CRÍMENES EJEMPLARES, Max Aub

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MAX AUB, Crímenes ejemplares, Lumen, Barcelona, 1972, 77 páginas.

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La edición de Lumen cuenta con las ilustraciones de Ángel Jove.
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Íbamos como sardinas y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empujé demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima.

MI CORAZÓN ES UNA CASA HELADA EN EL FONDO DEL INFIERNO, Roger Wolfe

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ROGER WOLFE, Mi corazón es una casa helada en el fondo del infierno, Aguaclara, Alicante, 1996, 160 páginas.
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GODOT ES DIOS

   Hoy he comido en casa de Benito, que además de ser una excelente persona es un escritor con muy buenas ideas y un gran amigo mío.
   Que es lo que importa.
   Lubina, creo que al vapor o algo por el estilo, y papas cocidas que luego se supone que había que machacar en el plato, mezcladas con aceite.
   Apareció también un actor de teatro, y en la sobremesa acabamos bebiéndonos botella y media de litro de ron venezolano entre mi amigo Benito, el histrión y yo.
   Eso, sin contar las cervezas que me había bebido antes de llegar a su casa, los dos litros de vino que nos bajamos comiendo y las dos resacas consecutivas que llevaba ya encima.
   Pero creo que la culpa la tuvo el actor.
   Se pasó dos horas y media largando anécdotas equinocciales con un acento canario forzado que al principio hacía bastante gracia, pero que como los chistes, cuando alguien se empeña en soltar dos docenas seguidos, acabó produciéndome la incómoda sensación de estar sepultado bajo tierra.
   Os juro que me faltaba hasta el aliento. Así que recurrí a mi sistema habitual en estos casos.
   Me emborraché como un cerdo y acabé faltando al respeto a mi propia sombra.
   Los jodí con la única arma que se me ocurrió, teniendo en cuenta que había gente menuda flotando por ahí: la obscenidad.
   Y acabé contando chistes yo también.
   De mi propia cosecha, eso sí. Como aquel que dice:
   ¿Sabéis cuál es la diferencia entre dar po'l culo a un tío y dar po'l culo a una tía?
   No.
   Pues que un tío te da las gracias y una tía te dice que te has equivocado de agujero.
   Ja.
   Que se jodan. No soporto la estupidez.
   Contra la estupidez, la obscenidad. Por ejemplo.
   En fin. Se había hecho de noche, y no habíamos querido encender la luz de la cocina, y el tipo seguía largando entre las sombras.
   De modo que cuando alguien sugirió salir a tomar unas cervezas, no me lo pensé dos veces. Creo que hasta él lo agradeció.
   Y además: una vez borracho, qué cojones más te da.
   Sin embargo, la cosa se disparató más de la cuenta. Acabamos en un bar hablando inglés con dos finlandeses con cara de entrenadores de rugby, y casi nos echan. Del bar. Yo llevaba tres novelas de Juan Madrid debajo del brazo y quise regalárselas al camarero.
   Quizá por eso se puso chungo.
   No se lo puedo reprochar.
   El otro siguió poniéndose cada vez peor, y se cayó al suelo en cuanto salimos a la calle y no quería o no podía levantarse. Luego nos metimos en un taxi y cuando llegamos a donde íbamos, sabe Dios dónde, no quería salir del taxi, y luego salió y nos faltaban cuarenta duros para pagar, y el taxista nos dijo que total no pasaba nada y se largó, aunque yo creo que lo que tenía era miedo. (¿Miedo?)
   Y bueno. Yo acabé en otro bar a las tres de la mañana hablando con un chaval de veinte años que dice que es pintor que me contó que estaba enamorado de una tía pero que no conseguía ligársela porque cada vez que la veía estaba borracho y lo que acababa era haciendo el ridículo.
   Yo asentía con la cabeza y abría de vez en cuando la boca, pero en vez de voz me salía un pedazo de trapo sucio y lleno de saliva rancia.
   No pagamos las últimas cervezas, y cuando llegué a casa me eché en la cama y todo daba vueltas, cosa que nunca me ocurre, y oía risas en la habitación a pesar de estar solo. Eso tampoco me ocurre nunca. Pero supongo que para el delirium tremens, como para cualquier otra cosa, también tiene que haber una primera vez.
   Como para asustarse. ¿O no?
   Por cierto, al actor no sé ni dónde lo perdí. Lo que sí recuerdo es que Benito le había regalado un libro mío y que se lo metí por el cuello de la camisa en un bar llamado Montana para evitar que lo perdiera.
   Que perdiera la cabeza, vale; pero si quería andar perdiendo libros míos que los comprara en la jodida librería.
   No lo he vuelto a ver desde ese día.
   Pero, por si os interesa, os puedo decir que estaban representando Esperando a Godot en un teatro de Avilés.
   Me dijo que Godot era Dios.
   Y debe de seguir esperándole.

HAIKUS CLÁSICOS, Tom Lowenstein

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TOM LOWENSTEIN, Haikus clasicos (La mejor poesía japonesa), Blume, Barcelona, 2009, 176 páginas. Fotografías de John Cleare.

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En una erudita Introducción (pp. 6-49) Tom Lowenstein traza la historia de este subgénero poético, detalla sus características e incluye pequeños estudios sobre vida y obra de Matsuo Basho, Yosa Buson, Kobayashi Issa y Masaoka Shiki. 
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Primera nevada, tenue.
Suficiente para doblegar
las hojas del narciso.
 Basho

EL LIBRO DE LA ALMOHADA, Sei Shônagon

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SEI SHÔNAGON, El libro de la almohada, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2002 (2001), 322 páginas.

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De Sei Shônagon, una de las plumas más destacables del periodo Heian (794-1185), Amalia Sato, responsable de la traducción, prólogo y notas de este volumen, pone en relieve el hecho de que esta escritora "fue la primera de un género propio de la literatura japonesa, que aún está vigente en la actualidad: zuihitsu, el ensayo fugaz y digresivo, literalmente «al correr del pincel»". Se trata, en definitiva, de "una dispersión del sujeto en fragmentos" que oscila de modo armónico entre un lirismo autobiográfico y la reflexión filosófica con andamiajes narrativos.

