candidita con una caricia rápida y violenta, filial y santa en la intención, Después eché a correr y salí a la calle, resuelto a no volver por la tertulia. ¡Ah, eso sí! La caridad tiene sus límites... Y ahora, que también soy viejo yo, suelo acordarme de Candidita... ¡Pobre mujer!

HORAS EN UNA BIBLIOTECA, Virginia Woolf

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VIRGINIA WOOLF, Horas en una biblioteca, Seix Barral, Barcelona, 2005, 368 páginas.

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El traductor y editor Manuel Martínez-Lage recuerda que Woolf sólo editó en vida dos libros de ensayos. Esta recopilación completa esa tarea.
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SHELLEY Y ELIZABETH HITCHENER

   Los amantes de la literatura una vez más han de dar las gracias al señor Dobell por el cumplimiento de uno de esos servicios humildes y llenos de paciencia que solo con auténtica devoción puede alguien tomarse la infinita molestia de llevar a buen fin. Las cartas de Shelley a Miss Hitchener ya estaban impresas, desde luego, pero en una edición privada. Ahora las encontramos publicadas con una hechura deliciosa y enriquecidas con una introducción y abundantes notas del propio Dobell, con todo lo cual otro capítulo más en la vida de Shelley resulta más sencillo de conocer y con más enjundia que paladear. Tampoco cabe objetar que la piedad en este ejemplo sea excesiva, pues si bien las cartas son notables sobre todo porque ilustran la naturaleza de un muchacho que, cinco o seis años después de serlo, iba a escribir una poesía requintada, el carácter de Shelley siempre es asombroso. Y a pesar de la verbosidad y de las perogrulladas de su estilo en 1811, es imposible leer esta colección de cartas sin que al punto se tenga una exquisita percepción de escenas difusas, pero revividas de nuevo, y de personajes más o menos tediosos que vuelven a conversar, y de todas las casas de campo y las muy respetables vicarías de Sussex, que vuelven a cobrar vida y a llenarse de damas y caballeros que exclaman «¡Cómo, si un Shelley es ateo!», y que añaden su peso a la intensa comedia, a la intensa tragedia de su vida.
   Elizabeth Hitchener era una maestra de escuela de Hurstpierpoint. Shelley la conoció en 1811, cuando tenía diecinueve años y ella veintiocho. Era hija de un hombre que regentaba una taberna y que era o había sido contrabandista. Toda su educación se la debía a una tal Mrs. Adams, a la que, en el lenguaje de las cartas, llama «la madre de mi alma». Miss Hitchener era delgada, alta, morena, una mujer austera e intelectual, imbuida por el deseo de que las cosas fuesen mejores que las que la sociedad de una provincia pudo proporcionarle, si bien no era, como Shelley se interesó en asegurarle, ni una deísta ni una republicana. Pero probablemente sí era la primera mujer inteligente a la que conoció el poeta; era una mujer oprimida, solitaria, incomprendida y necesitada de alguien con quien pudiera hablar de las placenteras agitaciones de su alma. Shelley entró en la correspondencia con verdadero entusiasmo; ella, no cabe duda, aunque un tanto perpleja y desmañada en su huida, se sintió conmovida y ansiosa por resultar tan apasionada, tan filantrópica y casi tan revolucionaria como él. La primera carta de Shelley es buen indicio de la naturaleza de la amistad; le habla de ciertos libros que, como era natural en los jóvenes ardientes de su calibre, le había prestado: La maldición de Kehama, de Locke, y Sobre la educación nacional, de Ensor. Pasa a atacar su fe cristiana, exclama que «La verdad es mi único Dios» y termina por decir «Pero vea lo que dice Ensor sobre la poesía». Sería delicioso que tuviéramos además las respuestas de Miss Hitchener, ya que algunas alusiones en las réplicas de Shelley muestran de qué modo, en algunas ocasiones, trató ella de poner coto a sus especulaciones. «Toda la naturaleza, salvo la de los caballos —escribió ella—, es armónica, y nace en la desdicha quien ha nacido siendo caballo.» Una «Oda a los derechos de las mujeres» comenzaba diciendo:
   
   ¡Todos, todos somos hombres, las mujeres y todos!
   
