LEER (TE). I CERTAMEN DE MICROCUENTOS, Varios Autores

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VARIOS AUTORES, Leer (te). I certamen de Microcuentos, Cerezo, 2016, 248 páginas

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CAFE

   Es invierno, quizás.., un café en Praga o Madrid. Kafka en un rincón corrige un cuento.
   La puerta se abre, una muchacha alegre de Toulouse mira al que entra.
   En el café hay bohemios, prostitutas y escritores, ahora también hay un mago.
   El mago se quita un abrigo negro.
   Lo espera un sillón de terciopelo rojo algo raído pero reconfortante.
   Un camarero lo mira, está acostumbrado a que los pobres se refugien del frío, él también es pobre.
   Se acerca al mago y le lleva un café muy caliente, el mago coge el vaso y lo aprieta entre sus manos, el mago no tiene que hacer ningún gesto, para que el camarero entienda su agradecimiento.
   La cocotte sigue mirando al mago, este saca una moneda del bolsillo, caracolea sobre sus dedos, salta, cambia de color, desaparece, y aparece en su escote, ella se sorprende, llama al camarero y pide un café con coñac. Paga con la moneda, y revive.
   Kafka mira la escena, toma una hoja y comienza otra historia, el mago termina su café, se dirige a la puerta. Kafka mira al mago que devuelve su mirada, mete la mano en el bolsillo saca una moneda y se la arroja al mago, este la toma en el aire, la hace caracolear y desaparece.
   El mago sale del café, el frío le golpea en la cara, entrecierra los ojos y se pierde por las calles de Praga... o de Madrid. 

Gustavo Otero Ramos

GRANDES ARTISTAS MODERNOS: AZ, Andy Tuohy & Christopher Masters

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ANDY TUOHY & CHRISTOPHER MASTERS, Grandes artistas modernos: AZ /, Editorial Juventud,  Barcelona, 2017, 224 páginas.

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Christopher Masters escribe estas breves semblanzas sobre 52 artistas modernos a los que Tuohy ha dedicado un retrato; entre todos ellos, sólo siete mujeres: Saloua Raouda Choucaiar, Barbara Hepworth, Yayoi Kusama, Georgia O'Keeffe y Frida Kahlo.
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FRIDA KAHLO [1907-1954]

   El gran logro de Frida Kahlo (nacida en 1907 en Coyoacán, cerca de Ciudad de México, México) fue transformar su persona en una rica iconografía en la que sus propios rasgos se combinan con motivos relacionados con su vida, así como con el complejo patrimonio de su México natal. Al igual que su marido, el muralista Diego Rivera, Kahlo fue una entregada comunista: Marx y Stalin aparecen en El marxismo dará salud alos enfermos (1954), y pintó varios cuadros con desolados paisajes industriales claramente identificados con el capitalismo estadounidense.
   Kahlo, que nació en el seno de una familia de clase media, sufrió un grave accidente a los 18 años, cuando un tranvía chocó con el autobús en el que viajaba, en Ciudad de México. Nunca se recuperó por completo y tuvo que someterse a más de treinta operaciones a lo largo de su vida. Empezó a pintar en los meses que siguieron al accidente y un año después pintó su primer autorretrato, en el que unas manos y un cuello alargados sugieren la elegancia de una pintura renacentista italiana. Poco a poco fue desarrollando una identidad más claramente mexicana. En Autorretrato en la frontera entre México y Estados Unidos (1932), se representa con la bandera nacional en la mano junto a una pirámide precolombina. En cuadros posteriores se pintó con un mono, un loro o una flor tropical, con un tocado de encaje mexicano.
   A veces Kahlo se representaba con la cara de Rivera, con quien se casó en 1929, superpuesta sobre su frente, con los hombros de él cómodamente apoyados sobre las exuberantes cejas de ella. Otras imágenes son reflejo de los aspectos más oscuros y trágicos de su matrimonio. Autorretrato con el pelo cortado (1940) puede interpretarse como una exploración de una identidad andrógina alternativa; no obstante, con la inscripción de la letra de una canción mexicana, también representaba la reacción de Kahlo ante su reciente divorcio de Rivera. El año siguiente volverían a casarse.
   Cuando murió en 1954, en México se lamentó mucho su muerte. Pero su fama mundial no llegó hasta la década de 1970. Su obra ha sido codiciada por coleccionistas famosos, como Madonna, y en 2002 Julie Taymor dirigió una memorable película sobre su vida, Frida, protagonizada por Salma Hayek.


DÓNDE VER LA OBRA DE KAHLO

  • Museo de Arte Moderno, Secretaría de Cultura INBA. Ciudad de México.
  • Museo Dolores Olmedo. Ciudad de México.
  • Museo Frida Kahlo. Ciudad de México.
  • Museum of Modern Art (MoMA). Nueva York.
  • National Museum of Women in The Arts. Washington. D.C.

¿SABIAS QUE...?

La relación de Kahlo y Rivera fue tormentosa: se casaron, se divorciaron y se volvieron a casar un año después. Ambos tuvieron romances extramatrimoniales, entre los que cabría destacar el de Rivera con la hermana menor de Kahlo y el de Kahlo con el destacado comunista León Trotski, tal vez, un acto de venganza por la traición de Rivera y su hermana.

PALABRAS MORIBUNDAS, Álex Grijelmo & Pilar García Mouton

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ÁLEX GRIJELMO & PILAR GARCÍA MOUTON, Palabras moribundas, Taurus, Madrid, 2011, 386 páginas.
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Álex Grijelmo condujo el espacio radiofónico «Palabras moribundas» de RNE desde septiembre de 2004 hasta julio de 2007; después fue responsabilidad de la filóloga Pilar García Mouton. Lo que entonces era oído ahora puede ser leído gracias a la Editorial Taurus.

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DANDI

   Suena algo pasada de moda, pero se decía para alguien elegante, bien vestido, refinado y de buenos modales. Ahora se considera un elogio calificar a alguien de dandi, al menos es lo que se deduce de la definición actual del diccionario de la Real Academia: «Hombre que se distingue por su extremada elegancia y buen tono», pero no siempre fue así. La edición de 1927, que es cuando entra la palabra, decía: «Anglicismo por petimetre». Y petimetre venía a ser alguien muy presumido, del francés petit maître, ‘pequeño señor, señorito’, voz que admite femenino, definido como «Persona que se preocupa mucho de su compostura y de seguir las modas», con un matiz un poco despectivo. Así que, al principio, un dandi era un petimetre. La cosa empeoró después, porque los académicos cargaron la mano mucho más con esta palabra en la edición de 1950. Decían allí: «Anglicismo por lechuguino o pisaverde». Un lechuguino es un «Muchacho imberbe que se mete a galantear aparentando ser hombre hecho» y un «Hombre joven que se compone mucho y sigue rigurosamente la moda», un presumido también. La definición de pisaverde es un poco más cruel: «Hombre presumido y afeminado, que no conoce más ocupación que la de acicalarse, perfumarse y andar vagando todo el día en busca de galanteos». Así que petimetre, lechuguino y pisaverde son términos que censuran este tipo de presunción en los hombres. Pero la definición de dandi cambió en la edición del diccionario de 1983 por la que vemos ahora, que es más bien elogiosa.
   Juan Ramón Jiménez escribió sobre los dandis en Españoles de tres mundos:
   Mal está siempre el dandismo, sobre todo el dandismo esteriorizado, en cuanto es representación inútil, teatralidad fuera de tiempo y espacio, estravagancia en la vida cotidiana. Todavía puede comprenderse, no aguantarse, el dandismo auténtico y posible, es decir, cuando el dandi puede serlo plenamente, cuando no es un cursi. [...]. El dandismo de quiero y no puedo, de imitación poblana, me parece nauseabundo.
   Mucho más reciente, del 2 de septiembre de 1994, es un artículo de La Vanguardia, que decía de Jorge Valdano: «De labia grandilocuente y maneras de dandi, el técnico argentino también tendrá que sortear el fuego cruzado entre las emisoras madrileñas, polarizadas por la guerra de audiencias entre la COPE y la SER».
   Es relativamente frecuente oír o leer que alguien tiene aires de dandi, que está o va hecho un dandi. Y mucha gente escribe dandy, a la inglesa, quizá recordando aquella colonia de caballero que se llamaba Varón Dandy, y lo definen como «un señor de cierta edad que siempre aparece impecable», como los galanes del cine o teatro del tipo de Arturo Fernández. Actualmente la palabra se oye poco. Algún exagerado afirma no haberla oído en los últimos treinta años, y cree que se ha ido quedando en el ámbito familiar, donde se usa como piropo normalmente para un señor mayor, padre o abuelo, que cuida de forma especial su aspecto general y, sobre todo, su forma de vestir.
   Ya en 1894, en su zarzuela La verbena de la Paloma, Tomás Bretón y Ricardo de la Vega ponen en boca de don Hilarión la palabra dandy, cuando canta en la escena anterior al famoso «¿Dónde vas con mantón de Manila?»: «¡Soy un dandy!, ¡soy un bribón! Nadie dirá, lo que yo soy». También aparece en la zarzuela La Gran Vía. Y Juan Luis González-Ripoll estuvo a punto de ganar el premio Nadal en 1981 con una novela titulada El dandy del Lunar. Resulta evidente que la palabra está en retroceso, porque siempre surge en referencias a los padres y a los abuelos, no a los hijos. Pero todavía hay gente que la usa.