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Al cruzar el río con luz de luna, me gusta ver cómo el agua salpica en chorros de cristal bajo las patas de los bueyes.
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Las cartas son algo común, y sin embargo ¡qué cosa tan espléndida! Cuando alguien se encuentra en una provincia lejana y estoy preocupada, entonces llega una carta inesperada y me parece estar cara a cara con el otro. Además, es un gran alivio haber expresado los sentimientos en una carta, aunque una sepa que aún ésta no ha llegado. Si las cartas no existieran, qué negra tristeza nos atenazaría.Si algo nos inquieta y queremos compartirlo con alguien, qué desahogo volcar todo en una carta. Todavía mayor es la alegría cuando la respuesta llega. En ese momento una carta parece el elixir de la vida.
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   Recuerdo una mañana clara del Noveno Mes. Había llovido durante toda la noche. A pesar del sol, las gotas de rocío aún cubrían los crisantemos del jardín. En los cercos de bambú y las varas de los setos veía telarañas. A medida que sus hilos se quebraban, las gotas de lluvia quedaban colgando de ellos como perlas de un collar. Estaba conmovida y encantada.
   Poco a poco, el rocío fue desapareciendo del trébol y de las otras plantas en las que tan pesadamente se había posado. Las ramas, más livianas, se agitaron casi imperceptiblemente y luego, de repente y con toda armonía, se alzaron.
   Más tarde describí a los demás toda la belleza que había visto. Pero mi relato no causó ninguna impresión, y quedé desasosegada.

UN MUNDO EN MINIATURA, Ángel Guache

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ÁNGEL GUACHE, Un mundo en miniatura, Huerga & Fierro, Madrid, 2003, 91 páginas.

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En Ángel Guache vestido de hombre rana (pp. 7-8) Javier Rodríguez Marcos glosa esta obra: poemas que esconden greguerías, aforismos, humoradas...
  
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El constructor
de miniaturas
ama la exactitud
de los seres
microscópicos.
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Miro tus ojos
y veo dentro
a nadie.
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El silencio
nos recuerda
de dónde venimos
y a dónde vamos.
Por eso hay tantos
que no lo soportan.
***
Anacoluto
no es que Ana
tenga el culo
con luto.
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A partir 
de cierta edad
contemplar
la belleza
produce
melancolía.
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La horizontal
es una vertical
que descansa.

DIS-CONTINUO

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Dis-continuo. Poemas y relatos, Grafiber, La Coruña, 2011, 168 páginas.

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Abel García ("Saul Plieskiin"), Carlota Cantó Cobo, Clara López Pérez, Jesús Yáñez Moratiel, Ramón Bello Pombo, Roi Malabares y Yaiza Queiruga son los "siete rostros desconocidos alrededor de una mesa, café y cigarrillos" que una tarde acordaron reunirse en una cafetería, primer capítulo de un proyecto artístico erigido en común. Esta colección de poemas, relatos, pinturas y fotografías se afana en reflejar, indica el Prólogo, emociones "limpias, sinceras, sacando de dentro todo lo que tenemos para lanzarlo fuera con fiereza, y pintar así de vivos colores esta infinita gama de grises que es hoy la realidad".

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PARAÍSO
Nuestra salvación es la muerte, pero no esta.
Franz Kafka

   Miraba, perezosamente, entre nube y nube, el tráfico propio de un lunes por la mañana. Las calles, abarrotadas, semejaban ser las venas de la ciudad, y los transeúntes su sangre desde aquella altura. Las miles de fugaces vidas de la urbe se trasladaban de la casa al trabajo y viceversa, mientras que sus caras hacían apología de la rutina y del estrés. Cinco, quince, cincuenta años... y casi todos igual de irrepetibles. La vertiginosa velocidad de la vida era lo único que podía dar una insignificante pincelada a esas patéticas vidas que tan importantes se creían y que con tan poco se conformaban. El ángel observó cómo un hombre miraba desde la ventana de una oficina con una mezcla de distracción y de envidia hacia el cielo, el paraíso. «No es lo que esperas, créeme, mataría para que la vida eterna no lo fuese tanto», susurró para sí mismo, pero sabiendo que aquel don nadie había escuchado su voz dentro, muy dentro de su cabeza. Al sonar el pitido agudo de la sirena, se puso en pie y se frotó el pecho sacudiéndose el polvo de la nube en la que había estado tumbado para ver la Tierra, y voló en dirección a la fábrica.

R. B. Pombo

Ilustración: J. Yáñez Moratiel

MITOS DE INSOMNIA, Ramón Aguirre

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RAMÓN AGUIRRE, Mitos de insomnia, Sueños de Papel, Málaga, 2011, 82 páginas.

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FALSO CUERPO

   Eran las doce de la noche, aunque las agujas del reloj de la catedral señalaban las doce menos cinco. Iba retrasado unos minutos, los suficientes para que alguien muriese hoy y no mañana.
   Aunque era verano, sentía frío y aquella fogata en la playa, que parecía inmensa vista desde el cielo, calentaba más bien poco. Todos se habían ido y olvidaron apagarla.
   El telón del nuevo día aún no se había alzado, pero el espectáculo continuaba y debía proseguir. Así lo queríamos todos.
   Tarde o temprano la muerte llega y a Jacq’s lo andaba buscando: en moto, de negro, rubia de bote y con pechos de silicona.
   Torció una esquina y en un callejón ella lo esperaba; le ofreció su cuerpo y éste lo encontró, muriendo en el acto. Quedó claro una vez más, que cuando la muerte lucha y está escrito que debe vencer, no hay quien la detenga.
   Después de que fueran las doce o unos segundos antes según el reloj de la catedral, murió Jacq’s, en los brazos de un falso cuerpo de mujer, que lo buscaba y lo encontró.

TIRAR DE LA CUERDA, Fernando Savater

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FERNANDO SAVATER, Tirar de la cuerda, Cuadernos del Vigía, Granada, 2012, 104 páginas.
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En el Posfacio (pp. 99-100), Andrés Neuman, responsable de la edición, apunta: "Le gusta discrepar a Savater. Y le gusta, casi nos invita a que discrepemos de él. Dudo que la inteligencia ajena pueda proponernos tarea más fértil". 
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La vida me cogió de improviso.
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¿Por qué intentar tender puentes cuando uno es todavía lo suficientemente ágil para saltar?
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Lo que quiero es llegar a ser yo; pero yo no soy más que ese inagotable querer.
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Quizá no mejoramos el mundo, pero sin duda nos mejoramos a nosotros mismos, la parte del mundo que está más a nuestro alcance.
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Sólo quien nada vale por sí mismo puede creer que hay mérito en haber nacido en determinado lugar o bajo determinada bandera.
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A veces se confunde lo profundo con lo que se ha hundido.
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La existencia humana misma con parámetros de drama: salimos al escenario donde ya está mediada una pieza cuyo argumento nadie logra explicarnos, entre tropiezos y malentendidos intentamos enterarnos de qué papel se espera que representemos, atropelladamente intervenimos en unos cuantos diálogos o recitamos algún monólogo, para después ser empujados hacia bambalinas y desaparecer.