   Pero parece que está bastante claro, sin las réplicas de ella, que Shelley no estaba particularmente preocupado por el estado de ánimo que ella tuviera. Dio por sentado con toda tranquilidad que era de un temperameto más exaltado que él, de modo que no iba a ser necesario investigar los detalles, pues podría destinarle a ella, como si se tratara de una deidad impersonal, todos los descubrimientos sorprendentes, todas las ardientes conlvicciones que se le ocurriesen con extraordinaria, asombrosa rapidez, cuando por vez primera el mundo formulase una pregunta concreta y la literatura aportara un gran variedad de respuestas. La pobre maestra de escuela cabe deducir, se alarmó un tanto cuando descubrió con qué corresponsal se había vinculado, a qué especulaciones iba a llevarla, qué opiniones tendría que respaldar con todo y con eso, en todo ello no pudo dejar de percibir un extraño, si no risible alborozo, que le servía de acicate. Por si fuera poco, la relación pronto quedó justificada a raíz del matrimonio de Shelley con Harriet Westbrook. quien dio su visto bueno a la correspondencia. Iba a tratarse de un compañerismo espiritual, de ningún modo inspirado en el amor carnal de ese «bulto de materia organizada que hace de relicario de tu alma». Para colmo, preciso es tener en cuenta el cebo insidioso que tendió Shelley, con su curiosa falta de humanidad, en la carta en la que le explicó el porqué de su boda con Harriet. Rogaba a su «hermana del alma» que le ayudase a educar a su esposa. «Cúlpame [por el matrimonio] si así lo deseas, mi queridísima amiga, pues todavía sigues siéndome mucho más querida; apiádate si quieres de este error, caso de que de él hayas de culparme.» Miss Hitchener, es evidente, era sumamente susceptible a todo elogio de su intelecto, que sutilmente entrañaba un vínculo más estrecho. Sus cartas se fueron tornando más voluminosas, además de mostrar, según declaración de Shelley, «el embrión de un poderoso intelecto». Ahora bien, la profetisa no dejó de tener muy en cuenta la tierra que pisaba, y lo hizo con un ojo astuto, sensato y, debe añadirse, honorable. Era muy consciente de que Harriet podría ponerse celosa, y tampoco quiso pasar por alto las maliciosas chácharas de Cuckfield y atender solamente, como le pidiera Shelley, a la majestuosa aprobación de su propia conciencia. La tragedia, de un tipo tan sórdido como sustancioso, a la fuerza tenía que producirse tarde o temprano, para disolver esta incongruente alianza entre el poeta tempestuoso, cuyas alas eran más fuertes a cada día que pasaba, y la mujer meticulosa pero estrechamente maniatada. La ilusión se sostuvo solo mientras Shelley estuvo en Gales o en Cumbria o en Irlanda, mientras la dama permaneciera en Hurstpierpoint ganándose la vida con sus clases, lo cual ya era noble de por sí, enseñando a los niños chicos, lo cual era más noble si cabe, no en vano enseñar es «propagar el intelecto... domeñar todo error, esclarecer toda mentalidad, y así es mucho lo que se aporta al progreso de la perfectibilidad humana». Así quedó terriblemente destruida la primera de las ilusiones del poeta; se descubrió la traición de Hogg, y el pobre Shelley, más necesitado que nunca de comprensión, recurrió por completo «a quien es prácticamente mi única amiga», como la llama en la que le refiere el duro golpe sufrido.
   Su deseo, reiterado con un énfasis machacón, era que Elizabeth se sumara sin más dilación a su errante grupo doméstico. Harriet, en algunas de las cartas más interesantes del volumen, añadió su encarecida petición a la de su esposo, en un tono que trata, no sin cierto patetismo de imitar su entusiasmo y su generosidad, pero que fácilmente recae, como era de esperar, en mero sentido común más bien quejumbroso tan pronto él deja de oírla. Miss Hitchener rechazó el ofrecimiento durante mucho tiempo, amparándose en variadas razones. Tendría que abandonar la escuela, que era su único medio de subsistencia; pasaría a depender por entero de Shelley; tendría que desafiar a su padre y, además, la gente hablaría mucho y mal. Pero todos estos argumentos, añadidos a la apasionada y nutrida retórica, iban a ser inadmisibles. «El odio del mundo —declara Shelley— es para ti despreciable. Ven, ven y comparte con nosotros el más noble de 1os éxitos, o bien el más glorioso de los martirios. Reafirma tu libertad... Tu pluma... debiera trazar los caracteres que traza para que la nación entera pueda examinarlos.» Fuera cual fuese la razón, ella terminó por ceder, y en julio de 1812 emprendió una desastrosa expedición al condado de Devon. Durante un tiempo todos actuaron a la altura de sus encumbradas misiones. Portia (pues «Elizabeth» ya era un nombre consagrado a la hermana de Harriet) hablaba con Shelley de «pasiones innatas, de Dios, del cristianismo, etc.»; salía a pasear con él, y condescendió hasta el extremo de cambiarse el nombre de Portia, que a Harrier no le gustaba —«pensé que habría resultado más corriente y más plácido de oír»—, por Bessy. El profesor Dowden nos ofrece un singular retrato de época. Shelley y la mujer alta y morena, que no pocos toman por una sirvienta, caminan juntos por la orilla del mar, y lanzan botellas y arquetas llenas de panfletos revolucionarios con la esperanza de que lleguen a una orilla acogedora, pronunciando extáticas profecías en ese ritual. De puertas adentro, ella escribía al dictado de él y leía lo que él indicaba. Pero el declive de esta artificiosa virtud era ineludible; las mujeres fueron las primeras en descubrir que todos los demás eran unos impostores; el propio Shelley no tardó en virar en redondo, presa de una pasión infantil. La hermana espiritual, la profetisa, pasó a ser simplemente «el demonio moreno», «una mujer de planteamientos desesperados y de pasiones horribles», de la que era preciso deshacerse a toda costa, incluso si costara una pensión anual de un centenar de libras. No se sabe si alguna vez llegó a recibir el estipendio; hay una tradición muy verosímil en el sentido de que recobró la cordura tras su asombrosa caída en desgracia, y de que llevó una vida respetable y laboriosa en Edmonton, endulzada por la lectura de los poetas y el recuerdo de sus románticas indiscreciones con el más poeta de todos ellos.

LOS AÑOS AURORALES, Fernando del Val

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FERNANDO DEL VAL, Los años aurorales, Difácil, Valladolid, 2017,

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Recientemente distinguido con el premio Ojo Crítico de Poesía de RNE, Los años difíciles destaca, según consta en el fallo del jurado, por cómo "hondura y originalidad se dan la mano, sirviéndose de un lenguaje sustentado en una musicalidad que, muchas veces, se consigue a través de los silencios".

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hay necrológicas en las incubadoras

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aguas tristes
como prosas de estación y circunstancia

TEXTOS SEDIENTOS Y OTROS RELATOS, León Febres-Cordero

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LEÓN FEBRES-CORDERO, Textos sedientos y otros relatos, Verbum, Madrid, 2012, 80 páginas.
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CRUZAR

   Tras haber estado vagando por encharcadas planicies, temeroso de caer en el lodo y mancillarme, arribé al fin a una primera encrucijada. Al ver cómo se bifurcaba en caminos contrarios a los que no atinaba a encontrar sentido y dirección, sentí que me mareaba y que perdía las pocas fuerzas que aún me mantenían en pie. Entonces, cuando estaba a punto de caer de boca sobre el lodo oprobioso, recordé las palabras de Sócrates en el Fedón que hacen referencia a las muchas ramificaciones y encrucijadas que tiene el camino al Hades. Esas palabras impidieron que terminara de caerme, pues aquello significaba que no había perdido del todo la memoria que había tenido en vida. “Es cierto que el camino a la bien construida mansión es tortuoso y difícil de seguir”, me dije y ello me animó. Me detuve a contemplar la que era mi primera encrucijada. Los caminos no seguían una línea recta sino que se volvían sobre sí mismos, como los largos tubos que me encontré apenas llegado a la planicie y que entrelazados se separaban para succionar la poca sangre que traíamos las almas. Entonces observé hacia el lado de una de las bifurcaciones una agrietada gruta de barro cocido. Era una abertura informe, pero se me asemejó a uno de esos templitos que a veces encontramos al borde de las carreteras. Quizá por eso me llamó la atención y me quedé mirándola. De su interior surgió la imperiosa voz de una mujer que, como un canto, me ordenó: “¡Cruza!”, “¡Cruza!”. Era una voz rubia, ensortijada, sinuosa, fresca. Levanté un pie y una mezcla de terror y de fatiga me lo detuvo en el aire. “¡Cruza!, ¡Cruza!”, seguía entonando la voz que provenía del fondo de aquella tosca abertura. “No puedo cruzar”, dije en voz alta. “Aún no me siento con las fuerzas suficientes para tomar uno de los tantos caminos.” Entonces la voz me respondió: “Cruza y verás que si tomas uno de los más despejados, te llevará hacia bosques tupidos en los que te hundirás y de los que te costará desenmarañarte; y si tomas uno de los más turbios, tras mucho andar te regresará a donde estás. Ciertamente no es fácil el camino al Hades puesto que sus vías son tortuosas, pero has de cruzar para empezar a perderte.” Cuando escuché aquellas desalentadoras y desconcertantes palabras sentí que no había llegado hasta allí para quedarme con el pie alzado, indefinidamente, privándome de mi último destino. Y crucé.