PERROS EN LA PLAYA, Jordi Doce

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JORDI DOCE, Perros en la playa, La Oficina, Madrid, 2011, 222 páginas.

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Las tintas de Javier Pagola embellecen las paredes del hogar de Jordi Doce. Hay libros en los que uno se quedaría a vivir.
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La tierra apelmazada de la página. Esperas, para tu suerte, que haya hormigueros.
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El regreso es siempre a otro lugar.
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Hay alguien en mí que no conozco: habla conmigo para saber quién soy.
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Existes siempre en el hueco que dejan los demás.
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Escarbar en los estratos de uno mismo como un arqueólogo. Pero primero hay que dejarse arruinar.
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Días que pasan a la carrera, para no vernos.
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Robó el hilo con que zurcieron nuestros cuerpos y lo cortó en pequeños fragmentos: eran palabras.



RELATOS REALES, Javier Cercas

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JAVIER CERCAS, Relatos reales, Acantilado, Barcelona, 2000, 216 páginas.

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Puede leerse como un dietario. Eso dice Cercas de este libro que «reúne un puñado de crónicas». Con ellas demuestra que el periodismo no es un género menor.
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UNA CANTIDAD INFINITA DE ESPERANZA

   ¿Qué piensa un hombre antes de quitarse la vida? Hay una cantidad infinita de esperanza, dice Kafka, sólo que no para nosotros. Nada nos impide imaginar a Walter Benjamin, a quien tanto gustaba esa frase, recordándola el 26 de septiembre de 1940, en una habitación del hotel França, en Portbou, horas después de que en la aduana le anunciaran que iban a repatriarlo y justo antes de administrarse la dosis de morfina que le ahorraría la desdicha de regresar a la Francia ocupada por los nazis. Huyendo de ella, Benjamin había llegado el día anterior a Banyuls, desde donde, guiado por Lisa Fittko y en compañía de Henny Gurland y del hijo de ésta, cruzó a pie la frontera y entró en España tras nueve horas de penalidades, enfermo y aferrado a una maleta que contenía las Tesis sobre la filosofía de la historia y que, aunque se perdió a su muerte, conocemos gracias a que Georges Bataille conservó una copia. «Había nacido con mala suerte», dijo de él Lisa Fittko.
   En Portbou todo el mundo conoce esa historia, o al menos esa es la impresión que tuve hace unos días cuando fui a visitar la tumba de Benjamín en compañía de mi hijo y de mi amigo Enrique. El cementerio está enclavado en la ladera de una montaña que domina el pueblo. Frente a la fachada se halla el monumento a Benjamin, obra de Dani Karavan. una construcción de metal excavada en la roca, al fondo de la cual, tras un cristal, puede verse un mar transparente lamiendo los arrecifes; en el cristal se lee una frase de Benjamin: «Es tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica está consagrada a la memoria de los que no tienen nombre.» Entramos en el cementerio. Aunque Benjamin fue enterrado en el nicho n.° 563, en 1945 sus restos fueron trasladados a una fosa común. Allí siguen, prestigiados por una lápida en la que están grabadas otras palabras de Benjamin: «No hay documento de la cultura que no lo sea también de la barbarie.» Mientras persigo a mi hijo por el cementerio, Enrique me cuenta riéndose que, cuando se inauguró el monumento, la frase de la lápida, elegida al parecer por Jordi Llovet, no les gustó un pelo ni al embajador de Israel ni al representante del Gobierno alemán, pero la risa se le congela en la cara cuando ve que mi hijo se ha parado muy serio delante de un nicho donde figura un nombre exactamente igual al suyo. Salimos sin correr del cementerio, bajamos a Portbou y localizamos el hotel França. Es un edificio de paredes leprosas, con un porrón de madera y un patio rodeado por una verja verde; está abandonado. Mientras miro el portón que Benjamin cruzó hace casi cincuenta años sabiendo que toda la infinita esperanza del mundo ya no era para él, Enrique charla con dos señoras de la familia González, que fue la que administró el hotel hasta que cerró. Aseguran que todo está más o menos igual que hace cincuenta años; también que, cuando iban a cerrar el hotel, el alcalde les dijo: «No lo hagáis. Es una institución en Portbou.»
   Caminando en busca de un bar, Enrique me cuenta que el alcalde, que se llama Paco Martínez y fue interior izquierdo del Barca, compró no hace mucho el antiguo edificio de la aduana, el mismo que pisó Benjamin, el mismo que se ve, al otro lado de la bahía, desde la terraza del bar Riky, donde nos sentamos mientras mi hijo juega a tirar piedras al agua y nosotros seguimos hablando de Benjamin hasta que una camarera nos interrumpe y, mientras le hacemos el pedido, nos cuenta que gracias al suicidio del escritor no sólo se salvaron Henny Gurlana y su hijo, sino también muchos otros fugitivos, a quienes la red que Lisa Fittko y su marido organizaron a raíz de la muerte de Benjamin permitió huir de la Europa nazi; luego la camarera concluye: «De todos modos, habiendo tanto vivo de qué preocuparse, no sé por qué nos preocupamos tanto de los muertos.» El comentario nos corta en seco la conversación, así que nos bebemos la cerveza y pagamos y nos vamos en silencio, viendo cómo cae la noche sobre la bahía, pensando que la camarera, que quizá ha leído a Benjamín, tiene razón y que es más difícil honrar a las personas que no tienen nombre que a las personas célebres, pensando en Henny Gurland y en su hijo y en todos los prófugos que nacieron con más suerte que Benjamin y salvaron la vida, y pensando también, como quien formula un deseo, mientras nos alejamos de Portbou y mi hijo se me ha dormido en el regazo, que hay una cantidad infinita de esperanza y que después de todo quizá una parte mínima sí sea para nosotros. Para alguno de nosotros.

¿QUÉ HACE TAN EXTRAORDINARIA A LA TORRE EIFFEL?, Jonathan Glancey

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JONATHAN GLANCEY, ¿Qué hace tan extraordinaria a la Torre Eiffel?, Blume, Barcelona, 2017, 176 páginas.

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Subtitulado 70 preguntas que cambiarán su forma de pensar sobre la arquitectura recoge los prometidos microensayos con los que el lector común podrá repensar la tarea de Mies van der Rohe, Albert Kahn, Gaudí o calcular la grandeza de la Gran Pirámide de Guiza, Venecia o Stonehenge.
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EL GUGGENHEIM DE BILBAO. ¿DISPARATE EMBLEMÁTICO O ESCULTURA URBANA INSPIRADA?

