MICROENCICLOPEDIA ILUSTRADA DEL AMOR Y EL DESAMOR, Ernesto Ortega

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ERNESTO ORTEGA, Microenciclopedia ilustrada del amor y el desamor, Talentura, Madrid, 2016, 172 páginas.

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Ordenados alfabéticamente por título, los más de cien relatos que componen las entradas de esta microenciclopedia se presentan acompañados por las ilustraciones de Nacho Gallego.

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BLANCO Y NEGRO

   El día que repusieron “Casablanca” en el cine de verano hacía tanto viento que a Humphrey Bogart se le voló el sombrero y fue a parar a la fila siete, justo en mis rodillas. No pude evitar ponérmelo. Cuando terminó la película el cielo se había vuelto gris. Un hombre que se ocultaba entre las sombras me sonrió. Llovía y por alguna ventana se escapaban las notas de un piano. Una chica me pidió fuego. Yo no fumaba, pero me entraron unas ganas irresistibles de encenderme un pitillo y llamarla muñeca. Desapareció en un Austin blanco. Paré un taxi y dije: “Rápido. ¡Siga a ese coche!”, pero la perdí. Al llegar a casa una mujer me esperaba sentada en el sofá con un vestido negro. Me quité el sombrero y lo dejé sobre la mesa. Cuando iba a besarla, me dijo: “Venga, cámbiate, que llegamos tarde a la cena”, y todo recuperó su aburrido color original.

EL ÚLTIMO DINOSAURIO, Rony Vásquez Guevara

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RONY VÁSQUEZ GUEVARA, El último dinosaurio. Antología personal, Micrópolis, Lima, 2016, páginas.

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EL PARAÍSO NUEVO 

   Mientras astronautas, analistas y demás científicos se ocupaban de su trabajo, el agricultor de manzanas, A. y su esposa E., abordaron una nave que les salvó de la explosión terrestre. Cuando despertaron, un paisaje desértico los rodeaba: estaban en la luna. A. previendo el hambre en el futuro, metió la mano en el bolsillo y sembró una semilla. Esta vez, intentarán burlar a la serpiente. 

MIS VENENOS, Charles-Augustin Sainte-Beuve

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CHARLES-AUGUSTIN SAINTE-BEUVE, Mis venenos, Artemisa, Tenerife, 2007, 334 páginas.

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En el Prólogo (pp. 9-16) Juan Malpartida recuerda al lector que estos apuntes «no deberían ser leídos como su verdadero pensamiento sino como la confesión de sus reacciones inmediatas, como desahogos» que conformarían la bitácora personal de Sainte-Beuve.
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Desde hace ya tiempo se acabaron para mí el amor y las mujeres: no hay que prolongar por vanidad las pasiones y los gustos de una edad en otra.
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Todo es árido, todo está desnudo. He llegado al otro lado de la montaña, al extremo y más allá de todos mis deseos.
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El amor empieza con la admiración y sobrevive difícilmente  a la estima, o al menos no sobrevive más que prolongándose mediante convulsiones.
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Hace tiempo que lo pienso. En las críticas que hacemos, más que juzgar a los demás nos juzgamos a nosotros mismos.
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En la juventud, todo nos resulta muy nuevo, y creemos ser algo novedoso para los demás.
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El orgullo de la vida embriaga fácilmente a la juventud. Cada generación a su vez está en lo alto del árbol, ve todo el país abajo y sólo tiene el cielo arriba. Se cree la primera, y lo es a su hora, durante un momento.
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Los que tienen para cuaquier tema, y gracias a la elocuencia, una gran carretera siempre despejada, se creen exentos de investigar la región.
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¿Qué es la verdad? —Somos pequeñas barcas que reman sobre un mar sin fin. Señalamos algún reflejo de luz en la ola que rompe, y decimos: Es la verdad.

LOS PIGMEOS VUELVEN A CASA, Agustín Monsreal

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AGUSTÍN MONSREAL, Los pigmeos vuelven a casa, Ficticia, México D.F., 2016, 320 páginas.

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DESTINO DE MADERA

   Cuando experimentó el peso de la vejez, Pinocho decidió arrojarse al mar en busca del vientre de la ballena como su sepulcro eterno. Pero no lo halló, y su cadáver fue a dar a una playa desierta donde se pudrió, se llenó de moho cual si fuese un pedazo de barril o de embarcación y acabó siendo guarida de algunos bichitos que pululan por la arena. 

DE UN EXPERTO EN DEMOLICIONES, Léon Bloy

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LÉON BLOY, De un experto en demoliciones, Berenice, Córdoba, 2014, 282 páginas.

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Escribe Rubén Darío en el prólogo a estas Críticas para Le Chat Noir: «Decir a verdad es siempre peligroso, y gritarla de modo tremendo como este inaudito campeón es condenarse al sacrificio voluntario. 
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EL ARTE DE DISGUSTAR O LA CABELLERA CRÍTICA