EL HILO DE LA FICCIÓN, José Ángel Barrueco

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JOSÉ ÁNGEL BARRUECO, El hilo de la ficción, Celya, Toledo, 2004, 64 páginas.
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EL FONDO 

   He visto cosas muy extrañas tras la barra de un bar, pero nunca nada tan asombroso como aquel marinero de patillas blancas que un día apareció por mi bodega pidiendo una jarra de vino. Cuando la tuvo entre las manos, se sentó a una de las mesas y, al tiempo que se arremangaba los brazos, fue hundiendo las manos en el fondo del recipiente. Algún parroquiano audaz le preguntó qué intentaba. El marinero fue extrayendo las palmas vacías y turbias de vino, y luego dijo que todo pozo, todo lago, todo fondeadero y todo mar guardaban tesoros imposibles y cadáveres de naufragios. Debo apuntar que mis clientes esbozaron algunas sonrisas maliciosas. El viejo marinero terminó de remover el fondo y, tras el pago, desapareció por la puerta. Al día siguiente, repitió el mismo ritual, remangándose los antebrazos para buscar tesoros inventados en las profundidades mínimas de la jarra. 
   Tres días después, y cuando ya lo considerábamos un loco habitual que pagaba para remojarse las manos, rompió el silencio de la taberna con una exclamación: para nuestra sorpresa, sus dedos comenzaron a extraer puñados de oro en monedas viejas del interior del recipiente de vino que no parecía tener fondo. Reunida una cantidad de riquezas suficiente para retirarse unos años a vaguear a una isla, colocó el dinero sobre la barra y dijo que me compraría la taberna. La vendí, por supuesto, y entonces comenzaron mis penurias: dediqué lo ganado a recorrer otros bares y bodegas, adquiriendo jarras de vino en las que introduje los brazos buscando tesoros, tal y como había visto hacer a aquel marinero. Cuando estaba perdiendo ya mi fortuna en vino derramado, unos tipos con bata blanca me pusieron una chaqueta Y me trajeron a este lugar, donde, pese a la medicación, sigo en la quimera de rastrear tesoros de otros naufragios.

NO IMPORTA, Agota Kristof

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AGOTA KRISTOF, No importa, El Aleph, Barcelona, 2008, 102 páginas.

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EL ESCRITOR

   Me he retirado para escribir la obra de mi vida.
   Soy un gran escritor. Nadie lo sabe aún puesto que todavía no he escrito nada. Pero cuando lo haga, cuando escriba mi libro, mi novela…
   Por eso me he retirado de mi trabajo de funcionario y de… ¿de qué más? De nada más. Porque amigos nunca he tenido y amigas aún menos. No obstante, me he retirado del mundo para escribir una gran novela.
   El problema es que no sé cuál será el tema de mi novela. Se ha escrito ya tanto sobre todo y sobre cualquier cosa…
   Intuyo, siento que soy un gran escritor, pero ningún tema me parece suficientemente bueno, importante, interesante para mi talento.
   Por lo tanto espero. Y, mientras espero, sufro evidentemente la soledad, y el hambre también, a veces, pero confío en que con ese sufrimiento tal vez llegue a un estado de ánimo que me permita descubrir un tema digno de mi talento.
   Por desgracia el tema tarda en aparecer y la soledad me pesa cada vez más, el silencio me rodea, el vacío se propaga, y eso que mi casa no es muy grande.
   Pero esas tres cosas horribles —la soledad, el silencio y el vacío— revientan el techo, estallan hasta las estrellas, se extienden hasta el infinito y ya no sé si es lluvia o nieve, foehn o monzón.
   Y grito:
   —Lo escribiré todo, todo lo que se puede escribir.
   Y una voz me responde, irónica, aunque por fin hay una voz:
   —De acuerdo, chaval. Todo, pero nada más, ¿eh?

SOBRE EL DOLOR DEL MUNDO, EL SUICIDIO Y LA VOLUNTAD DE VIVIR, Arthur Schopenhauer

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ARTHUR SCHOPENHAUER, Sobre el dolor del mundo, el suicidio y la voluntad de vivir, Tecnos, Madrid, 1999, 96 páginas. Traducción de Carmen García Trevijano.
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COMO NIÑOS ANTE EL TEATRO DE LA VIDA

   En nuestra tierna juventud nos sentamos frente al curso venidero de la vida como niños en el teatro antes de que se levante el telón, aguardando con dichosa impaciencia el espectáculo de las cosas que van a desfilar ante sus ojos. Es una suerte que no sepamos lo que en realidad sucederá. Pues al que lo sabe en más de una ocasión se le antojará ver en esos niños a reos inocentes de un delito que hubiesen sido condenados no precisamente a morir, sino, por el contrario, a vivir, pero que no hubiesen escuchado aún el contenido de su sentencia. 
   Mas esto en modo alguno disminuye el deseo que tiene cada cual de llegar a una vejez avanzada, a un estado, por ende, que responde a la siguiente descripción: «Mal nos va hoy y más mal nos irá yendo cada día... hasta que suceda lo peor.» 

EPIGRAMAS & MAXINIMIAS, César Abraham Navarrete Vázquez

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CÉSAR ABRAHAM NAVARRETE VÁZQUEZ, Epigramas & maxinimias, Mantra Ediciones, México D.F., 2017.
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SOBRE MODISTO

Vives para satisfacer a los caballeros, Modisto.
Y aunque confeccionar trajes-de-sastre te da
de comer, sé que lo que te gusta realmente
de tu trabajo es sacar-tela, desenrollar-tela,
medir-tela, cortar-tela y meter-tela.



AHÍ ES NADA, Jorge Riechmann

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JORGE RIECHMANN, Ahí es nada. Nuevos ensayos sobre el mundo y la poesía y el mundo, El Gallo de Oro, Bilbao, 2014, 178 páginas.
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Dejamos de ver lo que nos resulta demasiado familiar. Y los rasgos de lo nuevo los percibimos sobre todo in statu nascendi, en los momentos más tempranos de su desarrollo, cuando los observadores más perspicaces son capaces de distinguir lo diferente en un conjunto de rasgos que más adelante se transformará en paisaje cotidiano (y por ello, ne buena medida, invisible).
Contextualizar para familiarizarnos, descontextualizar para extrañarnos. Sístole y diástole de la vida.
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Viajar alrededor del año. Bailar sobre una sola baldosa.
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No la melancolía de lo que se perdió, sino la fidelidad a lo que es -y a lo que podría ser.
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Tú puedes olvidarte de la totalidad, nos advierte Terry Eagleton, pero la totalidad no va a olvidarse de ti. Podemos reformular: puedes olvidar al capitalismo, pero el capitalismo no se olvidará de ti. E incluso: puedes olvidar a la policía, pero la policía no se olvidará de ti.
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Mi bolígrafo tullido, mis poemas lisiados.
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El que busca equilibrio no estudiará tratados de armonía: aprenderá de los monstruos.
Comenzando por sí mismo.
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Impersonal plenitud, masculla René Char apoyado en su duro batón de rosier.
No expresarse en la poesía, sino desaparecer en el poema.
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El lenguaje tiene distintas dimensiones: puede ser una herramienta de control y dominación -y también puede ser otra cosa. En el poema, palabra en libertad, intuimos la forma de lo que podría ser una vida humana libre.