   La inauguración del impresionante Museo Guggenheim de Bilbao fue tan espectacular como el propio edificio. El 17 de octubre de 1997, el día antes de que el rey Juan Carlos I declarase el museo abierto, se descubrió un plan de ETA para asesinar al monarca. Tres terroristas disfrazados de jardineros intentaron colocar bombas en macetas junto a la divertida escultura Puppy, de Jeff Koons, situada cerca de la entrada al museo (donde el rey habría recibido a los asistentes al evento). Un policía vasco, José María Aguirre, abortó el atentado, pero murió por disparos de los falsos jardineros.
   Resulta indiscutible que el museo de Frank Gehry ha ejercido un impacto explosivo en Bilbao, así como en la arquitectura y la planificación urbana contemporáneas. No se parece a ningún otro edificio. Sus pliegues escultóricos de titanio curvado atrapan y reflejan la luz diurna, al tiempo que deslumbran (intelectual y emocionalmente) a visitantes, críticos y políticos de todo el mundo. Se trata de una pieza bonita y caprichosa que se alza en los antiguos muelles de Bilbao, y muy distinta al diseño de 2015 tan falto de ingenio para una sucursal del Guggenheim situada en el centro de Helsinki, por ejemplo. La hazaña de Gehry aportó nueva vida a una zona de Bilbao casi olvidada, a su paisaje urbano y, en el proceso, atrajo a 4 millones de visitantes entre 1997 y 2000. El gobierno vasco informó de que los ingresos obtenidos por esas visitas habían amortizado la construcción del edificio.
   Popular entre los visitantes, cautivó a la mayoría de críticos y estimuló la imaginación de muchos políticos. ¿Y si el «efecto Bilbao» podía repetirse en otras ciudades? ¡Los visitantes, los ingresos, la popularidad y los premios para los políticos! Eso es, más o menos, lo que ocurrió. Ciudades de todo el mundo empezaron a competir por tener los edificios más extravagantes, caprichosos o «emblemáticos». En cuestión de una década brotaron no solo museos y galerías de arte, sino también bloques de oficinas e incluso ayuntamientos en una especie de parque urbano global.
   El problema, como ocurre con el trabajo de Le Corbusier y Mies van der Rohe, es que no todos los arquitectos a los que les gustaría ser tan creativos como Frank Gehry son tan creativos como él. Tampoco todos los grandes centros urbanos necesitan un edificio tan diferente a todo como el Guggenheim de Bilbao. El encargo de edificios y la planificación urbana son artes, además de tratos económicos y ciencias imperfectas. Bilbao acertó. Muchas otras ciudades no, y ahora cuentan con edificios irracionalmente extravagantes que ridiculizan la ciencia y el arte.
   Los críticos groseros y oportunistas aprovecharon la ocasión para atacar a Frank Gehry, como si este inconformista arquitecto canadiense estadounidense hubiese dado rienda suelta de manera consciente a una arquituectura de chiste en todo el mundo. En 2015, la reacción contra la arquitectura «icónica» era la norma entre la crítica. Mientras tanto, Gehry, arquitecto-artista, continuó deleitando e irritando a partes iguales, como ocurrió con el Guggeheim de Bilbao, que es una de las maravillas arquitectónicas indiscutibles del siglo XX?


MICRORRELATOS DOMÉSTICOS, Elías Moro

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ELÍAS MORO, Microrrelatos domésticos, Takara, 2017, 90 páginas.

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TUERTO

   Poco después del accidente en el que perdió el ojo empezó a olvidarse de la mitad de las cosas que había visto hasta entonces, a no tenerlas en cuenta, a perderlas de vista, como si dijéramos.
   De sus dos hijos solo se acordaba de uno, a su mujer la reconocía de frente pero no de espaldas, jugaba al fútbol con la mitad del equipo, se extraviaba de continuo por el barrio que antes del accidente hubiera podido recorrer con los ojos cerrados…
   Los médicos se echan las manos a la cabeza sin encontrar explicación al fenómeno.
   Tampoco el ojo de cristal —última tecnología alemana— ha servido para nada.
   De vez en cuando, sin que nadie lo vea, el ojo bueno llora su desgracia con lágrimas que añoran a sus hermanas del otro lado, perdidas para siempre.

PALABRAS MENORES, Juan Ramón Santos

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JUAN RAMÓN SANTOS, Palabras menores. Cortometrajes, De la Luna Libros, Mérida, 2011, 90 páginas.
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BIBLIOTECA

   Ordenó la biblioteca por colecciones y vio que no le gustaba. Se le antojaba vulgar. Parecía como si hubiese comprado los libros por el mero afán de adornar las paredes. Por eso decidió cambiar y probó a alinearlos por tamaño. El efecto era interesante. Transmitía el carácter práctico y desenfadado de un lector voraz y algo desastroso, pero no acababa de convencerle. Por eso probó a colocarlos por orden cronológico de escritura, en función de la lengua en que habían sido escritos e incluso en el idioma en que habían sido publicados sin llegar a encontrarse del todo satisfecho. Demasiada pedantería, se dijo, y concluyó que quizá lo mejor era un estricto orden alfabético de autores, el criterio aséptico que empleaban las grandes bibliotecas. «Por algo lo harán», pensó. A continuación se puso manos a la obra y comprobó que aquello comenzaba a gustarle, pero que aún le faltaba un toque, un pequeño detalle, el que había de otorgarle verdadero rigor a su biblioteca, la distribución por materias, y repartió escrupulosamente los libros entre poesía, novela y ensayo. «Mucho mejor», se dijo luego, aunque enseguida se dio cuenta de que la colección había de crecer, de que se incorporarían nuevos géneros, nuevos títulos, nuevos autores, y fue dejando hueco en función de esas futuras adquisiciones. Al terminar tomó aire y un poco de distancia, contempló el trabajo en toda su magnitud y el resultado le pareció casi perfecto, pero solo casi, pues algo no funcionaba del todo. Después de darle muchas vueltas comprendió que el problema era que la biblioteca no podía estar desterrada en la soledad recóndita de un dormitorio, que tenía que encontrarse en el mismo corazón de la casa, que solo así alcanzaría la perfección. Entonces recogió solemne sus tres libros y se los llevó al comedor.

CUENTOS DE FLÂNEUR, Laura Ciancaglini

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LAURA CIANCAGLINI, Cuentos de flâneur, Bubok, Barcelona, 2009, 106 páginas.
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MISMA PLAZA, IGUAL SIEMPRE

   En la plaza Rius i Taulet las terrazas rebozan. Los parroquianos apoyan su humanidad para ver lo que sucede siempre delante del reloj, y hasta podrían tasarse por lo que beben: la cerveza helada para rebajar una dura tarde que termina, y el café oportuno para una conversación más animada.
   Pero dentro de los bares también se sientan los habitués solitarios, que a horas pico nunca hallan una mesa para leer el periódico y matar el tiempo.
   Al entrar, los camareros me traen mi café sin preguntar. Tengo a mano dos diarios para comparar la creatividad o la chatura del armado cotidiano de mentiras. Y de repente, un conocido que entra a comprar tabaco me saluda y se sienta a mi mesa con confianza. Comentamos alguna noticia del día o hacemos una broma por pura cortesía. Nos hemos reconocido sin mayores entusiasmos, y no existen tampoco grandes agasajos ni sorpresas; formamos parte de un paisaje que acontece y se renueva sin mucha novedad. Somos una identidad portátil que se traslada en lo gregario, aunque en el fondo nadie sepa mucho del otro y la profundidad sea un espejismo o una graciosa conjetura.
   Ignoro si se trata sólo de Gràcia, pero la Rius es un raro micropueblo fundido en un enorme anonimato. Sin embargo, reconocemos jetas de la vecindad y también a aquellos personajes pintorescos que repiten las escenas: el rumano del perrito blanco que toca la armónica, el viejo Eusebi y sus dibujitos por un euro, o aquel señor amable y discreto que ofrece pañuelos de papel, mesa por mesa.
   En el verano, los niños arman tienditas contra la fuente del reloj, y comercian chucherías entre los camareros de Las Euras, que van equilibrando las bandejas de patatas bravas y boquerones en vinagre. A veces, según la disposición, me recuerda el cuadro Juego de niños, del viejo Brueghel.
   Cada primavera y cada verano, la misma escena de patio se repite sin mayores variaciones. Imaginar, entonces, a otras personas de hace cuarenta años en esta misma plaza no es difícil. Secuencias iguales en las que todos pasan, van o regresan, entran o salen, cargan paquetes o se encuentran con los otros para beber sus cervezas y cafés.
   El tiempo pone en el cordel lo vivido ayer. ¿Quién será aquella muchacha que corre llorosa al otro extremo de la plaza? Y esa señora que lleva un previsible paquete de pastas, ¿con qué amiga compartirá hoy su merienda, y a cuántos sacarán el cuero mientras sorben sus tazas de té indio edulcorado? Y ese adolescente crispado y con el sobaco lleno de libros, que apura impaciente el paso retrasado por los pelotazos de los niños, ¿dónde se dirige nuevamente y para qué todo ese esmero?
   La plaza es el vínculo del aire que traspasa las siluetas. Hoy estoy aquí, mañana estaré en otro escorzo menos arduo, como cuando en el sueño vemos nuestro cuarto, colgados de un imposible vértice del techo.