HISTORIAS, Robert Walser

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ROBERT WALSER, Historias, Siruela, Madrid, 2010, 132 páginas.

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Juan José del Solar vierte del alemán unas Historias publicadas originalmente en 1914.

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PIANO

   No sé cómo se llama el muchacho que tiene la suerte de tomar clases de piano con una maestra tan bella y majestuosa. En este momento está estudiando ejercicios de velocidad en las teclas, guiado por las manos más bellas del mundo. Las manos de la dama se deslizan sobre el teclado como cisnes blancos por el agua oscura. Expresan ya con suma gracia algo que los labios dirán luego. El muchacho está envuelto en una distraída vagarosidad que la maestra parece no querer advertir. «Toque esto»; pero él lo toca indescriptiblemente mal. «Vuelva a tocarlo»; pero él lo toca incluso peor que antes. Pues nada, debe volver a tocarlo; pero lo toca mal. «Es usted un perezoso.» Aquel a quien dicen esto rompe a llorar. Y la que se lo dice sonríe. Tiene la cabeza apoyada en el piano el que debe oír estas palabras. Y ella le acaricia los suaves cabellos castaños, la que ha debido decírselas. Y el muchacho, que bajo las caricias despierta de su vergüenza, besa entonces la tierna mano, blanca y muy distinguida. Y la dama le rodea el cuello con sus espléndidos brazos que, suavísimos, son las tenazas adecuadas para un abrazo. Y ella se deja besar y los labios del querido muchacho sucumben a un beso de la amable dama. Y las rodillas del besado no encuentran nada más urgente que hacer que derrumbarse como briznas de hierba rendidas, y los brazos del arrodillado nada más sencillo que abrazar, a su vez, las rodillas de la dama. También éstas tambaléanse y los dos, la bondadosa y bella señora y el jovenzuelo pobre y sencillo, son ahora un solo abrazo, un beso, un derrumbarse, una lágrima... y, lo que es más: una inesperada y terrible sorpresa para alguien que en aquel momento abre la puerta de la habitación, poniendo fin tanto a la dulzura del olvidadizo amor de ambos como al relato del mismo.

EL SABOR DEL VIENTO Y OTROS RELATOS, Ramón Gil Novales

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RAMÓN GIL NOVALES, El sabor del viento y otros relatos, Montesinos, Barcelona, 2005, 216 páginas.

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LA VIDA

   Con dificultad se incorporó en la cama. El filete de luz que bajaba por la ranura del balcón no precisaba los contornos, y le costó encontrar las zapatillas. Había dormido bien y le inquietó ese cansancio, esa atonía tan sin motivo. Volvía como en paladeo el sabor del cuerpo de ella, la plenitud de los senos, el ansia de sus labios, la tersura de su piel, el cobijo de los brazos, la trabazón lenta y el ardor acompasado que los enardecía. Y la calma y el asalto repentino del sueño. Se puso en pie, escuchó la respiración de ella: suave, como lejana, apenas perceptible.
   Alcanzó la puerta y salió del dormitorio. Aún era temprano, acababa de adentrarse la mañana. En la cocina bebió un vaso de agua fría y se encaminó hacia el cuarto de baño. Encendió la luz, se iluminó el espejo, y alguien que no podía ser más que él siguió la derrota angustiada de sus ojos, el pasmo de su semblante, el jadeo de su boca, falta de aire. Incapaz de articular palabra, emitió un sonido gutural, de un desgarro sin eco, hondo, como dolor viejo. Abrió el grifo, se remojó las sienes y mejillas. Volvió a mirar. Seguía allí, frente a él la mirada en ocaso, hundidos los ojos, ya sin matiz ni brillo. Perdidas las cejas, ralo el cabello cano, su piel cruzada de pliegues. Levantó los brazos, abrió las manos como en grito, implorando o maldiciendo.
   Salió a tientas en busca del teléfono. Llamaría al médico de urgencias, acudiría en su auxilio, sabía que tenía cura y que pronto volvería a ser quien había sido. Encontró el número, no llegó a marcarlo. Sintió una desazón que lo vaciaba por dentro, y comprendió que la prisa carecía de sentido. Regresó al dormitorio, entreabrió el balcón y se acercó a la cama. Contempló el cabello blanco sobre la almohada, las arrugas del rostro, el cuerpo empequeñecido. Se sentó y escuchó la respiración de ella: suave, como lejana, apenas perceptible.

ANANDA, Ko Un

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KO UN, Ananda, Casariego, Madrid, 2005, 128 páginas.

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En Escritura sobre el agua. Invitación a la lectura de Ananda (pp. 7-8) leemos una advertencia de Jesús Ferrero: "La buena poesía no exige que la entendamos, exige que entremos en ella como quien entra en el mar". Estos 108 poemas zen son predominantemente breves. 
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UNA PALABRA

Tienes prisa
mucha prisa

Le dice un leño al fuego.

EL HOMBRE SIN AYER (CUENTOS DE HOY Y DE MAÑANA), Víctor González

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VÍCTOR GONZÁLEZ, El hombre sin ayer (Cuentos de hoy y de mañana), Anaya, Madrid, 2010, 174 páginas.
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En el Prólogo (pp. 13-15) Daniel Nesquens apunta sobre Víctor González: "Escribe sabiendo que la distancia más corta entre dos personas es la sonrisa". Las ilustraciones son de Sean Mackaoui.
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LÁGRIMAS

   La muchacha que al llorar derramaba perlas valiosísimas en lugar de lágrimas, llevó una existencia muy desgraciada.
   De pequeña sus padres la castigaban constantemente, nadie sabe bien por qué. Después se independizó y consiguió un trabajo en una empresa privada, pero también allí su jefe la reñía por todo. A lo largo de su vida se casó tres veces y en ninguno de sus matrimonios fue feliz. Sus maridos no la querían: la hicieron sufrir mucho.
   Cuando por fin murió, todos la echaron de menos.


CRÍMENES EJEMPLARES, Max Aub

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MAX AUB, Crímenes ejemplares, Thule Ediciones, Barcelona, 2005, 112 páginas.

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No, si yo me iba a suicidar. Pero se me encasquilló la pistola. Juro que la última bala era para mí. ¿Qué más me daba que me llevara a unos cuantos por delante? Allí, desde la ventana, no se me escapaba uno. Me recordaba mis buenos tiempos de cazador.

PENSAMIENTOS DE INTEMPERIE, Manuel Neila

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MANUEL NEILA, Pensamientos de intemperie, Renacimiento, Sevilla, 2012, 152 páginas.