   El redactor jefe de Le Chat Noir, Émile Goudeau, el irascible detractor de las furias humanas, el barón de Trenck del amor que se imaginó esperando el ómnibus mientras se paseaba por los canalones de la calle Ulm, el «trueno de Périgord», está enfadadísimo conmigo. Se distancia de mí de manera ostensible e informa al público de que a partir de ahora nadie debe pedirle explicaciones acerca de lo que sus colaboradores escriban, sólo de lo que él firme de su puño y letra.
   No se han tomado muchas precauciones para anunciarme este cisma y me han comunicado, sin ningún miramiento, que debía considerarme el principal responsable del descontento que ha perturbado al poeta de Revanche des bêtes, hasta el punto de tildarme de «porfirogeneta descarriado».
   La atrocidad de este ultraje no la entenderá más que un pequeño grupo de helenistas. Explicaré en vano a los pintores profanos que me rodean que un porfirogeneta es un señor nacido en la púrpura y que un descarriamiento de esa condición implica una inaptitud evidente para gobernar a los pueblos. Los pintores lampiños o hirsutos no comprenderán ni la púrpura de mis pañales ni la púrpura de mi indignación y yo acataré sin consuelo mi colérico destino.
   «Señor, tú me hiciste poderoso y solitario».
   Sin embargo, yo anhelaba que Émile Goudeau estuviera involucrado en las masacres literarias, que a mi juicio son la única razón posible de aceptar la vida moderna. Nos habríamos saciado con la dulzura de hacernos detestar de manera universal y juntos habríamos formado a algunos alumnos en el arte de disgustar profundamente a novelistas y poetas, a quienes habríamos asado a fuego lento después de haberles arrancado la cabellera.
   Dado que este hermoso sueño se ha desvanecido y que me tengo que resignar a ser el único buey en esta labranza crítica, tomo la decisión de no tener mesura a partir de ahora y anuncio que por fin voy a dejar de ser moderado. Por mucho que quiera lamentarse Émile Goudeau, ésta es mi verdadera profesión de fe.
   El hombre de letras sin principios o sin arte y el corruptor son idénticos. Es decir, casi todas las personas de letras tienen una carencia absoluta de arte y de principios. Les da exactamente igual estar vivos o no estarlo, escribir con elocuencia o parecer unos idiotas. Casi resulta ridículo ensuciar papel para afirmar algo tan obvio. Además, a estos señores no les gusta que se les diga. Sin embargo, resulta que la necesidad más apremiante del corazón, o lo que es lo que es lo mismo, la necesidad de ser desagradable con los imbéciles y los villanos, exige decírselo.
   ¿Pero cómo y de qué forma? Pues de la forma más insoportable para ellos que se pueda encontrar. Lord Byron, en su Childe Harold, lamenta su impotencia porque necesitaría que todo su desprecio, toda su cólera y todo su dolor pudieran concentrarse en una sola palabra que fuera como un rayo, para así poder pronunciar esa palabra. Eso sería lo ideal.
   Pero lo real es encontrar epítetos homicidas, metáforas destructoras, incisos cortantes y puntiagudos. Hay que hallar catacresis que empalen, metonimias que achicharren los pies, sinécdoques que arranquen las uñas, ironías que desgarren las sinuosidades de la rabadilla, lítotes que despellejen vivo, perífrasis que castren e hipérboles de plomo fundido. Sobre todo, es necesario que la muerte no sea dulce.
   Si, por ejemplo, Zola puede decir con serenidad durante su muerte: «En toda mi vida no he recibido más que sesenta mil patadas en el trasero y no me han dañado. Me considero una antorcha y voy a humear durante mucho tiempo en la sucia posteridad» o si cualquier otro príncipe de la crápula puede pasar a mejor vida con esa paz augusta, todo está perdido.
   Y hablando de Zola, ¿no les parece a ustedes, como a mí, que la impotencia del hombre para castigar debidamente se manifiesta sobre todo en su caso? Ya tienen que ser viles nuestras costumbres literarias para que permitamos que el más abyecto y vanidoso de los novelistas se pase quince años pavoneándose y estafando sobre una tarima de estrepitosa publicidad. Si la pobre Francia, en otros tiempos burlona y orgullosa, disfruta sintiendo cómo este histrión despreciable la pisotea, si le parece lógico que este purulento imbécil profane con sus gruñidos la lengua de Pascal, entonces deberíamos preguntarnos si es que ya hemos tocado fondo. ¿Acaso no le quedan fuerzas a la crítica? “¿Es que Dios ya no hace que crezcan garrotes en la tierra? Si todavía existen almas de artista en París, ¡habría que encontrar la manera de hacerles entender que la respiración ya es imposible para ellas si siguen por ese camino, que la sintaxis ideal de nuestras obras maestras es sagrada y que los perros de letras que la envilecen merecerían que les cortaran la cola y las orejas y que los fustigaran con una pala de pocero en el vestíbulo mal artesonado de la literatura hasta que vomitaran por séptima vez!
   Émile Goudeau parece decir que, aunque se sea severo con las cosas, habría que ser más moderado con las personas. Reconozco que no comprendo esta distinción. Las obras y los hombres son absolutamente solidarios, sin excepción, y cuando la obra merece el garrote, es sobre los omoplatos del hombre donde debe caer una y otra vez. Es cierto que nuestras leyes imbéciles se oponen a este tipo de artículo literario que sin duda sería más divertido que el otro. Pero, en fin, lo esencial es hacer sufrir y, entre todos los instrumentos de tortura moral, la pluma de un buen periodista sigue siendo el mejor.
   Así que continuaré con esta creencia y, si Dios quiere, me iré exasperando cada vez más, prodigando una caricia cada seis meses y diez mil bofetadas al día, ajeno a toda prudencia y a todo temor.
   Acabo de hablar de leyes. Éstas protegen las letras en Francia lo bastante poco como para que cualquier escritor digno de tal nombre tenga ocasión de desear justicia y posea el derecho estricto de aplicarla por todos los medios que estén a su alcance. Ante la ausencia de un tribunal para los crímenes y delitos del pensamiento, es la indignación pública o privada la que señala a los culpables y quien debe ejecutar sus propias sentencias.
   Por otra parte, me siento desesperado al no creer en la recuperación de algo que veo tan venido a menos, así que este artículo no es más que la protesta inútil de un solitario contra toda una literatura a la que me gustaría que se aplicara el gran principio de política trascendental que me permito formular a continuación:
  Los pueblos fuertes necesitan legislaciones tan fuertes como ellos, misericordiosas e inexorables al mismo tiempo; los pueblos corruptos necesitan legislaciones exterminadoras.