HORMONAUTAS, Paz Monserrat Revillo

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PAZ MONSERRAT REVILLO, Hormonautas, Nazarí, Granada, 2015, 134 páginas.
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HIPÓTESIS

   Para paliar la falta de mujeres en la Australia repleta de convictos de 1840, cuatro mil huérfanas fueron sacadas de los orfanatos de Irlanda y enviadas como sirvientas a la tierra de los canguros y las ovejas. De esta manera, se limpiaban los orfanatos irlandeses y de paso se contribuía a la repoblación de la tierra más esquiva y lejana del planeta.
   Las que consiguieron sobrevivir a los largos meses de travesía insalubre desembarcaron indomables y hambrientas en las costas de un mundo aún por crear. En cuanto posaron sus pies en la escalerilla del barco y se sintieron observadas por centenares de ojos sedientos, supieron de una sola vez y con rotundidad cuál era su misión para con la historia: dar placer al máximo número posible de hombres, abarcar lo inabarcable, intentar remediar y compensar la inquietante proporción de una hembra por cada ocho varones en esa isla que parecía un continente.
   Ellas eran bravas, una raza de supervivientes, y se pusieron manos a la obra. No sólo sirvieron con dedicación a sus señores, proporcionándoles solaz y muchos bastardos, sino que, libres de las imposiciones de la religión y la familia, tuvieron tiempo para atender  a los otros siete caballeros faltos de cariño que les tocaban en el reparto.
   Ninguna feminista ha elogiado nunca el papel crucial de estas heroínas en la construcción de una nación. Un linaje de mujeres que, aprovechando la vulnerabilidad que la testosterona crea en los hombres, fueron las pioneras del amor libre y de la promiscuidad practicada sin complejos, con la alegría que produce el deber cumplido. Esas jóvenes irlandesas, algunas de ellas todavía unas niñas, hicieron de su obligación un arte y fornicaron con valentía con todo tipo de hombres rudos y difíciles, sin saber nunca si le estaban prestando su cuerpo a un auténtico asesino, a un simple disidente político o, en el peor de los casos, a un inglés.
   Trabajaron sin desmayo, cumplieron con su propósito de proporcionar alivio a los constructores de un continente y trajeron al mundo miles de criaturas, como era su obligación. Esos niños tenían la fortaleza y la osadía que solo poseen los hijos del placer y de la impureza. Y así, mezclando la rebeldía de sus padres con el arrojo de sus madres, se convirtieron en resistentes granjeros y, más adelante, en pragmáticos tecnólogos.
   Pero toda esa generación de niños asumió un déficit que aún hoy no se ha podido subsanar, un vacío que jamás se podrá llenar y en el cual nadie pensó en su momento. Y es que fue la única generación entera en la historia que no conoció a sus abuelos. Nunca nadie les contó cuentos, pues sus madres estaban siempre muy ocupadas mientras eran pequeños. Y cuando, por fin, la edad las liberó de sus deberes demográficos y pudieron dedicarse a cuidar de sus nietos, ellas no supieron cómo  transmitirles el sosiego y la calidez que emana de las auténticas abuelas cuando escenifican historias, susurran secretos o cantan nanas antiguas. No sabían cómo hacerlo, ellas habían sido criadas por monjas.
   El tronco por el cual se transmite la savia de las narraciones que fluyen de abuelos a nietos se había cortado de cuajo a la altura de aquel barco lleno de hijas sin padres; las lluvias irlandesas disolvieron las historias, los cuentos, las canciones…
   Tengo una sospecha. La formularé en forma de hipótesis: el hecho de que la literatura australiana sea tan escasa (probad si no, preguntad entre vuestros conocidos a cuántos escritores australianos son capaces de citar) es debido a esa generación de niños sin abuelos, sin historias que contar a sus nietos y a los nietos de sus nietos.
   No me explico cómo todavía a nadie se le ha ocurrido hacer una investigación seria para comprobar esta hipótesis.

MENOS DE 100, David Lagmanovich

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DAVID LAGMANOVICH, Menos de 100, Editorial Martín, Mar del Plata, 2007.

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LOS OJOS

   Estoy harta de sus críticas. Lo que más irrita a mis compañeros de excursión es la mirada que me atribuyen: murmuran que observo todo en derredor, que no dejo de percibir ningún movimiento de ellos, que no se me puede sorprender, que mi nerviosismo es extremo y que todo me entra por los ojos, esos ojos que ellos sienten como una amenaza que les impide toda intimidad. No los culpo: yo también, a veces, querría tener otros ojos. Pero todas las moscas somos así. 

FICCIONARIO, Ricardo Bugarín

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RICARDO BUGARÍN, Ficcionario, La Tinta del Silencio, México, 2017, 22 páginas.

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ADVERTENCIA

   Jonás le andaba con ganas a la ballena y su mamá le decía: «Mira, Jonasito, esos bichos son muy traicioneros. Muchos gorgoritos por la cabeza, mucho vaivén con las olas pero en cuanto más, ¡zas!, te dan un bocanazo». Y no agregó nada más, porque en cuanto se dio vuelta, Jonás ya no estaba.

VI MICROCONCURSO LA MICROBIBLIOTECA

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IV Microconcurso La Microbiblioteca, Biblioteca Esteve Paluzie, Barberà del Vallès, 2017, 194 páginas.
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La última edición del concurso de la Microbiblioteca (Biblioteca Esteve Paluzie) de Barberà del Vallès deja como cosecha esta excelente antología, donde los textos de finalistas y ganadores, tanto en la modalidad de catalán como la de castellano, se encuentran entre la mejor microliteratura cultivada recientemente.
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LAS MUSAS

   No había visto llorar a mi madre hasta el día en que mi padre murió. Hay algo antinatural y sobrecogedor en el llanto de una madre. Uno no sabe cómo consolarla.
   Papá murió un lunes de madrugada. Estiró su mano y agarró la de mi madre tan fuerte que le rompió los veintisiete huesos de su mano. Si le preguntas a mi madre cuál es el sonido de la muerte, te dirá que es muy semejante a un estallido de pajas secas. Ella, como pudo, se liberó de la mano inerte de mi padre. Luego se levantó, se aseó y se vistió de luto riguroso. A mi padre lo velaron en la biblioteca, rodeado de toda su obra: doce novelas, un libro de cuentos y tres ensayos.
   Anochecía cuando llegaron ellas. Altas, hermosas y sutilmente transparentes. Así las recuerdo. La mayor de todas se acercó a darnos el pésame. Mamá, que llevaba toda la vida esperando este momento, levantó su mano sana y le dio un bofetón. “Ahora es solo mío”, dijo. Las musas, respetuosas, retrocedieron en silencio. De repente, sus ojos dorados se fijaron unánimemente en mí. Sentí sus voces susurrantes. La menor de todas se me acercó y me miró fijamente a los ojos.

   Fue en ese momento cuando mi madre, totalmente vencida, rompió a llorar.

