TRECE VECES TRECE, Gonzalo Suárez

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GONZALO SUÁREZ, Trece veces trece, Papeles de Son Armadans, Palma de Mallorca, 1972,  174 páginas.
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TRES: DONDE SE DEMUESTRA QUE LA TIERRA ES ESFÉRICA

   El hombre no tenía nariz, ni ojos, ni boca.
   Y el rostro estaba cubierto de pelo.
   Me llamaron a mí, para que investigara.
   La encuesta no fue tan sencilla como posteriormente pudierais imaginar.
   Me proporcionaron el pasaje de avión, y volé hasta las antípodas. Y de allí volví al punto de partida.
   Por la otra cara del mundo.
   Era preciso actuar con cautela, puesto que en ello estribaba el éxito de la empresa.
   Sólo así pude averiguar lo que averigüé, y redacté un informe de setenta y siete páginas.
   Del cual se deducía que aquel hombre estaba de espaldas.

EL CORRIDO DE WASHINGTON JARAMILLO, Juan Manuel Sánchez Moreno

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JUAN MANUEL SÁNCHEZ MORENO, El corrido de Washington Jaramillo, Playa de Ákaba, Madrid, 2016, 160 páginas.
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EL AMOR DE WASHINGTON JARAMILLO POR EL PLANETA EN EL QUE VIVIRÍA HASTA LA MUERTE

   Vaciar las papeleras no es la tarea con la que sueñan los niños, pero alguien tenía que ocuparse, y fue entonces cuando Jaramillo quiso ahorrarle al mundo otra cicatriz. Mientras ordenaba los papeles tirados, observó que todos estaban más arrugados que de costumbre, lo que, además de darle más trabajo que habitualmente, le hizo pensar que había sido una jornada de enormes decepciones, y se dijo que la frustración era mayor cuanta más esperanza se había depositado en esos boletos sin premio.
   Aunque eso le llevara unas horas robadas a su descanso, decidió alisar uno a uno los décimos, de modo que así ocuparan menos espacio. Sin saberlo, a cada pasada de su mano por el papel, el planeta le agradecía esas inesperadas caricias.

ACERTIJERO, Valentín Rincón

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VALENTÍN RINCÓN, Trabalenguero, Nostra, México, 2008, 286 páginas.

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En la Introducción (pp. 7-20) Valentín Rincón recuerda que «resolver problemas hace que la mente permanezca en una constate ejercicio; resolver acertijos viene a ser una suerte de entrenamiento para mantenerla ágil y efectiva». Rincón distinguen entre acertijos lingüístico-humorísticos y problemas. Las ilustraciones de Alejandro Magallanes enriquecen el texto.
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DIARIO I, Jiddu Krishnamurti

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J. KRISHNAMURTI, Diario de Krishnamurti I, Orión, México D.F., 1989, 274 páginas.
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18 de junio de 1961
Al anochecer estaba ahí: súbitamente estuvo ahí llenando la sala, un gran sentido de belleza, poder y dulzura. Otros lo advirtieron.
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4 de julio de 1961
Atareado en la tarde, ahí estaba, pese a ello, la presión con su tirantez.
   Cualesquiera sean las actividades que uno ha de realizar en la vida cotidiana, las conmociones y los diversos incidentes no deberían dejar sus cicatrices. Estas cicatrices se convierten en el ego, el yo, y a medida que uno va viviendo ello se vuelve muy fuerte y sus muros llegan a ser casi impenetrables.
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7 de julio de 1961
Varias veces uno despertó gritando. Otra vez estaba ahí esa intensa quietud del cerebro y un sentimiento de vastedad. Ha habido presión y tirantez.
   El éxito es brutalidad. El éxito en todas sus formas, en la política y en la religión, en el arte y en los negocios. Tener éxito implica crueldad.
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25 de julio de 1961
Pese a la reunión, el proceso continúa, algo más suavemente pero continúa.
   Uno despertó esta mañana más bien temprano, con la sensación de que la mente había penetrado en profundidades desconocidas. Era como si la propia mente hubiera penetrado dentro de sí misma, muy lejos y a gran profundidad, y el viaje parecía haberse realizado sin movimiento alguno. Y esta experiencia de inmensidad se daba con una plenitud y riqueza incorruptibles.
   Es extraño que si bien cada experiencia, cada estado es por completo diferente, se trata, no obstante, del mismo movimiento; aunque parezca cambiar es, sin embargo, lo inmutable.
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16 de octubre de 1961
Fue antes del amanecer, cuando no había ruido y la ciudad aún se hallaba dormida, que el cerebro al despertar se quedó inmóvil porque «lo otro» estaba ahí. Entró muy quietamente y con tan vacilante cuidado porque en los ojos había sueño todavía, pero ello fue un gran gozo, de una admirable simplicidad y pureza.

MATERIA OSCURA, Ángel Zapata

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ÁNGEL ZAPATA, Materia oscura, Páginas de Espuma, Madrid, 2015, páginas.
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PIEDRA VENCIDA EN EL VIENTO

   No ha terminado.
   Cede sus ojos a la lejanía, tiene a su alrededor herramientas melladas, oye susurros en las sombras.
   Lo inacabable, en él, es lo que le circunda como un límite, es el zócalo inútil de una isla en la extensión de un mar vaciado. Nunca habla de esta soledad, no sabría trasponerla: las escamas desprendidas de las nubes arden sobre él; una palabra se dirige a otra, él no es una palabra. Si aún se ocupa, lo hace fuera de sí, con huellas, con reflejos, con jirones de seres.
   Impura, extrema lasitud donde habitar…
   Ni siquiera desea ver más, pero el triunfo de la noche, el único, es haber abolido los párpados.

VIAJE ESENCIAL, Alejandro Jodorowosky

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ALEJANDRO JODOROWSKY, Viaje esencial, Siruela, Madrid, 2016, 240 páginas.

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Cierra este volumen el Epílogo (pp. 243-245) en el que Antonio Bertoli recuerda el concepto de «poesofía» que anida en la poética de Jodorowsky: «La poesía solicita y transforma la fuerza indgadora del pensamiento en una forma particular, que no es digital sino analógica». En dos de las secciones del libro, Piedras (pp. 9-73) y Nubes (pp. 99-160) predominan los poemas mínimos. Las ilustraciones las aporta Pascale Montandon.
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Este dolor no es mío
es del niño
que reina en mi memoria



TUITS PARA EL SIGLO DE LA GRAN PRUEBA, Jorge Riechmann

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JORGE RIECHMANN, Tuits para el Siglo de la Gran Prueba. Disparos con parábola, Plaza y Valdés, Madrid, 2017, 144 páginas.
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El capitalismo destruye lo que apreciamos para ofrecernos lo que no sabíamos que podíamos desear.
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Ahí donde cualquier limitación del capricho individual en pro no ya del bien común, sino de evitar un daño directo a terceros, se percibe como una imposición tendencialmente totalitaria, tenemos un gravísimo problema.
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—A lo mejor en algún momento tendríamos que repensar el Desarrollo —dijo aquella sonriente y hueca calavera.
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¿De dónde sale tanto ruido? Pero también ¿tanta y tanta música?
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Hablar de la humanidad como «cáncer de la biosfera» es evasión de responsabilidades –pues las células cancerosas no tienen conciencia, pero nosotros sí.
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En el mundo 24/7, hasta tener tiempo para uno mismo y los seres cercanos se convierte en un lujo mercantilizado.
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En el mundo de los caníbales, seguimos tratando de no comer carne.
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Nuestra meta vital no puede consistir en ser una ruedecilla que funcione correctamente dentro de una maquinaria enloquecida.
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Aprender de las lecciones del pasado sin quedar presos en las trampas de las violencias del pasado... Es parte de esa tarea sisífica que llamamos ser humano.
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«Escapadas como sucedáneo de tiempo liberado... Nada de lo que puede ofrecer el capitalismo vale ni como sucedáneo de una vida verdadera.
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El valor último no puede ser la vida como mera supervivencia, sino la vida digna, lúcida y amorosa.
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Pidiendo un Samuel Beckett desde dentro.