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Escribir como se habla; es decir, aproximar el tiempo de la escritura al tiempo de los latidos.
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Una sentencia difiere poco de un tratado. La extensión que le falta la suple con facilidad el lector.
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La única eternidad que nos está permitido alcanzar es la eternidad del instante.
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Aforismo de carácter natural: el copo de nieve que provoca finalmente una avalancha.
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La degradación del hombre es la medida de todas las cosas.
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En el bosque de las letras, lo importante no es la búsqueda, sino la espera; pues el fin no es el hallazgo, sino el advenimiento.

LOS MEJORES CUENTOS MEDIEVALES ANGLO-LATINOS, José María Díaz-Regañón Teresa

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JOSÉ MARÍA DÍAZ-REGAÑÓN TERESA, Los mejores cuentos medievales anglo-latinos, Creación, San Lorenzo de El Escorial, 2011, 358 páginas.

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José María Díaz-Regañón Teresa, en la Introducción (pp. 17-22) a estos cuentos traducidos por su padre, el filólogo José María Regañón López, apunta el origen diverso de estos historias ejemplares, muy populares en la Baja Edad Media, "que aparecieron por primera vez escritas en latín en Inglaterra a finales del siglo XII".
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EL JARDÍN DEL MAGO
        
   Se cuenta en el antiguo y maldito códice llamado Necronomicon, guardado bajo siete llaves y gruesísima cadena en la Biblioteca Invisible de la Universidad de Miskatónic, que cierto anciano mago de Afganistán, de nombre Gatalonabes, construyó en medio de un gran desierto, por medio de sus hechicerías, un fabuloso palacio-castillo en lo alto de una montaña hecho todo de cristal de roca y rodeado de un jardín enorme y hermosísimo. Al palacio lo llamó Paraíso y al jardín lo llamó Edén, en el cual había tantas flores aromáticas, tantos frutos delicados, tantas bellísimas aves multicolores, tantas fuentes frescas y sonoras, tantos riachuelos de vino, leche y miel, tantas riquezas y delicias, en fin (y sin fin), que era muy agradable estar en él.
   Dichos palacio y jardín estaban rodeados de una altísima muralla inconquistable, sin puertas visibles y guardadas por mil y un hombres fuertemente armados y vestidos con corazas y cascos de oro; los cuales defensores se llamaban a sí mismos los hashíshjn o «asesinos», porque bebian cierta pocima inventada por el encantador Gatalonabes sacada de una atractiva pero venenosa planta que crecía en aquel jardín que el viejo llamaba hashish (hachís). Este brebaje, suministrado adecuadamente por el malvado señor de aquel lugar, provocaba en ellos una borrachera especial, trastornaba sus mentes, torcía sus voluntades y los hacía cada vez más malvados.
   Nunca quiso este Viejo de la Montaña que así también lo llamaban enseñar este lugar a nadie, sino a los ricos viajeros, mercaderes y a los más amigos (que eran poquísimos). Todos ellos, una vez en el palacio, y, sobre todo, en el jardin, veian tantas y tan grandes maravillas que estaban admirados, e, insistentemente, pedían poder permanecer allí. Pero el brujo Gatalonabes no consentía en ello, a menos que se le concediese la herencia del visitante. Los bobos (que, por desgracia, son legión en este mundo) creían que se encontraban, efectivamente, en el mismísimo Paraíso Terrenal, en el que siempre podrían permanecer, y le concedían de buen grado sus bienes. Entonces, el pérfido hechicero distribuía entre ellos su bebida maldita, poco a poco, día a día, cada noche, en copas de oro adornadas con piedras preciosas, y una vez rendidos por el cansancio de las visiones magníficas, de los placeres sin cuento y de los aromas y sabores de la bebida, se levantaba durante la noche y, al encontrarlos profundamente dormidos, borrachos y drogados, con ayuda de sus hashíshin los degollaba y arrojaba sus cuerpos mutilados a lo más profundo del terrible Lago Muerto, en el centro del jardín, único lugar que sus víctimas nunca veían cuando estaban vivas porque desaparecía cuando algún visitante se acercaba a él.
   Y así, por medio de este jardín de maravillas, Gatalonabes el Hechicero cometió infinitas maldades sin cuento, hasta que le llegó su hora, como a todos, y tuvo que rendir cuentas al Altísimo. Y el mismísimo Belzebú, príncipe de los demonios, lo recibió con los brazos abiertos en su Corte infernal.
    Que allí viva por los siglos de los siglos. Amén.

LAS FORMAS DEL FUEGO, José Antonio Ramos Sucre

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JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE, Las formas del fuego, Siruela, Madrid, 1988, 550 páginas.

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Los tres únicos libros publicados por el autor venezolano, La torre de timón, El cielo de esmalte y Las formas del fuego, se recogen en este volumen, permitiendo así un completo acercamiento a su literatura. La Introducción de Salvador Garmendia con admiración subraya "una prosa que sólo existe como tal en el montaje gráfico, ya que su contenido poético reposa en la esencialidad del lenguaje, así como un ritmo, una cadencia de caracteres ceremoniales".

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EL REMORDIMIENTO

   El gentil hombre pinta a la acuarela una imagen de la mujer entrevista. La vio en el secreto de su parque, aderezada para salir a caza, en medio de una cuadrilla de monteros armados de venablos.
   El gentil hombre imprime la visión fugaz, marca la figura delgada y transparente.
   Los caballos salieron a galope, ajando la hierba de la pradera lustrada por la lluvia. El gentil hombre se incorporó a la cabalgata, de donde toma la escena para el arte de su afición.
   Recuerda las peripecias y los casos de la partida y, sobre todo, la muerte de su rival, precipitando dentro de un foso inédito en el curso de la carrera.
   El gentil hombre fue inhábil para salvar la vida del jinete y llega hasta considerarse culpable. Abandona el pincel y se cubre con las manos el rostro demudado por las sugestiones de una mente sombría.

ANTES, CUANDO VENECIA NO EXISTÍA, Victoria Pérez Escrivá

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VICTORIA PÉREZ ESCRIVÁ, Antes, cuando Venecia no existía, Anaya, Madrid, 2002, 183 páginas.
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CIELO

   Algunos creen que cuando la gente muere va al cielo. El cielo es como la tierra, solo que no tiene suelo y además es azul. La gente del cielo es transparente y nadie se abraza o se besa. Los recién llegados no lo saben y corren a abrazar a sus familiares muertos, pero los atraviesan como si fueran una ola. Inmediatamente se dan cuenta de que allí todo es diferente. No es que no se quieran. No, no es eso. Es algo parecido a un recuerdo. Lo aprenden nada más llegar. Se sientan y se miran. Nadie toca a nadie. Se miran con los ojos entornados., Como quien mira un recuerdo de hace mucho tiempo.
        