Arantza Portabales Santomé
Ganador mensual de abril y anual

CUENTOS PARA LOS HOMBRES QUE SON TODAVÍA NIÑOS, Teresa Wilms Montt

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TERESA WILMS MONTT, Cuentos para los hombres que son todavía niños,  Otero & Co., Buenos Aires, 1919, 104 páginas.
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Cuentos para los hombres que son todavía niños fue el quinto y último libro de la escritora chilena Teresa Wilms Montt (1893-1921).
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EL RETRATO

   —¿Qué es el dolor? —preguntó una vez un chiquillo a su madre.
   —Qué dices hijito? —contestó ella, enarcando sus cejas en movimiento de complejidad y duda.
   —¿Qué es el dolor? —repitió la criatura, alzando su vocecita de flautín, con el gesto mimoso de su boca rosada.
   ¡Oh santa ignorancia de las pasiones! ¿por qué no anidas para siempre en la cuna amorosa del alma infantil?
   Dejó la joven madre su labor cerca de la lámpara, que alumbraba tibiamente el grupito amable, y tomando al nene entre sus brazos, enternecida, le habló:
   —¿Por qué me haces tan extraña pregunta, nene de mis entrañas? ¿Quién ha pronunciado a tu lado esa palabra?
   Y la mamá, apretaba con sus manos largas desnudas de joyas, manos de monja o de mujer honrada, la fina cabecita.
   —Mamita, me lo dijo la vecina, aquella viejecita que suele traerte flores para la Virgen.
   Verás. Primero me preguntó por ti, con esa voz que parece estuviera siempre llorando. “¿Cómo está tu mamita, nene? ¿Siempre tan sola? Tienes que cuidarla mucho”, dijo: Y después, suspirando, mientras yo jugaba con el gato en su puerta, ella hablaba sola y murmuraba: —Santa de Dios, y dicen que hay justicia cuando en esa pobre alma parece que la tierra se hubiese ensañado. ¡Oh dolor, dolor!, exclamó tan fuerte la viejecita, que yo me asusté y vine corriendo.
   —¿Decía así?… —interrogó la madre, estremeciéndose en un impulso helado de su alma.
   —Sí mamita, sí. Por eso te pregunto qué es el dolor.
   Palideció la mujer; un gotear de lágrimas silenciosas rompió el cristal de sus ojos enigmáticos: ojos de iluminada y de bestia humilde.
   —¿Por qué lloras mamá? ¡No quiero que llores! —gimoteó el chiquitín, acomodando su minúscula personita en el regazo maternal.
   El chico miraba hacia la ventana donde se veía, a través de los cuadrados, caer la espesa obscuridad de la noche, como un presentimiento agorero en el silencio de los campos.
   —Tengo miedo, mamita; tengo miedo.
   —De qué, hijito mío?
   —De tu llanto y de la oscuridad que veo desde aquí —y el chiquillo señalaba la ventana.
   —No te asustes, nene mío, no es nada. ¿Quieres dormir?
   —Bueno, mamita, —y la cabecita confiada, buscó el hueco blando de los brazos maternos.
   La llama de la lámpara tenía el palpitar desmayado de un corazón enfermo. Colgado a los barrotes del lecho se balanceaba, imperceptiblemente, un negro crucifijo de ébano con sus brazos de plata, abiertos como alas lunares.
   Las dos camas blancas, extendidas sin una arruga en las simples colchas, daban la impresión de que hubiese puesto en ellas las sonrisas de sus ojos la Madre de Dios.
   Suspendido entre las cabeceras, relucía un marco acerado, sosteniendo, en sus extremidades la imagen de un hombre.
   Dulce la mirada, correcto el corte de la nariz, funesto el pliegue de la boca.
   —¿Qué es el dolor, mamita?, — balbuceó débilmente entre sueños el hijito.
   La madre nada dijo, pero sus dedos afilados se crisparon, y levantándose en un gesto desconsolado y rebelde, señalaron el retrato, donde reía y reirá siempre la eterna causa del dolor femenino.

CRÓNICAS DE LA INDIA, Miguel Ángel Gayo Macías

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MIGUEL ÁNGEL GAYO MACÍAS, Crónicas de la India, 2017, 248 páginas.
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La motivación de estas breves crónicas, publicadas originalmente en el diario El mundo, queda explícita en palabras del propio autor: "Con curiosidad, sin prejuicios y con un poco de humor intenté componer una colección honesta de estampas de la India real, la que yo ví y en la que viví."
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LA GUERRA DE LAS CASTAS

   El 1 de diciembre de 1997, un grupo de integrantes del Ranvir Sena, una especie de milicia ultra-hinduista rural, acorraló y abatió a tiros a cincuenta y ocho personas en una remota zona del norte de la India. Las víctimas eran dalits, también conocidos como “intocables”; personas excluidas del sistema de castas y consideradas impuras desde su nacimiento e incapaces, según los textos sagrados hindúes, de alcanzar la iluminación.
   A pesar de que el sistema de castas fue abolido en la India hace sesenta años, sigue vigente el “apartheid” social que hace que doscientos millones de personas dalits sean consideradas inferiores al resto.
   La masacre cometida por los brahmanes del Ranvir Sena en Laxmanpur es sólo una batalla más en la larga guerra de castas que divide a la sociedad india y que de vez en cuando se torna cruenta. En esa ocasión, el objeto de disputa eran unas tierras que permanecían sin cultivar desde hacía años y que ambas comunidades reclamaban. Otras veces, el detonante es el derecho a usar un camino o un pozo; en otras ocasiones, una simple mirada puede interpretarse como la provocación que dé lugar a un enfrentamiento.
   Los dalits de Laxmanpur se negaron a incinerar los cadáveres de las víctimas hasta que un político se dignase a visitar la ladea y se pusiera en marcha una investigación. Hace unos días, un juez de la capital de Bihar sentenció a muerte a dieciséis de los brahmanes y condenó cadena perpetua a otros diez. Varios de los acusados consiguieron huir de la justicia y están en paradero desconocido, y otros diecinueve fueron absueltos por falta de pruebas. Tres más murieron durante el largo proceso judicial, que ha durado trece años.
   La prensa india dio cuenta de la noticia diciendo que el suceso pertenecía a “un oscuro período de la historia” india, que ya ha quedado atrás para siempre.
   Hace solo unos días, un dalit y su hija discapacitada fueron quemados vivos cerca de Nueva Delhi.

RELATOS DE YÁSMINA POLINA, Leon Tolstói

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LEON TOLSTÓI, Relatos de Yásmina Polina, Rey Lear, Madrid,  2010, 152 páginas.

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Sara Gutiérrez ofrece una nueva traducción de estos cuentos escritos por Tokstói entre 1871 y 1875, para enseñar a leer y a escribir a los niños de su escuela de Yásnaia Poliana.
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ALDEANO Y LOS PEPINOS [FÁBULA]

   Érase una vez un aldeano que fue a robar pepinos a un huerto. Se arrastró hasta los pepinos y pensó: «Veamos, me llevo un saco de pepinos y los vendo, y con el dinero me compro una gallina. La gallina me pone huevos, los empolla, y cría muchos pollitos. Alimento los pollitos, los vendo, y compro un lechón, y se convierte en una cerda; me pare la cerda lechones. Vendo los lechones y compro una yegua; me pare una potrada. Crío los potros, y los vendo; compro una casa y planto un huerto. Planto un huerto y siembro pepinos. Pero no dejaré que me los roben, mantendré firme la guardia. Contrataré vigilantes, los pondré a vigilar los pepinos, y yo mismo daré una vuelta por allí de vez en cuando y les gritaré: “¡Eh vosotros, ni se os ocurra bajar la guardia!”». De tal manera se ensimismó el aldeano, que se olvidó completamente de que estaba en un huerto ajeno y gritó con todas sus fuerzas. Los guardias que le oyeron, saltaron sobre él y le zurraron de lo lindo.

CUIDADOS PALIATIVOS, José Antonio Llera

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JOSÉ ANTONIO LLERA, Cuidados paliativos, Pepitas de Calabaza, Logroño, 2017, 172 páginas.