LO BUENO, SI BREVE, ETC., Ginés Cutillas

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GINÉS CUTILLAS, Lo bueno, si breve, etc, Editorial Base, 2016, 172 páginas.

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«La idea de escribir este manual —leemos en El porqué del monstruo— nace del deseo de diferenciarse de estos textos de carácter académico. Su objetivo es proporcionar las herramientas necesarias para escribir un buen microrrelato»; de ahí sus subtítulo: Decálogo práctico del microrrelato. El lector hallará en la sección Guía de lectura (117-162) una relación completísima de libros de microrrelatos organizada por el año de su publicación. 
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El porqué del monstruo [9]
Un poco de historia [11]
El alma de las bestia. Definiciones e introducción al género [15]
Qué es y qué no es un microrrelato [21]
Cuánto mide un microrrelato [21]             
Tipos de microrrelato [37]
Por qué un decálogo [45]
Decálogo del perfecto microrrelatista [57]   

I- Antes de escribir nada, lee todo [57]
II- No escribas nada que no aporte algo nuevo  [59] 
III- Elige con sumo cuidado cada una e las palabras [62]  
IV- En la primera frase te juegas al lector  [71]
V- Haz que el título forme parte de la historia [78]  
VI- Una imagen vale más que mil palabras [85]
VII- La elipsis de la reina  [93]
VIII- Parte de situaciones y personajes conocidos [100]
IX- Aplica sin complejos toda la literatura anterior [103]
X- Golpea sin piedad en el punto final [107]  

Guía de lectura  [117]
Bibliografía [163]  
Agradecimientos [167]    
       

            

MIL AÑOS DE CUENTOS. MITOLOGÍA,

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Mil años de cuentos. Mitología, Edelvives, Zaragoza, 2001, 384 páginas.

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Organizado en seis bloques (la creación del mundo, mitos sobre los orígenes, mitos osbre el amor, astucias y peleas de héroes, tretas y peleas de dioses y el reino de los muertos), contiene relatos de diversas mitologías (adaptados para nuevos lectores) con ilustraciones de Sourine. 
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UN VIENTO ABRASADOR SOBRE El HIELO

   En el principio, todo era un abismo sin fondo que se extendía entre el Norte, el país de los hielos y las tinieblas eternas, y el Sur, el país del fuego. Los ríos que corrían desde el Sur hacia el país de los hielos fueron llenando poco a poco el abismo. Los vientos abrasadores del Sur acabaron por encontrarse con las nieves del Norte y, como consecuencia, el hielo se transformó en gotas de agua que cada vez fueron más abundantes. Estas gotas de agua fría, fecundadas por el calor, produjeron el gigante Ymir. Su parte cálida transpiraba mientras dormía y las gotas de sudor generaron otros gigantes, machos y hembras.
   
   Los gigantes no estuvieron solos durante mucho tiempo, pues otra forma de vida había nacido del hielo fecundado por el viento del Sur: era la vaca Odimla, y de sus ubres brotaron cuatro ríos de leche que nutrieron a los gigantes. Incluso la vaca se alimentó con leche helada que tenía un sabor salado.
   La noche del primer día en que la vaca echó leche al hielo, apareció la cabellera de un ser con forma humana; al día siguiente, la cabeza del hombre emergió del hielo y, el tercer día, salió el cuerpo entero.
   Este ser nacido del hielo no era de la estirpe de los gigantes nacidos del sudor de Ymir. Y sin embargo, tuvo un hijo. Desde su más tierna infancia, este hijo dio muestras de un valor excepcional y de poseer grandes cualidades. Los gigantes le aceptaron y le dieron a una de sus hijas por esposa. De esta unión nacieron los primeros dioses y, concretamente, Odín.
   Pero de todas maneras, pasado un tiempo, la guerra entre los dioses y los gigantes explotó. Odín y sus compañeros mataron a Ymir. La sangre que salió de su inmenso cuerpo se precipitó hacia el abismo original, lo inundó por completo y los gigantes se ahogaron. De este océano de muere sólo consiguió escapar uno con su mujer. Esta pareja engendró otros gigantes que más adelante lucharían de nuevo contra los dioses.
   Mientras tanto, fueron los únicos amos del mundo, ¡pero menudo mundo! Por un lado, frío desolador y, por otro, fuego abrasador... Los dioses, entonces, tomaron el cuerpo de Ymir y lo pusieron en medio del abismo: de su carne surgió la tierra; de su sangre, el mar y los lagos; de sus huesos, las montañas, y de sus dientes, las piedras. Sus cabellos dieron lugar a los bosques. Con su cráneo, los dioses hicieron el cielo en el que colgaron las estrellas que sacaron de las chispas del fuego del Sur y las fijaron en la bóveda celeste para que iluminaran al mundo; la más grande y brillante se convirtió en el sol. Desde entonces existe el día y la noche. Sacaron también el cerebro de Ymir y lo lanzaron al aire y así se formaron las nubes. Con las cejas del gigante hicieron una muralla para proteger su territorio. Por fin, el universo estaba en orden y la casa de los dioses perfectamente delimitada.
   Cuando querían distraerse, los dioses bajaban a darse un paseo por la tierra. Y como estaba debajo de su morada, construyeron el arco iris, un puente gigantesco entre el cielo y la tierra. Pero su trabajo no había terminado todavía: les faltaban los seres humanos. Hasta ahora sólo vivían en la tierra los enanos, una estirpe de seres pequeños que salieron de la carne de Ymir como los gusanos surgen de un cuerpo en descomposición. Criaturas de las sombras, pasan la mayor parte del tiempo construyendo galerías subterráneas y forjando metales.
   Un día, tres dioses estaban paseando por la orilla del mar. Se trataba de Odín, Hoenir y Lodur. Vieron dos tocones de madera y decidieron crear con ellos a los seres humanos. Odín les dio el hálito vital, Hoenir, el movimiento y Lodur, la facultad del hablar, oír y ver. Los vistieron y después les pusieron nombre, al hombre le llamaron Ask y a la mujer, Embla. Y la descendencia de esta pareja pobló completamente la tierra.


ROBAIYAT, Omar Jayyam

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OMAR JAYYAM, Robaiyat, DVD, Barcelona, 2007 (2002), 208 páginas.

