FABULARIO, Eduardo Gudiño Kieffer

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EDUARDO GUDIÑO KIEFFER, Fabulario, Losada, Buenos Aires, 1969, 208 páginas.

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CIERVO

   No te sorprendas cuando encuentres al ciervo en el jardín. El ciervo es asustadizo y tu propia sorpresa puede espantarlo. Sé suave, sé silencioso, sé gentil. Cuando lo veas (será sin duda en un atardecer ocre y rojizo, con nubes como catedrales y rumor de órgano entre los eucaliptos), cuando lo veas, decía, debes simular que no te parece nada extraordinario. Un ciervo en el jardín es la cosa más natural del mundo. Con las manos en los bolsillos caminaras por los senderos de grava, sintiéndola crujir bajo tus pies. Te detendrás junto a las rosas amarillas, pero no cortarás ni una (el menor indicio de crimen puede asustar al ciervo). Cuando estés cerca, muy cerca de él podrás sonreír y extender dulcemente la mano. Los ijares del ciervo temblarán y no tendrás más remedio que volver la mano al bolsillo y dar la espalda al animal, estudiando atentamente el ir y venir de las hormigas por ese caminito que conoces de memoria. El ciervo tiene miedo, un miedo que él mismo ignora pero que desborda de sus tiernos ojos húmedos. Es el mismo miedo que estás sintiendo ya, como unos terribles dedos cariñosos acariciándote la nuca, como unos brazos amantes ciñéndote, como unos labios cálidos posándose en tus hombros y en tu columna vertebral. ¡Mira a las pobres hormigas afanándose locamente por mover un liviano pétalo de rosa! Ahora sabes que el ciervo ya no está. Trata de caminar. Prueba. Verás que lindo es saltar sobre tus cuatro patas ágiles, qué lindo es mirarse en los estanques y descubrirse un gracioso hocico negro y dos grandes ojos tristes y una profusa cornamenta. A lo lejos oirás el cuerno de caza y el furioso ladrar de la jauría. Entonces deberás huir, llevándote contigo al miedo: amado, detestado y perpetuo inquilino.

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