15 de diciembre de 1883.

LA SOLEDAD LE ESCRIBE CARTAS AL OLVIDO, Javier Sanz

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JAVIER SANZ, La soledad le escribe cartas al olvido, Gráficas Mera, A Coruña, 2011, 276 páginas.

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El también fotógrafo Javier Sanz ofrece al lector un compendio de poemas breves, aforismos y greguerías acompañados de poemas visuales.
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Envejecemos ante la indiferencia del espejo.
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Me despertaron de la nada para decirme que soy nada.
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Nunca es más libre la hoja que cuando cae.
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Todas las religiones tienen un denominador común, 
embellecer la muerte.
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La vida es una mariposa en el ojo del huracán.
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Que cerca está para un niño el cielo
hasta que se le escapa un globo.
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Un deseo:

detener el tiempo sin parar el corazón.
  

AFORISMOS CONTANTES Y SONANTES

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MANUEL NEILA (editor), Aforismos contantes y sonantes (Antología consultada), Letras Cascabeleras, Cáceres, 2016, 88 páginas.

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Cincuenta y dos aforistas, tres aforismos por autor: Manuel Neila lleva los principios constructores de  este género breve a la propia edición de Aforismos contantes y sonantes: una antología que, en menos de cien páginas, ofrece una selección tan brillante como representativa de las distintas orientaciones que puede tomar el mejor aforismo actual en español, de forma que permite constatar, como indica Neila en su prólogo, "la buena salud que, al día de hoy, presenta el género entre nosotros".

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Es imposible disgustar a todo el mundo.
Sergio García
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Despertar a la lucidez es una forma de locura.
Gemma Pellicer
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Buscamos consuelo y encontramos abismos.
Fernando Menéndez
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Me dejaste sola, contigo dentro.
Eliana Dukelsky
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La belleza es lo que ves con los ojos limpios.
Elías Moro
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Ir, claro que vamos; lo malo es que vamos yéndonos.
Manuel Neila
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Dios te libre de estar de moda. Mala señal. Peor pronóstico.
Álvaro Valverde
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Yo también hablo de las muelas. ¿Las musas, qué, acaso existen?
Javier Perucho
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Cuando no tienes nada, siempre llega alguien para quitártelo todo.
Andrés Trapiello
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El futuro no es para tanto, y a veces es peor.
Karmelo C. Iribarren
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Antes de cerrar la herida, comprueba que no te has dejado el dolor dentro.
Benjamín Prado
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Cada tiempo concibe sus propios problemas.
Jordi Doce
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Detrás de todo gran hombre hay un gran abismo.
Félix Trull
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La atracción instantánea es un accidente que se ve venir desde lejos.
Carlos Marzal

EL IDIOMA DE LOS GATOS, Spencer Holst

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SPENCER HOLST, El idioma de los gatos y otros cuentos, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1995,  128 páginas.
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MONA LISA ENCUENTRA A BUDA

   Allá arriba, en el cielo, las cortinas ondularon, las cortinas ondularon, las cortinas ondularon y Mona Lisa entró por un extremo de una pequeña sala en la que colgaban muchas cortinas.
   Allá arriba, en el cielo, las cortinas ondularon, ondularon, ondularon, y el Buda entró en la sala por el otro extremo.
   Se sonrieron.

UN PUÑADO DE ARENA, Takuboku

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TAKUBOKU, Un puñado de arena, Hiperión, Madrid, 1976, 168 páginas.

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SAYŌNARA, KOIAKKO

Me despedí de ella
con un largo beso,
de madrugada.
Lejos, no sé dónde,
había un incendio.

CON ABRAZOS, Ana María Monty de Kiorcheff

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ANA MARÍA MOPTY DE KIORCHEFF, Con abrazos (microrrelatos), Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, 2007, 80 páginas.

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DESCUBRIMIENTO

   Cuando a Colón se le ocurrió la demostración a través del huevo, no solo pensó en su tesis. Concluyó también que contenía yema, clara, nubes, alas, sol.

EL LIBRO DE LAS FRASES CÉLEBRES, Arturo Ortega Blake

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ARTURO ORTEGA BLAKE, El libro de las frases célebres, Grijalbo, Barcelona, 2013.

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En el Prólogo (pp. 4-10) a estas «más de 13000 frases organizadas en más de 600 temas» podrá documentarse el lector sobre las diferencias existentes entre adagio, aforismo, apotegma, dicho, frase celebre, frase proverbial, máxima, proverbio, refrán y sentencia.
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Los amigos nos abandonarán con demasiada facilidad, pero nuestros enemigos son implacables.
Voltaire
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Enamorarse no es amar. Puede uno enamorarse y odiar.
Fedor Mijailovich Dostoievski
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No lo que tenemos, sino lo que disfrutamos, constituye nuestra abundancia.
Jean Petit-Senn
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Admiración: forma amable de reconocer que el otro se nos parece.
Ambrose Bierce
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Engullimos de un sorbo la mentira que nos adula, y debemos gota a gota la verdad que nos amaga.
Denis Diderot
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Los golpes de la adversidad son muy amargos, pero nunca estériles.
Joseph-Ernest Renan
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A menudo, la nube que oscurece el presente sirve para iluminar todo nuestro futuro.
Thomas Browne
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Las alegrías de este mundo me recuerdan siempre el estado de esos asmáticos que no pueden reír con fuerza sin toser súbitamente.
Charles Lemesle
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Vivir es sentir todas las edades sin amargura hasta que llega la muerte.
María Casares
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El amor es la pasión por la dicha del otro.
Hector-Savinien Cyrano de Bergerac

DIARIOS DE LA REVOLUCIÓN DE 1917, Marina Tsvietáieva

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MARINA TSVIETÁIEVA, Diarios de la Revolución de 1917, Acantilado, Barcelona, 2015, 222 páginas.