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En Omar Jayyam El herededo legítimo de Zaratrusta (pp. 15-74) hallará el lector una magnífica presentación al intelectual persa. «Jayyan no era un poeta propiamente dicho. Sus contemporáneos —escribe Nazanín Amirian—nunca nos lo presentan de esta forma, sino como un científico y un filósofo. Como para muchos sabios persas, la poesía resultaba para él un instrumento con el que organizar y dar a conocer aspectos esenciales de su concepción del mundo». Para su traducción, Amirian elige el alejandrino. 
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Sé feliz, pues tu suerte ya cocieron ayer;
de saber tus anhelos, ya se libraron ayer.
Vive feliz, entonces, sin tu destino saber:
voluntad y mañana decidieron ya ayer.

ARTE A LA CARTA, Benjaminn Chaud

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BENJAMÍN CHAUD, Arte a la carta, Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2016, 96 páginas.

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Chaud desacraliza, pasando por los fogones, a El Bosco, Monet, Bourgeois, Picasso, Munch y tantos otros. Cualquier lector podrá suponer, sin ningún esfuerzo, la procedencia de la mancha en el jersey de Francis Bacon.
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David Hockney comparte sus fideos chinos.

AUTORRETRATO DE OTRO, Cees Nooteboom

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CEES NOOTEBOOM, Autorretrato de otro, Calambur, Madrid, 2013, 158 páginas.

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Fernando García de la Banda, traductor, detalla en Ut pictura poesis: Cees Nooteboom y Max Neuman (pp. 143-151) el pacto que dio origen a este proyecto: «Neuman nunca ilustraría» los poemas de Nooteboom ; y éste «nunca describiría sus cuadros». La unión de estos 33 dibujos que Neuman le envió a Menorca y los correspondientes poemas en prosa merecen el subtítulo de Sueños de la isla y la ciudad de antaño.
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En un campo de cardos y piedras vio a su padre, a quien hacía más de medio siglo que no había visto. Llevaba un uniforme siniestro comido por el moho y en la mano un revólver. No quería que aquel hombre lo reconociera y apartó el rostro, pero cuando volvió a mirar, su padre estaba sentado en la acera, desnudo, cubierto de llagas. Ahora sí quería acercarse a él, pero miró con tanto miedo que retrocedió. Las costillas se le marcaban en la piel macilenta que, con la lluvia, parecía haber adquirido un brillo frío; su sexo reposaba en la húmeda piedra como un gran gusano que alguien hubiera pisado. Era evidente que su padre moriría pronto. Cuando volvió a mirar desde la distancia vio que había un círculo de hombres y mujeres a su alrededor. En el campo de los cardos el hombre del revólver seguía esperando.

ANTE LA PINTURA, Robert Walser

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ROBERT WALSER, Ante la pintura. Narraciones y poemas, Siruela, Madrid, 2009, 136 páginas. Traducción de Rosa Pilar Blanco.
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EL HAYEDO DE HOLDER

   Desayuné opíparamente, pero no debería decirlo tan alto en una época en la que las naturalezas delicadas portan la más brutal cantidad de preocupaciones sobre sus hombros. Después dirigí mis pasos, los pasos de una persona que parece estar en la cima de su época, hacia el monumento de Oskar Bider, caminé a su alrededor y capté su belleza. Mi discreta opinión es que uno hace bien en respetar una obra de arte encargada por el municipio o el Estado a un artista y erigida en tal o cual plaza. La mayoría de nuestros conciudadanos se creen capaces de soltar en público su retahila, quiero decir su opinión, como si comprendieran al momento cualquier otra obra, arrogándose el derecho a lanzar comentarios despectivos cuando no ocurre así.
   Vi entonces la reproducción de un cuadro expuesta en el escaparate de una librería. Me detuve allí satisfecho, rejuvenecido. Aún reía disimuladamente por la crítica descargada ante el monumento de Bider. Allí se habían manifestado opiniones tremendamente cómicas. En ese momento recordé que en su día vi el original de este cuadro en casa de su propietaria. Colgaba en una de esas habitaciones para lacayos, valga la expresión. En fin, en algún sitio han de emplazarse los cuadros, porque la casa estaba repleta de pinturas exquisitas, y la mujer que consideraba suyo todo eso se asemejaba a una figurita, y yo tomé el té en su compañía, y mi comportamiento impecable fue digno de verse. También ofrecieron emparedados, y mientras los saboreaba conduje la conversación a Spitteler, y cuando salimos de la villa mi amigo se creyó obligado a confesar que nunca habría imaginado que pudiera comportarme con semejante corrección; miré, pues, la reproducción y algo gritó en mi interior: «¡Maravilloso estudio!».
   En efecto, uno contemplaba un hayedo desnudo en invierno, reproducido con absoluta fidelidad. El cuadro es obra de Hodler pero, al margen de ese detalle, ser de otro autor más desconocido no menguaría su valor y placer. De los troncos esbeltos, claros y finos penden aquí y allá algunas hojas rumorosas. Uno oye formalmente su susurro invernal, que juzga alegre. A lo mejor el cuadro no representa mucho. No se puede hacer alarde de un pequeño hayedo, razón por la cual subió quizá a la pequeña buhardilla, desde donde, dicho sea de paso, se disfruta de una vista deliciosa. Abajo se extiende un lago parecido a la seda, a un vestido de señora de la más decentísima transparencia, y aquí ante el comercio de arte volví a encontrar ahora el cuadro en el que un gélido viento invernal, no muy fuerte, azota el bosque. Pero lo que es grandioso es que usted no ve cómo están pintados en el cuadro el frío y el aire gélido, y la oscilación de esas pocas hojas también está pintada, y sobre el bosque se despliega un cielo de un azul frío, que pasa del azul invernal al verde, convirtiéndose en un trasunto tan fiel de lo realmente vivido que pocos ejemplos hay tan convincentes.
   Si este cuadro fuera mío, a lo mejor también lo subiría a una buhardilla, porque no es un cuadro de salón. Al contemplar una reproducción tan maravillosa del invierno, uno se mete sin querer las manos en los bolsillos. En el bosque trajina un hombre, y entonces te percatas, lo sientes: el suelo está helado y puedes ver mucho más allá del bosque, sales del bosque a la más lejana lejanía, y con estas líneas quizá no haya dicho aún todo lo que cabría decir del cuadro, pero usted, lector, tal vez deduzca cuánto lo admiro.

Ferdinand Hodler, El hayedo (1885)

HUELLAS DE UNICORNIO, Rafael García Bidó

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RAFAEL GARCÍA BIDÓ, Huellas de unicornio, Uno Editorial, Albacete, 2010, 112 páginas.
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Hondo en el bosque
hasta la luz es verde.
Serenidad.