   Lo que más se parece al cielo es hundirse en el agua. Lo que más se parece a la tierra es morder un pedazo de madera.

EL CLAN DE LOS PARRICIDAS Y OTRAS HISTORIAS MACABRAS, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, El Clan de los Parricidas y otras historias macabras, Valdemar, Madrid, 1994, 192 páginas.

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UNA CARRERA INACABADA

   James Burne Worson era un zapatero que vivía en Leamington, en el condado de Warwickshire, Inglaterra. Tenía un pequeño taller en uno de los caminos poco transitados que confluían en la carretera que llevaba a Warwick. En su humilde actividad se le consideraba un hombre honrado, aunque como muchos otros de su clase en los pueblos ingleses era muy aficionado a la bebida. Cuando estaba ebrio era capaz de hacer las apuestas más alocadas. En una de aquellas ocasiones, demasiado frecuentes, hizo alarde de su habilidad como caminante y atleta, y el resultado fue una prueba contra la naturaleza. Por un soberano se comprometió a ir corriendo hasta Coventry y volver, una distancia de algo más de cuarenta millas. Esto ocurrió el tres de septiembre de 1873. Se puso en camino enseguida; el hombre con el que había hecho la apuesta, cuyo nombre no se recuerda, acompañado de Barham Wise, comerciante de paños, y Hamerson Burns, fotógrafo, le siguieron en una carreta.
   Durante varias millas Worson marchó muy bien, con paso suelto y sin fatiga aparente, pues verdaderamente tenía una gran resistencia y no iba lo suficientemente ebrio como para menoscabarla. Los tres individuos de la carreta se mantenían a corta distancia detrás de él, tomándole el pelo o animándole de vez en cuando, según el humor del momento. De repente, en medio de la carretera, a menos de doce yardas de donde ellos se encontraban con los ojos fijos en él, Worson dio un traspié y, desplomándose hacia delante, emitió un tremendo grito y desapareció. No llegó a caer al suelo; desapareció antes de rozarlo. Nunca se encontró ni rastro de él.
   Después de dar vueltas por el lugar durante un tiempo sin saber qué hacer, los tres hombres regresaron a Leamington, donde contaron la asombrosa historia y fueron posteriormente arrestados. Pero tenían buena reputación, siempre se les había considerado sinceros, estaban sobrios en el momento del suceso y nunca se descubrió nada que desacreditara la exposición que hicieron bajo juramento de su extraordinaria aventura, en relación a cuya verdad, sin embargo, la opinión pública apareció dividida a lo largo del Reino Unido. Si tenían algo que ocultar, su elección de los métodos es, con toda seguridad, una de las más sorprendentes jamás realizadas por hombres cuerdos.

HISTORIAS Y RELATOS, Walter Benjamin

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WALTER BENJAMIN, Historias y relatos, Muchnik, Barcelona, 2000, 128 páginas.

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Flanqueada por relatos más extensos, la microficción se presenta concentrada en dos bloques: Historias desde la soledad y Cuatro historias.
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LA LUZ

   Estaba por primera vez a solas con mi amada en una aldea desconocida. La esperaba frente a mi alojamiento —que no era el suyo—, pues queríamos dar un paseo nocturno. Mientras aguardábamos, paseé por la calle arriba y abajo, y fue entonces cuando a lo lejos, entre los árboles, vi una luz. «Esta luz —pensé— no les dice nada a quienes la tienen delante de los ojos todas las noches, pero a mí, forastero en este lugar, me dice muchas cosas.» Seguidamente di la vuelta para recorrer de nuevo la calle de la aldea, lo que continué haciendo durante cierto tiempo, y siempre pasados unos minutos, regresaba al mismo punto: la luz entre los árboles atraía mi mirada. Fue entonces cuando me obligó a detener la marcha, unos instantes antes de que me reencontrase con mi amada. Me volví una vez más y lo comprendí todo: la luz que antes había divisado al nivel del suelo, era la luz de la luna, que ya se alzaba lentamente sobre las colinas lejanas.

EL ARTE DE LA PRUDENCIA, Baltasar Gracián

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BALTASAR GRACIÁN, El arte de la prudencia, Ariel, Barcelona, 2012, 150 páginas.
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 EnEl éxito moderno del Oráculo manual: "Más valen quintaesencias que fárragos" (pp. 9-14), Emilio Blanco anota: "La forma oscura del aforismo es la que permite a Gracián decir las cosas a medias, para que sea el lector quien añada su conocimiento del contexto y pueda concluir con éxito la solución del problema".
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ARTE PARA SER DICHOSO. Reglas hay de ventura, que no toda es acasos para el sabio; puede ser ayudada de la industria. Conténtanse algunos con ponerse de buen aire a las puertas de la fortuna y esperan a que ella obre. Mejor otros, pasan adelante y válense de la cuerda audacia, que en alas de su virtud y valor puede dar alcance a la dicha, y lisonjearla eficazmente. Pero, bien filosofado, no hay otro arbitrio sino el de la virtud y atención, porque no hay más dicha ni más desdicha que prudencia o imprudencia.

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NUNCA QUEJARSE. La queja siempre trae descrédito. Más sirve de ejemplar de atrevimiento a la pasión que de consuelo a la compasión. Abre el paso a quien la oye para lo mismo, y es la noticia del agravio del primero disculpa del segundo. Dan pie algunos con sus quejas de las ofensiones pasadas a las venideras, y pretendiendo remedio o consuelo, solicitan la complacencia, y aun el desprecio. Mejor política es celebrar obligaciones de unos para que sean empeños de otros, y el repetir favores de los ausentes es solicitar los de los presentes, es vender crédito de unos a otros. Y el varón atento nunca publique ni desaires ni defectos, sí estimaciones, que sirven para tener amigos y de contener enemigos.

EL CAER DE LA BREVA, Antonio Mingote

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ANTONIO MINGOTE, El caer de la breva, Planeta, Barcelona, 2010, 180 páginas.