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En cuatro de las nueve secciones que componen el libro, Del amor (Extractos de mi diario), De la gratitud (Extractos de mi diario de 1919), Fragmentos del libro Indicios terrestres y De Alemania (Fragmentos de mi diario de 1919), el lector encontrará una escritura fragmentaria tendente al aforismo o al apunte.
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El corazón: sonda, cordel, dinamómetro, termómetro: todo —menos cronómetro del amor.
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Todo lo no dicho —es infinito. Así, un crimen no confesado, por ejemplo —continúa. Lo mismo ocurre con el amor.
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¡Cuántos besos maternales caen en cabezas no-infantiles —y cuántos no-maternales —en infantiles!
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La traición es indicio de amor. Es imposible traicionar a un conocido.
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Si es ofensivo para mí, es ofensivo para el otro.
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Un pobre, cuando da, dice: «Perdona lo poco». La turbación del pobre es por «no puedo más». El rico, cuando da, no dice nada. La turbación del rico es por «no quiero más».
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Amar—ver a un hombre tal como Dios lo concibió y no lo consumaron sus padres.
No amar—ver en su lugar una mesa, una silla.
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La curva te saca, la recta te hunde.
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Del ser y del no ser en el ser amado:
   Nunca quiero estar sobre su pecho, ¡siempre —en su pecho! Nunca —apoyarme! ¡Siempre abismarme! (¡Al abismo!)

ENANOS ESCONDIDOS, Andrés Navarro

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ANDRÉS NAVARRO, Enanos escondidosPerras Negras, Santiago del Estero, 2011.

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CUATRO MONOS

   El primer mono tomó el objeto con cierto recelo y lo depositó cuidadosamente en una rama de hojas secas. Lo examinó atentamente, de un lado, del otro, llegó a la conclusión de que jamás había visto tal cosa.
   El segundo mono enfatizó nerviosamente en los colores del objeto y propuso los comparasen con los de algún otro objeto conocido por ellos.
   Un tercer mono, ya más intranquilo, intervino y advirtió que ningún objeto conocido tenía tales colores e impeló a sus compañeros a deshacerse inmediatamente de aquello. Decisión aprobada ruidosamente.
   Un cuarto mono, más calmado, trató de serenar los ánimos diciendo –vean compañeros, una vez fuimos aturdidos, ustedes recordaran, por una turba de buitres. En aquella ocasión nos refugiamos en lo alto de la selva y sin embargo estos carroñeros nos increparon con famélicos insultos. Nosotros llegamos a dudar de nuestra condición vital pero cuando uno de esos embusteros animales se acercó demasiado nos abalanzamos sobre él y le dimos muerte. Después de ese acto de extraordinaria camaradería las otras malsanas bestias nos dejaron en paz ¿lo recuerdan ahora?
   En tanto, el objeto había descubierto un sendero entre las hojas secas y ya se encontraba, sin temor alguno, donde los suyos.

HAIKU DE LAS ESTACIONES

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ALBERTO MANZANO (editor), Haiku de las estaciones, Hiperión, Madrid, 2016, 120 páginas.

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yo ni furu mo 
sara ni shigure no 
yadori kana





 Llueve en toda la tierra
Pero más
En mi morada.



Sōgi

VOSOTROS, LOS MUERTOS, Ginés S. Cutillas

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GINÉS S. CUTILLAS, Vosotros, los muertos, Cuadernos del Vigía, Granada, 2016, 104 páginas.

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RECUERDOS
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto
sin que nadie lo sepa

Ángel González

   En el subsuelo de la catedral de México existe una biblioteca infinita en la que cada libro refleja la vida de uno de sus ciudadanos. Se encuentran ordenados por fecha de nacimiento y cuentan la vida minuto a minuto, con todo lujo de detalle, de la persona cuyo nombre consta en el lomo. Las últimas estanterías, las más recientes, no dejan de crecer al ritmo que lo hacen los libros que albergan, pues están tan vivos como la gente que representan. 
   Cuando alguien muere y el punto final cierra su historia, Jorge, el viejo bibliotecario, se encarga de arrancar algunas de las páginas —normalmente aquellas que atesoran las anécdotas más divertidas— y las reparte entre los volúmenes de las personas que lo conocieron. Más tarde, cuando estas también mueren, procede a recuperarlas y a quemarlas. asegurándose así de eliminar cualquier vestigio de su existencia.

VOCES PARA UN TÍMPANO MUERTO, Miguel Á. Zapata

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MIGUEL ÁNGEL ZAPATA, Voces para un tímpano muerto, Talentura, Madrid, 2016, 148 páginas.