TODOS LOS CUENTOS, Manuel Derqui

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MANUEL DERQUI, Todos los cuentos, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2008, 850 páginas.
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CAMINOS SIN RETORNO

   Hablaban los dos amigos, sentados frente a frente en cómodas butacas, de muchas cosas: del tiempo, claro está, de sueños más o menos fantásticos, y también de temas de actualidad. Hablaban, digo, y aun discutían, porque eran estos amigos muy dispares entre sí, tanto en su aspecto exterior como en sus raciocinios sobre las cosas del mundo que herían sus imaginaciones. 
   Uno de ellos, el más joven, tenía un nombre de cierta resonancia: se llamaba Salvaje." Al otro, por ahora le llamaremos: N. 
   N. tenía un temperamento cauteloso, bien distinto del alocado ímpetu de Salvaje, mas pese a tal diferencia básica, solían gustar de la mutua compañía y en su intercambio de ideas —pausada por una parte, vigorosa por la otra—, había más puntos de contacto de los que sus temperamen-tos parecían consentir. 
   Así pues, repito, Salvaje y N., sentados frente a frente, hablaban y estas eran sus palabras: 
   —¡Demonio! —empezó Salvaje—. ¿Has visto cuánto lío están armando con tanto surrealismo, abstractismo y «nosecuántismos»? 

   Había dos amigos en la Ciudad. Uno de ellos tenía un nombre de cierta resonancia; se llamaba Salvaje. Al otro le llamaremos N. Salvaje era un hombre de ideas originales en multitud de cuestiones y, en especial, con relación al atuendo de su vestimenta. Pero si las prendas con las que se engalanaba (?) resultaban chocantes con frecuencia, nada podía superar en disonancia a los dibujos y colores de sus corbatas. Porque —digámoslo de una vez— las corbatas de Salvaje eran de lo más horroroso que se puede imaginar. 
   N., hombre cauteloso si los hay, había reprochado más de una vez a su amigo la excesiva despreocupación con que elegía tal «adminículo» y en sus palabras hubo grandes dosis de sensatez y de lógicos razonamientos. Sin embargo, ni estos consejos, ni la bizquera súbita de dos o tres incautos que se fijaron en ellas, fueron suficientes para que las corbatas de Salvaje mejoraran de calidad. Es más, parece ser que aquella crítica solo sirvió para exacerbar su maligno instinto y pocos días después, salió a la calle luciendo una corbata azul cobalto a «destono» con su traje verde orín. 
   Salvaje llegó milagrosamente ileso hasta el domicilio de N. a quien sorprendió en el momento en que se levantaba del lecho. La impresión, como es fácil de imaginar, hizo caer a N. en la cama, de espalda y preso de convulsivos temblores. Al fin, después de que le fueran administradas un par de inyecciones de cardiazol, N. recobró el uso de la palabra lo que aprovechó para increpar a su amigo. 
   —Eres perverso, Salvaje —le dijo N.—. Mira en qué estado me has puesto con tu obstinación. No te has contentado con desoír mis consejos, esto hubiera sido poco para ti, sino que te has ingeniado para encontrar la más horrible combinación y te has apresurado a venir aquí, para fulminarme con tu resentimiento. Eres malo, te digo, esto lo pagarás algún día.
   Las palabras de N. fueron dolientes, llenas de amargura, y Salvaje las oyó en silencio. 

SIRENALIA, Javier Perucho

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JAVIER PERUCHO, Sirenalia, Ciudad de México, Edición de autor, 2017, 56 páginas.

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Cuando el lector haya atravesado el umbral, Inventario. Polvo y ceniza (pp. i-vi), sabrá por qué en este libro bellamente ilustrado por Mario Escoto, palpitan acompasados dos corazones: el de Juan Perucho y el del maestro Arreola.
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MARINA

   Me dijo la última vez, antes de azotar la puerta, Voy por cigarros. Desde entonces no la volví a ver, hasta ahora que me la encontré con un chamaco entre sus brazos. Al pie de una fuente pedía unas monedas a los transeúntes, que la miraban con rencor por la cauda de sirena, le lanzaban unos centavos o la ignoraban en su paso apresurado y torpe por la cola de tela enmugrecida que arrastraba. A distancia prudente la vigilé hasta que dejó de mendigar al anochecer. Seguí sus pasos. Cuando quiso entrar a un edificio abandonado la alcancé, entonces la llamé por su nombre, Marina, pero no quiso reconocerme, la jalé del brazo para que atendiera mis reclamos, le exigí que volviera a casa, le pedí cargar a mi hijo, que cargaba en sus brazos, pero todo fue en vano. Entró y azotó el portón. Vuelvo cada día al atardecer a la fuente. La vigilo detrás de un pilar hasta que deja de limosnear y emprende su camino a casa. 

CUENTOS BREVES, Rafael Barrett

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RAFAEL BARRETT, Cuentos breves (Del natural), Titivillus, 2017. 
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LA PUERTA

   —Sí… ¡márchate! ¡Déjame en paz!
   —Alberto… ¿es posible?
   Al verla tan débil, tan rubia, tan suave, un malvado deseo le hizo repetir: —¿Qué?… ¡Que te vayas! ¡Que no vuelvas!
   La arrojó del gabinete, y cerró la puerta.
   Una satisfacción ácida alegraba sus venas de macho fuerte.
   Había sentido bajo sus dedos, que mordían, doblarse la carne infantil y temblorosa de la mujer, y había mirado aquel cuerpecito estrecho, otras veces palpitante de caricias largas, desvanecerse lánguidamente en la sombra. Y como un eco salvaje oía aún el latigazo de su propia voz: —¡Que te vayas! ¡Que no vuelvas!…
   Pero también comenzó a oír lamentos que subían en su conciencia… ¿A ella, a su Mari, tan dulce, había él tenido valor de castigarla? ¿Y por qué? ¿Por qué, en medio de una disputa cariñosa y abandonada, le había ahogado de repente el ansia feroz de hacerla sufrir, de estrujar el corazoncito adorado? Y una gran extrañeza, una gran claridad, surgió de pronto.
   No, no la amaba ya. Todo había acabado. Todo había muerto.
   Se quedó contemplando la alta puerta inmóvil, y le pareció que no se abriría jamás.
   Detrás de la puerta, apretándose el pecho con las manos moribundas, Mari escuchaba. Era muy de noche. Por las piedras de las calles se arrastraban los pasos de algún mendigo.
   Mari le envidió no tener más que frío y hambre. Ella tenía un horrible frío en el alma. Percibió ruido de papeles, de hojas de libro que se pasan… «Está trabajando…, pensó. «Ahora se levanta, se pasea… viene. Mari no podía respirar. «Se va. No abre. Los pies crueles de Alberto iban y venían, sin pararse, a la puerta, sin querer llegar hasta aquella desesperación muda, llevando la limosna de paz… Y las lágrimas brotaron sin fin, brotaron quemadoras de la fuente invisible, mojando en la obscuridad el rostro tibio, pegado a la puerta inmóvil… Y Mari se dejó caer poco a poco al fondo de su dolor…
   Las horas aprovechaban el negro silencio para huir, empujándose las unas a las otras, y Alberto, borracho de sueño y de tristeza, se decidió a abrir.
   Mari, desplomada en el suelo, se había quedado dormida. Él levantó la hermosa cabeza de oro, empapada en sudor y en llanto, y besó los cálidos ojos entreabiertos.
   A la luz de la lámpara aparecían algunas arrugas junto a la boca atormentada, de donde salía un vago perfume de muerte.
   Entonces el hombre tomó a la niña en brazos y pasaron la puerta para entrar en el amor verdadero, hecho de tinieblas, de angustia y de llamas.