CIEN VISIONES DE GUERRA, Julien Vocance

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JULIEN VOCANCE, Cien visiones de guerra, Renacimiento, Sevilla, 2017, 120 páginas.

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La traducción de Susana Benet acerca al lector español los poemas breves que Julien Vocance, seudónimo de Joseph Seguin, escribió a partir de su experiencia vital como soldado durante la Gran Guerra; poemas que, en palabras de su traductora, "si bien no cumplen con la métrica tradicional [del haiku], sí que contienen la espontaneidad y asombro de lo inmediato."

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Sin duda la muerte
abrió estos inmensos surcos
cuyas semillas son hombres.

PULPO EN SU TINTA Y OTRAS FORMAS DE MORIR, Will Rodríguez

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WILL RODRÍGUEZ, Pulpo en su tinta y otras formas de morir, Ficticia, México D.F., 2006, 104 páginas.

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ASESINATO DE UNA CEBOLLA

   El cocinero partió en dos a la pobre cebolla, pero ésta no sintió pesar; murió satisfecha porque al ser descuartizada hizo llorar al asesino.

IMÁGENES MOMENTÁNEAS, Georg Simmel

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GEORG SIMMEL, Imágenes momentáneas, Gedisa, Barcelona, 2008, 160 páginas.
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VACAS AMARILLAS 

   Ante las puertas de una antigua ciudad hanseática. Amplias, fértiles praderas bajo un cielo de lluvia totalmente poblado de nubes. Aquí y allá rebaños de vacas formando perfectos círculos que, pese a estar en movimiento, parecen echadas o paralizadas. La entera visión del mundo que se tiene en este lugar guarda algo de melancólico; aquélla es muy vasta, pero allí donde alguna vez hay alambrados, los animales también están inmóviles. 
   Una mujer de mediana edad y su hija pasan por delante de mí. La muchachita dice: 
   —Mamá, ¡qué desagradables son las vacas amarillas! 
   La madre: 
   —Sí, hija; pero tampoco hay tantas. 
   La muchacha entonces no supo qué contestar; pero no pareció nada satisfecha. 
   ¡Y tenía razón! Aunque ella misma no sabía evidentemente cuán incomprendidas habían sido sus palabras. La entristecía que semejante deformidad fuera posible, que la naturaleza en absoluto hubiese impedido eso. ¡Y la madre pensaba compensar esa imperfección en la idea de la realidad con la cuestión de la cantidad! Como si no fuera por completo indiferente con qué frecuencia se confirma ese faux-pas de la naturaleza, y no dependiera todo del hecho de que se produzca, de que la naturaleza se haya olvidado de crear la especie de las vacas amarillas, que con un solo ejemplar dan prueba de la no idealidad de los entes tan cabalmente como con miles. Más allá de la realidad, fuera de toda dimensión, moran los arquetipos de los entes; el mito judío los tocó de cerca en los días de la creación del Paraíso, como el mito platónico en el reino de las ideas. En ellos descansa el sentido del mundo, y si los accidentes de la naturaleza se producen incontables veces, esto altera su valor tan poco como el modelo del acuñador de monedas a causa de que éstas resulten más bellas o más feas por usarlas a menudo o cada tanto. Pero este valor de la idea que vive en las cosas queda sumergido en el alma del hombre bajo el burdo cuánto, cuántas veces, como si todas las cosas no fueran más que mero dinero y cuanta cosa hubiera dependiese del cuánto. Pero en la joven muchacha vivía un idealismo, una noción de que el sentido o el sinsentido del mundo habita en las ideas que él produce y no en la cantidad de veces con que lo hace.

UN COLIBRÍ ES EL CORAZÓN DE UN DIOS QUE LEVITA, Marcial Fernández

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MARCIAL FERNÁNDEZ, Un colibrí es el corazón de un dios que levita, Ficticia, México D.F., 2014, 212 páginas.
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ENIGMA

   El  hombre  de  la  isla  desierta  se  convirtió  en  caníbal.
   De entonces data su misteriosa desaparición.
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Los castillos son las murallas silenciosas del pasado.
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El origen de las percusiones son los latidos del corazón.
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Fumar es un acto de ilusionismo en el que el cigarrillo desaparece.
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El sueño del fabricante de matrioskas es perpetuar el infinito.

LAS JUGADAS INTERMEDIAS, David Vivancos Allepuz

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DAVID VIVANCOS ALLEPUZ, Las jugadas intermediasLetras de Autor, Madrid, 2015, 198 páginas.
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TRAMPAS

   Ya en el siglo XIII, Alfonso X, llamado el Sabio, señalaba en su notable tratado Libro de ajedrez, dados y tablas la conveniencia de sentar al ajedrecista rival enfrentado al sol, con el objeto de dificultarle la concentración y perjudicar su rendimiento durante la partida. Las fórmulas ilícitas de sacar ventaja han evolucionado hasta el uso actual de dispositivos electrónicos, de los cuales me confieso auténtico analfabeto. Sin desmerecer la vigencia de los consejos del rey castellano ni la eficacia de la aplicación de las nuevas tecnologías al ajedrez, prefiero jugar con los escaques de mi tablero marcados con unas muescas apenas visibles cuyo significado sólo yo conozco. Y con las piezas cargadas, las mías y las del oponente, como se cargan los dados de los casinos, porque me incomoda y me disgusta dejar nada en manos del azar.

CUENTOS Y LEYENDAS DEL NEPAL

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Cuentos y leyendas del Nepal, Olañeta, Palma de Mallorca, 1997, 180 páginas.
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Víctor Giménez Morote es el responsable de la introducción, recopilación y traducción de estos cuentos extraídos de la tradición oral nepalí.
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LA CAÍDA DEL JHANKRI