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TIEMPO DE AGUA

   Tumbado sobre el colchón, oigo el primer borboteo del agua brotando desde puntos imprecisos en la unión de ciertas baldosas del suelo. Al inicial respingo (quién puede negar que los sonidos acuáticos generan siempre un movimiento de nuestras orejas, un átomo de memoria reptiliana) sucede siempre, al momento, un acomodo inmediato de mis músculos a la certeza de que nada se puede hacer ya.
   El nivel del agua sube, veloz en su bisbiseo. Hace flotar mis zapatillas como dos barquitos de tela, llega hasta el límite del colchón y anega pronto la mesita de noche. Deja naufragando un libro, mi reloj de cuarzo y la lamparita que se ahoga con una breve fiebre eléctrica. Asciende el agua con su urgencia incolora hasta mojar mi pijama, acariciar mi cuello y hacer flotar mis manos y mis pies. Yo no me resisto, entiendo que no se debe forzar lo que es inevitable, los bailes del azar.
   Mientras floto a ritmo pausado por la habitación inundada ya en una marea que se amista con el techo, siento la relajación propia del que no tiene responsabilidad alguna ante la fuerza irresistible de los fenómenos naturales. Nada puedo hacer, no, nada se me permite, anulado por este océano. Me dejo llevar por el tibio oleaje que desplaza como a medusas las sillas, una alfombra o las prendas de ropa que antes atestaban el perchero.
   Sólo cuando noto el límite de mis pulmones clamando oxígeno, advierto que no debo, no quiero morir: ahora tengo que preocuparme por algo más trascendente que cualquier problema cotidiano. Doy para ello un leve giro de pez (desganado casi, apenas una señal ligeramente convenida) y el paisaje marítimo de mi dormitorio comienza su rápida retirada hacia el suelo, recomponiéndose en un caos húmedo lo que antes flotaba amniótico, sonámbulo, hasta perderse nuevamente los últimos hilos de agua en su correspondiente resquicio de las baldosas.
   De nuevo sobre la cama, empapado y a merced de mi voluntad, siento otra vez el peso de las responsabilidades, esos deberes cotidianos que le hacen a uno temer tanto como desear un naufragio pequeño, una inundación de juguete.
   Algo irreversible, a fin de cuentas.

FRASES ENVENENADAS DE LA HISTORIA, Gregorio Doval

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GREGORIO DOVAL, Frases envenenadas de la historia, Albor, Madrid, 2013, 364 páginas.

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En el Prólogo (pp. 7-13) Doval reconoce que el ingenio, el resentimiento y la envidia activan «el resorte de la maledicencia y la injuria».
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Beethoven siempre suena como un trasiego de maletas llenas de clavos, con un martillo golpeando acá y allá.
John Ruskin
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Mi cara parece una tarta nupcial abandonada bajo la lluvia.
W.H. Auden
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Soy una mentira que dice la verdad.
Jean Cocteau
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Cuando era joven decía: «Ya verás cuando tenga cincuenta años». Tengo cincuenta años y no he visto nada.
Erik Satie
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Hay quienes no saben cuando hablo en broma y cuando hablo en serio. Yo tampoco.
Oscar Wilde
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El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres.
Karl Kraus
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Tres condiciones se requieren para llegar a ser feliz: ser imbécil, ser egoísta y gozar de buena salud. Pero bien entendido, si os falta la primera condición todo está perdido.
Gustave Flaubert
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Se puede confiar en las malas personas; no cambian jamás.
William Faulkner

PLACERES COTIDIANOS, Ildiko Nassr

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ILDIKO NASSR, Placeres cotidianos, Editorial Perro Pila, San Salvador de Jujuy, 2007.

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EL LLANTO

   Mi mamá lloraba a la orilla de la cama mientras yo tenía que conjurar el sueño y dormir. No sabía, entonces, las palabras de consuelo y ella dejaba que las lágrimas le cayeran por la cara y le mojaran las piernas.
   Ella permanecía mansa ante lo salvaje del llanto. Y yo oscilaba entre la vigilia y la pena.
   Así crecimos.

ANATOMÍA DE UNA ILUSIÓN, Javier Perucho

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JAVIER PERUCHO, Anatomía de una ilusión, UNAM, México D.F., 2016, 136 páginas.

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Ana María Shua en Sobre anatomía de una ilusión  (pp. 9-11) señala la capacidad de Perucho para alternar realismo y fantasía, la feliz osadía de transitar exitosamente entre la caricatura y el absurdo. Encontará el lector en Anatomía de una ilusión bastante más que una colección de microrrelatos: un crisol de historias que transitan por caminos paralelos hasta confluir en un escenario común en el que la ternura y la violencia entrechocan sus espaldas para sorpresa del conmovido lector.
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ARQUEOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA

   Con Abuela me sentaba en un madero rústico durante las vacaciones escolares. Todas las mañanas, hasta que terminaba el programa matutino de la radio, ahí permanecía con ella para escucharlo. Apenas si nos movíamos mientras duraba la transmisión, que hablaba de un héroe, su compinche y muchas hazañas que debían transitar durante media hora para conquistar a una dama, resolver un dilema o vencer a unos villanos con sus poderes mágicos, fuerza o astucia. Al final de sus conquistas, venía una musiquilla que anunciaba el final del programa, entonces Abuela me ordenaba que la ayudara a levantarse, esforzadamente la apoyaba, mis piernas abiertas en tijera para poder soportar su cuerpo que se erguía lentamente desde la madera. Ya en pie me pedía que la acompañara a la cocina, donde preparaba café para ella, té de canela para mí, mientras en el comal recalentaba tortillas, a las que espolvoreaba con azúcar por la mañana, o pizcas de sal si ya era hora de la comida. Luego me ordenaba que barriera el patio o recogiera los trastos sucios. Más tarde me decía que le acercara unos leños para encender el fogón y preparar la comida, así lo hacía cada día, después de su programa matutino, para luego comer tortillas duras con té de naranja o café.
   Abuela murió el día del temblor. El hospital donde convalecía cayó como un acordeón sobre su cuerpo, ahí se recuperaba de una operación en la cadera. Días después la encontraron entre los despojos de paredes, camillas, tanques de oxígeno y otros cuerpos en descomposición. Ahora des- cansa en su tumba, pero a veces se aparece en mis sueños para aconsejarme que no deje de correr, que si me canso, siga adelante. El sueño no es ninguna realidad pero hay que alcanzarlo, así me habla. Allá me espera para que siga acercándole los maderos y nunca se apague el fogón.