EL TIEMPO DEL OGRO, Diego Muñoz Valenzuela

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DIEGO MUÑOZ VALENZUELA, El tiempo del ogro, Simplemente Editores, Santiago de Chile, 2017.
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EL TIEMPO DEL OGRO
A todos aquellos que nos extraviamos en la neblina densa y terrible
del tiempo del ogro, en especial a Remigio y Héctor que permanecerán
en este texto un tiempo más y ojalá –no pierdo la esperanza- para siempre

   Se encontraron a unos escasos metros del fragor de la avenida Irarrázaval a fines de aquel año tan intenso en tristezas y terrores. De ese modo, constituía una inmensa alegría cruzarse con alguien conocido allí, constatar que la vida seguía irradiándolo con su milagro. Remigio le dejó caer sus ojos achinados y pícaros, destilando la felicidad de verlo y Héctor le devolvió la mirada desesperanzada de un muerto en vida. Aquello puso en alerta a Remigio: algo no andaba bien.  Venían caminando en sentido opuesto y por mero instinto aminoraron el paso imperceptiblemente, como si quisieran despistar a un observador invisible.
   A partir de ese momento, todo transcurrió en cámara lenta y comenzó a grabarse de manera indeleble en la memoria de Remigio. Imágenes que iban a acompañarlo durante su vida, a insertarse en sus sueños, regresar súbitamente a su rutina en los momentos felices, como para resquebrajarlos.
   Héctor dio un paso y le ofreció sus grandes y cansados ojos de borrego triste. Estaba exhausto de sufrir: eso le dijeron aquellos ojos a Remigio y no fue necesario que describiera los espantos a los que había sido sometido. Aquella mirada tenía la elocuencia de un relato extenso y vigoroso. Héctor denegó con el rostro varias veces mientras elaboraba un nuevo paso, levantando una pierna que pesaba media tonelada.
   Le cuesta caminar, pensó Remigio, como si transportara el mundo completo sobre sus espaldas. Tan afligido, tan exhausto, tan vencido, eso concluyó Remigio. Sin embargo, aún se da maña para advertirme. Para salvar mi vida. Aquello meditó Remigio mientras daba su propio paso hacia Héctor, uno que acortaba aquella enorme distancia entre ambos, aunque quedaban apenas unos metros para que se cruzaran por última vez.
   Héctor movía los labios y emitía mensajes inaudibles que Remigio tuvo que descifrar o imaginar, combinando ambas habilidades. Aquellos movimientos le revelaron el horror oculto detrás de los parabrisas reflectantes, las ventanas cerradas a machote, los sótanos inaccesibles donde reinaba la noche eterna.
   Ambos dieron sendos pasos para acercarse, aunque la distancia entre ellos se tornara imposible de transitar. Remigio recordó que Héctor había cumplido dieciocho años unos días atrás; se llevaban apenas unos meses. No era una edad para vivir esta clase de cosas –esa idea le vino a la mente- ¿pero qué más podían hacer? Ellos no habían escogido el camino a seguir. Y cada vez que la vida les ofreció una nueva disyuntiva nueva en aquellos tres acelerados años, escogieron en conciencia.
   Sólo les quedaba seguir caminando. Eso lo sabían ambos. Lo tenían perfectamente claro. No había alternativa. Y aspiraron el aire de aquella mañana fresca para inflar sus pulmones con oxígeno y seguir viviendo la clase de vida que les correspondió. De modo que avanzaron; ahora estaban apenas a un par de metros. Podían verse muy bien.
   Héctor no se había afeitado en varios días y las ojeras delataban sus padecimientos. No obstante le sonrió. Era una sonrisa amarga y tierna, cargada de amor, pero sobre todo de coraje. A Remigio el corazón le saltó dentro del pecho: una emoción sorda, ciega y violenta comenzó a nacer en su interior. No podía ser que las cosas fueran así. Era inaceptable: era preciso hacer algo.
   Sin borrar aquella sonrisa de su rostro, Héctor volvió a denegar mientras daba otro paso, uno que los dejó a escasos centímetros. A Remigio le pareció que podía sentir la respiración acezante de su amigo; entonces vinieron las palabras susurradas.
   “Me siguen, me tienen, me usan como cebo. Salen a pasearme, pero van de cacería. Vete del país en cuanto puedas. Mañana mismo”. Eso escuchó Remigio, alelado, con la piel de gallina, mientras daba el paso final, aquel que terminaba ese encuentro fortuito.
   No osó darse vuelta para observar a su amigo alejarse camino de la muerte. No fue capaz, porque una suma de miedos se apoderó de él: que Héctor fuera a correr y lo mataran en ese mismo instante, que de la camioneta de vidrios oscuros que avanzaba a vuelta de rueda se bajaran los agentes para apresarlo, que a él le diera por ponerse a gritar que alguien los salvara, a gritar sus nombres para que se supiera qué había pasado. Pero nada podía cambiar la condena que pesaba sobre Héctor. Y lloró mientras caminaba alejándose de su amigo. Sus lágrimas caían en gruesos chorros mientras se aproximaba a la avenida, los ojos se le iban poniendo muy rojos y el sollozo le convulsionaba el tórax. Por suerte los hombres del furgón de inteligencia no percibieron su estado, ocupados como estaban de no perder de vista a Héctor.
   Remigio caminó y caminó y caminó, hasta que salió del país, huyendo de aquella muerte implacable, hasta que llegó a París y luego a Marsella, donde se estableció y formó una familia. De allí vino de regreso a Chile un día caluroso de febrero, cuando nos contó esta historia terrible una larga noche, mientras esperábamos el auto que iba a llevarlo al aeropuerto de vuelta a Marsella.
   Dijo que no reconocía al país que abandonó hacía tantos años atrás. Le respondimos que nosotros tampoco, aunque viviéramos aquí, mientras bebíamos un vino rojo y espeso. Fue como si el tiempo no hubiese transcurrido jamás y fuéramos los mismos adolescentes plenos de sueños y largas cabelleras desplegadas al viento.
   Un día alguien contó que tras vivir un tiempo solo en París, Remigio se había suicidado, sin dejar explicaciones. Nos quedamos helados. O más bien congelados por el dolor, súbito, intenso, desesperado. Sin embargo, seguimos caminando. Dando pasos, adonde sea. No sé si huyendo o avanzando. Quisiera creer que alejándome del sufrimiento o de la fatalidad o de la muerte. También quisiera creer que acercándome a ellos: a Héctor y Remigio. Pero no lo sé. Sólo seguimos, sigo, caminando.