Había una vez un gran lama que, antes de irse a la India en busca de libros sagrados, le pidió a un jhankri que se ocupase de las necesidades espirituales de la gente del poblado durante su ausencia. 
Algún tiempo después el lama volvió. Cuando ya estaba cerca del poblado supo que el jhankri estaba realizando un funeral. Así que se sentó bajo un árbol y envió a su asistente a enterarse de lo que hacía el jhankri. 
El asistente volvió y le explicó que el funeral se realizaba sin ningún libro. 
—¿Qué hace con el cadáver? —preguntó el lama. 
—El jhankri le hace reír, bailar y comer —respondió el asistente.
—¿Ah, sí? —exclamó el lama—. Ve y tráeme aquí al jhankri.
El asistente se fue. Se encontró al jhankri de muy mal humor porque el cadáver ya no quería obedecerle. Ahora estaba frío e inmóvil. 
Cuando el asistente le dijo que le acompañase a ver al lama, el jhankri saltó y amenazó con matarle. 
—¿Por qué quieres matarme? —dijo el asistente—. Yo he venido sólo a llevarte con mi maestro. 
Al final el jhankri fue y le preguntó al lama si estaría dispuesto a competir con él para ver quién tenía más poderes. 
-Estoy dispuesto a competir contigo -dijo el lama.
—Estupendo -dijo el jhankri—. El que consiga tocar primero el sol cuando amanezca mañana ganará el torneo.
-De acuerdo —dijo el lama.
Así que al día siguiente el jhankri se puso sus ropas ceremoniales y su sombrero de plumas y, con el tambor en una mano y la varilla para tocarlo en la otra, empezó a volar para encontrarse con el sol.
Mientras tanto, el lama se despertó y le pidió a su asistente que le dijera a qué altura estaba el jhankri. —Ahora está entre las nubes —le contestó. 
El lama hizo su té y se lo bebió. Después dijo de nuevo: 
—Mira a ver lo alto que está ahora. 
El hombre miró por la ventana y dijo: 
—Ahora está cerca del sol. 
El lama le pidió a su asistente que le trajera el incensario. Cuando se lo trajo, el lama sopló dentro haciendo que saliera un diminuto humo rosado. El humo salió por la ventana y subió por el espacio. Subió y subió hasta alcanzar al jhankri. El humo le ro-deó, le ató y tiró de él hacia la tierra. 
El jhankri cayó en un matorral de ortigas urticantes. 
Desde entonces ningún jhankri come ortigas. Sus tambores deformes y sus curvadas varillas nos recuerdan la caída del jhankri.

PENSAR POR LO BREVE, José Ramón González

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JOSÉ RAMÓN GONZÁLEZ, Pensar por lo breve, Trea, Gijón, 2013, 344 páginas.

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Esta Aforística española de entresiglos (1980-2012) recoge una selección de 50 aforistas españoles: Carlos Castilla del Pino, Cristóbal Serra, Carlos Edmundo de Ory, Ángel Crespo, Vicente Núñez, Antonio Fernández Molina, Rafael Sánchez Ferlosio, Dionisia García, Rafael Pérez Estrada, Carlos Pujol, Guillermo Puerto, Eugenio Trías, Andrés Ortiz-Osés, Ángel Guinda, Rafael Argullol, Ricardo Martínez-Conde, Álvaro Salvador, Enrique Baltanás, Ramón Eder, Ángel de Frutos Salvador, Fernando Menéndez, Andrés Trapiello, Luis Valdesueiro, José Luis Gallero, Ramón Andrés, Rafael Marín, Miguel Ángel Arcas, José Luis Morante, Luis Felipe Comendador, Miguel Catalán, Fernando Aramburu, José Luis Argüelles, Carlos Marzal, Roger Wolfe, José Mateos, Mario Pérez Antolín, Jordi Doce, Pablo Miravet, Lorenzo Oliván, Javier Almuzara, Rafael Gonzalo Verdugo, Juan Varo, Camilo de Ory, Carmen Camacho, Fran Molinero, Andrés Neuman, Erika Martínez, Carlos R. Pavón y Barón de Hakeldama. En la magnífica Introducción (pp. 13-62), una ampliación de las Notas sobre el aforismo que precedían a Hilos sueltos de Fernando Menéndez, José Ramón Gómez señala con lucidez: «El aforismo se presenta [...] como un enunciado autosuficiente, coherente y autónomo (posee autonomía gramatical y autonomía referencial, lo que supone que puede ser leído como forma exenta) de formulación audaz y frecuentemente paradójica, que apela al lector, exigiendo una lectura participativa». En  Libros de aforismos (1980-2012) (pp. 63-76) hallará el lector una extensa bibliografía. Además, precede a la antología de cada autor una breve reseña de todas sus obras.
 
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El silencio es políglota.
Carlos Edmundo de Ory
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Se escribe a tientas y a ciegas, con las palabras como lazarillos.
Carlos Pujol
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No quiero que mi luz adquiera velocidad, sino sedimento.
Guillermo Puerto
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El egoísmo es como el viento: sólo lo percibimos cuando choca con algo.
Enrique Baltanás
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Al reír le cortamos el paso a la muerte
Andrés Trapiello
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Ganar tiempo es regresar a la infancia.
José Luis Gallero
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El tiempo pasa siempre de incógnito, por eso nunca lo reconocemos.
José Luis Argüelles

LOS IMBÉCILES NO VAN AL INFIERNO, Rafael Serrano

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RAFAEL SERRANO, Los imbéciles no van al infierno, Universidad de Sevilla, Sevilla, 2012,  174 páginas.
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EL JURISCONSULTO

   Don Andresito tenía fama de ser un abogado malísimo. Se contaba que un pobre hombre que se presentó en su despacho por un pleito sin importancia sobre el retraso en el pago de un alquiler estuvo a punto de purgar, por la impericia del letrado, veinte años de cárcel, librándose de la trena por ser hermano de un Caballero Mutilado de Guerra y Camisa Vieja. 
   A pesar de ello, don Andresito había hecho poner en su tarjeta de visita el pomposo título de Jurisconsulto, como si en vez de ser un mindundi en el mundo del Derecho, fuera un estudioso en leyes y autor con amplia bibliografía. 
   Usaba las hermandades de Semana Santa para trepar socialmente y conseguir algún pleito que otro. Como además tenía un verbo pretenciosamente lírico, soñaba con que algún día lo nombraran Pregonero de la Semana Santa para salir a hombros del Teatro San Fernando, como en 1956 le ocurrió a Rodríguez Buzón, de cuyo pregón don Andresito había tomado para sí la frase: "pero, como tú, ninguna", que utilizaba para piropear a las chavalas de carnes desafiantes con las que se cruzaba por la calle. 
   Una noche se presentó en nuestra azotea, ejerciendo la representación legal de una familia que vivía en la casa de al lado, por quienes habíamos sido denunciados ante el juzgado de Guardia, porque los decibelios del picú les molestaban muchísimo. 
   Afortunadamente, aquella noche, don Basilio, el abuelo de Elenita, se encontraba con nosotros, gracias a que había venido a comprobar con sus propios ojos lo mucho y bueno que yo le había contado sobre el culito de Catalina Baena. 
   Don Basilio se hizo cargo de la situación y se ausentó un par de minutos para hacer una llamada telefónica. Un cuarto de hora después un taxi paraba delante de la casa y de él se bajaba Rosarito Vargas, más conocida como Alboroto de Jerez, muy amiga de don Basilio, que, como ya he contado anteriormente, ejercía sus habilidades, muy a satisfacción de la clientela, en la sala de fiestas Viña Blanca.
   Rosarito Vargas, nada más aparecer por la azotea, se dirigió a don Andresito el abogado, lo agarró por la corbata y se encerró con él en el lavadero. Como media hora después, don Andresito abrió la puerta y, tras darle a don Basilio un abrazo lleno de emoción, le juró por sus muertos que a la mañana siguiente retiraría la denuncia que pesaba contra nosotros. Cuando todos se marcharon, solo el abuelo de Elenita permanecía a mi lado, mientras yo recogía los bártulos, diciéndome que le sonaba haber escuchado en algún sitio, que, de las dos cosas más importantes de la vida, la primera era el sexo. 
   —¿Y cuál es la segunda? —pregunté yo, aguijoneado por la curiosidad.
   Y don Basilio, mientras sacaba un cigarro de su petaca y dibujaba en su cara una sonrisa traviesa, me respondió: 
   —De la segunda... ni me acuerdo. 