LA ESTUPIDEZ, Lucien Jerphagnon

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LUCIEN JERPHAGNON, La estupidez, Paidós, Barcelona, 2011, 136 páginas.


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En el Prólogo (pp. 13-17) el autor explica el origen de este proyecto: llegar a una «fenomenología de la estupidez» tras haber pasado Veinticinco siglos hablando de ella.
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Voltaire: «Todos los siglos se parecen en la maldad de los hombre». (Yo añado: y en la estupidez).
Schopenhauer
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Nada me parece más servil, más despreciable, más ruin, más necio que un terrorista.
Chateaubriand
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Cuántas veces lo he señalado: que Dios prefiere a los imbéciles, es un rumor que desde hace diecinueve siglos propagan los imbéciles.
François Mauriac
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Un imbécil siempre encuentra a otro más imbécil que le admira.
Boileau
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Pues hay algo terrible en la imbecilidad, y es que puede parecerse a la más profunda sabiduría.
Valery Larbaud
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Admiro mucho a los imbéciles que no dudan de ellos mismos, que avanzan en líena recta sin mirar a la derecha ni a la izquierda, perfectamente parapetados en sus certezas.
Jean d'Ormesson

CUENTOS TAOÍSTAS, Solala Towler

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SOLALA TOWLER, Cuentos taoístas, Blume, Barcelona, 2009, 192 páginas.


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Son autores de la mayoría de estos treinta y un cuentos Chuang Tse y Lieh Tse. Acompaña a La sabiduría de los maestros taoístas las fotografías de John Clare.
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EL VALOR DE LO INÚTIL

   Un carpintero viajaba con su ayudante. Un día llegaron a una ciudad cuya plaza estaba ocupada por un roble inmenso. Era enorme, con tantas ramas que podría dar sombra a cien bueyes y a toda la plaza. El ayudante se quedó maravillado pensando en toda la madera que contenía aquel árbol, pero el carpintero pasó junto a él sin apenas prestarle atención. Cuando el ayudante le preguntó por qué había pasado por alto un ejemplar tan magnífico, el carpintero le respondió que le había resultado obvio que las ramas del gran roble no podían servirle para nada.
   —Son tan duras -explicó-, que si intentase talarlas con mi hacha, se partiría. La madera es tan pesada que una barca construida con ella se hundiría. Las propias ramas están tan retorcidas que resulta imposible transformarlas en tablones. Si intentase construir vigas con su madera, se vendrían abajo. Si tallase un ataúd con ella, resultaría inservible. En resumen, es un árbol inútil. Y ése es precisamente el secreto de su larga vida.

CHUANG TSE

BESTIARIO DEL NÓMADA, Jordi Doce

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JORDI DOCE, Bestiario del nómada, Eneida, Madrid, 2001, 96 páginas.

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En la Nota previa (pp. 9-10) se felicita el autor por haber heredado este manuscrito que da cuenta de los viajes de su abuelo a la remota región de Anad. Ilustra Rafael Gómez.
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HORMIGA ALFABÉTICA

   Siente este diminuto insecto una predilección casi obsesiva por las letras del alfabeto, que han acabado por constituir la base de su dieta. Tiene por costumbre infiltrarse en las palabras de los hombres con la consiguiente aparición de huecos y agujeros, que a la larga dificultan enormemente la comprensión. Aunque son perseguidas con saña, se multiplican con inusitada facilidad y rapidez. Algunas han logrado incluso metabolizar el veneno con que algunos hombres, a modo de trampa, rociaban muchas de sus palabras, veneno que por cierto tiene efectos perniciosos para el ser humano. Están obsesionadas por el orden: de modo aparentemente casual,  dedican la mayor parte del tiempo a ordenar alfabéticamente las letras que componen el habla de los hombres, disposición que según parece les resulta muy grata, pues la celebran acelerando progresivamente su tarea. De este modo, se crea la paradoja de que cuando más ordenado se halla el discurso mayor desorden se introduce en los diálogos con que los hombres se engañan mutuamente, desmintiéndose la muy extendida y desde luego injustificada idea de que el ser humano es el único que sabe comunicarse con propiedad.

PUNTO VACÍO, Gonzalo R. Roncedo

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GONZALO R. RONCEDO, Punto vacío, La aguja de Buffon, San Miguel de Tucumán, 2012, 96 páginas.

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DE UN SÓLO TIRÓN 

   En algún esbozo te encontraré, en el medio de nada. En el medio de todo. Sabrás mecerme entre los laterales de la mirada. Como a todo, y pese a todo, sabré correrme a la deriva. De un sólo tirón. Pareciera que decidimos hacer espontáneo el momento curvo de la escisión entre la percepción y las palabras (o los gestos, o las manos entre cepas y llamaradas). He aquí la anodina pared de las curtiembres, de las ríspidas miradas, esqueléticas de alma, insufribles de desenlace. Queísmos componen mi alma. Queísmos y fallas gramaticales. En algún esbozo te encontraré, en el medio de nada. 