DISPARATES, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Disparates, Calpe, Madrid, 1921, 184 páginas.

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En Teoría del disparate (pp. 5-13) dice Ramón: «El disparate es la cosa más difícil, más lenta, más desesperada, y en esa temporada en que he estado alcanzando disparates me han nacido alguna noche hasta veinte y treinta canas, cuando yo no tenía ninguna».
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EL PRESTIDIGITADOR

   El prestidigitador es de los pocos hombres que no se han afeitado. Le va muy bien con su gran barba, y eso le da un gran prestigio. Así, todas las cosas, que de otro modo resultarían graciosas, resultan muy serias.
   El prestidigitador, el hombre del paraguas bastón y mil cosas más, no viaja mas que con sombrero de copa. Ni maleta, ni baúl, ni nada.
   Cuando el prestidigitador necesita algo se quita el sombrero de copa y saca de él lo que sea.
   El prestidigitador, con un gran disimulo, se quita el sombrero de copa, lo coloca sobre las piernas y va sacando los elementos de aseo para el viaje, la manta con que se arropa, la gorra para el camino, las zapatillas del hombre cómodo, el vaso, la cafetera con café, la merienda, las naranjas del postre y, por fin, los palillos de los dientes.

LAS CHICAS SON GUERRERAS, Irene Cívico & Sergio Parra

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IRENE CÍVICO & SERGIO PARRA, Las chicas son guerreras, Montena, Barcelona, 2016, 242 páginas.

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«Para las chicas guerreas, el único límite es el cielo». Irene Cívico y Sergio Parra escriben y Nuria Aparicio ilustra estas semblanzas de 26 mujeres modelo también para hombres.
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NANCY WAKE
Fecha de nacimiento
30 de agosto de 1912 (Wellington, Nueva Zelanda)
Su mayor logro
Ser la pieza más va1iosa de la Resistencia para acabar con el régimen nazi.
Su lema
«La libertad es lo único por lo que vale la pena vivir porque, sin libertad, la vida no tiene sentido.»
Cópiale
No importa el peligro si la causa es justa.

   No es de extrañar que Nancy Wake haya pasado a la historia corno la persona más temida por los nazis, ya que desde muy jovencita Nancy se caracterizó por ser valiente, decidida y no tener miedo a nada. Con tan solo 16 años se fugó de casa y viajó hasta Nueva York, donde se convirtió en periodista de forma autodidacta porque ¿qué mejor que vivir las noticias en primera persona? Su trabajo la llevó hasta París, donde ejerció como corresponsal de la Hearst Corporation, que todavía hoy es una de las corporaciones de periodismo más importantes. Su trabajo en Hearst fue lo que le permitió entrevistar a Hitler en 1933 y lo que vio la horrorizó tanto que se prometió a sí misma que haría lo que estuviera en sus manos para detener esa locura. Y vaya silo hizo.
  Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y el ejército nazi alemán empezó a invadir Francia, Nancy y Henri, el millonario francés con el que se había casado, en lugar de huir como hacían todos los que tenían dinero para hacerlo, decidieron quedarse y unirse a la Resistencia para contener a los nazis.
  Como nadie sospechaba de la esposa bonica de un señor ricachón, Nancy se convirtió en la mensajera oficial de la Resistencia, llevando mensajes y comida de contrabando a los grupos resistentes del sur de Francia. Ayudada por una vieja ambulancia, disfrazada de enfermera, empezó a trasladar a gente a escondidas hasta España. Enseguida destacó frente a los demás miembros de la Resistencia por su extraordinaria capacidad para evitar ser atrapada: siempre que los nazis creían haberla localizado, ella ya se había esfumado. Para ellos era desesperante; para la Resistencia, su mayor activo.
  Era tan escurridiza y lista que los nazis empezaron a llamarla el «Ratón Blanco» y pronto se convirtió en uno de sus objetivos prioritarios. De hecho, los nazis estaban tan cabreados por que Nancy se les escapara siempre de las manos, que pusieron precio a su cabeza. Ofrecían 5 millones de francos a cualquiera que la atrapara, una cifra enorme que la convirtió en la persona más buscada de la Segunda Guerra Mundial.
  Era tan buena haciendo su trabajo que incluso cuando la detuvieron fue por error: Nancy fue detenida al ser confundida con otra chica de la Resistencia que había hecho explotar una bomba. A pesar de que la torturaron durante 4 días, Nancy jamás soltó información a los nazis y, como si de una película se tratara, un compañero consiguió liberarla diciendo que esa chica no era más que su amante. Es inexplicable cómo pudo colar esa trola; quizá su carisma y naturalidad al enfrentarse a situaciones complicadas surtieron el efecto deseado, y como ella solía decir: «Basta con un poco de maquillaje y una copa en la mano». Sus compañeros de batallas decían que era la chica más femenina del mundo, pero que en cuanto empezaba la batalla, Nancy era más dura que 5 marineros juntos.
  Su coraje era tan rotundo que, tras unirse a la Dirección de Operaciones Especiales en Inglaterra, la lanzaron en paracaídas sobre Francia para que actuara como persona de contacto entre Londres y los maquis en Francia. Se dedicó a mover armamento, sabotear las comunicaciones nazis y reclutar nuevos miembros para los grupos de maquis de la Resistencia (¡se las ingenió para montar un despliegue paramilitar de 7.500 personas! (¡Todo un ejército!). En una ocasión, llegó a recorrer 500 kilómetros en bicicleta durante 71 horas, ¡sin parar! cruzando varios puntos de control alemanes sin ser descubierta, para entregar unos códigos secretos a los aliados. De todas las hazañas increíbles que Nancy protagonizó durante la guerra, ella siempre pensó que ese maratón en bici que se pegó fue su aportación más valiosa a la causa.
  Pero no fue esa su aportación más valiosa, sino la cantidad de vidas que llegó a salvar. Desde abril de 1944 hasta la liberación total de Francia, sus hombres se enfrentaron a los alemanes en una lucha sin cuartel en la que murieron más de 1.400 nazis, mientras que Nancy solo perdió a 100 hombres. Ella misma mató a más de uno con sus propias manos, porque Nancy no tenía miedo a la muerte. Estaba demasiado ocupada salvando el mundo. 
  Por supuesto, nuestro ratón blanco sobrevivió a la guerra y se convirtió en la mujer más condecorada de la Segunda Guerra Mundial. Pero a Nancy no le podían importar menos los reconocimientos, así que se vendió todas las medallas y pasó los últimos años de su vida viviendo del dinero que le habían dado por ellas. Cuando le preguntaron por qué se había vendido esos reconocimientos tan importantes, Nancy les dijo que mejor sacar algo de las medallas en vida, porque, como de todos modos iba a ir al infierno, allí se hubiesen fundido con el calor.