MICROCOLAPSOS, Cecilia Eudave

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CECILIA EUDAVEMicrocolapsos, Paraíso Perdido, Guadalajara, 2017, 56 páginas.
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DE NATURA
Para Carmen Alemany Bay

   Se obsesionó con el mundo vegetal, se gastó la fortuna de sus ancestros en construirse un paraíso donde solo habitaran plantas de todas las variedades y entre ellas edificó su vida. Los visitantes regulares eran los jardineros encargados de fumigar o podar, siempre bajo su vigilancia, los árboles, el pasto y cierto tipo de enredaderas que demandaban mucho esfuerzo. Contrató los servicios de un chef especializado en la preparación de comidas elaboradas solo con frutas o legumbres recolectadas de su huerto. Si enfermaba, un apotecario era el encargado de suministrarle sueros o medicinas naturales, sobra decir que poseía uno de los mejores jardines de herbolaria de la tierra. Uno de sus mayores logros como naturista fueron los invernaderos en donde flores exóticas eran cultivadas con la energía de un biólogo genetista que busca combinaciones improbables pero certeras. Sin embargo, su sección preferida era la dedicada a la naturaleza insólita. Ahí discurrían sus horas matinales o nocturnas, según fuera el caso, experimentando y animando a los injertos más extraordinarios a existir. Las plantas carnívoras no eran ni por asomo las más excéntricas, pero servían de camuflaje para los curiosos familiares, escasos pero perniciosos, que iban de vez en vez a importunarlo con sus preguntas o a insistir en comprarle algún bonsai milenario adquirido en tierras remotas para su pequeño bosque zen. La única compañía que le resultaba grata era la de un sobrino, medio casanova, que a cambio de libros de botánica antigua y de ciertas semillas exóticas introducidas al país de contrabando, le pedía flores. Eso y un pequeño recorrido por la zona de las siembras extravagantes. Al sobrino le entusiasmaban sobremanera los árboles zoomorfos, no faltaba a los nacimientos de los corderos vegetales e iba dos veces al mes hasta que dejaban de pastar desde el tallo en el que se prendían como niños pequeños; después de unas cinco semanas de existencia se marchitaban y morían. También le deleitaba el árbol de las ocas a pesar de que nunca las oyó graznar.
   En una de sus visitas, el sobrino le preguntó si había leído el libro que le obsequió a cambio de una orquídea acuática de extraña belleza.
   —Sí, mas no era una novela cuyo tema fueran las plantas.
   —Lo sé, pero habla de la creación.
   —Yo cuido de la naturaleza, no soy su creador. Además, una mujer eléctrica compuesta de fierros y caprichos ajenos no es real, no está viva.
   —Tío, si yo te consiguiera el brote de un árbol cuyo fruto son mujeres, ¿lo sembrarías y cuidarías para mí?
   —¿Hablas del Wak-wak? No existe, y también de él brotan seres parecidos a los varones. Yo lo he rastreado por el planeta entero. Lo más cerca que estuve fue cuando seguí los datos de un geógrafo anónimo de Almería, registrados en el siglo XII en el Kitab al-dejaghrafiya, y que me condujeron a un viaje absurdo, pues nunca encontré la isla china donde florecen.
   Entonces su sobrino abrió una pequeña bolsa y le mostró una planta cuyas hojas se parecían a la higuera. No había duda, él lo reconoció inmediatamente, la tomó entre sus manos. Los ojos se le llenaron de lágrimas y prometió cultivarlo para él. Sin embargo, tendría que esperar cinco años a que el árbol estuviera crecido para dar frutos. Decidió plantar aquella esperanza en el centro mismo de su enorme vorágine verde, dispuso la mejor orientación e instalaciones. Se abocó a su cuidado, era el principal motivo de sus jornadas y día a día le dispensaba todas las atenciones necesarias. Personalmente lo podaba, regaba y nutría con fertilizantes de alta calidad. Pasaron los cinco años y el árbol cumplió con sus expectativas. Comenzó a aparecer el fruto en marzo, como estaba previsto, y empezaron a aparecer unos pies muy finos. La emoción lo embargó sobremanera. En abril el cuerpo ya estaba formado, en mayo nació una hermosa cabeza de rostro impecable y durante junio creció hasta convertirse en una adolescente perfecta que se desprendió y cayó al suelo gritando «wak-wak». Abrió los ojos y le dedicó una mirada pura y dulce como las flores de su invernadero.
   Informó al sobrino, quien apresuró el regreso de un viaje de negocios para admirar el resultado. Una vez allí, la congoja en el rostro de su tío y su corta explicación lo derrotaron: «Murió a los pocos minutos de desprenderse del árbol». Insistió en verla aunque fuera muerta, él rápidamente le comentó que ella se volvió hojarasca en cuanto dejó de respirar. Ante el desasosiego del muchacho prometió intentarlo otra vez, por lo menos una se lograría; pero no podría ser hasta dentro de cinco años, pues ese era el ciclo de reproducción. Trascurrido ese tiempo, un varón fue el producto, mas corrió con la misma suerte que la mujer, informó el tío. Para el siguiente periodo, dos venían en camino pero se malograron, se lo confirmó por teléfono. El sobrino, que poco a poco perdió el interés ante tanto fracaso, pereció en un accidente automovilístico sin ver jamás la anhelada cosecha. Una década más tarde falleció el tío rodeado de sus plantas y fue enterrado junto a una higuera de apariencia particular. Heredó su propiedad a un pareja extraña de piel aceituna. Ahora nadie entra en el recinto, por instrucciones de los excéntricos dueños se debe conservar como un santuario, asegurando así que ahí se concentra lo mejor de la naturaleza. Por la noche, los vigilantes que custodian las entradas escuchan risas y palabras en un idioma ajeno, nadie sabe de dónde provienen, y si les preguntas sólo responden: «Es la voz del paraíso».

DESDE EL OTRO LADO, Fernando Aínsa

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FERNANDO AÍNSADesde el otro lado. Prosas concisas, Pregunta, Zaragoza, 2014, 138 páginas.
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CRUZÁNDOME