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TROF
        
   Trof, el payaso, se maquilla cuidadosamente. Va a ser su función de despedida y, puesto que ya no volverá a hacer reír, quiere que las ultimas risas sean más estruendosas, calidas, sonoras y unánimes que nunca.
   Su tropezón inicial al entrar en la pista, tan repetido, provoca las primeras carcajadas. Saca del enorme bolsillo el retrato enmarcado de una mujer bellísima, lo coloca encima del tambor, y, contemplándolo, llora. Los sollozos de Trof mientras intenta que del saxofón brote una melodía reconocible son francamente tronchantes. Empuña un enorme pistolón, lo levanta hasta la sien y aprieta el gatillo. Un chorro de agua que sale del arma arrastra el pequeño sombrero, que Trof atrapa en el aire con la otra mano. Un número difícil mil veces realizado y siempre premiado con aplausos. Mientras se seca el agua y las fingidas lágrimas, tumba el retrato sobre el tambor y se dispone a trepar por un poste (Trof ha sido antes acróbata) hasta el alto trapecio, lo que consigue entre risas y aclamaciones. Finge tropezar con la cuerda que cuelga y con la que se enreda en cómico conflicto. Ya de pie, se columpia, saluda y se lanza al vacío.
   Queda Trof balanceándose, mientras sus zapatones entrechocan en el aire. La grotesca pirueta es premiada con aplausos y risas que son de suponer.
   Pero Trof, colgado por el cuello al parecer, no se mueve.
   Un manto de silencio se abate sobre el público.
  El jefe de pista recoge el retrato del tambor. «No se culpe a nadie de mi muerte», ha escrito Trof al dorso. El payaso, tan original, no ha podido librarse del último tópico.

LA ENCICLOPEDIA, Novalis

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NOVALIS, La enciclopedia, Fundamentos, Madrid, 1976, 456 páginas.

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La edición está basada en el trabajo realizado por Edward Wasmuth en 1957, que privilegia el criterio temático frente al cronológico de una obra, escribe Kostas Axelos en el epílogo, "punta extrema del pensamiento romántico y festivo" que "apunta tanto a un saber como una praxis poéticos.

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La filosofía es en realidad nostalgia — afán de encontrarse en todas partes como en casa.
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Todos los límites existen para que puedan ser superados — y así sucesivamente.
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Línea curva — victoria de la naturaleza libre sobre la regla.
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Toda llama es un proceso generador de agua.
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El instinto y el espacio tienen una gran semejanza. Todo cuerpo es un instinto insatisfecho.
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La debilidad es una fuerza extraña caracterizadora que se propaga y se hace predominante.
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La tendencia de nuestros elementos se dirige hacia la desoxidación. La vida es una oxidación forzada.
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El alma es un cuerpo consonado. Los hebreos llamaban a las vocales el alma de las letras.
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Los poetas son al mismo tiempo los aisladores y los conductores de la corriente poética.
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Los hombres son excesivamente descuidados con sus recuerdos.

MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL, Friedrich Nietzsche

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FRIEDRICH NIETZSCHE, Más allá del bien y del mal, Alianza, Madrid, 2009 (1972), 304 páginas.

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En la sección cuarta, Sentencias e interludios, Nietzsche exhibe una colección aforística cargada de su siempre precisa genialidad.

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Quien alcanza su ideal, justo por ello va más allá de él.
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Un alma que se sabe amada, pero que por su parte no ama, delata lo que está en su fondo: —lo más bajo de ella sube a la superficie.
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Madurez del hombre adulto: significa haber reencontrado la seriedad que de niño tenía al jugar.
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Lo que alguien es comienza a delatarse cuando su talento declina, —cuando deja de mostrar lo que él es capaz de hacer. El talento es también un adorno; y un adorno es también un escondite.
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El pensamiento del suicidio es un poderoso medio de consuelo: con él se logra soportar más de una mala noche.
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En última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado.
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«No el que tú me hayas mentido, sino el que yo ya no te crea a ti, eso es lo que me ha hecho estremecer.»—
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«Me desagrada.» —¿Por qué?— «No estoy a su altura.» —¿Ha respondido así alguna vez alguien?

SER MADRE HOY, Miguel Noguera

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MIGUEL NOGUERA,  Ser madre hoy, Blackie Books, Barcelona, 2012, 256 páginas.

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Al igual que en su trabajo precedente, Ultraviolencia, Miguel Noguera acompaña con ilustraciones sus ideas, destacables por un humor punzante que nunca defrauda en originalidad.

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GENIALIDADES DE UN INSECTO

   La mosca atraviesa el seto como si nada. ¡Un seto muy tupido franqueado como una rejilla simple! ¡Zap! Sin perder velocidad. ¡Un seto-moco que parece poliuretano! La mosca intuye huecos imposibles, anula la masa del seto y lo cose a genialidades. Nosotros no valoramos la burrada, vemos pasar la mosca y seguimos sorbiendo nuestro refresco; pero esta mosca es un prodigio, una Paganini del vuelo. De hecho, es más cómodo para nuestros sentido que la mosca pase sin embrollos. Un paso limpio, una virguería, contiene menos información que un paso torpe y accidentado. Lo extraordinario nos deja indiferentes y nos adormece; la miel nos acerca a la muerte. Estamos rodeados de magia spam.

BILIS NEGRA, Francisco de Quevedo

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FRANCISCO DE QUEVEDO, Bilis negra, Gredos, Madrid, 2002, 138 páginas.

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Antonio Martínez Sarrión selecciona fragmentos de obras de Quevedo, dándoles disposición de entradas de diccionario. Los grabados son obra de Julio Zachrisson.
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BIZCOS
Los bizcos son tuertos en duda, que no se sabe de que ojo lo son.
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CLÁSICOS
Conviene señalar premios a las letras, pues por ellas, habiendo fallecido los monarcas y las monarquías, hoy viven triunfantes las lenguas griega y latina, y en ella florecen a pesar de la muerte sus hazañas y virtudes y nombres, rescatándose del olvido de los sepulcros por el estudio que los enriqueció de noticias y sacó de bárbaras a sus gentes.
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CORRUPCIÓN
El cadáver no se queja de los gusanos que le comen, porque él los cría; cada uno mire que no se corrompa, porque será padre de los gusanos.
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ENVIDIA (Y DESPRECIO)
No hay dichoso sin envidia de muchos; ni hay desdichado sin desprecio de todos.
FUERZA
Los bienes del mundo son de los solícitos; su fortuna de los disimulados y violentos. Los señoríos y los reinos antes se arrebatan y usurpan que se heredan y merecen.
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PARADOJAS
Pocas veces quien recibe lo que no merece agradece lo que recibe. Muchas veces castiga Dios con lo que da y premia con lo que niega.
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VERDAD
La verdad es una y sola y clara; pocas palabras la pronuncian, muchas la confunden; ella rompe poco silencio y la mentira deja poco por romper.


MUECAS PARA ESCRIBIENTES, Virgilio Piñera

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VIRGILIO PIÑERA, Muecas para escribientes, Alfaguara, Madrid, 1990, 344 páginas.