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Las manchas amarillas que le salen de repente a las almohadas, como si enfermaran de hepatitis. Mi mujer dice: «Mira, esa mancha amarilla». ¿Por qué? ¿Sueña nuestra cabeza en humores otoñales? La respuesta es sencilla: es el color nicotínico de la angustia. 
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Me pregunta una alumna: ¿a quién prefieres a Borges o a Cortázar? Borges es un gran paquidermo de pisada firme e irreprochable, de ahí que perezcamos por aplastamiento cuando lo leemos. En cambio, Cortázar es un rinoceronte, más veloz y capaz de lanzarte por los aires con su cuerno-nariz. 
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Decía Dégas que, entre el amor y el trabajo, él eligió el trabajo, pues no tenemos más que un corazón. Sin embargo, en el trabajo no es imprescindible el corazón; sí el estómago y el hígado. Para pirañear la vida, para cerbatanear la muerte. 
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Solo los muertos no tienen nostalgia. No estoy de acuerdo con tos que dicen que la nostalgia es reaccionaria. Eso sucede solo cuando se quiere vivir de ella. en un ataque de proxenetismo imperdonable.
***
Toma una piedra al rojo vivo y enciérrala en el puño. En la otra mano, atrapa el vacío. Que nadie pueda saber, si observa ambas manos, cuál te abrasa más la piel.

NO SER O SER, Claudia Cortalezzi

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CLAUDIA CORTALEZZI, No ser o ser. Antología personalMicrópolis, Lima, 2016.
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INOPORTUNO

    En un rincón del dormitorio, el nudo se aprieta a sí mismo. No quiere que ellos —una pareja que acaba de entrar— adviertan su presencia.
    —Desnudate —oye.
    Sonamos, se dice, me descubrieron.

TIEMPO ESCRITO, Antonio Merayo

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ANTONIO MERAYO, Tiempo escrito, Danime, León, 2017.
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Que lo que la poesía une, no lo separe la prosa.
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La mariposa odia a quien le recuerda que fue gusano.
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No dejes para mañana lo que puedas soñar hoy.
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Una flor es el aforismo de la naturaleza.
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Si no encuentras la puerta, invéntatela.
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No seas menos que tú mismo.
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Escribir y leer ayuda a descubrir cómo somos, cómo no somos y cómo podríamos ser.
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El corazón del aire son los pájaros.
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De poco le sirven las puertas abiertas a quien tiene la mente cerrada.
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Los animales llevan millones de años observando a los hombres y siguen sin entender su brutalidad.

PARVA MEMORIA, Francisco Pérez de los Cobos Orihuel

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FRANCISCO PÉREZ DE LOS COBOS ORIHUEL, Parva memoria, Tirant Lo Blanch, Valencia, 2006, 54 páginas.
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Dice Cristóbal Serra en El rastro de Agur (pp. 9-10): «Potentísimos son los análisis de esta mente lúcida, que desecha a ratos la expresión figurada en aras del sondeo mental». 
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La envidia es mera falta de información.
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No pesa estar solo, sino estar consigo.
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La más fructífera siembra del diablo es el cinismo.
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A fuerza de descender a los infiernos, los hemos hecho ascender a la superficie. La frecuentación del infierno demoniza.
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También el amor fatiga.
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Somos vulnerables a cualquiera que nos haya rescatado de la soledad.
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El silencio prudente es raro. Normalmente calla quien no tiene qué decir.
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El amor que muere requiere el trabajo del duelo.

LA TRAYECTORIA DE LA LUZ, Diana Aradas

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DIANA ARADAS, La trayectoria de la luz, Torremozas, Madrid, 2017, 96 páginas.

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SILENCIO INVERNAL

Buscas la aguja de coser
que cierre la herida 
azul del frío.

AFORISMOS, Ludwig Wittgenstein

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LUDWIG WITTGENSTEIN, Aforismos. Cultura y valor, Espasa, Madrid, 2013, 176 páginas. Traducción de Elsa Cecilia Frost.
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¡No juegues con las profundidades del otro!
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El rostro es el alma del cuerpo.
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Seamos humanos.
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Tocar el piano; una danza de los dedos humanos.
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Se podría poner precio a los pensamientos. Algunos cuestan mucho, otros poco. Y ¿con qué se pagan los pensamientos? Creo que con ánimo.
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Los pliegues de mi corazón quieren estar siempre juntos y para abrirlos tendría que desgarrarlos continuamente.
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Hay reflexiones que siembran y reflexiones que cosechan.
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Es difícil saber algo y actuar como si no se supiera.
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Una época entiende mal a otra, y una época mezquina entiende mal a todas las demás en su propia y fea manera.
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¡Cree! Eso no hace daño.
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Si alguien puede creer con toda certeza en Dios ¿por qué no en el alma de otro?
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Lo que el lector también puede, déjaselo a él.

LATÍN Y MENTIRAS, Jaime Fernández Martín

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JAIME FERNÁNDEZ MARTÍN, Latín y mentiras, Valdemar, Madrid, 1999, 238 páginas.

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Le sirve al compilador Fernández Martín la Introducción (pp. 9-32) de este libro subtitulado Selección de pensamientos sobre el arte de educar para explicar cómo se ha transformado a lo largo de la historia la idea de autoridad.
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Desde mi niñez fui criado en el estudio de las letras, y como me aseguraban que por medio de ellas se podía adquirir un conocimiento claro y seguro de todo cuanto es útil para la vida, sentía yo un vivísimo deseo de aprenderlas. Pero tan pronto como hube terminado el curso de los estudios, cuyo remate suele dar ingreso en el número de los hombres doctos, cambié por completo de opinión. Pues me embargaban tantas dudas y errores, que me parecía que, procurando instruirme, no había conseguido más provecho que el de descubrir cada vez más mi ignorancia.
René Descartes
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Todos los padres sienten el deseo de realizar en sus hijos lo que ellos no pudieron lograr; parece como si quisieran vivir una segunda vida, aprovechando la experiencia de la primera. Mi padre, confiado en sus conocimientos, en su tenacidad inquebrantable, se propuso enseñarnos por sí mismo, no dejando más que algunas lecciones necesarias al cuidado de profesores particulares. Comenzaba a extenderse ya entonces un diletantismo pedagógico; acaso la primera iniciación para él fuese la pedantería de los profesores oficiales y lo monótono de sus enseñanzas. Las gentes querían algo mejor; pero olvidaban que toda enseñanza no encomendada profesionales tiene que ser defectuosa. 

Johann Wolfgang Goethe
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Todo lo que aprendía de viva voz por boca de los profesores, conservaba el semblante de quien lo decía y así quedaba fijado para siempre en mi recuerdo. Pero aunque de ciertos profesores no aprendía nada, me impresionaban no obstante por sí mismos, por su aspecto peculiar, sus movimientos, su manera de hablar, y especialmente por sus simpatías o antipatías hacia nosotros, según cómo uno lo sintiera. Se daban todos los grados de calor y afecto, y no recuerdo a un profesor que no se esforzara por ser justo. Pero no a todos les era igualmente sencillo ser justos, esconder sus preferencias.
Elías Canetti

DISCORDANCIAS, Elena Casero

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ELENA CASERO, Discordancias, Talentura, Madrid, 2011, 158 páginas.

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EL PAÑUELO DE HILO

   Algunos lloran, sobre todo las señoras de buen corazón que se arrebujan en sus abrigos de pieles, tiritando de tristeza y enjugándose unas lagrimillas mientras observan la escena del mendigo destripado en medio de la calle, reteniendo el tráfico que lo rodea, atropellado frente a la puerta de la iglesia, protegido por un chucho desgreñado que no para de aullar.
   Tapándose la boca con un pañuelito de hilo dice una:
   —¡Qué lástima! Alguien debería llamar a la perrera.

LEER ES UN RIESGO, Alfonso Berardinelli

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ALFONSO BERARDINELLI, Leer es un riesgo, Círculo de Tiza, Madrid, 2016, 252 páginas.