   Anochece y regreso con la amarga sensación del equívoco y la derrota. 
   Salí esta mañana con la esperanza de reconciliarme con ella, tras esta separación de la que no puedo aceptar sus efectos: esa desidia que me ha invadido, el desorden del que vivo rodeado, el abandono que vengo dando a mi propio aspecto, las obsesionadas visiones de mi rodar insomne en la cama matrimonial, a lo largo de noches interminables y amaneceres tristes. Quería verla para decirle que regresara, que todo volvería a ser como antes, durante esos años en que emprendimos con alegría la reforma de la vieja casa solariega y plantábamos árboles cada invierno con la mirada puesta en la primavera.
   Oscurece y enciendo las luces largas del automóvil que ilumina la curva y luego la recta interminable que hemos recorrido juntos en tantos viajes de ida y vuelta. Acelero, tal vez por la rabia de haber cedido, a poco de haber llegado, al enredo fatal de una discusión donde sus reproches tropezaron con mis buenas intenciones. Viejas rencillas emergiendo de la ciénaga del pasado donde las creía definitivamente hundidas, palabras hirientes que no supe evitar y que debía haber aceptado con calma, para irlas superando y llevarla a mi más íntimo deseo: su regreso, aún a costa de cambiar en todo aquello que tanto la molestaba: cigarrillos encendidos en ayunas, apestando el dormitorio; un dejarse llevar por las botellas de buen vino de la bodega, bebido sentados en la terraza o en el porche, donde ella iba cayendo en una progresiva melancolía, mientras yo eufórico construía castillos en el aire. Ni qué hablar del abandono de las faenas de nuestra tierra, la hierba que crecía por doquier y los árboles que se secaban por falta de riego.
   Debí evitar una palabra que desencadenó su reacción —“resentida”— y luego el modo como nos enzarzamos en reproches mutuos. Si pudiera volver hacia atrás y regresar a ese momento en que todo discurría todavía con un control razonado; si pudiera entrar de nuevo en su casa, con una sonrisa más amplia y decirle con entusiasmo “me alegro tanto que hayas aceptado verme”; si pudiera recorrer nuevamente esta carretera con la esperanza de rehacer nuestras vidas, como lo hacía al amanecer esta mañana, si pudiera remontar el tiempo, si pudiera…
   Por la recta por la que voy cada vez más rápidamente —entre 150 y 160 kilómetros por hora— clamando contra ese instante en que lo eché todo a perder, repitiendo con golpes en el volante la palabra maldita —“resentida”— veo venir un automóvil. Lleva también las luces largas y me encandila. Ninguno de los dos las baja y nos acercamos cada vez más el uno al otro. En el momento de cruzarnos veo un auto idéntico al mío, tal vez con la misma matrícula, y creo reconocerme en el perfil satisfecho de su conductor. Un fogonazo estalla en mi cerebro, cierro los ojos desconcertado y al abrirlos me veo conduciendo en dirección contraria.
Respiro y sonrío. Está amaneciendo.

EL SILENCIO SE ESCRIBE CON TIJERAS, Luis Arturo Guichard

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LUIS ARTURO GUICHARD, El silencio se escribe con tijeras, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2016,  110 páginas.
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La próxima vez que alguien me hable de la grandeza en la derrota voy a apalearlo hasta que se sienta inmenso.
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Reconocer un libro excepcional es sencillo: cada uno de los versos podría ser el título de otro libro. Abran al azar la poesía de San Juan de la Cruz y lo verán.
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El fragmento es un género moderno inventado involuntariamente por los amigos. Como los sitios arqueológicos.
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He escrito libros sin importancia y he vivido años sin importancia. Sólo ha valido la pena cuando he estado enamorado. Da igual que haya sido de mujeres sin importancia.
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Ayer perdí una idea. Guardemos una piadosa línea de silencio por ella.

DISPAROS EN EL PARAÍSO, José Carlos Cataño

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JOSÉ CARLOS CATAÑO, Disparos en el paraíso, Edicions del Mall, Barcelona, 1982, 88 páginas.
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Mirada de reposo será memoria
Donde aliento germine el polvo de las tumbas

¿DÓNDE VAMOS A BAILAR ESTA NOCHE?, Javier Aznar

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JAVIER AZNAR, ¿Dónde vamos a bailar esta noche?, Círculo de Tiza, Madrid, 2017 (2015), 288 páginas.

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En el prólogo El veraneo del alma (pp. 11-12) David Gistau dice: «Resulta obvio al leer estas estampas suyas vitales, ligeras, sofisticadas, urbanas y bien vestidas» que Javier Aznar «todavía vive en estado de veraneo».
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TOSTADAS

   A veces me acuerdo. Nadando en la piscina. Viendo la vida pasar en un atasco. Mientras espero en algún bar a que un amigo vuelva con la segunda ronda. O en el andén del metro. 
   Es un fogonazo que apenas dura unos segundos. Un flash. Un latigazo. Pero tiene efecto retardado, similar al de esas bombas que llevan enterradas en alguna playa de Normandía desde la Segunda Guerra Mundial. 
   Y me acuerdo. De todo. Nítidamente. De su camiseta. De la silla metálica del jardín pintada de verde. Del tintineo acompasado de sus pulseras y de su napia de tucán. Del olor. Del olor de todo. Del olor a leña y a hierba mojada. Y me acuerdo de su té. Y de mi disco de Enrique Urquijo sonando lejos en la cocina. Y de las revistas sobre la mesa. 
   Pero, sobre todo, me acuerdo de sus tostadas.
   Raspaba ligeramente la superficie quemada con un cuchillo de plata algo gastada. Ras, ras. Luego lo hundía en la mantequilla, que esparcía con mucha delicadeza por la tostada, dejando que se deslizara por encima como haría una patinadora sobre hielo. Y cubría las esquinas. Daba muchísima importancia a las esquinas. Porque «la gente siempre se olvida de las pobres esquinas». Tal era su concentración y su perfeccionismo que, momentos, parecía que me encontrara desayunando con un francotirador de los SEAL que poniendo a punto su rifle de mira telescópica.
   A continuación, abría el frasco de la mermelada —poniendo una cara de sobreesfuerzo propia de una levantadora de peso búlgara— y remataba el proceso con una capa de mermelada de naranja.
   Finalmente, echaba un último vistazo a su creación desde distintas perspectivas. Y solo cuando quedaba satisfecha con su obra, solo cuando era digna de ser presentada a un certamen de miss tostada del año, solo en ese momento, sonreía. Y entonces me daba la tostada. Y continuaba leyendo despreocupada su revista, dando pequeños sorbas a su té.
   Ahora solo desayuno un café con leche. Pero en ocasiones veo tostadas.
   ¿Es grave, doctor?

ESTACIÓN DE CERCANÍAS, Juan Malpartida

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JUAN MALPARTIDA, Estación de cercanías. Diario 2012-2014, Fórcola, Madrid, 2015, 208 páginas.
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Recuedo haber copiado en la adolescencia muchas páginas de autores que me gustaban. Las copiaba por admiración al autor y gusto por la imitación, sin duda, pero también para que mi mano las leyera.
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«Nadie conoce el corazón secreto del reloj», escribe Elias Canetti. Es decir, nadie conoce el corazón.
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A veces escribir es pegar el oído a la piedra, convertirse en piedra. Echarse a rodar.
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Un testimonio, la sombra de una memoria en sombra, la inminencia de una resurrección que se perpetúa.
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«Los libros —escribe Proust en El tiempo recobrado— deben ser hijos no de la plena luz y de la charla, sino de la oscuridad y del silencio». Todo lo que nace surge de lo oscuro. Y una verdadera obra es un nacimiento, y lo hace hacia la luz, no desde ella.
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Teoría de la relatividad. Has envejecido veinte años mientras abajo, en el bar, en el mismo tiempo, la gente pide otra copa.
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Hay gente tan llena de sí que, cuando hablamos con ella, cuando compartimos un rato de su tiempo, sentimos que no tenemos lugar. Son como cántaros llenos de su propia forma: no cabe en ellos un poco de agua.
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Creo que es hora de retomar otros temas, que, más que la intención, el ánimo ha orillado.