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El volumen reúne los dos libros de relatos póstumos que, tres años antes, habían sido publicados de forma independiente: Muecas para escribientes y El fogonazo.

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LA MUERTE DE LAS AVES

   De la reciente hecatombe de las aves existen dos versiones: una, la del suicidio en masa; la otra, la súbita rarificacion de la atmósfera.
   La primera versión es insostenible. Que todas las aves —del cóndor al colibrí— levantaran el vuelo —con las consiguientes diferencias de altura— a la misma hora —las doce meridiano—, deja ver dos cosas: o bien obedecieron a una intimidación, o bien tomaron el acuerdo de cernirse en los aires para precipitarse en tierra. La lógica mas elemental nos advierte que no está en poder del hombre obrar tal intimidación; en cuanto a las aves, dotarlas de razón es todo un desatino de la razón. La segunda versión tendrá que ser desechada. De haber estado rarificada la atmósfera, habrían muerto sólo las aves que volaban en ese momento.
   Todavía hay una tercera versión, pero tan falaz que no resiste el análisis; una epizootia, de origen desconocido, las habría hecho más pesadas que el aire.
   Toda versión es inefable y todo hecho es tangible. En el escoliasta hay un eterno aspirante a demiurgo. Su soberbia es castigada con la tautología. El único modo de escapar al hecho ineluctable de la muerte en masa de las aves, sería imaginar que hemos presenciado la hecatombe durante un sueño verdadero.
   Sólo nos queda el hecho consumado. Con nuestros ojos las miramos muertas sobre la tierra. Más que el terror que el terror que nos procura la hecatombe, nos llena de pavor la imposibilidad de hallar una explicación a tan monstruoso hecho. Nuestros pies se enredan entre el abatido plumaje de tantos millones de aves. De pronto todas ellas, como en un crepitar de llamas, levantan el vuelo. La ficción del escritor, al borrar el hecho, les devuelve la vida. Y sólo con la muerte de la literatura volverían a caer abatidas en tierra.

CUENTOS DE MICROBIOS, Arthur Kornberg

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ARTHUR KORNBERG, Cuentos de microbios, Editorial Reverté, Barcelona, 2011, 88 páginas.

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Siguiendo la propuesta de Santiago Ramón y Cajal (quien publicó en 1905 sus Cuentos de Vacaciones con el pseudónimo de Dr. Bacteria), el premio Nobel de medicina Arthur Kornberg nos enseña "a entender, de manera amable, qué son y qué hacen los microbios". Las ilustraciones son de Adam Alaniz.
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STREPTOCOCCUS PNEUMONIAE
(“coco en cadenas, que causa la neumonía”)
        
LA NEUMONÍA
        
Ross tenía fiebre, escalofríos y dolor,
pero no parecía que fuese a peor.
        
Hasta que empezó a toser mucho más
y el termómetro parecía que iba a explotar.
        
“En la cama, penicilina y descanso,”
dijo el doctor que le pondrían sano.
        
Pero, ¡ay!, luego se complicó la situación,
sus pulmones eran motivo de preocupación.
        
Aunque al auscultarle, un ruido se oía,
el doctor, confiado, todavía creía
        
que la penicilina podría mantener a raya
al señor neumococo, en esta batalla.
        
La penicilina no deja al microbio hacer su pared,
y sin pared no hay microbio que pueda crecer.
        
Pero en un estreptococo de Ross un gen mutó
y su crecimiento ya nada impidió.
        
La penicilina no podía con aquel mutante
y el estado de Ross era preocupante.
        
El mutante en su cuerpo se fue multiplicando
y un lóbulo del pulmón estaba ya ocupando.
        
“Tendremos que probar otro medicamento,
para de este microbio detener el crecimiento.
        
En el laboratorio tenemos que encontrar
qué antibiótico puede al microbio dominar.”
        
La cefalosporina era la molécula más prometedora,
con probabilidades de en la lucha salir vencedora.
        
“Cefalosporina inyectaremos directamente en la vena,
para que el antibiótico haga mejor su faena.”
        
En solo un día la fiebre de Ross desapareció,
igual que su tos, y el dolor también remitió.
        
Se hinchaban sin dolor sus pulmones,
Ross jugaba feliz y volvía a sus ocupaciones.
        
Aunque un resfriado o una gripe no sean peligrosas,
ten cuidado, no vengan despues secuelas mas odiosas.
       
Una tos fea, fiebre y dolor en el pecho pueden indicar
que el neumococo se encuentra listo para atacar.


PARA ENTERRAR AL PUERTO, Arnoldo Rosas

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ARNOLDO ROSAS, Para enterrar al puerto, CreateSpace, 2012 (1985), 76 páginas.

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DESPUÉS NO HABRÁ NADA 

   Después no habrá nada; sólo un largo silencio, el vacío, nada. Tú lo sabes, todos lo sabemos. Anda, deja ya de hacernos perder el tiempo. Ponte tu mejor traje, los zapatos nuevos, el reloj de oro. Péinate y métete de una vez en la urna que todos te estamos esperando.

CUENTOS POPULARES DE LOS GITANOS ESPAÑOLES, Javier Asensio García (editor)

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JAVIER ASENSIO GARCÍA, Cuentos populares de los gitanos españoles, Siruela, Madrid, 2011, 319 páginas.
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En la documentadísma Introducción (pp. 11-44) Javier Asensio García desgrana la historia y la cultura errantes de los egiptianos. Contiene 79 relatos perfectamente catalogados.
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QUIÉN TE HA CORTADO EL DEDO
        
   Éste nos lo contaban de críos y nos daban un susto tremendo. Hay que saber contarlo, porque vas llenándolo de miedo y de suspense, hablando bajito, hasta que al final gritas como si el ladrón fuera uno de los críos que te está escuchando.
   Esto le pasó a una paya. Se murió y la enterraron. Unos que se fijaron que llevaba un anillo de oro en el dedo fueron al cementerio, la desenterraron, le arrancaron el dedo y se llevaron el anillo.
   El caso es que al cabo de los años, en la casa del ladrón llamaron a la puerta. El que había robado el anillo la abrió y se encontró con una pobre vieja que iba pidiendo limosna. Iba diciendo con una voz muy lastimera:
   —Una limosnita, por el amor de Dios... —y otras palabras que el hombre no entendió porque hablaba muy bajito.
   El hombre se dio cuenta de que le faltaba un dedo en la mano, y le entró mucho miedo, pero no pudo evitar preguntarle:
   —Señora, ¿qué le ha pasado en el dedo?
   Es entonces cuando hay que mirar al niño que está más atento escuchando la historia y gritarle muy fuerte:
   —¡¡¡Tú me lo cortaste!!!
   Y se lleva un susto de muerte. Él y todos los que están con él.