TRAGARSE LA LENGUA Y OTROS ARTÍCULOS DE OCASIÓN, David Trueba

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DAVID TRUEBA, Tragarse la lengua y otros artículos de ocasión, Ediciones B, Barcelona, 2003, 338 páginas.

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Juan Ramón Iborra en Penitencia a modo de prólogo (pp. 7-14), confiesa que sobre estas píldoras semanales del cineasta madrileño, publicadas por El Periódico de Catalunya, gravita «un Juan de Mairena adaptado a nuestro tiempo».
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LA MÁQUINA DE ODIAR


GENTE QUE ODIA: Hay gente que no da un paso sin su máquina de odiar. Es una especie de barbacoa rodante anexa a ellos donde las brasas al rojo vivo alimentan su rencor, su bilis, sus complejos, su falta de iniciativa, su miseria. La gente que odia preserva su posible energía de  diversión, de generosidad, de humildad, para fortalecer con con lo no gastado su ingenio para el mal. Los que odian consideran que quien ocupa un lugar lo hace a costa del sitio que le corresponde a ellos, que el que sobresale lo logra porque ellos no asoman, que el éxito del otro es la razón de su fracaso. Conciben el mundo como un sistema de cupos, ignorantes de que la vida ofrece infinitas oportunidades y que la satisfacción es un estado personal e intransferible. Los que odian se desesperan sintiéndose los desafortunados en un fantasmal sistema de vasos comunicantes. Y cuando alguna tarde se miran al espejo y comprueban que el lugar que ocupan es tal vez el que merecen, entonces ponen a funcionar la máquina de odiar.

PUESTA EN MARCHA: Todos poseemos una máquina de odiar, la diferencia es que sólo algunos la han escogido como aliada para recorrer la vida. Se suben a ella, se guarecen tras ella, porque saben que la lava que escupe a diestro y siniestro les protegerá. Que el humo de su crematorio les impide verse a sí mismos. Su salpicadura, aunque hiere, se cura con el tiempo. El odio, no. El odio permanece, crece, se gangrena. La máquina del odio es una trituradora de sentimientos, todo le vale para extraer la esencia paranoica, esa que le permitirá ejercer el daño creyéndose en posesión de alguna verdad. Esa que les lleva a confundir infantilmente justicia con egolatría. En un mundo que crece desmesuradamente, que propone modelos a veces inalcanzables, que fomenta las sensaciones de fracaso y soledad, algunos optan por lo más fácil: poner a funcionar la máquina de odiar como remedio de todos sus males, como corrección de los desperfectos comprensibles de un sistema imperfecto.

AUTODEFENSA: Si alguna vez les asalta alguno de esos individuos que accionan su máquina de odiar como si fuera un organillo, si les increpa ya sea desde el anonimato o amparado en su cobardía, si aprovecha un descuido en la defensa para clavarles el estoque, si consigue incluso formar un coro con quienes no le quieren bien o armar un batallón de odiantes profesionales, paciencia. El odio es una energía retroalimentaria, que acaba devorando a su propio dueño, que no tiene recursos frente al desprecio, que carece de futuro pues se nutre de pasado. Y sepan que aunque algunas veces, en el curso de la vida, vence el odio, el que odia siempre acaba por perder. 

REY SECRETO, Pablo de Santis

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PABLO DE SANTIS, Rey secreto, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2005, 128 páginas.
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EL VIEJO ACTOR

   Tuve que interpretar grandes  personajes. 
   Y arrastrar la capa, la corona, la espada de utilería.
   Dicen que grito demasiado y sobreactúo.
   No comprenden: tengo que hacerme oír, tengo que simular que hay alguien ahí arriba, bajo el telón, la capa y la corona,
   Además, vivir es sobreactuar.

TRES RELATOS BÍBLICOS Y OTROS CUENTOS, David Slodky

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DAVID SLODKY, Tres relatos bíblicos y otros cuentos, El Mono Armado, Buenos Aires, 2011, 116 páginas.

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SUYA

   Cuando la vio, supo que era ella. Sigilosamente, amorosamente, día tras día, fue creando la trama. Una a una esquivó sus descortesías, venció sus resistencias. Cuando ya se hizo imprescindible, cuando por fin le dijo que sí, que ella también lo amaba, nunca más volvió a verla. La guardaría suya, pura, perfecta, para siempre en su memoria, inmune al deterioro del tiempo y a la banalidad de lo cotidiano.

EL OCASO DEL PENSAMIENTO, E. M. Cioran

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E. M. CIORAN, El ocaso del pensamiento, Tusquets, Barcelona, 2006, 352 páginas.

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Un hombre que practica toda su vida la lucidez, se convierte en un clásico de la desesperanza.
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Cuando durante la noche se abre la mente a alguna que otra verdad, la oscuridad se vuelve tenue como el diáfano espacio de una evidencia.
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 Una cascada en sordina conforma la imagen de lo que generalmente llamamos alma...
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Todas las lágrimas no derramadas se han vertido en mi sangre. Y yo no he nacido para tantos mares ni para tanta amargura.
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 «El corazón» se convierte en símbolo para el universo en la mística y en la infelicidad. La frecuencia con que aparece en el vocabulario de cualquier persona indica hasta dónde puede esta persona eximirse del mundo. Cuando todo te hiere, las heridas sustituyen a ese todo. Y así las heridas del corazón reemplazan al cielo y a la tierra.
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La vida del hombre se reduce a los ojos. No podemos esperar nada de él sin modificar la mirada.
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 ¿Qué amaneceres despertarán a mi razón, ebria de lo irreparable?
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 El único sentido de la tierra es absorber las lágrimas de los muertos.
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 El papel del corazón es convertirse en himno.
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 Si no hubiésemos tenido alma, nos la habría creado la música.