AVISOS, Juan Ignacio Ferreras

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JUAN IGNACIO FERRERAS, Avisos, La Biblioteca del Laberinto, Madrid, 2012, 256 páginas.
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Si tiene un final es a causa de haber tenido un principio. La pescadilla del entendimiento no se muerde nunca la cola.
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Ni con el más refinado cálculo de probabilidades, es posible prever las reacciones de un cretino.
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Pueden ser buenos, pero desgraciadamente esperan ser felices.
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El ser tonto, no tiene por qué ser fácil, quizás tenga su mérito.
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El hombre que carece de imaginación es lo más parecido a una máquina. Naturalmente este hombre funcionará mucho mejor que el imaginativo, de aquí el triunfo de los soldados, de los burócratas y de los sacerdotes.
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El horror llega cuando los supervivientes son los heridos a los que mataron mal.
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La llamada industria cultural está basada en la economía, es decir en el beneficio. La cultura en manos del Estado produce la burocratización de la cultura, y de las dos maneras la cultura tiende a desaparecer.
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Horas vacías en la vida de un hombre, son las que se llenan con la inevitable banalidad, y es inevitable porque al menos, sirve para vivir en paz con la banalidad de los demás. 

TAJOS, Rafael Courtoisie

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RAFAEL COURTOISIE, Tajos, Lengua de Trapo, Madrid, 1999, 224 páginas.

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EL VENDEDOR DE ELEFANTES

   No vende elefantes de África o Asia. Vende nubes, nubes de aire soplado en recipientes grises de polietileno, de plástico, en grandes bolsas que una vez infladas se parecen a Dumbo.
No vende otra cosa, sólo elefantes inflables, de plástico.
Los vende en las ferias vecinales, a veces monta un puesto en la avenida 8 de Octubre, pero los otros vendedores, los oficiales u oficiosos, cuando falta lugar, lo corren.
Los elefantes tienen grandes orejas. La piel gris, lisa y dormida, apariencia de ratón iluso de juguetería.
   —¡Mira, mamá, ese elefante!
   —¿Cuánto cuesta?
   —Doscientos pesos.
   —Muy caro, Raúl.
   El vendedor baja la cabeza, mira al niño entusiasmado.
   —Para usted ciento ochenta —dice.
   La mujer piensa.
   —Muy caro —responde al fin.
   El niño se pone a gritar:
   —El elefante, mami, ¡quiero el elefante!
   Se emperra, porfía, patea el piso.
   —¡Callate, Tito!
   —¡No quiero!
   —Se lo dejo por ciento sesenta, inflado y todo...
   —Está bien —concede la madre.
   Y el niño y la madre se van satisfechos con el elefante hinchado, de la mano, alegres por la selva del mundo.

AFORISMOS, Leonardo Da Jandra

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LEONARDO DA JANDRA, Aforismos, Editorial Avispero, Oaxaca, 2017, 266 páginas.

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Heriberto Yépez en Las máximas mínimas de Leonardo da Jandra (pp. 3-4) anota sobre esta entrega aforística del filósofo y literato: «los libros de Da Jandra son un subsuelo literario, alterno, excéntrico, que persistirá para quien sepa comprenderlo».
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Es absurdo seguir sosteniendo que el rigor está en la ciencia y la fluidez en el arte, que aquélla busca decididamente el orden racional de lo existente, y éste tiende a la irracionalidad y el caos. La verdadera diferencia entre el arte y la ciencia está más allá de la posible dicotomía entre lo abierto y lo cerrado. La ciencia tiene como tarea conocer y transformar el mundo profano; el arte sólo quiere sublimar la cotidianidad para acercar al hombre a lo sagrado.
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Los hombres de talento que no han amado a sus semejantes suelen ser rencorosos e intolerantes. El ejemplo más a la mano en nuestro medio sigue siendo Octavio Paz. Walser: “¿De qué le sirve a un artista el talento si le falta el amor?”
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La efebolia que han difundido los neofenicios que controlan los me dios publicitarios es un claro ejemplo de complementación de ruindades. Por un lado: la gloricación de la inmadurez; por el otro: la exigencia desmedida de novedad. Y no nos debe caber la menor duda de que el deseo desmedido de novedad es propio de principiantes.
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Hay insectos que nunca duermen y peces que no dejan de nadar; de la misma manera, en el hombre moral el espíritu no cesa de crecer por el resto de la eternidad.
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“Amor” y “gratitud”: los dos ejes de la vida plena. Un ser amoroso y agradecido tiene garantizada la felicidad. Se entiende, entonces, que los intelectuales y los artistas sean los seres más infelices de la Tierra, pues donde hay envidia, odio y egoísmo no puede crecer la felicidad. 
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Nada es más patético que el orgullo de un imbécil triunfante.
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Es difícil que en la amistad no haya envidia; tan difícil como que nos envidien los que nos desconocen.
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Los verdaderos fracasados no son los que fracasan, sino los que se niegan a aprender del fracaso.

SOBRE NADA Y OTROS ESCRITOS, Mark Strand

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MARK STRAND, Sobre nada y otros escritos, Turner, Madrid, 2015, 174 páginas.

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POESÍA NARRATIVA 


   Ayer en el supermercado oí a un hombre y a una mujer discutiendo sobre la poesía narrativa. Ella dijo: «Puede que todos esos llamados poemas narrativos no hagan más que señalar lo pobres que nos hemos vuelto, y cómo, cual utopistas sin esperanza, vivimos para el final. Muestran que nuestra vida está invalidada por las necesidades, sobre todo por la necesidad de seguir. He llegado a creer que la narrativa nace del odio a uno mismo». 
   Él dijo: «Lo que a mí me preocupa es el poema narrativo que no proporciona un marco coherente para medir el desplazamiento temporal y espacial, el poema narrativo en el que el héroe viaja, creyendo que avanza cuando en realidad está quieto, convertido en la encarnación de la poesía narrativa, su terrible engaño, la pesadilla de su propia irrealidad». 
   Quise recordarles que el poema narrativo ocupa el lugar de una narración ausente y absorbe en todo momento la ausencia del otro para poderla nombrar, a la vez que entrega su propia presentía a las soledades terribles del olvido. Quise decir que la narración ausente es aquella en la que nuestro destino está escrito. Pero se fueron antes de que yo pudiese hablar.
   Cuando llegué a casa, mi hermana me esperaba sentada en el salón. Le dije: «Verás, hermanita, se me ha ocurrido que algunos poemas narrativos se mueven tan rápidamente que no podemos seguirles el paso, por lo que su avance nos lo tenemos que imaginar. Son los que mas se parecen a la vida real y los menos reales». «Si —dijo mi hermana—, pero, ¿te has dado cuenta de que algunos poemas narrativos se mueven con tanta lentitud que nos adelantamos constantemente a ellos, imaginando lo que podrían ser?». «Sí —dije—, me he dado cuenta».
   Después me acordé de aquel verano en Roma cuando estaba convencido de que los poemas narrativos en los que la memoria desempeña un papel importante se derrotan a sí mismos. Comprendí que la memoria es un mausoleo de acontecimientos que no se sostendrían en el presente, y por ello está impregnada de lástima y su música es siempre un canto fúnebre.
   Sonó entonces el teléfono. Era mi madre, que llamaba para saber qué hacía. Le dije que estaba trabajando en un poema narrativo negativo, un poema que se niega a comenzar porque el comienzo es un sinsentido en un universo infinito, y que por esa misma razón se niega a terminar. Es, todo él, un espacio intermedio suprimido, una conjunción inagotable. «Y, mamá —le dije—, se niega a enmascarar la quietud esencial y universal, y por lo tanto limita sus observaciones a lo que nunca ocurre».
   Entonces dijo mi madre: «Tu padre me hablaba a menudo de la poesía narrativa. Decía que era una mujer con un vestido largo y que portaba flores. Era pelirroja y el pelo le caía suavemente sobre los hombros. Decía que la poesía narrativa sucedía habitualmente en primavera y que tenía que ver con un hombre. La mujer se acercaba a la casa de él, lo saludaba y dejaba caer sus flores. Por lo visto esto —añadió mamá— pretendía dar a entender la inutilidad de la poesía narrativa».
   «Pero mamá —dije—, lo que llamamos narración es simplemente la sumisión a los insufribles reclamos del predicado sobre el futuro; perpetúa su continuación, florece en otro predicado. ¡No pienses que las nociones de conclusión se fundan en nuestra añoranza de predicado estéril!» «Eso es absolutamente cierto —dijo mi madre—, no hay otra forma de concebirlo». Y colgó.