BESTIARIO FANTÁSTICO, Juan Perucho

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JUAN PERUCHO, Bestiario fantástico, Cupsa, Madrid, 1977, 130 páginas.

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EL COLINTRO Y LA VENUS DE LAS PIELES
        
   Es animal muy raro, procedente de las islas Chafarinas, cuya piel despide un perfume, sutil y evanescente, que provoca en las relaciones amorosas esta actitud absurda que ha venido en llamarse «masoquismo». Lo descubrió el escritor Leopoldo Sacher-Masoch1 —y, de ahí, su nombre— quien, basándose en ciertas costumbres nupciales de los peces, escribió un ensayo sobre el tema y, con la ayuda de las pieles de Colintro, demostró su tesis. Estas pieles las había comprado muy caras en la tiendecita de Samuel Baruch, comerciante judío de la rue de Seine, en París. Se las regaló con mil arrumacos a la bella Wanda, su mujer, una mañana de otoño y, por la tarde, al entrar en el salón, la halló con los brazos cruzados sobre el pecho, las cejas fruncidas, vestida con un traje de seda blanco deslumbrador y con una kazabaika de seda escarlata, guarnecida de rico y soberbio cuello de pieles del Colintro regalado. Sobre sus cabellos empolvados, como de nieve, descansaba una diadema de diamantes.
   —¡Wanda!—. Avanzó hacia ella en ademán de abrazarla. Ella retrocedió un paso, midiéndole con la vista de arriba a abajo.
   — ¡Esclavo!
   —¡Mi dueña!— Se arrodilló y besó la orla de su vestido.
   —Está bien.
   —¡Cuán bella eres!
   —¡Te gusto?— Se aproximó al espejo y se contempló con altanera satisfacción.
   —¡Voy a volverme loco!
   Hizo un gesto de desdén y le contempló burlona a través de sus párpados entornados.
   —Dame el látigo.
   Miró a su alrededor.
   —¡No, continúa de rodillas!— Fue a la chimenea, tomó el látigo y, mirándole mientras reía, lo hizo silbar en el aire. Después se levantó muy despacio las mangas de la kazabaika.
   Él murmuraba:
   — ¡Admirable mujer!
   — ¡Cállate, esclavo! — Su mirada adquirió un aire sombrío, hasta salvaje, y le descargó un latigazo.
   —¿Te he hecho daño?
   —No —contestó—, y si lo hicieras, los dolores serían un placer para mí. Castígame otra vez, si gustas.
   Le embargaba una extraña embriaguez.
   —¡Castígame —prosiguió—, castígame, sin piedad!
   Wanda blandió el látigo y le flageló dos veces. Acto seguido le dio un puntapié.
   —¿Es bastante?
   —No.
   —¿De veras, no?
   —Flagélame, te lo ruego; es un placer para mí.
   Esta dramática situación que, más tarde, Sacher-Masoch reflejó, palabra por palabra, en su novela La Venus de las pieles, fue ciertamente real y verídica como lo demuestra el libro de memorias Confession de ma vie (Mercure de France, 1907), escrita por Aurora Angélica Laura Rumelin, también conocida por la señora Wanda von Sacher-Masoch, o sea, la esposa del novelista. Si hemos de hacer caso a tales memorias, Wanda era la auténtica «Venus de las pieles» y, según el biógrafo Schlichtegroll en Sacher-Masoch und Masochismus (Dresde, 1901), una interesada aventurera que, conociendo las propiedades de las pieles de Colintro, arruinó, engañó y destrozó mortalmente a su esposo. Éste, que se hizo llamar Severino en la novela, le dedicó, sumido en la pura idiotez, este célebre poema:
        
                  Posa el pie sobre tu esclavo,
                  mitológica mujer, diabólicamente encantadora:
                  tiende tu cuerpo de mármol
                  entre los mirtos y agaves.

        
   Sabemos estos apasionantes pormenores por C. Bernaldo de Quirós, autor del recientemente reeditado El bandolerismo, que en 1934 tradujo La Venus de las pieles y le puso un prólogo. Se preguntaba Quirós si Sacher-Masoch no fue en realidad un algolágnico pasivista. Lo que sí parece cierto es que fue un «homme á femmes» con bastante imaginación y con muchas pieles de Colintro. Éstas acabaron por ponerle al otro lado del espejo del marqués de Sade y le plantaron en el cerebro la flor obsesionante que tomó su nombre. Tenía una faz mística y funeraria, y mantuvo una copiosa correspondencia. Su papel de cartas ostentó como membrete una figura femenina, ataviada con traje de boyardo ruso, cubiertos los hombros con larga capa de pieles y blandiendo un látigo. Las pieles eran, naturalmente, las perfumadas y extrañas del Colintro.



1 Hay un precedente en Guillermo Bowies: «La hembra del Colintro, desembarazada de las violentas caricias del macho, pasa lo restante de su vida, ocupada en construir una casa o nido en la tierra para poner en él unos cuarenta huevos, que es lo que regularmente pone, y defenderlos de las injurias del tiempo y, aun si fuera posible, de la azada y del arado.» (Introducción a la Historia natural y a la Geografía física de España, por Guillermo Bowies. Madrid, 1775.)

CUADERNOS AMARILLO, ROJO, VERDE Y AZUL, Pedro Casariego Córdoba

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En el cruce de géneros, microtextos, microrrelatos, pequeños poemas, aforismos, greguerías... Entreveradas, las deliciosas ilustraciones del autor.
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"Te quiero, sartencita mía" (Un cocinero a su novia, en el parque de Luxemburgo; abril de 1988; el cocinero se había puesto migas de pan en la cara para que le afeitaran las palomas).
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Enciende una vela cuando te enamores y apágala cuando la mujer de la que te has enamorado se enamore de ti, porque ya no necesitarás otra luz que la de sus noches.
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El amor no debe tocar nunca el suelo para que no se lo lleven las hormigas.
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No hay traidor más peligroso que el que sólo traiciona una vez.
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Es triste admitirlo, pero una carta de recomendación suele ser más importante que una carta de amor.
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Un hombre miope es aquel que confunde las marquesinas con las marquesitas.
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Arrojé un piano al mar para que se convirtiese en pianola. Creía que el lenguaje de los hombres coincidía con el del universo.
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Nos conocemos tan mal que nuestro mejor autorretrato siempre lo hace otro.
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Los banqueros dicen: "Ahorre usted, buen hombre". Pero lo más gracioso es que piensan: "Ahorre usted, besugo".