ALGUNAS PROSAS, Max Aub

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MAX AUB, Algunas prosas, Los Presentes, México D.F., 1954, 54 páginas.

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LA GRAN SERPIENTE

   Voló la torcaz, disparé. Cayó como una piedra negra, mi perro fue a recogerla, entre breñales. Reapareció cuando, arrastrándose, gruñendo; tiraba de algo largo, oscuro, que principiaba. El animal retrocedía con esfuerzo, ganado poco terreno. Fui hacia él.
   La tarde era hermosa y se estaba cayendo. Los verdes y los amarillos formaban todas las combinaciones del otoño; la tierra, friable y barrosa, con reflejos bermejones, se abría en surcos, rodeada de boscajes. Suaves colinas, alguna nube en lontananza.
   El perro se cansaba. De pronto, le relevaron grandes cilindros, enormes tornos de madera alquitranada que giraban lentamente enroscando la serpiente alrededor de su ancho centro. Era la gran serpiente del mundo; la gran solitaria. La iban sacando poco a poco, ya no ofrecía resistencia, se dejaba enrollar alrededor de aquel cabestrante de madera que giraba a una velocidad idéntica y suave.
   Cuando el enorme carrete negro no pudo admitir más serpiente, pusieron otro y continuaron. Se bastaban dos obreros, con las manos negras.
   El perro, tumbado a mis pies, miraba con asombro, las orejas levantadas, la mirada fija: Era la gran anguila de la tierra, le había cogido la cola por casualidad.
   Me senté a mirar cómo caía infinitamente la tarde, morados los lejanos encinares, oscura la tierra, siempre crepúsculo. Seguía sosteniendo la escopeta con una mano, descansando la culata en la muelle tierra.
   Cuando se llenaron muchos carretes, la tierra empezó a hundirse por partes, se sumía lentamente, resquebrajándose sin estrépito; combas suaves, concavidades que, de pronto, se hacían aparentes; se metía a lo hondo donde antes aparecía llana, nuevos valles. La edad —pensé—, los amigos. Pero no cabía duda de que, si seguían extrayendo la gran serpiente, la tierra se quedaría vacía, cáscara arrugada.
   Apunté con cuidado a los dos obreros, disparé. El último torno empezó a desovillarse con gran lentitud, cayó la noche. La tierra empezó de nuevo a respirar.

TODO ES VIDA, Salomón Touson

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SALOMÓN TOUSON, Todo es vida, Ventana Editorial, Buenos Aires, 2012, 200 páginas.

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UN SILLÓN

   Hace tiempo que no pinta. Las vueltas de la vida lo fueron empujando hacia las necesidades más urgentes, su atención estaba acaparada por lo cotidiano, por aquellas pequeñas cosas que sumadas pueden llenar las horas, los días, la vida. Muchas veces se preguntó si no debería desentenderse de lo cotidiano, o por el contrario, si no debía olvidar la pintura. Pero hasta esa respuesta quedaba postergada.
   Pasó mucho tiempo sin que el olor de los lápices perfumara su vida. Quizá un año o más. Pero era el tiempo suficiente para que aquella necesidad de dibujar, de pintar, se fuera haciendo cada vez más acuciante. Como si las energías se fueran transvasando, ahora era el deseo de pintar lo que no le dejaba dedicar su fuerza a lo cotidiano. Llegó el momento en que la nostalgia de los colores no le permitía ocuparse con entera disposición a ninguna de las contingencias que antes consideraba prioritarias.
   Sin embargo, la distancia, medida en tiempo, parecía haber hecho estragos en su capacidad para pintar; como cuando se alejan los objetos, se achican y se achican a medida que se separan de nosotros; hasta que son un mero punto; y luego nos parece que ya no existen, que han dejado de existir.
   Volver se le hace difícil. Imagina mil y un tropiezos. Adivina que sus manos ya no querrán responder con aquella solicitud para empuñar el lápiz, para guiar un pincel.
   Más teme a sus ojos y a su corazón, tan alejados ahora de todo lo que significa el color, la línea. Tan tórpidos para distinguir o imaginar un matiz. El alma también parece seca. Seca como una tabla abandonada. Como una tabla que espera. Como una tabla a la que el tiempo, paradójicamente, también hace más noble y más dócil.
   La madera, sí, la madera será más tolerante con su torpeza. Tiempo atrás había hecho un sillón con las tablas que rescató de la demolición de la casa paterna. Decide entonces hacer lo que puede hacer: recupera los planos que había dibujado en aquella oportunidad y se sumerge en un mundo que se va creando entre sus manos.
   El placer fue otro; pero igual colmó su alma.

MORERÍAS, Elías Moro

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ELÍAS MORO, Morerías, Ediciones Liliputienses, Cáceres, 2016, 56 páginas.

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La lluvia escribe sus versos en el tambor de barro del tejado.
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Todas las noches enviudamos de nuestra sombra.
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Algunas nubes parecen las almohadas del cielo.
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A las gotas de sudor les gusta suicidarse desde la punta de la nariz.
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Una caricia imprevista es como música en al piel.
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El abrazo es un afecto con paréntesis.
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Las maletas sueñan con viajes.
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 El tentetieso es el tipo más terco de las caja de los juguetes.