The Continuous Life, 1990, recogido en The Weather of Words, 2000.

TOTAL DE GREGUERÍAS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Total de greguerías, Aguilar, Madrid, 1962, 1598 páginas.
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Este amplio volumen de greguerías incluye alrededor de trescientas ilustraciones realizadas por el propio autor.
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En la botella del bebedor se refleja todo el desengaño y la muerte.
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El reloj picotea el maíz del tiempo.
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Cuando nos tardan en servir en el restaurante nos convertimos en xilofonistas de la impaciencia.
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Hay quienes creen que al prodigar una alabanza dan un cheque por una ventanilla para cobrarlo en la de más allá.
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El reloj de bolsillo es la pastilla de jabón del tiempo.
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El robo de estrellas que hacen los poetas no se descubrirá hasta el final del mundo.
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Cuando la joven pone una flor en el ojal del joven cree que va a ser eterna.
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Vejez: tener que contar ya en las emes que se escriben, si tienen todas sus patitas.
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El teatro es como el amor: nunca se sabe si es verdad o mentira.
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Al atardecer pasa en vuelo rápido una paloma que lleva la llave con que cerrar el día.
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El reloj es una bomba de tiempo, de más o menos tiempo.
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Los buzones callejeros olfatean la calidad de las cartas que reciben y a veces aprietan los dientes para que no pase la carta. 

TIERRA FIRME DE LA FANTASÍA, Rafael Gonzalo Verdugo

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RAFAEL GONZALO VERDUGOTierra firme de la fantasía, Gonzaver, Madrid, 2004, 112 páginas.
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El arte es la verdad de la ficción que nos permite superar la ficción de la verdad.
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Cuando damos limosnas repartimos la pobreza, no la riqueza.
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Ahora que te vas para siempre, déjame que te diga una cosa, solamente una última cosa: Quédate.
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Los enfermos mentales van creciendo al ritmo demandado por la producción de psicofármacos.
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El compromiso político ha hecho que ya no se tome en serio a los intelectuales.
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Con la liberación femenina, las mujeres han perdido la vergüenza, pero no el miedo.
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Los jirones de tela que se prenden en las alambradas son las banderas de la ley del inconformismo.
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Las nubes son puntos suspensivos escritos en la página del viento.

CONTRA EL SUEÑO PROFUNDO, Peter Handke

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PETER HANDKE, Contra el sueño profundo, Nórdica, Madrid, 2017, 210 páginas.

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Cecilia Dreymüller en Me importa el método (pp. -20) dice de Handke que es uno de los pocos intelectuales «capaz de plantar cara a la arrolladora maquinaria de opiniones prefabricadas de los medios».
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SOBRE FRANZ KAFKA 

   Hubo un tiempo en el que releía los diarios de Kafka, sus cartas y también lo que sus amigos en alguna ocasión habían escrito de él, con el único fin de averiguar si había tenido granos. Las descripciones de sus amigos, el tono de escritura de sus cartas, mostraban, sin embargo, el rostro indemne de una persona volcada por entero en la observación. 
   Max Brod escribía que Kafka había sido hermoso, una figura esbelta con un rostro moreno. Yo, sin embargo, siempre me imagino que Kafka tenía acné de adolescente, protuberancias dolorosas y supurantes en la cara y el cuello, de modo que le costaba afeitarse. Forúnculos, miedo al contacto. Una vez, él incluso volvía a casa del extranjero porque tenía un forúnculo; esto es un hecho. El extranjero y los forúnculos. ¡No hay que idealizar los hechos! Pues en la realidad no idealizada Kafka era hermoso. 
   Una vez, yo quería escribir una historia en la que alguien empieza a verlo todo con ojos distintos porque tiene acné. La historia iba a llamarse «Acné». Fue hace mucho tiempo, cuando mi mundo todavía era el mundo de Kafka y mi héroe el doctor Franz Kafka. «Todos los acusados son hermosos». 
   ¡Cómo me he reconocido en la vergüenza de Kafka!; no, reconocerme no, me descubría... y luego cada vez me redescubría. Y cuan temerosa, cuan timorata me parece esa vergüenza hoy, cuan altiva.
   Tal vez por no a menudo he husmeado en los documentos, como un detective privado, para saber si Kafka no se había acostado con mujeres. La lujuria en sus historias es un poco la lujuria del sueño, por un lado en su aspecto animal, entre charcos de cerveza, bajo una mesa de taberna, pero, por otro lado, maniatado por el miedo de no ensuciar de ninguna manera la sábana limpia que después verá la madre... También era un poco el mundo de un adolescente el que describía Kafka, y, en lo relativo a la sexualidad, un mundo todavía adolescente.
   Y su buen humor nunca es un buen humor por sí solo, sino siempre el resultado de una reacción física a un prolongado dolor; como si la gravedad de la muerte se volviera tan fuerte que se invirtiera en una divina ingravidez. Este buen humor (otros dicen el «sentido del humor» de Kafka) como resultado de un dolor me resulta ajeno ahora, incluso repulsivo; y, sin embargo, cuando pienso en la última frase de El proceso: «Era como si esta vergüenza le fuera a sobrevivir», me da la sensación como si no fuese sólo una frase, sino una ACCIÓN, más grande que todas las acciones de las que hasta ahora he tenido noticia.
   Cuando pienso en Kafka y lo veo ante mí, tengo la sensación de que si sólo lo mirara con la paciencia suficiente, bajando la cabeza de vez en cuando para no atormentarle demasiado, entonces, poco a poco, él dejaría de ser la mera imagen de una víctima y se convertiría en otra cosa muy distinta, de la que nos hablaría, pero con la misma meticulosidad de antes. 
(1974)

LAS FÁBULAS DE ESOPO, Esopo & Marisa Vestita

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MARISA VESTITA, Las fábulas Esopo, San Pablo, Madrid, 2015, 136 páginas.

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Marisa Vestita ilustra diez fábulas de Esopo que pueden ser leídas tanto por nuevos lectores como adultos que sepan gozar del buen hacer de esta ilustradora.
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EL CUERVO Y LA ZORRA


   Un cuervo había robado un trozo de carne y había ido a posarse en un árbol. Lo vio la zorra, que enseguida deseó zamparse ese rico bocado. El astuto animal, entonces, se paró bajo el árbol y empezó a adular al pájaro, elogiando su cuerpo perfecto, su belleza y el brillo de sus plumas, diciéndole que nadie mejor que él habría podido ser el Rey de los pájaros y que seguramente podría serlo, si también tuviera voz.
   El cuervo, halagado, quiso demostrar que también tenía voz y se puso a graznar con todas sus fuerzas, dejando así caer la carne.
   La zorra la cogió rápidamente y riéndose del cuervo dijo:
   —Si además, querido cuervo, fueras inteligente, ya no te faltaría nada para ser el rey.