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En Un francotirdor de la crítica (pp. 13-17) Salvador Cobo recuerda el lugar que, según Berardinelli, ha de ocupar el crítico «al margen de partidos políticos, la industria cultural, modas intelectuales, instituciones o departamentos universitarios».  
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¿SOMOS TODOS POETAS? LA DERIVA DEMAGÓGICO-POPULISTA SOBRE LA POESÍA

   «La poesía está viva, ¡que viva la poesía!». De tal guisa sonaba el pasado domingo, en el suplemento literario del Corriere della Sera, el jovial grito dominical con el que había sido titulado un extenso artículo de Paolo di Stefano. El tranquilizador mensaje (golosinas lanzadas al pueblo de los poetas) se especificaba en el subtítulo: el número y la calidad de los poetas contradicen a los catastrofistas, hay «editores heroicos, los espacios están a salvo, los versos encuentran lectores, pero se ha perdido el diálogo entre las generaciones de escritores». 
   Es decir, primero una mentira afable y acto seguido una sencilla verdad: entre los abundantes y diligentes poetas de hoy y los escasos poetas de ayer «se ha perdido el diálogo», o lo que es lo mismo, que la continuidad se ha interrumpido y que lo que hoy llamamos poesía, en la mayor parte de los casos, tiene poco que ver con lo que ayer se entendía por poesía. ¿Ha habido acaso una radical revolución formal? ¿Como aquella que, un siglo atrás, alejara la poesía del siglo XX de la del siglo precedente? No, no ha habido revolución formal, sino más bien una revolución social: el pueblo ha tomado el poder poético. ¡Hurra! Todos somos libres de crear, de expresarnos y de publicar. Además del derecho a tener derecho a ser considerados poetas si lo deseamos con mucha fuerza, si estamos firmemente convencidos de serlo. Sentirse poeta y conseguir que te publiquen equivale al derecho a ser considerado poeta, «independientemente» de lo que hayamos escrito. Todo aquel que tenga algo que objetar a lo sustancial (la calidad, el valor o el interés de los poemas) es un catastrofista.
   En política el populismo tiene sus contraindicaciones, porque da coba a los deseos y los sueños de la mayoría. No obstante, tiene razón de ser en todo sistema democrático en que el poder, en teoría, pertenezca al pueblo. El populismo poético, en cambio, es meramente ridículo. Merecería una sátira surrealista (¡Ay, si los surrealistas aún existiesen!), o una escena de teatro del absurdo, en la que un único e inocente lector se viera perseguido por veinte poetas reivindicando el derecho a que los lea... En la poesía, como en todos los rincones de la sociedad, a día de hoy está vigente una paradoja: la pretensión de pertenecer a un club exclusivo que, sin embargo, abre sus puertas a todo el mundo.
    Nicola Crocetti, editor de la revista Poesía, se pregunta cómo distinguir los «valores auténticos» en los «centenares de libros que se publican». Un señor problema. Es más, el único problema. Pero todo el mundo puede comprobar cómo prácticamente no hay un solo crítico que sea capaz de ponerse de acuerdo con otro, aunque solo sea para dar los nombres de los diez poetas más fiables. Si unos dan cincuenta y cuatro nombres, otros sesenta y cuatro, y otros ciento diez, reina la confusión, pero también hace que se tambalee la demagogia poético-populista, porque el pueblo de los poetas excluidos de elencos tan generosos es al menos igual de amplio que el de los incluidos.
  En cuanto a la legibilidad de los poetas, no habría que pasarse de listo. Se puede ser gramaticalmente muy claro y, sin embargo, ser ilegible, en el sentido de que, después de leerlo, la lectura haya resultado inútil. En la actualidad el número de poetas claros ha aumentado. Se leen sus poemas y no es que no se entiendan: lo que no se entiende es por qué se dice de esa manera lo que se dice, puesto que nada más leerlos, a uno le entran ganas de decirlo de otra manera, o incluso de no decirlo. La ilegibilidad es esto.

REPELENCIAS (1953-1957), Rafael Azcona

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RAFAEL AZCONA, Repelencias (1953-1957), Pepitas de Calabaza, Logroño, 2017, 240 páginas.

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Santiago Aguilar en La codorniz, Escuela de humor gráfico (pp. 7-17) subraya como síntoma inequívoco del reconocimiento a Azcona el hecho de que la expresión «repelente niño Vicente pasara a formar parte del habla popular».
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—¿Comprende ahora por qué me niego a decirte que te entrego mi corazón? Dada la importancia vital de esta víscera, si yo te dijera eso de verdad, obedeciendo a las leyes biológicas moriría ipso facto, porque para eso soy un niño consecuente.

FELICIDONIA, Eduardo E. Vardé

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EDUARDO E. VARDÉ, Felicidonia, Micrópolis, Lima, 2017.
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LA LEJANA

   Aquella, la lejana, era una pinturita, un hecho artístico. Tenía los labios carmesí, los ojos miel, la cintura delineada, el pelo casi dorado. Podría describirla de pies a cabeza, si no fuera porque, con el tiempo, cuando había pasado años de tenerla cerca, comenzó a desteñirse hasta transformarse en una líneas deformes que también se fueron borrando.

EL HOMBRE QUE CABÍA EN LA PALMA DE SU MANO, Francesc Barberá Pascual

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FRANCESC BARBERÁ PASCUAL, El hombre que cabía en la palma de su mano, Unaria, Castellón, 2017, 218 páginas.
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En la palma del lector, los microrrelatos de este volumen se ven acompañados de forma magnífica por las ilustraciones de Riki Blanco.
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ATRACCIÓN

   En el juicio, el lanzador de cuchillos alegó que su ayudante tenía un magnetismo especial.

INSOMNIOS, Victoria León

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VICTORIA LEÓN, Insomnios, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017, 72 páginas.
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Hay cosas que dos personas no podrían decirse más que en sueños.
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Sabemos que el tiempo nos sigue los pasos y, aun así, nos alcanza sin que lo oigamos llegar.
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Nada verdaderamente inolvidable nos sucede nunca por segunda vez.
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Somos en realidad aquello que hay en nosotros más antiguo que nosotros mismos.
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Pocas sensaciones de libertad son tan intensas como la de perder el miedo a algo que nos aterrorizaba.
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Tienen sombra infinita las derrotas.
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En los atardeceres de otoño parece que movieran los visillos los últimos pensamientos del día.
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En el agua de las fuentes antiguas se leen crónicas de la melancolía.
***
Nada más terrible, algunos días, que un cielo radiante de los que no muestran piedad con la nostalgia.
***
Hay cosas que solo se ven desde los puentes.

AUTOAYÚDATE QUE DIOS TE AYUDARÁ, Carlos Monsiváis

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CARLOS MONSIVÁIS, Autoayúdate que Dios te ayudará. Aforismos de Carlos Monsiváis, Seix Barral, México D.F., 2011, 154 páginas. Prólogo, investigación y selección de Francisco León.
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El Metro es la imagen del mundo felizmente suspendido entre la estación Génesis y la estación Apocalipsis.
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Con la explosión demográfica toda escritura deviene en taquigrafía.
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Somos el lenguaje de quienes nos gobiernan.
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Sólo renunciaré al voyeurismo si me permiten tocar.
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El instante del triunfador dura más que el día del fracasado.
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Lo que interesa es salir en pantalla, no decir genialidades.
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Babel fracasó no por la intención sino por la falta de fondos. 
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El tigre es nuestra única oportunidad de ser devorados por el gato.
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Hay que seguir creyendo mientras no consigamos otra fuente institucional de estímulos.

EL LADO DE LOS TARCOS, Estela Porta

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ESTELA PORTA, El lado de los tarcos, Universidad Nacional de Tucumán, San Miguel de Tucumán, 2014.
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 INMIGRANTES I

   Llegó con su cargamento de ilusiones y de miedos. Con sus manos fuertes. Una voluntad que nadó un océano. Y se enamoró de esta tierra negra. Andar y desandar los surcos. Las semillas cayendo de los dedos. El sol dibujaba pentagramas en su piel y él cantó el himno a los primeros brotes. Tantas lunas velaron su desvelo. Don Manolo, el gallego, murió de pena cuando la primera carrada de limones partió para el mercado.