NIEVE SOBRE NIEVE, Ricardo Virtanen

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RICARDO VIRTANEN, Nieve sobre nieve, El sastre de Apollinaire, Madrid, 2017, 214 páginas.

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Por más que escuchas,
no es ruidosa la lluvia,
casi invisible.

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KARLA BARAJAS, Neurosis de los bichos, La Tinta del Silencio, México, 2017, 22 páginas.

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 LA HORA EQUIVOCADA

   Doce horas secuestrados pasaron en el Congreso cuando empezó la trifulca entre policías y Chenalhoenses. Los hombres y mujeres corrieron al abrirse las puertas. Ella se movía rápidamente entre los pies de policías. Una macana le cayó cerca de la cabeza, chocó contra la pared.
   No supo si alguien la aventó, si fueron los gases lacrimógenos pero quedó panza para arriba y ahí amaneció. No la mataron los macanazos, ni golpes con tronco de árbol con que se sonaban los bandos en pugna, la mató el zapato del barrendero que al verla desprotegida la embarró con el pavimento.

AFORISMOS, Juan Ramón Jiménez

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Aforismos, Comares-La Veleta, Granada, 2007, 144 páginas.
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Andrés Trapiello selecciona para esta edición 656 aforismos de entre los (alrededor de 4000) que conforman la Ideolojía juanramoniana.
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Lo entrevisto se ve mejor y dura más que lo visto.
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Donde quiera que la jente se esté riendo, tened la seguridad de que allí hay algo que llorar.
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Creo en la inspiración, pero me fío poco de ella.
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Biombos y espejos. La vida.
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Ser breve, en arte, es, ante todo, suprema moralidad.
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Mucho, sí; pero a condición de que sea tan bueno como lo poco.
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El andamio no debe ser de roble, pero debe suponer el roble.
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Defectos con tal de que sean de calidad. Y cuando lo son, qué bello.
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Para que el arte no sea nunca "pasado", bastará con tenerlo desnudo.
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Todos tenemos la misma edad, la del mundo.
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Nostaljia es la pena de un recuerdo que no llega a precisarse.

EL MUCHACHO AMARILLO, Rafael Pérez Estrada

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RAFAEL PÉREZ ESTRADA, El muchacho amarillo, Plaza & Janés, Barcelona, 2000, 192 páginas.

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LA BUHARDILLA

   A base de esfuerzo y ahorro habían conseguido un mar en la buhardilla. Sólo los domingos lo visitaban, el resto de los días debían contentarse con oírlo bramar. En ocasiones, una mancha extensa y salina de humedad en el techo del salón delataba la existencia de un secreto compartido por todos los de la casa.
   —Cuando consigamos nuevos ahorros —decían— compraremos gaviotas y peces voladores.
   Y es que trataban a aquel mar casero como si fuera un árbol de Navidad hambriento de sorpresas. Pero nunca pensaron en subirle la maqueta, deslucida, de un transatlántico varado durante décadas en el mostrador de la agencia de viajes de un antiguo huésped:
   —Con los barcos llegan los naufragios —advertían precavidos.
   Sufrían privaciones con tal de mantenerla y palpitante aquella ilusión, pero no se quejaban.
   —Un mar —decían— debe ser parte del destino de los hombres.
   De vez en cuando abrían la puerta de la buhardilla, y lo miraban y también lo olían, cuidando siempre de que las olas no acabaran escaleras abajo. Pero sobre todas las cosas lo soñaban, y cada amanecer se intercambiaban sus sueños nunca repetidos.
   Y sí alguno sufría de insomnio, se dedicaba a hojear catálogos de aves marinas, pensando cuáles de ellas irían mejor en los amaneceres de aquel mar cautivo. El albatros, quedaba eliminado a la primera: Excesivo —aseguraban—para un mar tan pequeño. Y volvían a remirar en los catálogos por si encontraban una especie de colibrí marino.
   Sólo uno de ellos, proclive a las alarmas y a invocar infortunios, les prevenía:
   —Cuidado, mucho cuidado —susurraba— pues de estar tanto tiempo encerrado es fácil que acabe por convertirse en un mar pálido, un mar de escaso azul y mucha ojera.
   Entonces, subían todos, y, ante las aguas contenidas, derramaban unas cucharadas de tinta estilográfica. Y el mar azuleaba agradecido, salpicando con su espuma las paredes tapizadas de la vieja buhardilla.

RETRATOS LITERARIOS, Laura Freixas

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LAURA FREIXAS, Retratos literarios, Espasa, Madrid, 1997, 360 páginas.
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Laura Freixas, como indica el subtítulo de su obra, recoge retratos de 46 Escritores españoles del siglo XX evocados por sus contemporáneos, (de Azorín, los Machado, Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset, León Felipe, Federico García Lorca, Ramón Gómez de la Serna, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Rosa Chacel, Rafael Alberti, a Carmen Martín Gaite o Ana María Matute). «El contenido y el tono de muchos de los recuerdos aquí recogidos es el de las tertulias de café: jovial, cómplice, pintoresco».
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Max Aub era un personaje muy singular. Estaba en todo, lo había escrito todo, lo estaba publicando todo, pero, principalmente, lo sabía todo. Había leído mis primeros versos, quién sabe dónde, así como los de cualquier poeta de provincia español que se me ocurriera citar. Y tenía ideas clarísimas, y me atrevería a añadir que sensatas, sobre la jerarquía de valores literarios y, en contraste, sobre el orden de los falsos prestigios. Se sabia injustamente inapreciado en las nóminas de la literatura española, pero yo creo que no le importaba en absoluto. Sólo estaba preocupado por lo que aún no había escrito, por una idea aplazada o por lo que estaba empezando a hacer. Era en eso realmente admirable. Lo traté mucho en sucesivos viajes, y también, ya en el posfranquismo, en los suyos a esta España que tanto le decepcionó, yo creo que a causa de la fatiga de sí mismo. Durante largo tempo fue uno de los eslabones más sólidos que me mantuvieron en contacto con un pasado histórico mayormente imaginario. 

CARLOS BARRAL, Cuando las horas veloces.

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La otra tarde, Max Aub firmaba ejemplares de una obra suya de teatro, No, en Cultart, la librería «in» del momento. Era un hombre bajo, con gabardina, vestido de gris, muy miope, con el pelo blanco y mal cortado, que no miraba a nadie, que tomaba y devolvía los libros sin levantar la cabeza, poniendo en ellos la firma solamente, sin interés por su público. «Max Aub. No», se lee en la primera página de la obra, o sea, autor y título. Él escribió debajo, en el ejemplar de una bella amiga: «Max Aub, quizá...» Ingenioso y cierto. Porque él y todos los otros vuelven gloriosos, pero vuelven tarde. Son los tíos de América de la cultura española. No dijeron su palabra en su momento y ya es tarde para que la digan. El retomo de los brujos nos les trae desembrujados. Les amamos, les esperamos. Pero es difícil, ya, que nos embrujen. 

FRANCISCO UMBRAL, «El retorno de los brujos», Ya, 30 de octubre de 1969.