NOTAS SOBRE EL CINEMATÓGRAFO, Robert Bresson

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ROBERT BRESSON, Notas sobre el cinematógrafo, Era, México D.F., 1979, 128 páginas. 
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Estos breves apuntes y aforismos, traducidos por Saúl Yurkiévich, constituyen una excelente poética cuyo alcance no se restringe al cinematógrafo: supone una mirada brillantemente concisa y lúcida sobre los fundamentos de la creación que atañen a cualquier obra de arte.
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Controlar la precisión. Ser yo mismo un instrumento de precisión.
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La terrible costumbre del teatro.
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Respetar la naturaleza del hombre sin quererla más palpable de lo que ella es.
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La fuerza eyaculatoria del ojo.
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Cuando un solo violín basta, no emplear dos.
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Se reconoce lo verdadero por su eficacia, por su potencia.
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Escarba en el mismo lugar. No te escurras fuera. Doble, triple fondo de las cosas.
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Asegúrate de haber agotado todo lo que se comunica por medio de la inmovilidad y el silencio.
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No corras tras la poesía. Ella sola penetra por las junturas (elipsis).
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Que los sentimientos causen los acontecimientos. No a la inversa.
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Elige bien tus modelos para que ellos te lleven donde quieres llegar.
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Crear expectativas para colmarlas.
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No mostrar todos los costados de las cosas. Margen de indefinición.

EROSIÓN, Cecilia Aste

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CECILIA ASTE, Erosión, Macedonia Ediciones, Morón, 2017, 62 páginas.
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AHUMADO

   Me encierro en la cocina. Hoy a la noche: carne al horno con… sin papas. Imagino los comentarios que vendrán y me canso antes de empezar. Busco un CD de cuando yo era yo y nadie más. Pongo la música a medio volumen. Mientras canto preparo la carne en una asadera y la llevo al horno. Lavo y seco los platos del mediodía. Tiendo la mesa para no sé cuántos. Canción número tres. De las mejores. Es la voz furiosa la que me apasiona. Sus tonos bien bajos, guturales, casi primitivos. Subo el volumen y sé que no voy a escuchar ni el teléfono ni a nadie. Lo que pasa del otro lado de la puerta me tiene sin cuidado. Bailo y canto como antes, hasta transpirar. Veo mi reflejo en la ventana que da al jardín. Me desconozco. Canción número cuatro. Lenta como la manera en la que se debe asar la carne. Yo la cocino con el tiempo que tengo. Preparo un caldo y un puré artificial. Amas de casa eran las de antes, dirían las mujeres grandes de la familia. Lo repiten en cada reunión. Como defensa busco el libro Recetas Rápidas para la Mujer Moderna. Ojeo la receta. Dice que sazone a gusto la carne de tanto en tanto, con cuidado. A fuego lento. Dos horas de cocción. Me duele la cabeza. Cierro el libro. Levanto el fuego a temperatura bien alta. Quiero quemar la carne hasta secarla. Canción número cinco. La del pub del Bajo Belgrano donde me llevó el chico que manejaba sin registro. En casa se quejaban de mis novios con moto. Dejé de usar mis polleritas cortas para que no vieran las quemaduras de caño de escape en mi pantorrilla. Hay humo en toda la cocina. La carne. Se quema. Miro el track: canción número siete. Saco rápido la asadera del horno. Me quema en las yemas. La apoyo sin cuidado sobre las hornallas. Me enojo. Cierro la puerta del horno con bronca. El ruido que hago no sabe a comida. El olor es insoportable. Con una espumadera de metal reviso la carne. Puteo por el exceso de fuego. La base está negra y pegada. Miro la hora. Hay tiempo. Intento calmarme. La música hace todo tolerable. La pongo al máximo. Canto y abro la ventana para ventilar el ambiente. Enciendo el extractor a máxima potencia. Afuera, los perros vecinos ladran. Desde la casa del fondo me gritan que baje la música. Canto más fuerte; la diez es mi favorita. Me recuerda a las vacaciones más calientes que tuve en Brasil. Sonrío. Desonrío. Me ocupo de la carne. Raspo la parte quemada y la paso a una fuente de vidrio. Conozco el CD de memoria. Queda una sola canción. Lavo la fuente quemada, la seco y la guardo. La cocina ya no tiene humo. Apago el extractor. Se acaba el CD y yo dejo de ser yo y nadie más. Del otro lado de la puerta, escucho. Rutinas. Llaves que abren la puerta. Pasos que bajan la escalera rápido. Saludos. Un maletín sobre un sillón. Abro la puerta de la cocina, apretó STOP en el equipo de música y llamo a comer. 

MANGA POR HOMBRO, Elías Moro

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ELÍAS MORO, Manga por hombro, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2013, 240 páginas.
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PROGRAMA PARA HOY
(Serenata bucólica)

Diana floreada con gallo al fondo y vacas mugiendo.
Coro de perros, opus 28.
Concierto de chicharra y pájaros en sol mayor.
Zarabanda de golondrinas y vencejos.
Danza de murciélagos.
Suite nocturna para mochuelo, cuatro grillos y una rana.
Bis: Solo de lechuza.
2º bis: Repique de cigüeñas.

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AFORISMOS DE SEPTIEMBRE
Para Jordi Doce

Si te consideras un hombre bueno, disponte a convertirte en diana.
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Hoy me duele lo de siempre como nunca.
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Los que se envuelven en banderas pierden toda perspectiva sensata.
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Duermo desnudo para que mis sueños no encuentren más obstáculos de los necesarios.
***
En cuanto te conozcas bien a ti mismo, querrás no haberlo hecho.
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Paseaba su ataúd en la mirada.
***
Las cicatrices del héroe a modo de sangrienta y perenne condecoración.
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Aliviaba su soledad de todos los días comiendo frente al espejo.
***
Hay risas tan falsas que suenan como campanas tocando a duelo.
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Siguiendo el dictado de los espejos, las demás cosas empezaron a devolvernos la mirada.

VIDA DE POETA, Robert Walser

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ROBERT WALSER, Vida de poeta, Siruela, Madrid, 2010, 144 páginas.
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La traducción de Juan José del Solar permite leer en español algunas de las piezas más destacadas de la narrativa breve de Walser.
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DISCURSO A UNA ESTUFA

   Una vez pronuncié un discurso a una estufa y quisiera transcribirlo aquí hasta donde lo recuerdo de memoria.
   Asaltado por toda suerte de pensamientos iba un día de un extremo a otro de mi habitación. En cierto modo me había extraviado, perdido, y hacía grandes esfuerzos por orientarme de nuevo, lo cual me costaba numerosos suspiros; era, eso sí, absolutamente incapaz de disimular que estaba angustiado.
   Y entonces vi a la estufa sonreír sarcásticamente desde su imperturbable quietud estufesca.
   «A ti no te afecta nada», le grité furioso y con sincera indignación, «no estás sometida a ningún tipo de excitación. La inquietud no te atormenta ni te afligen las calamidades.
   »¿No es acaso cierto, so pasmona e insensible majadera, que al no tener capacidad ni, por lo tanto, necesidad alguna de moverte, te imaginas que vales una enormidad?
   »Como eres una pasmona burda e insensible, te crees grande.
   »¡Vaya grandeza!
   »Como desconoces cualquier tipo de tentación, te crees una mujer modelo.
   »¡Vaya feminidad!
   »No sentir nada, contonearse como una osa gruñona o una elefanta parece ser tu concepto de feminidad.
   »Como nunca en tu vida has pensado en algo más profundo, tienes el descaro de burlarte insensatamente de quienes deben enfrentarse a toda suerte de dudas y escrúpulos.
   »¡Valiente amiga eres tú!
   »Es muy evidente que, hasta ahora, el mundo te ha echado en falta. En ti y en tus semejantes bien puede confiar el mundo.
   »Como no necesitas luchar ni combatir, te consideras perfecta.
   »Como nunca has condescendido en nada ni te has dejado ver allí donde hombres y corazones son puestos a prueba, te figuras estar libre de toda flaqueza, por lo que te permites señalar con el dedo a quienes, arriesgándose a entrar en el campo de batalla, sacan a la luz sus flaquezas y errores.
   »Cobarde rebosante de energías que no se atreve a moverse para no tener que revelar dónde están sus defectos: avergüénzate de no haber tenido que avergonzarte jamás ni un poquito; quien no sabe lo que es dedicarse a una causa justa tiene el corazón cubierto de grasa y la buena voluntad asfixiada.
   »Quiero que sepas que más que cualquier buena reputación me importa mi tarea, para mí más importante que la necia fama de no haberse equivocado nunca.
   »Quien nunca se equivoca es probable que jamás haya hecho nada bueno».